Akademie Vítek Capítulo 15 | Lo que no debería pasar
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Capítulo 15 | Lo que no debería pasar

El tercer día Sadie ya tiene un horario.

Café a las siete, salir a correr a las siete y media, tres kilómetros por el parque.

Volver, ducha, desayunar fruta y huevos en la cocina en silencio.

De nueve a once, el portátil abierto sobre la mesa del comedor: un proyecto para el centro comunitario de Mercedes, un plan de formación que Sadie está maquetando por su cuenta porque se lo debe.

De once a doce, entrenamiento en el patio trasero.

Esterilla sobre la alfombra, pesas rusas que Marek le ha comprado, una playlist que sube el volumen sola.

Margaret la ve hacer todo eso sin querer verlo.

Eso es lo que Sadie nota al tercer día. Margaret se levanta más tarde, las clases en Vítek aún no han comenzado.

Baja con el pelo mojado, se sirve café, se sienta con el portátil en el sofá.

Hace llamadas. Firma cosas y, de vez en cuando, levanta la vista del portátil una fracción de segundo más de lo necesario.

A Sadie le parece curioso que la que fue su jefa de estudios no se haya movido de la casa de su padre en esos días.

Según lo que le explicó Ralph, Margaret se quedaba solo algunas veces, no vivían juntos, no tenían esa clase de relación.

Sadie no lo entendió muy bien «clase de relación» pero tampoco preguntó, no es su problema.

Al mediodía del tercer día, Sadie hace sentadillas con pesa rusa en el salón delante del ventanal.

Hoy llueve y no ha querido salir al patio.

Lleva el top negro del deporte y unas mallas cortas.

Cuando se incorpora por decimoquinta vez, ve reflejada en el cristal a Margaret con la taza a medio camino de la boca, los ojos fijos.

Sadie no sonríe. Hace la repetición dieciséis.

Ralph lleva toda la mañana encerrado en el despacho con una llamada que no termina nunca. Sadie lo sabe porque ha oído su voz apagada por la puerta al bajar a por agua. A la una y media, la puerta del despacho se abre y Ralph sale con el móvil pegado a la oreja, cogiendo el abrigo del perchero.

—Se me ha liado —dice a nadie y a todas—. Tengo que ir a la oficina. Volveré tarde.

—Vale —dice Margaret.

—Vale —dice Sadie.

Ralph le da un beso a cada una, uno en la mejilla a Margaret, otro en la frente a Sadie, y se va. La puerta principal se cierra y a los pocos segundos, el motor del coche arranca en el camino.

Sadie deja la pesa rusa en el suelo con cuidado. Se incorpora y respira hondo. Intenta arreglarse ese desastre de recogido en un moño que no esté medio caído sino en condiciones. Va a la cocina a por agua y nota que Margaret está leyendo en el sofá y que en ese momento no levanta la vista.

Sadie abre la nevera. Coge la botella y bebe directamente de la botella, porque sabe que a Margaret le parece de mala educación y porque hoy le apetece empujar sus límites.

No se pregunta por qué, quizá es que lo necesita.

Cuando baja la botella, se gira. Margaret la está mirando desde el sofá con el libro cerrado sobre el regazo.

—¿Algún problema? —pregunta Sadie.

—Ninguno.

—¿Entonces por qué no paras de mirarme? —pregunta Sadie con una sonrisa burlona y vuelve a beber de la botella.

Margaret aprieta la mandíbula.

—Estás viendo cosas donde no las hay —contesta la jefa de estudios de la Akademie Vítek.

Sadie suelta un bufido corto, como una risa seca, y niega con la cabeza.

—No sé a qué coño estás jugando, Margaret.

Margaret Blazek se queda muy quieta. Su cabeza corre y su corazón se acelera de una manera brutal. Sadie está frente a ella, sudada, con ese cuerpo de infarto que la está desquiciando y además la está poniendo contra las cuerdas.

—Yo no juego a nada —contesta con voz gélida—. Aquí la que parece jugar eres tú.

Parece una adolescente, lo sabe, pero es que Sadie la está poniendo muy nerviosa y no sabe qué decir.

—Te acuestas con mi padre —la frase cae entre ellas y hasta Sadie se sorprende de oírla, pero es una realidad que no se puede obviar—. No dejas de mirarme, estás todo el tiempo a mi alrededor. Entonces no sé, si eso no es jugar…

—Eso no es asunto tuyo —escupe Margaret de inmediato, pero sus ojos se mueven de un sitio a otro.

—Claro que es asunto mío, es mi padre y que su novia coquetee con su hija es bastante retorcido.

—Y yo soy una mujer adulta, Sadie. Con una vida propia y no estoy coqueteando contigo —Margaret se pasa la mano por la frente, es la primera vez que Sadie la nota tan desencajada—. No… no es como piensas.

Sadie suelta una risa. Da dos pasos hacia atrás, se deja caer en el sillón de enfrente. Cruza las piernas. La cara le quema, pero mantiene la voz baja.

—Increíble.

—Sadie, no voy a tener esta conversación.

—¿Qué haces con mi padre, Margaret?

—Basta.

—¿Qué buscas? ¿Dinero? Porque si es eso, te puedo pasar el contacto de mi gestor y te ahorro los preliminares.

Margaret la mira de la misma forma que antes de imponerle un castigo.

—Cuida cómo me hablas.

—¿O qué?

La pregunta se queda en el aire. Sadie se pone de pie para igualar la altura. Quedan a un metro de distancia. Margaret no retrocede. Sadie tampoco.

—En vez de preocuparte de los motivos por los que estoy aquí —deliberadamente no dice «por los que estoy con tu padre»—, deberías centrarte en que mañana comienzas las clases en la universidad y quizá en la tal Riley.

—¿Perdón? —Sadie frunce el ceño—. ¿Qué cojones estás diciendo?

Margaret suspira, toma varias bocanadas de aire. Todo se le está yendo de las manos.

—Contesta, joder —exige Sadie ante el mutismo de Margaret.

Margaret da medio paso adelante. Sadie nota el perfume, la respiración, todo. Las dos se miran como si estuvieran a punto de pegarse.

—Eres una niña —Margaret lo dice como si se lo estuviera recordando a sí misma.

Sadie se ríe. Es una risa nerviosa, baja, que le sale del fondo de la garganta.

—Tengo diecinueve años, Margaret —responde mirándola a los ojos—. He perdido la cuenta de en cuántos países he vivido y estudiado. No tengo tu edad, no, pero soy lo suficientemente madura para entender muchas cosas y sobre todo para saber que no soy una niña.

Margaret levanta la mano. Sadie cree, durante una fracción de tiempo, que va a pegarle. No lo hace. Le coge la mandíbula, con los dedos abiertos, la palma fría contra el cuello. La sujeta, pero le hace daño.

—Tienes que parar —dice Margaret.

—Para tú.

—No puedo.

Y la besa.

No es un beso suave. Es un beso que lleva dos años de retraso.

Sadie nota los dientes de Margaret contra su labio inferior, nota la mano que sigue en su mandíbula, nota la otra que se ha cerrado alrededor de la cintura y tira.

Margaret besa como si estuviera empujando algo.

Sadie responde como si estuviera devolviendo un golpe.

Se separan un segundo y las dos respiran mal. Margaret la mira con los ojos más abiertos de lo que Sadie los ha visto nunca, y hay algo en esa mirada que durante medio segundo parece miedo. Después se recompone y vuelve a besarla.

Esta vez la empuja contra la pared. Sadie golpea con la espalda, se queja, Margaret no se disculpa. Le pone las manos en el abdomen descubierto y todavía sudado y gime, gime alto pegada a la boca de Sadie. Debajo,

—Joder —dice con la voz rota en medio de otro gemido.

Es la primera palabra sucia que Sadie le oye. Casi sonríe.

—Tienes una boca —susurra Sadie.

—Cállate.

—Oblígame.

Margaret le tapa la boca con la suya.

No piensan, hay demasiado encerradas dentro de ellas desde que Sadie entró a la Akademie Vítek que no pueden parar.

Suben al primer piso a trompicones. A medio camino Margaret se gira y la empuja contra la barandilla y la vuelve a besar, con las dos manos en el culo de Sadie, apretando. Sadie se ríe contra su boca.

Margaret la mira y también le sonríe.

—Camina —exige.

Entran en la habitación de invitados. Sadie cierra con pestillo porque no se fía de nadie, y porque le gusta el sonido.

Margaret ya está quitándose el jersey por la cabeza.

Debajo, un sujetador gris claro, simple, y una piel más blanca de lo que Sadie se había imaginado en las noches en las que lo pensaba con una mano entre sus piernas.

Caen sobre el colchón con torpeza, Margaret está encima, lo cual no le sorprende a Sadie porque esa mujer tiene una manía con querer controlarlo todo que no se asombra.

Sadie le pasa las manos por la espalda, por debajo del sujetador, le siente la columna.

Margaret le muerde el cuello. Sadie le clava las uñas.

—No dejes marcas —dice Margaret contra su piel y Sadie le clava las uñas con más fuerza.

Margaret gime y le baja las mallas cortas con una sola mano, el pulgar dentro del elástico, directa.

Sadie arquea la espalda. Cuando Margaret le toca, nota que la mujer que tiene encima tiembla un segundo, solo uno, antes de seguir.

Ese temblor le dice todo lo que necesita saber.

Esta es Margaret Blazek, que ha pasado dos años aguantándose, cerrándose a la posibilidad de que algo como esto pudiera pasar, pero está pasando.

Sadie cierra los ojos y respira por la boca antes de girarse con fuerza poniendo a Margaret debajo de ella.

—Aquí el control —Sadie le lame los labios y la barbilla. Margaret gimotea—, lo llevo yo.

Margaret Blazek jamás había sentido lo que está experimentando.

Toques suaves que le queman la piel, besos húmedos que la empujan a un orgasmo sin ni siquiera haber tenido un primer toque y el peso del cuerpo de Sadie sobre ella.

Lo ha deseado tanto que le duele el alma de recordar todo el dolor, la desesperación de poder verla.

—Oh, Dios —a Margaret le sale la voz entrecortada.

Sadie le está besando toda la piel mientras se va deshaciendo de capas de ropa. Lame, muerde sin fuerza y vuelve a lamer. Se pega a los pezones de Margaret y gime cuando siente la dureza entre sus labios. Margaret Blazek es muy receptiva y Sadie lo nota cuando abre las piernas cada vez más.

—Tienes un pecho precioso —Sadie vuelve a pasar la lengua y la nota arquearse bajo ella.