Akademie Vítek Capítulo 14 | Sin jerarquía
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Capítulo 14 | Sin jerarquía

Margaret se despierta a las seis y diez.

Lo sabe sin mirar el reloj porque su cuerpo lleva años despertándose a la misma hora con o sin alarma.

Está en una habitación contigua a la principal, sola; cuando duerme en esa casa lo hace en ese mismo espacio y sin compañía.

Ralph se ha levantado muy temprano y se ha ido, lo sabe porque le ha dejado un mensaje de texto en el móvil.

Reunión Bratislava, vuelvo para cenar. Cuida de mi hija. R.

Margaret lee el mensaje dos veces. La segunda vez se queda en «cuida de mi hija». Cierra los ojos un segundo.

Se ducha, se viste con cuidado, como si fuera a una junta directiva: pantalón de pinza color crema, jersey de cachemir gris, el pelo recogido.

Se maquilla apenas. Se mira en el espejo del cuarto de baño y la mujer que le devuelve la mirada es exactamente la jefa de estudios de Akademie Vítek, no la mujer que anoche se quedó tres minutos delante de la puerta de Sadie sin entender qué hacía allí.

Baja a la cocina, pone la cafetera. Saca dos tazas, lo piensa, guarda una. Luego la vuelve a sacar y se queda mirando las dos tazas en la encimera.

—Esto es ridículo —dice en voz alta para sí misma.

A las siete y cuarto oye agua corriendo en el piso de arriba.

Quince minutos después, pasos en la escalera.

Margaret se sienta a la mesa de la cocina con su café y un periódico que Ralph dejó ayer y que ella no piensa leer.

Pone los ojos en el periódico. Las manos quietas. La taza a la altura correcta.

Sadie aparece en el umbral con unos pantalones de chándal, una camiseta de tirantes negra y el pelo todavía mojado. Va descalza. Se queda un segundo mirándola y luego avanza hacia la cafetera sin saludar.

—Buenos días —dice Margaret.

—Mmm.

Sadie se sirve un café. Se apoya en la encimera con la taza entre las manos. No se sienta.

—Tu padre me ha pedido que te dijera que tenía una reunión en Bratislava.

—Ya —contesta Sadie después de dar un buen trago a su café—. Me ha mandado un mensaje desde el coche.

—Vuelve para cenar —Margaret tiene la imperiosa necesidad de seguir hablando.

—Vale.

Margaret asiente. Pasa una página del periódico que no está leyendo y tras eso hay un silencio largo, demasiado largo, de esos que en el internado Margaret habría cortado con una sola frase. Aquí no tiene nada que cortar. Aquí no es nada de nadie.

—¿Has dormido bien? —pregunta Margaret.

Sadie levanta la mirada y esos ojos verdes hacen grandes cosas en Margaret.

—No —contesta con brusquedad.

Lo dice sin apartar la mirada.

—Lo siento.

—¿Exactamente por qué lo sientes?

La pregunta queda colgando. Margaret no contesta, pasa otra página del periódico. Sadie deja la taza en la encimera, cruza la cocina, se sienta enfrente de ella en la mesa. Apoya los codos. La mira directamente.

—¿Por qué lo sientes, Margaret?

Es la primera vez que Sadie le dice su nombre de pila, bueno, la primera fuera de la Akademie Vítek, porque recuerda con claridad cuando lo dijo en ese tercer y último castigo impartido por la jefa de estudios.

Margaret nota el pinchazo concreto, físico, en algún sitio detrás del esternón, y odia notarlo.

—Porque no hayas dormido bien.

Sadie suelta una risa irónica y niega con la cabeza.

—¿Hace cuánto estás con mi padre? —pregunta de repente, aunque debería callarse.

Margaret levanta la vista del periódico. La cara de Sadie no le pide ninguna explicación: le pide una fecha en concreto.

—Tu padre te lo dijo ayer. Noviembre.

—Ya, pero hace cuánto tú y él. No la pareja oficial, sino cuándo empezó esto de verdad.

Margaret cierra el periódico despacio. Lo dobla por la mitad. Lo deja a un lado.

—Sadie, no creo que sea una conversación apropiada.

—Apropiada —repite Sadie. Suelta media risa por la nariz—. Vale, Margaret.

Se levanta, recoge su taza de la encimera, vuelve a sentarse. Margaret nota que se le ha cerrado un músculo en la mandíbula.

—Tu padre y yo —dice Margaret, y el «tu padre» le sale con una pausa minúscula que ella misma escucha— nos conocimos en una reunión de seguimiento cuando eras alumna del internado, pero tal y como ya sabes, empezamos a vernos a partir de noviembre. Eso es todo lo que tienes que saber.

—¿Te refieres a cuando yo estaba en Vítek y tú no podías dejar de mirarme?

Margaret siente un ligero pinchazo entre las piernas y se sobresalta visiblemente. No contesta; no va a caer en ese juego.

—Margaret.

—No sé de qué estás hablando, Sadie, y tampoco pienso discutirlo.

La chica vuelve a negar con la cabeza.

—Me lo imaginaba.

Sadie se reclina en la silla y cruza los brazos mientras observa a la mujer que tiene a pocos metros de distancia.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dice Sadie, después de un silencio—. Que aquí no eres nadie que está sobre mí. No eres la distinguida jefa de estudios de un internado de élite, y desde luego tampoco creo que seas la pareja que mi padre y tú decís ser.

—Ten cuidado con lo que dices —le suelta Margaret con frialdad absoluta.

Lo dice automáticamente, la misma palabra y el mismo tono que usaba con ella cuando tocaba un límite en el despacho. En cuanto le sale, sabe que ha sido un error. Sadie sonríe lentamente, esta vez con los ojos también, y a Margaret le sube el calor por el cuello.

—¿Cuidado? —Sadie ladea la cabeza—. Me encanta. Aquí no me puedes castigar.

—Yo no…

—No me puedes mandar a tu despacho. No me puedes hacer copiar nada. No puedes ponerme casi a cuatro patas sobre tu escritorio e intentar pegarme con una regla en el culo.

La frase aterriza como un golpe seco en el centro de la cara. Margaret cierra los ojos un segundo. Solo uno, y cuando los abre, Sadie está mirándola con una calma terrible.

—No lo menciones —dice Margaret, en voz muy baja.

—¿Por qué? Ahora te da vergüenza admitir que una mujer de tu edad y tu cargo quiso azotar a su joven alumna —ladea la cabeza y hace un pequeño puchero.

—Sadie, basta.

La chica levanta ambas manos en son de paz.

Sadie se levanta. Lleva la taza al fregadero y se queda un momento de espaldas, con las manos apoyadas en la encimera. Margaret le mira la nuca, donde el pelo todavía mojado le forma un remolino, y vuelve a cerrar los ojos.

Sadie sabe que está empujando una línea que no debe.

Cuando los castigos de Margaret se incrementaron y notó su mirada cada vez que estaba en su despacho, Sadie tuvo la certeza de que algo pasaba entre ellas.

Luego vino el incidente de la regla, por llamarlo de alguna manera.

Entonces la chica se dio cuenta de que entre ellas había fuego puro, pero de repente se desvaneció.

Alguien entró con un extintor y lo apagó todo.

El resultado fueron ocho meses de absoluto silencio por parte de Margaret, una despedida que nunca se llegó a dar, Miami y ¿ahora qué? ¿Es su madrastra? Qué puta locura.

El caso es que Sadie ya no es la chica joven que estuvo en la Akademie Vítek; ahora, aunque haya pasado poco más de un año, es una mujer con casi veinte que ha madurado con una rapidez alucinante. Esa nueva Sadie tiene que aceptar que su padre está con Margaret y dejar de ser una mocosa encoñada.

—Voy a salir a correr —anuncia Sadie para empezar a romper el hielo—. ¿Necesitas algo del supermercado?

La pregunta es tan absurdamente doméstica que Margaret tarda un segundo en procesarla. Es que Sadie parece estar ofreciéndole una bandera blanca, y Margaret no duda en cogerla.

—No, gracias.

—Vale.

Sadie sale de la cocina sin mirarla. Margaret oye sus pasos por el pasillo, después por la escalera.

Cuando sabe que la chica ya está lejos, se permite apoyar la frente en la palma de la mano durante diez segundos.

Después se incorpora, abre el periódico, y empieza a leer una noticia sobre la subida de los precios de la energía que no le interesa absolutamente nada.

Sadie sale de casa con mallas, sudadera y auriculares. Vuelve una hora y media después, sudada, con dos bolsas del supermercado. Margaret está en el sofá del salón leyendo un informe del centro. Se cruzan en el recibidor. Sadie levanta una de las bolsas y dice, sin parar de andar:

—Te he traído fruta. La que comías en el comedor de Vítek. Los albaricoques.

Y se mete en la cocina antes de que Margaret pueda contestar.

Margaret se queda mirando el pasillo vacío. Albaricoques. Sadie se acuerda, y eso la hace sonreír de una manera que no recuerda desde hace exactamente un año y nueve meses.

El resto del día pasa en una coreografía absurda.

Margaret arriba haciendo una llamada de trabajo, Sadie abajo con el portátil.

Cada vez que se cruzan, una se aparta para dejar pasar a la otra con una cortesía ridícula.

Margaret nota cada vez que Sadie pasa por delante de ella el perfume suave que parece nuevo, y también se da cuenta de cómo su antigua alumna la sigue con la mirada dos segundos más de lo que debería.

A las dos vuelve Ralph, antes de lo previsto. Se acerca al sofá donde está Margaret y le da un beso en la mejilla.

—¿Dónde está Sadie? —pregunta quitándose la chaqueta.

Sadie aparece en lo alto de la escalera, descalza y con un vaso de agua en la mano.

—Hola, papá.

—Mi niña, ¿qué tal la mañana?

—De maravilla —dice Sadie, mirando a Margaret.

Ralph sonríe.

Comen los tres juntos. Ralph cuenta lo de Bratislava.

Sadie come en silencio la mayor parte del tiempo, contesta cuando Ralph le pregunta directamente, y de vez en cuando, sin previo aviso, mira a Margaret durante un segundo entero antes de volver al plato.

Margaret nota todas y cada una de esas miradas.

A las siete de la noche Ralph sube a su habitación, porque dice que se ha levantado a las cinco, necesita ducharse y descansar antes de bajar a cenar. Margaret se queda en el salón con un libro. Sadie se sienta en el sillón de enfrente, también con el portátil, y se pone unos auriculares.

Margaret intenta leer, pero no lo consigue.

Levanta la vista del libro y mira a Sadie disimuladamente.

Está concentrada en la pantalla, las cejas un poco fruncidas, una pierna recogida bajo el cuerpo.

Margaret se queda mirándola más tiempo del que querría.

Cuando vuelve al libro, no recuerda en qué página estaba.

Una hora después suena un timbre desde el portátil de Sadie. Ella sonríe y se levanta para salir al patio abriendo la puerta corredera que tiene justo a su lado. Se sienta en una de las sillas y desconecta los auriculares.

—Hola, guapa —dice en inglés.

Margaret levanta la vista.

—Hi, baby —contesta una voz al otro lado, con acento del sur de Estados Unidos. Una voz joven, dulce, claramente femenina.

Margaret puede escucharlo todo como si estuviera al lado de esa chica. Ladea el cuerpo y mira a Sadie.

—¿Cómo va todo? —pregunta Sadie.

—Bastante bien, aunque sin ti no es lo mismo —Riley sonríe—. Te echo mucho de menos.

—Yo también —Sadie no miente; le encantaba pasar tiempo con ella y perderse en su piel.

—¿Estás en casa de tu padre?

—Sí, aquí estoy —Sadie gira la pantalla para que la chica vea el patio y la piscina.

—¿Y cómo va?

—Raro —dice Sadie, y se encoge de hombros—, pero bien.

Margaret nota que se ha quedado completamente quieta. Que el libro le pesa en las manos como si fuera un objeto del doble de su tamaño. Que la garganta se le ha puesto seca.

Sadie sigue hablando. Se ríe de algo que dice Riley. Le pregunta por una compañera del centro. Le dice que sí, que mañana le manda fotos. Le dice «cuídate, preciosa» en un tono que Margaret nunca le ha oído usar. Cuelga.

Cuando entra de nuevo a la casa, Margaret la mira sin ningún tipo de excusa.

—¿Una amiga? —pregunta Margaret, y se odia en el momento de preguntarlo.

—Algo así.

Sadie vuelve a sentarse en la butaca y no levanta la vista del portátil. Margaret asiente y vuelve al libro, donde ahora hay frases que entran y salen sin dejar nada.

A las nueve cenan. Ralph ha bajado descansado, contento, y propone abrir un vino que le han regalado.

—Por cierto —dice Ralph, sirviendo vino—, ¿con quién hablabas antes? Te he oído reírte desde la habitación.

—Con una amiga de Miami —dice Sadie.

—¿La que me dijiste que te llevó al aeropuerto?

—Esa.

—¿Era amiga o era…? —Ralph deja la frase a la mitad, sonriendo.

Desde que Sadie descubrió que le gustaban las chicas, se lo dijo a su padre sin pudor. En realidad, fue por una apuesta que ella no iba a perder y a Ralph no pareció importarle lo más mínimo. Desde ese momento su padre siempre le pregunta si tiene novia o si ha conocido a alguna chica.

—Bueno, era mi chica —contesta Sadie.

Ralph asiente y toma un sorbo.

—¿Cuánto tiempo?

—Cuatro meses más o menos.

En ese momento Margaret siente cómo mil cuchillos le atraviesan toda la piel del cuerpo.

Se siente asfixiada e incluso empieza a ver borroso.

Le invade la rabia, la ira, el descontrol.

No era tonta, sabía que Sadie haría su vida en Miami, pero escucharla de su propia boca la está quemando.

Quiere reírse a la vez; lo cierto es que Margaret Blazek jamás ha tocado un cuerpo femenino, mucho menos se ha detenido a mirarlo como ha hecho con Sadie.

Esa chica fue una explosión mental para ella, una verdad que le salpicó de tal manera que aún no logra comprender.

—¿Y se ha quedado allí? —la pregunta de Ralph devuelve a la realidad a Margaret.

—Está en Miami acabando un máster. Yo estoy aquí. No iba a funcionar a distancia, las dos lo teníamos claro.

—Pero te llevas bien con ella —dice su padre levantando las cejas.

—Muy bien; además, siempre tendré una buena amiga allí si decido ir de vacaciones alguna vez.

Sadie lo dice con picardía, con la sonrisa de medio lado y los ojos brillantes.

Ralph suelta una carcajada. Le sirve más vino a Margaret sin preguntarle si quiere. Margaret no protesta. Coge la copa. Da otro sorbo.

—Bueno, Margaret —dice Ralph, en ese tono campechano que pone para hacer chistes que nadie le ha pedido—, ¿tú sabías que a Sadie le gustaban las mujeres?

—No —dice Margaret con una voz atronadora.

—Pues mira —dice Ralph—. Ya lo sabes. Mi hija es como su padre.

Hay un silencio demoledor. Claro, se parecen en que a los dos les gusta la misma mujer.

Margaret coge la copa otra vez y la vacía de un trago.

Sadie se levanta a llevar los platos. Margaret se ofrece a ayudar. Ralph dice que ni hablar, que ya recoge él, que se ha pasado la mañana fuera y le apetece. Margaret y Sadie se quedan un momento de pie en el salón, una a cada lado de la mesa, con Ralph en la cocina aclarando platos y silbando.

—Vaya que has disfrutado de Miami —suelta de repente Margaret con los dientes apretados.

—Uff, ni te lo imaginas —contesta Sadie tranquila—. ¿Celosa, Margaret?

Margaret la mira durante dos segundos y tiene el deseo visceral de seguir con lo que comenzó aquel día en su despacho. Tumbar a esta engreída sobre su mesa y azotarla con fuerza.

—Buenas noches —dice Sadie, y se da la media vuelta para marcharse.

Margaret la deja ir con la cabeza dando vueltas en círculos violentos. Su plan es una auténtica basura y nada está saliendo como ella realmente había planeado.