Capítulo 13 | La vuelta a casa
Ha pasado un año.
El avión de Miami aterriza en Praga a las siete y cuarenta de la mañana, con una puntualidad que Sadie no agradece.
Lleva doce horas de vuelo, dos escalas, una resaca mediana y el sabor de Riley todavía en alguna parte de la memoria.
Se arrastra por la terminal con las gafas de sol puestas, aunque fuera está nublado, y piensa en ducharse como piensa un náufrago en el agua dulce.
Marek la espera con un cartel sin nombre, porque lleva años recogiéndola y ya no necesita poner nada. La abraza rápido, con esa torpeza paternal de los chóferes que te han visto crecer, y le coge las dos maletas sin preguntar.
—Su padre está en casa esperándola, señorita.
—¿Mi padre está en casa a las ocho de la mañana?
—Ha cancelado una reunión.
Sadie levanta una ceja detrás de las gafas. Ralph no cancela reuniones. Ralph reorganiza la realidad entera antes de cancelar una reunión.
—Interesante.
—Dice que tiene ganas de verla —comenta el chófer con tranquilidad.
Se mete en el coche, se quita las gafas y cierra los ojos un segundo.
Miami ha sido un año raro. Raro bueno. Empezó siendo un castigo encubierto, «vive experiencias fuera de Europa», la frase de Ralph que nunca le terminó de sonar del todo verdadera, y acabó siendo el único sitio donde ella ha conseguido dejar de preguntarse por qué Margaret dejó de mirarla.
El centro comunitario estaba en Little Havana, lo dirigía una cubana de sesenta años que se llamaba Mercedes y que se sentaba con los chavales en el suelo si hacía falta.
Sadie empezó guardando en su memoria todo lo que veía.
Al mes la dejaban acompañar entrevistas.
A los tres meses llevaba ella sola los casos de algunas adolescentes, con Mercedes de pie detrás por si acaso, sin abrir la boca.
Sadie descubrió que sabía escuchar. Descubrió que tenía paciencia para cosas que no creía que la tuvieran.
Descubrió que cuando una chica de quince años con una madre enganchada al fentanilo le contaba lo que le contaba, ella no se rompía: se quedaba, tomaba nota y hacía las llamadas.
Eva habría estado orgullosa, eso pensó más de una vez, y se sorprendió porque llevaba años sin permitirse pensar en su madre en presente.
Y después estaban las chicas.
Había una brasileña, Camila, que fue la primera.
Tres semanas. Camila se fue a Nueva York sin avisar y Sadie no lloró, solo se bebió una botella de vino con una compañera del centro y al día siguiente estaba en la piscina de un hotel con otra.
Después estuvo Diane, que era bailarina, y una rubia californiana cuyo nombre Sadie no recuerda del todo bien.
Y después, los últimos cuatro meses, Riley.
Riley Taylor era de Georgia y tenía una risa ridícula, del tipo que te obligaba a reírte con ella aunque la broma no tuviera gracia.
Hacía un máster en trabajo social en la Universidad de Miami y había pasado un verano en Nepal.
La llevó al aeropuerto ayer por la tarde.
Riley se emocionó, pero ambas tenían claro que lo que había entre ellas acababa ahí.
Sadie le cogió la cara con las dos manos en la acera de las salidas y le dijo que había sido increíble estar con ella.
Y lo había sido, porque Riley fue, en muchos sentidos, lo más parecido a algo serio que Sadie ha tenido nunca.
Margaret no existió en Miami, y fue bueno y malo a la vez. Bueno porque pudo vivir, disfrutar y divertirse sin sentirse asfixiada por los pensamientos. Malo porque anular en su mente a alguien que la desconcertó tanto durante casi un año le dejó mal cuerpo.
—Llegamos en media hora, señorita.
—Sin prisa, así me da tiempo de cerrar los ojos.
Marek asiente. Sadie apoya la sien en el cristal y se duerme casi enseguida.
Cuando llegan, la casa tiene el mismo aspecto de siempre.
Grande en una calle donde todas las casas son del mismo tamaño, con el césped demasiado perfecto, una fuente seca en el jardín delantero y esa cancela automática que Ralph mandó a instalar hace dos años porque le daba miedo algo que nunca quiso explicar.
Sadie se baja del coche, se estira, y ve a su padre abriendo la puerta antes de que ella llegue a tocar el timbre.
—¡Sadie, cariño! —Ralph la abraza fuerte, con las dos manos en la espalda—. Estás morena.
—Es Miami, papá. Todo el mundo está moreno.
—Estás preciosa —sonríe su padre mientras la mira.
Sadie le da un beso en la mejilla y entra. Huele a café, a pan tostado, y a algo más que tarda dos segundos en identificar. Un perfume. No el de Ralph. Un perfume de mujer, denso, con madera, con algo verde detrás.
Sadie se queda quieta un segundo en el recibidor porque algo hace que se le acelere el corazón.
—Papá, ¿hay alguien en casa?
Ralph sonríe como si estuviera guardando un regalo detrás de la espalda, esa sonrisa de padre que tiene una sorpresa para la niña. A Sadie le da un pellizco en el estómago antes de entender por qué.
—Ven —le pasa el brazo por los hombros—. Te quiero presentar a alguien.
—Papá, acabo de aterrizar.
—Solo un minuto.
Él la va guiando con esa suavidad ligeramente nerviosa que usa cuando quiere quedar bien. Sadie deja su bolsa en la mesa del recibidor, se quita las zapatillas por costumbre, y camina detrás de su padre hacia el salón.
La tarima cruje en el segundo paso. Sadie mira hacia delante.
Y la ve.
Margaret Blazek está sentada en el sofá de su padre con una pierna cruzada sobre la otra, una taza de café en la mano derecha y el codo izquierdo apoyado en el respaldo. Lleva unos pantalones negros y una blusa color hueso. El pelo recogido como siempre. El mismo perfume del recibidor.
El mundo no se congela. Sadie ha oído muchas veces eso de que el mundo se congela y entiende que le está pasando, que de repente todos los sonidos de la casa se escuchan por separado, uno por uno, como si alguien hubiera subido el volumen de cada cosa pequeña y hubiera bajado el de todo lo demás.
La nevera en la cocina. Un grifo mal cerrado en algún baño.
La respiración de Ralph detrás de ella. La cucharilla de Margaret apoyándose en el platillo con un tintineo mínimo.
Sadie deja de respirar. Dos segundos.
Margaret levanta la vista.
Los ojos son los mismos. Exactamente los mismos.
Grises, fríos, quietos, pero hay una cosa —una cosa que solo Sadie puede ver, porque durante casi un año en Vítek los analizó a diario— y es que durante una fracción de segundo, antes de componer la sonrisa educada, Margaret también la mira como si le hubieran puesto una mano en la garganta.
Solo un segundo. Después está perfecta.
—Sadie —dice Ralph, a su espalda, con una naturalidad que le parece obscena—, te presento a Margaret. Mi pareja. Aunque bueno, seguro la recuerdas de la Akademie Vítek.
La palabra «pareja» entra en el salón como un objeto físico. Sadie lo nota en los hombros, en la mandíbula, en los dedos de la mano derecha que se le cierran solos.
Margaret se levanta. Cruza el salón con esa forma de caminar que Sadie conoce: tres pasos, ni uno más, ni uno menos, el peso puesto en la cadera derecha. Le tiende la mano.
—Encantada de volver a verte, Sadie —dice Margaret.
La voz es la de la jefa de estudios. Exactamente esa.
Sadie la oyó durante un año pasar lista, imponer sanciones, llamarla «señorita Novák» con ese tono que cortaba el aire.
Oírla ahora, en el salón de su padre, decir «encantada de volver a verte» mientras la llama por su nombre de pila, es algo para lo que el cuerpo de Sadie no está preparado.
Sadie tiene dos opciones. La primera es decir «¿a qué coño estás jugando?». La segunda es darle la mano.
—Lo mismo digo —le da la mano.
Es la peor mentira que ha dicho en su vida. La piel de Margaret está fría, la suya, sospecha, hirviendo. Se sueltan rápido y Ralph no parece enterarse de nada.
—Margaret sigue siendo la jefa de estudios de tu antiguo colegio —dice Ralph, como si eso fuera una anécdota simpática—. ¿No es una casualidad increíble?
—Increíble —repite Sadie.
—Nos conocimos cuando apenas llevabas unos meses en el internado, pero empezamos a vernos… ¿cuándo fue? ¿Octubre?
—Noviembre —dice Margaret.
—Noviembre —repite Ralph—. Una gala benéfica. Y bueno, ya ves.
Sadie mira a su padre. Le mira la cara, las arrugas nuevas al lado de los ojos, la forma en que está de pie con una mano apoyada en el respaldo del sofá y la otra en el bolsillo del pantalón.
Se le ve feliz de una forma que a Sadie le hace daño, porque no recuerda haberlo visto así desde que tenía siete años.
—Qué bien, papá.
—Hemos pensado que podríamos comer los tres juntos —dice Ralph—. Margaret ha traído unas cosas. Yo hago la pasta. Tú te duchas y te cambias.
—Acabo de aterrizar —le repite, como si esa frase fuera una especie de escudo protector.
—Por eso —su padre sonríe—. Te duchas, descansas un rato, y comemos sobre las dos.
Sadie asiente. Margaret vuelve al sofá, coge la taza, da un sorbo, y cuando la baja, lo hace con la muñeca girada hacia dentro de una forma que Sadie recuerda de esas primeras veces que estuvo en su despacho castigada y que Margaret estaba completamente tensa.
—Voy a subir.
—Marek te habrá dejado las maletas en tu habitación. Descansa —le dice su padre y la abraza.
«Tu habitación». La habitación de invitados. Ralph la llama siempre así, aunque Sadie haya dormido en ella contadas veces. Ella solo se quiere ir a su apartamento del centro, y si ha ido desde el aeropuerto hasta la casa de su padre es porque él había insistido. Ya entiende por qué.
Sube las escaleras con la garganta cerrada.
No mira hacia atrás. Margaret está en el sofá de su padre.
Margaret es la pareja de su padre, lleva desde noviembre siéndolo.
Cinco meses después de que acabaron las clases en la Akademie Vítek.
Mientras Sadie estaba en Miami, Margaret estaba yendo a galas benéficas con Ralph Novák.
Sadie respira por la nariz. Cuenta hasta cinco. Sale el aire por la boca.
Siente un nudo que no sabe explicar y la primera decisión que toma es comportarse como una mujer adulta.
Salió de Vítek con casi dieciocho, en cuatro meses cumple veinte y tiene que aceptar que su padre por fin ha rehecho su vida, aunque lo esté haciendo con la mujer con la que…
¿con la que qué, Sadie? Bufa. Nada, entre ella y Margaret Blazek nunca ocurrió nada realmente.
Entra, se sienta en la cama y se queda mirando la pared. Hay un cuadro, un paisaje de montaña mediocre, comprado en alguna feria, que Ralph puso ahí el mes que redecoró la casa. Sadie lo mira sin verlo. Lo que ve es el salón. Margaret en el sofá. Margaret con la taza. Margaret diciendo «encantada».
—Que te jodan, Blazek.
Se ducha larguísimo. El agua caliente la ayuda y después sale con el pelo mojado, se pone unos vaqueros y una camiseta gris, y se recoge el pelo en un moño húmedo.
Antes de bajar, se mira en el espejo. Se ve cansada, pero también se ve guapa.
Miami fue un mundo nuevo para ella, se aficionó al CrossFit, hizo Hyrox, se unió a un grupo que corría por South Beach tres veces por semana y folló mucho.
El resultado es que tiene un cuerpo de acero, una resistencia que no sabía que podía lograr y sus facciones ya no son de una colegiala enfadada.
—Tu pasta favorita, cariño —dice Ralph, y Sadie quiere fruncir el ceño. Esa ni de lejos es su favorita; de hecho, Sadie apenas come pasta—. ¿Qué pasa, no te apetece?
Su cara tuvo que haber evidenciado algunas cosas porque su padre la mira sorprendido.
—No es eso, papá —intenta salir como puede—. Es que en Miami cambié bastante mi alimentación y hace mucho que no como pasta.
Ralph niega con la cabeza y se acerca a ella.
—Estás muy delgada —lo dice mientras coge de la camiseta y tira un poco de ella hacia arriba—. ¿Lo ves? Nada de grasa.
Detrás de ellos Margaret empieza a toser. Está completamente roja y parece verdaderamente asfixiada.
—¿Estás bien, amor? —Ralph por poco deja caer el plato que tenía en la mano.
—Sí, sí —dice Margaret intentando recuperar el aliento—. Ha sido el vino, lo siento.
Ralph sonríe con ternura y le besa la mejilla.
Sadie se queda quieta, pero al menos no tuvo que presenciar un beso en los labios.
La comida es un ejercicio físico. Comen mientras Ralph habla de una reunión que tuvo la semana pasada en Roma, de un cuadro que quiere comprar, de lo lista que es Margaret y lo bien acompañado que se siente. Margaret dice que sí con la cabeza cuando toca y mira a Ralph con atención y una sonrisa.
—Sadie tiene muy buena memoria para las caras —dice Ralph en algún momento—. ¿Tú te acordabas de ella?
Margaret la mira durante un segundo largo, con la copa en la mano.
—Claro.
—¿Ves? —Ralph se ríe—. Yo pensé que a lo mejor ni os acordaríais la una de la otra.
—Yo sí me acordaba —dice Sadie.
Lo dice mirando a Margaret, con voz plana como quien confirma el tiempo que hace fuera. Margaret sostiene la mirada dos segundos y baja los ojos al plato.
—Bueno —dice Ralph, sonriendo—. Qué ilusión me hace teneros a las dos aquí.
Sadie come; la pasta está demasiado hecha, pero al menos el vino es bueno.
La conversación sigue. A veces Margaret le hace una pregunta educada sobre Miami, sobre el centro, sobre su vuelo.
Sadie contesta con frases de dos líneas.
No es maleducada, pero tampoco demasiado entusiasta.
Hay un momento, solo uno, en el que Ralph se levanta a coger más pan y se va a la cocina.
Se quedan las dos solas en la mesa. Sadie está cortando algo en el plato. No levanta la vista.
—Sadie —dice Margaret, bajo. Y es primera vez que la llama por su nombre de pila.
—No.
Lo dice así, una sílaba. No «no quiero hablar», no «no me hagas esto», no nada. Solo «no». Es todo lo que Sadie puede permitirse ahora mismo.
Margaret no insiste. Se reacomoda la servilleta sobre el regazo. Cuando Ralph vuelve con el pan, están exactamente igual que antes.
Después de comer, Sadie dice que está muerta y que necesita dormir. Ralph dice que por supuesto y Margaret comenta que ella también se va a echar un rato. A Sadie le da igual dónde se vaya a echar Margaret; lo único que quiere es que sea en otro universo, lejos de ella.
En la habitación de invitados, Sadie cierra la puerta con pestillo. Se quita los vaqueros. Se mete en la cama. Apaga la luz con la cabeza dándole vueltas. Margaret está en esta casa, la casa donde Sadie creció antes de que la mandaran al primer internado.
Fuera, en algún sitio del pasillo, se oyen pasos.
Unos que ella reconocería con los ojos cerrados, porque los tiene grabados en la memoria desde el día que vio a la jefa de estudios de la Akademie Vítek entrar al auditorio.
Los pasos se detienen un segundo delante de la puerta de su habitación, pero siguen.
Sadie se queda mirando el techo.