Akademie Vítek Capítulo 12 | Sin despedida
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Capítulo 12 | Sin despedida

La maleta pesa más de lo que debería. Sadie lo nota cuando la baja de la cama y la apoya en el suelo con un golpe seco que hace que Klara levante la vista del escritorio.

—¿Cuántos kilos llevas?

—Ni idea.

—Pésala antes de meterla en el coche —Klara vuelve a mirarla—. Si la aerolínea te cobra exceso, es culpa tuya.

—No voy en avión, Klara.

—Da igual —pone los ojos en blanco—. Pésala y apunta lo que pesa tu vida dejando Vítek.

Sadie no la pesa. Se sienta encima de la maleta para cerrar la cremallera, aprieta con las dos manos, y cuando consigue que la lengüeta llegue al final se queda un momento así, medio caída, mirando el dormitorio que ha sido su sitio durante casi un año y que ahora vuelve a ser una habitación con dos camas, escritorios y armarios idénticos.

Klara sigue con lo suyo. Tiene un examen el martes y no ha dejado de estudiar ni un día de esta semana. Sadie la mira. Klara le cae bien, aunque nunca se lo diga. Le cae bien porque es una persona completamente distinta a ella.

—¿Me escribes? —pregunta Sadie.

—Si tú me escribes, sí —contesta su compañera.

—Vale.

—No vas a escribirme —Klara la mira con los ojos entrecerrados.

—Probablemente no —encoge los hombros, porque no le va a mentir a esa chica que le cae bien.

Klara sonríe sin levantar la vista del cuaderno. Es una sonrisa pequeña, pero es de las pocas que Sadie le ha visto en todo el año. Se levanta, arrastra la maleta hasta la puerta. Coge la mochila del respaldo de la silla y se la cuelga al hombro.

—Suerte con el examen.

—Suerte con la vida —Klara sigue sin levantar la cabeza.

—Idiota —sonríe Sadie.

—Tú más.

Sadie abre la puerta y sale al pasillo. No se gira, sigue su camino que se cruza con el de Isabelle. Viene con una bolsa de tela colgando del hombro y un café en la mano.

—Te vas.

—Me voy —confirma Sadie—. ¿Tú cuándo te marchas?

—La semana que viene —Isabelle toma un sorbo de su café y luego la mira—. Me queda un examen y no quiero perderme la fiesta.

Sadie asiente lentamente.

—¿Por qué no te quedas hasta la celebración?

—Mi vuelo sale pasado mañana —responde Sadie encogiéndose de hombros.

Isabelle frunce el ceño.

—Pensé que irías a la universidad aquí en Praga.

—Y voy a esa, pero primero estaré un año en Miami —Sadie sonríe—. Mi padre está trabajando en un proyecto para mí y quiere que primero viva algunas experiencias fuera de Europa antes de centrarme en la universidad y el trabajo.

Isabelle abre la boca.

—Tienes un padre increíble —dice, y Sadie no dice nada; no es que no lo piense, pero su padre ha estado ausente la mayoría del tiempo y no sabe bien qué sentir—.

Yo voy de cabeza a la Escuela de Negocios en Madrid, mis padres quieren que perfeccione el español mientras hago la carrera.

Yo solo quiero comer paella y follar con chicos bronceados.

Sadie suelta una carcajada. Va a echar de menos a algunos compañeros, entre ellos a Isabelle.

Isabelle deja el café en el alféizar de la ventana, se acerca y la abraza.

Es un abrazo corto, con palmadas, de los que Sadie sabe dar y recibir sin que le cueste.

Isabelle huele a tabaco y a perfume caro, y Sadie, por una centésima de segundo, piensa que si se quedara cerca podrían ser buenas amigas.

—Nos vemos —dice Isabelle—. Disfruta mucho Miami.

—Y tú, Madrid.

—Estás rara desde hace meses —suelta la chica como toda respuesta.

Sadie no dice nada, vuelve a coger su maleta por el asa y la arrastra despidiéndose con un movimiento de cabeza.

A Ben lo ve en el patio. Está con dos chicos de tercero, riéndose de algo. Cuando la ve, levanta una mano y grita su nombre desde veinte metros. Sadie levanta la mano también, sonríe, pero no se acerca.

Y ya está, eso es todo. Casi un año, varias caras en un pasillo, un abrazo corto y una levantada de mano. Sadie avanza hacia la salida principal con la maleta arrastrándose detrás de ella y se da cuenta de que ha hecho, apenas, pocos amigos. Ha hecho conocidos, ha sobrevivido; es distinto.

Bajar la escalera central con la maleta es un pequeño ejercicio de equilibrio.

Sadie lo hace sin mirar, peldaño por peldaño, con la mano libre rozando la barandilla de madera.

Cuando llega al vestíbulo, tiene que parar un segundo para recolocarse la mochila.

Es entonces cuando levanta la vista y lo ve.

El pasillo del ala central. Al fondo, a la derecha, la puerta de Margaret.

Sadie se queda mirando la puerta. No se da cuenta de que lleva tres segundos parada hasta que el conserje que está en la mesa del vestíbulo le dice algo sobre si necesita ayuda con la maleta.

Sadie niega con la cabeza. Mira la puerta otra vez.

La maleta pesa. El brazo empieza a pesarle también.

Decide que va a pasar por delante. Es el camino hacia la salida secundaria, que es donde la está esperando el coche.

No tiene que hacer nada más. Solo pasar.

La maleta hace ese ruido de rueda defectuosa que lleva haciendo desde Milán.

Las suelas de sus zapatillas chirrían un poco en el mármol.

A medida que se acerca a la puerta de Margaret, Sadie es consciente de cada sonido que produce, como si el mundo hubiera subido de volumen.

Pasa por delante del despacho de Pavel, que tiene la puerta abierta y no hay nadie dentro.

Pasa por delante de la secretaría, que hoy tampoco tiene a nadie porque es sábado y casi todo el personal administrativo descansa.

Pasa por delante de la placa que dice «Jefatura de Estudios».

Quizá Margaret está al otro lado, sentada en su silla, oyendo el sonido de una rueda de maleta que se acerca y se detiene. Quizá no está en el edificio, pero igualmente Sadie se queda ahí de pie.

No va a llamar, eso lo sabe. Lo supo ayer por la noche cuando no pudo dormir y se quedó mirando el techo de la habitación durante dos horas pensando en todo menos en esto.

No va a llamar porque no sabría qué decir si la puerta se abriera, y no sabría qué hacer si no se abriera, y cualquiera de las dos cosas sería peor que lo que está pasando ahora.

Nada es una forma de cierre. Es la forma que Margaret ha elegido.

Ocho meses de nada. Ni una mirada en el comedor.

Ni un saludo en los pasillos. Ni una mención en las reuniones de orientación, donde Margaret se las arreglaba para llamar a cada alumno por su nombre menos a ella.

«Los estudiantes de último año». Sadie se convirtió en un genérico.

Al principio le dolió como si le hubieran hecho algo, luego empezó a sentirlo como un peso constante, y después —más tarde, pasado un mes, pasados dos— empezó a entender que era una decisión, que no era un accidente.

Sadie le dio tres oportunidades. Las cuenta ahora, de pie frente a la puerta cerrada, aunque no ha venido aquí a contarlas.

La primera fue a las dos semanas del tercer castigo: se saltó otra clase, se dejó ver en el pasillo del ala oeste en hora de tutoría, se aseguró de cruzarse con Margaret.

La sanción la impuso Kratochvil. Margaret no apareció.

La segunda, un mes después: hizo una escena ridícula en el comedor por una tontería con Tomas que ella misma orquestó.

La convocaron al despacho de la directora adjunta.

Margaret no estaba. La tercera, dos meses más tarde, fue la más estúpida de todas: dejó el móvil encendido en pleno examen de historia.

Informe disciplinario firmado por Pavel. Margaret inexistente.

Después de la tercera dejó de intentarlo.

No porque aceptara la situación —Sadie no acepta nada realmente, solo aprende a fingir que acepta— sino porque entendió que Margaret había decidido no estar.

Que había hecho la cuenta y había decidido borrarse del espacio físico de Sadie con la misma frialdad con la que hace todo lo demás.

Y Sadie no iba a seguir golpeando una puerta cerrada.

Se queda cinco segundos más para procesar que esa será la última vez que esté frente a esa puerta. Luego coge la maleta y reanuda el camino hacia la salida secundaria. No mira atrás, no tiene nada que mirar.

Cuando llega a la salida, el conserje de este lado le abre con una sonrisa neutra.

Sadie le da las gracias y sale al patio.

El aire fuera se siente bien, con ese olor a hierba recién cortada que los jardineros mantienen con una obstinación de secta, y la luz le da en los ojos con una intensidad que la hace detenerse un segundo en el escalón.

Delante hay unos cincuenta metros de sendero de grava hasta la verja principal. A la derecha, un seto perfectamente recortado. A la izquierda, el ala administrativa del edificio, tres pisos de piedra clara con ventanas altas y simétricas. Sadie avanza con la maleta detrás.

El coche de Ralph —no Ralph, un coche que Ralph ha mandado, con un chófer que Sadie conoce de otras veces— está aparcado en la entrada.

El chófer, que se llama Marek y que lleva doce años trabajando para su padre, baja a abrirle el maletero y a cogerle la maleta.

Sadie le da las gracias y se queda un momento mirando la verja mientras él guarda el equipaje.

El móvil le vibra en el bolsillo. Es su padre.

—Hola, papá.

—Sadie. ¿Estás ya en el coche?

—Casi. Marek está metiendo la maleta.

—Perfecto. ¿Cómo ha ido todo? ¿Habéis terminado ya los exámenes?

—Hace tres días —Sadie se gira y vuelve a mirar el edificio.

—Ah. Bien. Bien, perfecto.

Ralph tiene una manera de hablar por teléfono difícil de explicar. Es una manera alegre, con frases cortas, no es falsa, pero a veces Sadie piensa que tampoco es verdadera.

—¿Y qué tal el año? En general —pregunta Ralph, y se escucha un ruido de fondo como el que hacen los restaurantes.

—Bien —contesta Sadie sin ganas de dar explicaciones.

—¿Solo bien? —pregunta su padre.

—Sí, papá. Normal. Aprobado. Media alta. Profesores contentos —lo dice como si fuera una máquina programada para decir medias verdades.

—¿Y estás tú contenta? —inquiere Ralph.

Sadie mira la verja. Mira un momento hacia atrás, a la fachada del edificio. Luego mira otra vez al suelo.

—Sí, claro.

—Perfecto. Oye, escucha. Cuando llegues a casa te quiero contar unas cosas.

—¿Qué cosas?

—Novedades —Ralph parece sonreír—. Varias, nada malo. Cosas buenas, creo.

—Vale, ¿no puedes adelantarme nada por teléfono?

—No —y su padre se ríe cuando Sadie suelta un bufido—, pero creo que te va a gustar.

Ralph cuelga. Sadie se queda con el móvil en la mano un segundo de más antes de guardarlo. Su padre siempre tiene novedades, vive en un estado permanente de novedades que la mayoría de las veces son contratos, adquisiciones, mudanzas del despacho, socios nuevos. Nada que la afecte realmente.

Marek cierra el maletero, le abre la puerta de atrás y Sadie se sube.

—¿Al apartamento del centro o directamente a casa de su padre, señorita?

—A casa de mi padre.

Cuando lo dice, la frase le sabe rara. Prácticamente desde que su madre murió, Sadie dejó de tener una casa familiar.

Internados, academias de élite y su propio apartamento en el centro de Praga a una edad que debería ser ilegal es lo que ella conoce como casa.

Donde nació y vivió sus primeros ocho años ahora es la casa de su padre.

—¿Música? —pregunta el chófer.

—Lo que quieras.

Marek pone algo suave, con piano, uno de esos discos de jazz que Ralph le habrá regalado por Navidad.

El coche arranca, la verja se abre y salen al camino de acceso.

Sadie apoya la sien en el cristal. No piensa nada elaborado, sobre todo no piensa en Margaret, ni en los ocho meses que la ignoró por completo, ni mucho menos en ese adiós que no se produjo.

El coche avanza y Sadie, sin saberlo, se lleva algo incrustado entre el pecho y la espalda.