Capítulo 11 | El tercer castigo
Son las once y veintidós de la mañana cuando Sadie decide, sin pensarlo demasiado, que va a hacerlo.
No se sienta a planificar nada, simplemente está en el aula de química, con el cuaderno abierto en una página que no ha escrito, y cuando Walczak se da la vuelta para sacar una muestra del armario del fondo, Sadie se levanta y camina hacia la puerta.
—Novák —dice Walczak, sin girarse, porque nota el movimiento como lo haría cualquier profesor con dos décadas de oficio—. ¿Adónde va?
—Al baño.
—No se sale de química sin terminar la práctica.
—Me encuentro mal.
—Pues espere a que alguien la acompañe.
Sadie no espera. Abre la puerta y sale. Oye a Walczak decir algo detrás, probablemente su apellido otra vez, pero ella ya está en el pasillo con el pulso en la garganta y una claridad extraña en la cabeza, como si llevara dos días sin dormir y hubiera empezado de pronto a ver mejor.
Camina, no hacia el baño sino hacia la zona prohibida del ala este, donde la biblioteca cierra por reformas y los alumnos no deben entrar, y donde hay un pasillo con ventanales que dan al jardín interior y que Sadie ha mirado durante dos semanas enteras desde el otro lado sin poder acercarse porque estaba castigada.
Dos semanas sin salidas, sin actividades, sin nada.
Dos semanas en las que Margaret ha pasado a su lado en el comedor, en los pasillos, en la reunión de orientación del viernes, y no la ha mirado ni una vez.
Ni medio segundo, ni siquiera un gesto. Como si Sadie no existiera, como si la discusión del pasillo no hubiera existido tampoco y como si Sadie no mereciera ni el esfuerzo de ser ignorada a conciencia, sino el olvido directo.
Empuja la puerta batiente que separa el ala abierta del ala cerrada.
La puerta chirría. El pasillo está vacío, con las lámparas apagadas y una cinta de obra colgando de un trípode a la altura de la biblioteca.
Sadie pasa por debajo de la cinta y sigue andando.
Camina hasta el final del pasillo y se sienta en el alféizar del ventanal.
Saca el móvil que le han devuelto esa mañana —no Margaret sino una secretaria que nunca había visto— y abre Instagram.
Se hace una foto tonta, con el jardín detrás, una media sonrisa que no le sale bien, y la sube a historias con un texto casi infantil que revela su ubicación exacta, el ala prohibida.
Se lo piensa dos segundos antes de darle a publicar, pero presiona el botón casi de inmediato.
No tiene que esperar mucho; al cabo de varios minutos oye pasos.
No son los de Margaret. Los de Margaret son más cortos, más duros, y se oyen con un tacón que Sadie ya identifica con una precisión que preferiría no tener.
Estos son los del profesor de historia, que tiene el despacho de guardia este mes.
Sadie se guarda el móvil. El hombre aparece en la esquina con la cara que se pone cuando alguien ha hecho una estupidez y él tiene que ocuparse en lugar de tomarse su té.
—Novák —suspira mientras se le mueve el bigote.
—Profesor —Sadie sonríe.
—Esto es zona restringida.
—Lo sé.
—¿Lo sabe y está aquí? —abre los ojos como si Sadie hubiera apuñalado a alguien.
—Evidentemente.
El profesor la mira. Es un hombre tranquilo, de los que no levantan la voz porque saben que no hace falta.
—Acompáñeme al despacho de la jefa de estudios.
—Vale.
El profesor la mira otra vez, más despacio ahora, porque es raro que un alumno diga «vale» cuando se le anuncia un viaje al despacho de Margaret Blazek.
Sadie se levanta del alféizar, se sacude la falda, y camina detrás de él por los pasillos hasta el ala central con el pulso acelerado pero la cara neutra.
La secretaria los ve llegar y descuelga el teléfono sin que el profesor tenga que decir nada. Margaret abre la puerta antes de que la mujer termine de explicar quiénes se acercan a su despacho.
Margaret la mira. Sadie siente el impacto como si alguien le hubiera puesto una mano en el esternón y la hubiera empujado hacia atrás.
—Gracias, profesor. Yo me encargo.
—La encontré en el ala este —dice con el ceño fruncido—. Había pasado la cinta.
El profesor se va. Sadie entra en el despacho. Margaret cierra la puerta detrás de ella con una calma que presagia una gran tormenta.
—Siéntese, Novák.
—No.
Margaret se gira y la mira. Esta vez no aparta la vista. Los ojos de Margaret son fuego envuelto en niebla.
—Siéntese —lo dice saboreando cada sílaba.
—Ya le he dicho que no —Sadie cruza los brazos, desafiante.
—No me haga repetirlo.
—Dígalo todas las veces que quiera —ahora se encoge de hombros—. No voy a sentarme.
Margaret deja los papeles que tiene en la mano sobre el escritorio. Lo hace despacio, con una calma deliberada que Sadie reconoce porque la ha visto antes, la última vez que Margaret estuvo a punto de perder la paciencia.
—¿Qué hacía en el ala este? —pregunta con los dientes apretados.
—Nada.
Margaret necesita recurrir a toda su fuerza para controlarse.
—Estaba sentada en una zona prohibida y además con el móvil que bien sabe que no puede usar en las áreas comunes.
—¿Cómo sabe que tenía el móvil? —pregunta Sadie ladeando la cabeza.
No tiene la certeza, pero según Ben, la dirección de internado monitorea constantemente el uso de dispositivos. Si algún alumno hace uso de sus redes sociales en horas de clase, de alguna manera lo saben.
—No está en un colegio cualquiera, señorita Novák —Margaret lo dice con sequedad—. Además, ha colgado una foto con la ubicación.
Sadie sonríe y Margaret la mira. Son dos pasos de distancia, quizá menos. Sadie nota cómo le sube el calor al cuello y decide que no va a retroceder.
—¿Le parece gracioso, Novák?
—No sé a qué se refiere.
—Se salta una clase —empieza a enumerar—. Cruza una cinta de obra, entra en una zona cerrada. Se hace una foto y la publica con el nombre del lugar. Y viene aquí con esa cara.
Sadie levanta la barbilla.
—¿Le molesta mi cara?
—Me molesta que se esté comportando como si tuviera diez años —a Margaret le arde la lengua.
—Y a mí me molesta que me haya castigado dos semanas por chocarme en un pasillo —Sadie levanta las cejas—. Parece que nos molestan muchas cosas las dos.
Margaret da un paso hacia ella, pero Sadie sigue sin moverse.
—Le voy a dar una oportunidad, Novák. Siéntese en esa silla, explíqueme qué estaba haciendo, y esto se resuelve con una sanción estándar.
—No, y antes de que lo pregunte, no se lo digo porque no me da la gana.
Lo dice mirándola a los ojos, sabiendo perfectamente lo que está haciendo. Lo que no sabe —y esto es lo que la asusta después, mucho después, cuando puede volver a pensar— es para qué lo está haciendo.
Margaret cierra los ojos un segundo. Inspira y cuando los abre, está más cerca. Sadie no ha visto el movimiento. Margaret está a medio metro, a un simple brazo de distancia.
—Le juro, Novák, que si sigue hablándome así...
—Siga —la reta Sadie abriendo las manos—. ¿Qué va a pasar?
De repente, Margaret la coge del brazo, lo suficientemente fuerte como para girarla medio paso y empujarla contra el borde del escritorio.
Sadie siente la madera fría contra la parte baja de la cintura y el corazón le da un salto.
Margaret no la suelta, le pone una mano en la espalda, plana, como quien marca una distancia, y con la otra coge algo de la mesa sin mirar.
Es una regla de madera, de esas normales que tienen cuarenta centímetros. Sadie no puede ver nada, está casi tumbada en la mesa de Margaret Blazek sintiendo su mano en la espalda sin poder controlar la respiración.
—¿Cree que puede hablarme de esa manera, Novák?
—Solo me estoy defendiendo —contesta con la voz jadeante, e intenta levantarse cuando gira el cuello y ve la regla en la mano de la jefa de estudios.
—Quédese quieta —chilla Margaret en una clara demostración de pérdida de control.
—No.
Y lo que ocurre entonces es tan rápido que Sadie tarda en entenderlo.
Margaret presiona con más fuerza la mano que tiene en la espalda de la chica para inmovilizarla.
Sadie está de cara al escritorio con las palmas apoyadas en la madera porque es lo único que tiene para sujetarse.
La falda se le ha subido un par de centímetros con el movimiento, siente el aire en la parte de atrás de los muslos.
Siente también, de pronto, el contacto de la regla contra la tela de la falda, plano, a la altura del culo.
La regla la roza, presiona apenas, y la mano de Margaret detrás de la regla está lo suficientemente cerca como para que Sadie sienta el calor de la palma a través de dos capas de tela y en ese segundo deja de respirar.
Y Margaret también.
Luego, el silencio más absoluto que Sadie ha oído en su vida.
No es que no haya ruido, es que el ruido de fondo del edificio —el zumbido de la calefacción, el reloj de la pared, la voz de alguien en el pasillo lejano— se corta de golpe.
Sadie tiene las manos en el escritorio, la espalda tensa, la falda un poco levantada, y detrás de ella hay una mujer que no se está moviendo, que no está respirando, que tiene una regla en la mano y que acaba de hacer algo que no debería haber hecho.
Escucha el sonido de la regla al caer sobre la mesa.
Lo oye con una nitidez desproporcionada.
Margaret se aparta, da dos pasos hacia atrás y Sadie sigue con las manos en el escritorio porque no sabe qué hacer con ellas.
Cuando se atreve a darse la vuelta, muy despacio, Margaret está junto a la ventana con las manos apoyadas en el alféizar y la espalda rígida. No la mira, habla mirando el cristal.
—Siéntese.
—Margaret.
—Siéntese, Novák —se gira y sus ojos son terror—. Y no se atreva a llamarme por mi nombre.
Es la primera vez que Sadie pronuncia su nombre. Le sale sin pensarlo y no tiene ni idea de lo que ha causado en Margaret.
La jefa de estudios tiene el corazón desbocado, le tiemblan las manos y siente los muslos viscosos. Margaret tarda treinta segundos en hablar otra vez, mirando un punto del escritorio, una esquina del papel que dejó ahí al principio.
—Redacción de tres mil palabras sobre la normativa interna del centro en materia de movilidad por los espacios comunes —parece un robot hablando—. Entrega el lunes a las ocho en el despacho de dirección. Si llega un minuto tarde, será un informe disciplinario formal.
—Puede irse.
—Yo...
—He dicho que puede irse, señorita Novák —ahora sí lo dice con un tono de voz helado que hace mucho daño—. Fuera de mi despacho.
Sadie se levanta sin decir nada más. Cuando pone la mano en el pomo, se detiene medio segundo, no sabe por qué, quizá espera algo que no llega, y entonces abre la puerta y sale.
Gira a la derecha, gira a la izquierda, sube por la escalera hasta la tercera planta, y cuando llega al rellano se mete en el primer baño que encuentra y cierra la puerta del cubículo con el pestillo.
Se apoya en la puerta con toda la espalda, la cabeza echada hacia atrás contra la madera, y se queda así un rato largo. Siente cómo su cuerpo ha respondido sin ningún permiso, que está caliente por dentro y le tiemblan las piernas.
Joder. Joder. Joder.
No ha sido nada. Es lo primero que se dice.
Ha sido una regla, un segundo, un error.
Margaret se ha pasado, se ha dado cuenta, ha parado.
Todo el mundo comete errores. Ella misma acaba de cometer uno al saltarse la clase de Walczak, hacerse la foto y cruzar la cinta.
Es una sucesión de errores que no tiene que significar nada.
Lo que pasa es que su cuerpo no ha leído el manual.
Su cuerpo ha leído la mano de Margaret en la espalda, el giro, la madera del escritorio, el aire en los muslos, la presión plana de la regla, el calor de la palma a través de la tela.
Su cuerpo ha leído, sobre todo, el silencio de después, los dos segundos en los que Margaret se quedó quieta detrás de ella sin respirar.
Sadie se desliza hasta el suelo y apoya la frente en las rodillas. Intenta pensar en otra cosa porque no quiere sentarse en algo que realmente le ha dejado paralizada.
La voz de Margaret al final no era su voz.
Eso es lo que no la deja levantarse del suelo del baño.
Que la voz de Margaret al final no era la de la jefa de estudios, ni la de la mujer que la castiga dos semanas por nada, ni la de la profesora sustituta de la clase de derecho institucional.
Era otra. Era la voz de alguien a quien le acaba de pasar algo que no sabe cómo gestionar. Era una voz asustada.
Margaret Blazek estaba asustada.
Se levanta de un salto, sale del cubículo y se mira en el espejo del baño, por encima del lavabo. Tiene las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la camisa arrugada en la parte de adelante, donde ha rozado con el escritorio. Se la estira. Se pasa las manos por el pelo.
—Joder —le dice a la chica del espejo.
La chica del espejo no contesta.
Sadie abre el grifo, se moja las muñecas con agua fría, se las aprieta un momento. Luego se seca con una toalla de papel y sale del baño.
Dos pisos más abajo, Margaret Blazek ha cerrado con llave la puerta de su despacho y se ha sentado en la silla. Lleva así casi diez minutos, con los codos en las rodillas y la cara entre las manos, pero eso Sadie no lo sabe. Sadie solo sabe lo suyo. Lo suyo es suficiente.