Capítulo 10 | A peor
La primera señal llega el martes por la mañana, en el desayuno.
Sadie no lo detecta como algo malo hasta mucho después, cuando ya no puede hacer nada.
En el momento solo le parece que Margaret está distinta, no es algo que sepa explicar, pero hay algo raro en ella.
Para Sadie, la jefa de estudios tiene dos maneras de actuar, fría y precisa, y ninguna de las dos contempla esa forma de cruzar el comedor sin mirar a nadie ni siquiera un segundo, con la mandíbula apretada y los tacones resonando más fuerte de lo habitual contra el mármol.
—Esa tía se ha levantado con ganas de matar a alguien —murmura Ben desde el otro lado de la mesa, con media tostada en la boca y la otra mitad en la mano.
—Siempre tiene ganas de matar a alguien —dice Tomas.
—No —dice Isabelle, y la mira por encima de su taza de té—. Hoy es distinto, parece más aterradora que de costumbre.
Sadie no dice nada. Sigue removiendo el zumo con la cucharilla, en círculos lentos, mientras observa a Margaret atravesar el comedor hasta la mesa de profesores.
No la mira. Sadie nota eso con una claridad que le molesta, porque implica que esperaba que la mirara, y esperar algo así es ya una información sobre ella misma que preferiría no tener.
Margaret pasa a menos de tres metros de su silla y no gira la cabeza ni medio grado.
—Novák —dice Isabelle, sin apartar la vista de su taza—, ¿tú has hecho algo?
—¿Yo? —Sadie levanta la cucharilla—. ¿Por qué iba a haber hecho algo?
—Por costumbre.
—No he hecho nada.
—Hmm —dice Isabelle.
El «hmm» de Isabelle es lo peor que tiene esa chica. Es un sonido corto, casi un carraspeo, que contiene más intuición de la que debería caber en dos letras. Sadie decide no hacerle caso y se bebe el zumo de un trago, que está demasiado frío y le quema la garganta. Una maravilla de mañana.
El segundo aviso es en la clase de derecho institucional, a las once.
Margaret no da clases habitualmente —es jefa de estudios, no profesora— pero a veces sustituye a Kratochvil cuando este tiene una de sus reuniones con la dirección.
Hoy es uno de esos días. Sadie lo descubre al entrar en el aula y verla de pie delante de la pizarra, con un libro abierto en la mano y la otra apoyada en el respaldo de la silla.
Se queda medio segundo parada en la puerta. Solo medio segundo. Lo suficiente para que Margaret la vea y decida no saludarla.
—Siéntese, Novák.
Sadie se sienta. Klara, a su lado, la mira de reojo. Sadie ignora la mirada y abre el cuaderno.
La clase dura la friolera de una hora y media.
Durante los primeros veinte minutos, Margaret habla con una precisión que es la suya de siempre, la que ha hecho que media Akademie la tema y la otra media la admire.
Habla de jerarquías normativas, de la diferencia entre reglamento interno y derecho consuetudinario, de casos prácticos que no vienen en ningún manual.
Sadie toma apuntes sin levantar la cabeza.
No le cuesta. Le cuesta, curiosamente, no levantarla.
En el minuto veintiuno, Margaret le hace una pregunta.
—Novák.
Sadie levanta la vista. Margaret la está mirando, pero no como la miraba en el despacho la semana pasada, con esa atención que parecía tener demasiada intriga. La mira como si Sadie fuera un ejercicio mal resuelto.
—¿Sí?
—Explique la diferencia entre una sanción disciplinaria y una sanción académica.
Sadie lo hace en cuatro frases, claras, ordenadas, sin titubear. No porque haya estudiado, sino porque es obvio. Al terminar, espera. Margaret asiente una sola vez y pasa a otro alumno sin añadir una palabra.
Sadie se queda con el bolígrafo en el aire. Algo le sube por el esternón, no es humillación, es molestia. Klara, a su lado, escribe algo en su cuaderno con pulcritud y Sadie aprieta los dientes mientras sigue tomando apuntes.
El tercer aviso —aunque Sadie ya ha dejado de contarlos— es en el pasillo, después de comer.
La alumna vuelve de la biblioteca con un libro bajo el brazo y dobla la esquina del pasillo este sin mirar por dónde va porque nadie en este internado camina por donde no debe a esta hora. Choca con alguien y el libro se le cae.
—Joder, perdón —dice Sadie, automática, antes de levantar la vista.
Es Margaret. Claro que es Margaret.
La jefa de estudios está de pie, con una carpeta azul apretada contra el pecho y una expresión que Sadie no sabe si le ha visto nunca antes. Parece rabia, clara y contenida, con los labios apretados en una línea que parece dibujada con regla.
—Señorita Novák.
—Lo siento, no la había visto.
—Evidentemente.
Sadie se agacha a recoger el libro. Margaret no se mueve.
Cuando se endereza, están más cerca de lo que le parece decente.
El pasillo está vacío, la luz entra por el ventanal del fondo en ese amarillo de media tarde que en Praga siempre parece sacado de una fotografía antigua, y Sadie nota un silencio denso que no corresponde al número de personas presentes, que son dos.
—La próxima vez, mire por dónde camina.
—Ya lo he dicho, que lo siento —contesta Sadie con un tono un poco más alto.
Margaret aprieta más los dientes.
—Un «lo siento» no arregla chocarse con la jefa de estudios en mitad de un pasillo.
Sadie la mira y parpadea una vez porque el impulso que siente es de contestar algo sarcástico, seco, de los suyos, pero tiene que morderse la lengua porque está hablando con Margaret Blazek y porque hasta ahora, casi los dos meses que lleva en este edificio, nunca ha pensado que responder de esa manera fuese una opción.
—¿Qué tendría que hacer, ponerme de rodillas?
Lo dice sin pensarlo. Le sale solo y se da cuenta en el mismo momento en que las palabras están saliendo de su boca.
Margaret se queda muy quieta. Sadie ve el gesto exacto: la mandíbula se le tensa más, la mano sobre la carpeta se cierra con fuerza y las pupilas hacen algo que Sadie no sabe traducir.
No dice nada durante dos segundos enteros.
Luego habla, y la voz es más baja de lo normal.
—Acompáñeme, señorita Novák.
—¿Adónde?
Margaret respira ruidosamente.
—Acompáñeme —repite con una lentitud exasperante.
—No he hecho nada —contesta Sadie negando con la cabeza.
—No lo repetiré, Novák —suelta Margaret y empieza a caminar.
Sadie se queda donde está con el libro apretado en la mano. Margaret da dos pasos, se detiene al ver que Sadie no se mueve, se gira.
—Novák.
—No voy a ir a su despacho por chocar con usted en un pasillo.
Lo dice tranquila, mirándola a los ojos. El pulso le va a ciento treinta, pero la voz le sale estable, y por dentro se felicita por ese truco que le enseñó su padre hace años, uno de los pocos legados útiles que ha recibido de él. La voz se controla antes que el cuerpo. Siempre. Gracias, Ralph.
Margaret avanza un paso hacia ella. Sadie mantiene el sitio. No retrocede, no baja la cabeza, no hace ninguna de las cosas que en estos dos meses ha aprendido que se hacen cuando Margaret Blazek pronuncia tu apellido con ese tono.
—¿Qué ha dicho? —inquiere la jefa de estudios, y el siseo es terrorífico.
—Que no voy a ir.
—¿Sabe con quién está hablando?
—Perfectamente.
—Pues no lo parece.
Sadie siente cómo algo se le enciende en el estómago. No miedo. Es más parecido a los minutos antes de un examen, cuando sabes que estás preparada pero el cuerpo insiste en reaccionar igual.
—He dicho que lo siento al chocar con usted. He recogido el libro. He pedido disculpas dos veces. Si quiere imponerme un castigo por caminar, impóngalo, pero no voy a ir a su despacho como si hubiera hecho algo terrible.
Es un silencio difícil de descifrar. El pasillo sigue vacío, hay un reloj en la pared del fondo cuyo tictac se oye como si fuera el único sonido del edificio, y Margaret no aparta la mirada ni un segundo.
Algo le pasa detrás de los ojos. Sadie no lo entiende.
No es solo rabia. Hay otra cosa dentro de la rabia, como un segundo animal metido en la misma jaula.
—Dos semanas —dice Margaret al fin.
—¿Cómo?
—Dos semanas sin salidas, sin actividades extracurriculares, sin nada —lo explica con los dientes apretados—. Y le advierto, señorita Novák, que, si vuelve a dirigirse a mí en ese tono, el castigo va a ser de los que aquí no se recuerdan. No me rete.
—No la estoy retando —Sadie levanta la barbilla y Margaret siente una vibración familiar entre sus piernas—, pero quiero saber lo que eso significa, nada más.
—Significa —dice Margaret, y se acerca medio paso más, lo justo para que Sadie pueda ver que tiene una pestaña suelta en el pómulo—, que lo que le he impuesto hasta ahora es lo más suave que soy capaz de hacer. No me obligue a demostrárselo.
Sadie abre la boca, pero Margaret la mira con esa expresión que Sadie ahora reconoce como rabia pero que sigue teniendo algo más dentro, y en ese algo más es donde ella se pierde.
Es como si detrás del enfado hubiera una mujer distinta que solo tiene ojos para la estudiante y que las razones fueran completamente diferentes a un simple accidente en un pasillo de la Akademie Vítek.
Margaret da media vuelta. Los tacones golpean el suelo con dureza y se aleja por el corredor hasta desaparecer en la esquina del fondo sin mirar atrás ni una vez.
Sadie se queda plantada, el libro le pesa en la mano como si llevara un ladrillo.
Se da cuenta de que tiene los hombros tensos, los dedos cerrados demasiado fuerte alrededor del lomo, la mandíbula apretada.
Relaja todo despacio, parte por parte, como quien hace un inventario de los daños después de un accidente menor.
Se apoya contra la pared. Se da cuenta de que acaba de tener una discusión absurda con una mujer que evidentemente hoy se ha levantado con una guerra dentro y la ha pagado con la primera persona que se ha cruzado en el pasillo.
Tiene mala suerte, nada más. Si hubiera sido Klara la que choca con Margaret en la esquina, Klara sería la que estaría ahora apoyada en la pared preguntándose por qué la jefa de estudios ha perdido los papeles por una colisión de menos de un segundo.
Pero no ha sido Klara, ha sido ella.
Dos semanas.
—Joder —susurra.
Se aparta de la pared. Camina hasta el ventanal del fondo y se queda un momento mirando el jardín.
Piensa que una cosa sí que está clara: lo que sea que le ha pasado con Margaret en ese pasillo no ha sido solo una discusión.
Ha sido una discusión, una sanción injusta, y una humillación en potencia que no ha llegado a producirse solo porque Sadie ha hecho algo que hasta hoy no sabía que era capaz de hacer, pero también hay algo más que tiene que ver con que Margaret estaba demasiado cerca, y con que la luz del pasillo la hacía parecer más joven de lo que es, y con que Sadie ha notado la pestaña suelta en el pómulo y ha tenido el impulso absurdo, microscópico, de estirar la mano y quitársela.
No lo ha hecho, claro. Ni siquiera ha movido un dedo, pero el impulso ha estado.
En la habitación, Klara está estudiando con los auriculares puestos. Levanta la vista cuando Sadie entra, arquea una ceja en modo pregunta. Sadie niega con la cabeza, tira la mochila sobre la cama y se mete en el baño.
Se lava la cara con agua fría. Se mira en el espejo y se da cuenta de que tiene las mejillas encendidas. Los ojos, más abiertos de lo normal. Una expresión que no reconoce del todo. Se seca con la toalla, despacio, y cuando la cuelga se queda un momento con la mano en el pomo de la puerta del baño.
—¿Qué coño le he hecho? —habla en voz baja, solo para ella, como si necesitara reflexionarlo.
Y al instante un pensamiento —mucho peor— casi la tira al suelo: ¿qué me ha hecho ella a mí?
Abre la puerta con furia, sale y se sienta en su escritorio. El pulso tarda en bajar más de lo normal y cuando baja, no lo hace del todo.
Maldita Margaret Blazek.