Akademie Vítek Capítulo 9 | El inversor
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Capítulo 9 | El inversor

Hay una imagen que no desaparece. Margaret lo sabe antes de abrir los ojos, antes incluso de que la consciencia termine de instalarse.

Está ahí, en el espacio entre el sueño y la vigilia, con la misma precisión irritante con la que ha estado toda la noche: el cuello, los hombros, la clavícula.

El borde de un sujetador negro. Una sonrisa que no estaba dirigida a ella y que sin embargo le ha hecho algo al cuerpo que Margaret lleva días ignorando con una disciplina que empieza a costarle más de lo que debería.

Esta mañana no la ignora, deja que la imagen baile en su mente con calma, con los ojos cerrados y las manos donde las necesita, justo en ese lugar húmedo que necesita más presión.

Piensa en la luz de esa habitación desconocida, en la manera en que la clavícula se curva hacia el hombro, en esa sonrisa descuidada que no sabe para quién era.

El cuerpo responde con una rapidez que es casi un insulto a todo lo que Margaret considera que debería sentir.

No tarda nada, quizá unos minutos, pero no necesita más que eso.

Tan solo queda en su cabeza la imagen, el silencio de su dormitorio y la certeza de que nadie va a saberlo nunca.

—Joder —susurra con la respiración entrecortada.

Después se ducha, se viste y se prepara café.

La jornada empieza a las ocho y cuarto con la misma normalidad de siempre.

Margaret levanta el teléfono a las diez y media, entre la reunión de tutores y la revisión presupuestaria.

Tiene el número de Ralph Novák en el expediente de Sadie, en el apartado de contactos de emergencia y tutores legales, donde siempre está el número de los padres.

Lo llama desde el número del despacho, aunque estuvo tentada a hacerlo desde su móvil personal.

Descuelga al tercer tono.

—¿Dígame?

Voz grave, ligeramente distraída, el tono de alguien que contesta el teléfono mientras hace otra cosa. Margaret se lo imagina de pie junto a una ventana, inclinado sobre algún documento, o en una reunión de la que acaba de salir.

—Buenos días. Soy Margaret Blazek, jefa de estudios de la Akademie Vítek. ¿Hablo con el señor Novák?

—Sí, soy yo. —La voz cambia de repente, ahora parece más presente—. ¿Ocurre algo con Sadie?

—Nada grave —dice Margaret con tono tranquilizador, sin ser condescendiente—.

Estamos en el periodo de seguimiento inicial para estudiantes de nuevo ingreso.

Hay algunos temas administrativos pendientes relacionados con el expediente de su hija, y prefiero resolverlos directamente con la familia antes de que queden apuntados en el sistema.

Uno de ellos tiene que ver con la documentación del último centro, en Milán, que llegó incompleta.

Es verdad. La documentación de Milán llegó incompleta. Es un detalle menor que Margaret podría resolver enviando un correo al centro italiano, como ha hecho en otras ocasiones, sin molestar a nadie.

—Claro —dice Ralph—. Dígame qué necesita.

Lo que sigue son ocho minutos de conversación administrativa en la que Margaret es eficiente, precisa, y completamente encantadora, algo que haría que Pavel ladeara la cabeza como un perro que no entiende lo que está ocurriendo.

La jefa de estudios le explica lo que necesita, escucha sus respuestas, hace una pregunta sobre los años de Sadie en Zúrich que no era estrictamente necesaria pero que Ralph responde con más detalle del que hacía falta, lo cual le dice algo sobre él.

Le gusta hablar de su hija. Le gusta que alguien le pregunte.

—Es una chica interesante —dice Margaret, cuando encuentra el momento.

—Lo es —responde Ralph—. No siempre fácil, pero sí.

—Lo interesante rara vez lo es.

Ralph se ríe, brevemente.

—Tiene razón —dice.

Margaret hace un movimiento arriesgado al quedar con el padre de Sadie fuera del internado.

No es demasiado extraño, pero sí poco habitual.

Se ven el jueves; acuerdan tener una reunión en el despacho que Ralph tiene en el segundo piso de un edificio del centro de Praga, con vistas al río que Margaret no ve hasta que ya está dentro y que son, efectivamente, bastante buenas.

El hombre la recibe de pie, con la mano extendida, y es exactamente como ella se lo había imaginado por el expediente y por los artículos que leyó esa noche en el despacho: un hombre poderoso que no necesita abrir la boca para que la gente note que está ahí.

—Señorita Blazek —dice.

—Margaret —corrige con una sonrisa que parece amable—, pero llámeme como prefiera.

—Ralph —responde él, y le señala la silla frente a su escritorio—. Y por favor, tutéame, somos demasiado jóvenes para este tipo de formalidades.

A Margaret no le pasa desapercibida la sonrisa ladeada, la misma que tiene Sadie y que parece ser parte del arsenal de gestos que tienen los Novák para seducir.

El despacho es un espacio ordenado, pero no estéril, con libros en las estanterías que parecen leídos, una foto en el lateral del escritorio que Margaret identifica como Sadie de adolescente sin necesidad de mirarla más de un segundo y un par de carpetas apiladas con pulcritud.

Hay un café esperando sobre la mesa, dos tazas, lo cual significa que Ralph ha pedido que lo preparen antes de que ella llegara.

Es un detalle pequeño, pero Margaret lo nota.

Resuelven la documentación en veinte minutos. El resto de la reunión no es administrativa; Ralph despliega sus encantos sobre Margaret, mirándola a los ojos, riendo con elegancia y gesticulando con tranquilidad.

—Sadie me ha hablado de la institución en alguna llamada —dice Ralph cuando guardan los papeles—. No con entusiasmo, lo cual en ella es una buena señal.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo le entusiasma demasiado al principio, lo abandona antes de que termine el trimestre. Lo que le cuesta un poco es lo que realmente hace que se quede.

Margaret hace un apunte mental.

—Es una observación perspicaz para ser un padre que, según su propio expediente familiar, ha pasado tiempo limitado con ella en los últimos años.

No es un ataque. Lo dice con una neutralidad curiosa y Ralph lo recibe así porque esa mujer le parece muy interesante.

—Es verdad —dice Ralph—. No he sido el padre más presente. Hay razones, no todas buenas. Envío a Sadie a los mejores sitios porque es lo que puedo darle cuando mi tiempo con ella no es el ideal. Soy consciente de que no es lo mismo.

—No lo es —dice Margaret.

Ralph la mira y ella le sostiene la mirada.

—Eres bastante directa para ser una reunión de seguimiento académico —dice Ralph, pero lo dice con una ligera curva en la boca que no es molestia.

—Prefiero la claridad —Margaret cruza una pierna con calma—. Nos ahorra tiempo a los dos.

Él asiente despacio, y unos minutos después habla de Eva, aunque Margaret ni siquiera toca el tema.

Es Ralph quien lo hace, de una manera que parece natural pero que la jefa de estudios sospecha que no lo es del todo, porque los hombres como él no dicen nada sin analizar al menos a medias lo que van a decir.

Habla del proyecto del centro, de cómo empezó como una idea de la madre de Sadie antes de que muriera, un centro de orientación y trabajo social en las afueras de Praga para jóvenes en situaciones vulnerables, y de cómo él ha continuado desarrollándolo desde entonces como una manera de mantener algo de ella en el mundo.

—Eva era profesora —dice—. Orientadora, en realidad. Era buena. De las que se quedan con los alumnos.

—Lo he leído —dice Margaret—. Hay un artículo suyo en una revista pedagógica de 2012.

Ralph la mira sorprendido.

—¿Ha buscado información sobre ella?

—Busco información sobre el contexto familiar de todos los estudiantes con perfiles de movilidad alta —dice Margaret—. Es parte del seguimiento.

Es verdad también, aunque solo lo sea parcialmente.

Ralph no lo cuestiona. Lo que hace es relajarse, como si la respuesta le hubiera dado algo en lo que apoyarse.

—El proyecto lleva años en desarrollo —continúa—.

Hemos tenido problemas con algunas colaboraciones externas, con las licencias, con parte de la financiación farmacéutica.

—Hace un gesto vago—. Documentación, en su mayor parte.

El tipo de cosas que se acumulan cuando uno no es experto en gestión de centros educativos.

—¿Tiene el proyecto documentado?

—Tengo carpetas enteras que no entiendo del todo —dice Ralph, con una ironía que en otro hombre sonaría a queja, pero en él suena a autoconsciencia.

—Si en algún momento quiere una segunda opinión sobre la estructura documental —dice Margaret—, estoy familiarizada con ese tipo de gestión. Podría revisar lo que tiene.

Ralph la mira; es un momento breve y Margaret no lo sostiene más de lo necesario.

—Lo tendré en cuenta —dice Ralph.

Sale del edificio a la una menos cuarto. El frío de Praga le golpea el rostro y ella suspira profundamente. Margaret camina hasta su coche con el paso de siempre, sube, y se queda un momento con las manos sobre el volante antes de arrancar.

La reunión ha ido bien. Ralph Novák es inteligente, más de lo que había analizado en la imagen pública de inversor discreto, y no es un hombre que se deje seducir por accidente.

Si se ha dejado encantar esta tarde, ella lo ha notado en su forma de mirarla, pero si lo ha hecho, es porque ha querido.

Eso lo hace distinto de la mayoría. Eso lo hace, también, más complicado.

Margaret arranca el coche. No tiene por qué preguntarse el motivo por el que se ha ofrecido a revisar la documentación del centro, porque sabe perfectamente la respuesta.

Sabe que esta mañana, con los ojos cerrados y las manos donde las necesitaba, se rindió a sí misma, a esa lucha interna que tiene desde que Sadie Novák puso un pie en la Akademie Vítek.

Se ha sincerado, y aunque Margaret Blazek es una mujer sensata que sabe distinguir qué está bien y qué no, esto no lo puede controlar.

Necesita la cercanía de esa chica como nunca antes había necesitado algo, y hará todo lo que esté en su mano —y lo que no también— para que se cumpla.

Conduce con la imagen clara en su mente de una clavícula, un sujetador negro, una sonrisa descuidada que no iba dirigida a ella y la certeza de que va a seguir viéndola, aunque probablemente nunca sea para ella.