Akademie Vítek Capítulo 8 | Tutoría
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Capítulo 8 | Tutoría

El castigo termina puntual. Sadie lo sabe porque lleva media hora mirando el reloj de pared del despacho de Margaret con cautela porque no tiene nada mejor que hacer, pero tampoco quiere que se note demasiado.

Es un reloj antiguo, de los de manecillas, con el marco dorado algo descascarillado en la parte inferior izquierda.

El tipo de detalle que uno no busca, pero encuentra cuando lleva varios minutos ordenando el inventario visual de una habitación por no mirar a la persona que ocupa el escritorio.

Ha estado aquí tres tardes esta semana. La primera fue incómoda. La segunda fue aburrida. Esta ha sido las dos cosas a la vez, que es peor.

Lo que ha hecho en estas tardes tampoco ha sido exactamente un castigo en el sentido dramático de la palabra: revisión de expedientes de estudiantes de cursos anteriores, organización de carpetas físicas que Margaret considera que deben estar organizadas de una manera concreta y que Sadie ha tenido que rehacer dos veces porque la primera vez no lo estaban suficientemente.

Ha habido silencio, sobre todo. Un tipo de silencio extraño que en varias ocasiones le ha puesto los vellos de punta.

—Puede recoger, señorita Novák —dice Margaret sin levantar la vista del documento que está leyendo.

Sadie cierra la carpeta que tiene en las manos, la coloca en su sitio, y empieza a recoger sus cosas del rincón donde las había dejado al entrar. Su mochila. Su chaqueta. El libro que ha traído y no ha abierto porque no ha encontrado el momento.

—El martes —continúa Margaret, todavía sin levantar la vista—. A las cinco de la tarde. Tenemos una reunión de tutoría pendiente.

Sadie se detiene.

—¿El martes a las cinco?

—Eso es lo que acabo de decir.

—Ya que estoy aquí —dice Sadie—, ¿por qué no lo hacemos ahora?

Esta vez Margaret sí levanta la vista. Sadie aguanta la mirada sin problema, aunque algo en su pecho hace una cosa rara que no piensa analizar, al menos no en ese instante.

—La reunión de tutoría tiene una orden —responde Margaret—. Requiere preparación.

—Lleva tres días leyendo mi expediente.

Un silencio. Breve, pero perceptible.

—Siéntese —dice Margaret.

Y Sadie sabe que en esta ronda ha salido victoriosa.

Margaret abre el expediente que tiene sobre la mesa, que es el de Sadie, que estaba ahí antes de que ella llegara esta tarde y que, si se pone a pensarlo, probablemente llevaba ahí desde antes de que empezara el castigo.

—Cinco centros en ocho años —empieza Margaret.

—¿Es una clase de acusación? —pregunta la alumna.

—Es una observación —contesta Margaret mirándola con esos ojos fríos—. Y recuerde sus modales, señorita Novák. No es educado interrumpir.

Sadie guarda silencio, pero no desvía la mirada.

Margaret la mira. La chica tiene las manos cruzadas sobre el regazo y un gesto desafiante. Parece cómoda, como si estuviera acostumbrada a ese tipo de actitudes. No lo duda.

—¿Ha tenido buenas experiencias en los centros anteriores?

—Sí —dice Sadie, sin dudar—. En general, sí.

—¿En qué sentido?

—He aprendido. He conocido gente interesante. He tenido buenos profesores en casi todos. —Sadie hace una pausa—. Hice lo que me apetecía en casi todos también, si eso cuenta.

—Hacer lo que le apetece no lo contaría como una buena experiencia para un régimen educativo, señorita Novák.

—Depende de lo que le apetezca a una.

Margaret baja la mirada para anotar algo, porque ha sentido una pequeña vibración en un lugar inadecuado.

—¿Qué espera de este año en Akademie Vítek?

La chica inclina un poco la cabeza.

—Terminar el año sin que me expulsen —responde—. Que no es lo mismo que sin incidentes, que conste.

—Lo sé. La conozco lo suficiente después de esta semana —dice Margaret con tal sequedad que las palabras le raspan la garganta.

Sadie sonríe. Es la primera vez que Margaret la ve sonreír de verdad, sin ironías. Dura menos de un segundo y Margaret aparta la vista.

Margaret se siente más inquieta de lo habitual porque hoy sus ojos van por libre.

Sadie lleva el pelo oscuro recogido de cualquier manera con unos mechones sueltos que caen a los lados de la cara.

La piel clara, casi sin color salvo por el tono que le da el frío de estos días.

Ojos verdes, muy verdes, del tipo que causa impresión y que poseen una intensidad que resulta abrumadora.

Los labios son finos, bien definidos. Hay algo en la geometría de su cara que es preciso y exquisitamente hermoso.

—Tendremos varios seguimientos a lo largo del trimestre —dice Margaret cerrando el expediente—. No son negociables y no son una consecuencia de las infracciones de esta semana. Son parte del protocolo para estudiantes de nuevo ingreso con historial de movilidad alta.

—Entendido.

—¿Alguna pregunta?

Sadie la mira un momento.

—¿Cuándo me devuelve el móvil?

Margaret no reacciona. Por fuera.

Por dentro hay un segundo de blanco absoluto, porque el móvil de Sadie está en el segundo cajón de su escritorio y no había pensado en él desde el día que lo confiscó durante el segundo castigo y lo había apuntado en el registro de incidencias con la intención de devolverlo al final de esa semana, intención que ha olvidado completamente y que no va a admitir en voz alta.

—La semana que viene —dice Margaret.

—¿Qué día?

—Cuando yo lo indique —contesta Margaret.

Sadie abre la boca.

—Puede irse, señorita Novák —la despide antes de que Sadie diga algo más.

La chica recoge sus cosas por segunda vez, se cuelga la mochila al hombro, y camina hacia la puerta. En el umbral se para un momento, como si fuera a decir algo, y después no dice nada y sale.

Margaret escucha sus pasos alejándose por el pasillo hasta que no los escucha más. Abre el segundo cajón, el móvil está donde lo dejó, envuelto en la bolsa de evidencias que usan para los objetos confiscados, con la etiqueta todavía pegada. Lo saca y lo sostiene un momento.

Lo que hace a continuación no tiene ninguna justificación profesional. Lo sabe, pero de todas formas…

El móvil no tiene contraseña, y a Margaret le parece raro.

La mayoría de los estudiantes los tienen incluso con la huella o la identificación facial.

Le queda muy poca batería, un 4%, y cuando desliza el dedo por la pantalla, se abre directamente en la galería de fotos, que es donde estaba la última vez que alguien la abrió.

La foto es de Sadie. O más exactamente, es de la parte superior de Sadie: el cuello, los hombros, la clavícula, el borde de un sujetador negro.

Una foto tomada con el brazo extendido, con la luz de una habitación que no es ninguna de Akademie Vítek, de antes de llegar aquí.

El gesto de la cara es provocación, algo descuidado, el tipo de imagen que alguien manda a otra persona que ya conoce su cuerpo.

Margaret ni lo piensa, baja por la galería. Hay más, muchas más. Sadie en ropa íntima o mordiéndose los labios. Con una sonrisa tan lasciva que la hace ver bastante más mayor.

Sujeta el aparato con fuerza y cierra la galería.

La punzada que siente es imposible de racionalizar como otra cosa. Le sube desde el bajo vientre hasta algún lugar detrás del esternón y se queda ahí. Margaret aprieta los dientes. Nota el calor en las palmas. Nota exactamente lo que su cuerpo quiere, pero se contiene: eso no va a hacerlo.

Guarda el móvil en el cajón, se pone de pie y sale del despacho con el abrigo en la mano, sin ponérselo, y su bolso, porque no puede quedarse dentro un segundo más.

El pasillo del ala administrativa está vacío a esta hora, que ya es casi la hora de la cena, y sus pasos suenan más de lo que le gustaría.

Baja por la escalera de servicio hasta la planta baja y sale por la puerta lateral al jardín.

El frío le entra directo por el cuello, por las muñecas, por cualquier parte que no cubre el jersey. El jardín de la Akademie Vítek a esta hora es exactamente lo que necesita: frío, silencioso, con la luz de las ventanas del edificio cayendo sobre el césped en rectángulos amarillos.

Lleva nueve años trabajando en instituciones educativas.

Cuatro en Akademie Vítek y dos como jefa de estudios.

Antes de eso, coordinadora de convivencia en Viena, subdirectora académica en Bratislava durante uno.

Ha tenido alumnos difíciles, encantadores, brillantes y mediocres; los ha conocido de todas las variedades que ofrece la adolescencia tardía.

Nunca ha confundido nada y no va a hacerlo ahora.

Camina hasta su coche dejando la mente en blanco.

El móvil sigue en el cajón y su vientre vuelve a palpitar.