Capítulo 7 | La investigación
Margaret no usa el término investigar ni siquiera en su cabeza.
Lo que hace ella esa noche, con el ordenador abierto y una taza de té que sigue hirviendo sobre su mesa, es documentarse.
Es una distinción importante. Documentarse es parte del trabajo: conocer el contexto familiar de los estudiantes con perfiles complejos ayuda a anticipar problemas, a evaluar los castigos, a entender qué hay detrás de un patrón de comportamiento antes de que se convierta en algo que requiera intervención mayor.
Margaret lo hace con regularidad. Lo ha hecho siempre.
Lo que no hace con regularidad es quedarse mirando la pantalla a las once de la noche con el segundo té, este de menta, humeante a su lado.
Empieza por lo obvio: el expediente académico completo, los informes de los cinco internados anteriores.
Ya los ha leído, pero esta vez los lee en orden cronológico, buscando consistencia por si algo se le ha escapado las primeras veces.
Lo que encuentra es la historia de una estudiante que en cada nuevo centro tarda exactamente tres semanas en detectar dónde están los límites y dos semanas más en empujar contra ellos.
Sin excepción. Cinco centros, el mismo patrón.
Los tutores que la han tenido antes usan palabras distintas para describir lo mismo: independiente, difícil de encuadrar, necesita organización clara, responde mejor a la autoridad directa que a la negociación.
Uno de ellos, en Zúrich, escribe simplemente: brillante e incómoda en igual medida. Margaret lee esa frase dos veces.
Después abre otra pestaña.
Ralph Novák es fácil de encontrar. Inversor, cincuenta y ocho años, Praga.
Hay suficiente información pública: participaciones en proyectos inmobiliarios en Austria y Chequia, una fundación con su nombre vinculada a iniciativas de salud mental comunitaria, apariciones en eventos del sector financiero.
Nada llamativo. El tipo de hombre que aparece en muchos titulares aquí y allá sin ser siempre el protagonista.
Margaret lee lo básico, anota el nombre de la fundación, y entonces ve la referencia al centro.
Centro Eva, dice el artículo. Un proyecto de orientación psicológica y trabajo social en las afueras de Praga, en desarrollo desde hace años, vinculado a la fundación Novák.
La nota es breve, de una publicación del sector, y menciona que el proyecto está concebido como homenaje a Eva Zeman, psicóloga y orientadora fallecida en 2017, cuyo trabajo en comunidades vulnerables fue reconocido por varias instituciones educativas checas.
—Eva Zeman —susurra Margaret mientras teclea buscando su nombre en otra pestaña.
La mujer aparece en menos sitios que su marido, lo cual tiene sentido: era profesora, no inversora, pero hay suficiente.
Un artículo en una revista pedagógica checa de 2012, traducido al inglés de forma mediocre, que describe un programa de orientación que ella diseñó para centros con alumnado en riesgo de exclusión.
Una mención en la página de un colegio de Brno donde trabajó durante unos años.
Una foto en máxima resolución de tamaño grande en la que aparece de pie delante de un grupo de estudiantes adolescentes con la mano levantada señalando algo fuera del encuadre, y que Margaret amplía más de lo necesario antes de darse cuenta de lo que está haciendo.
Piensa que es preciosa, como su hija, y el pensamiento le deja a Margaret la boca seca. En ese momento su mente ha carecido del control al que lleva sometida mucho tiempo, sobre todo desde hacía semanas, cuando Sadie entró a la Akademie Vítek.
En la foto Eva Zeman tiene unos cuarenta años, el pelo oscuro recogido de cualquier manera, una chaqueta perfectamente tallada a su cuerpo y un gesto, el resto, que expresan con sinceridad que está justo donde quiere estar haciendo exactamente lo que más le gusta.
Murió con cuarenta y un años.
Sadie era una niña.
Dos golpes secos en la puerta hacen que Margaret cierre las pestañas de inmediato como si estuviera cometiendo un delito del que no quiere ser descubierta, aunque se detiene a pesarlo: quizá, sí que lo está cometiendo.
—Adelante —dice mientras coge su taza de té.
—Los informes que me pediste —suelta Filip Vesely, profesor de artes dramáticas y el único amigo de Margaret.
—Buenas noches para ti también —contesta ella llevándose la taza a los labios.
Filip hace una mueca y deja la carpeta sobre la mesa sin ningún cuidado.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —responde Filip ignorando el comentario.
—Lo mismo podría preguntarte a ti —Margaret levanta una de sus cejas—. Se me ha ido la hora, no me había dado cuenta de que era tan tarde.
Ahora es Filip quien levanta la ceja.
—Espero que no estés diseñando nuevas ideas de castigo para la chica Novák —suelta de repente, y nota cómo la taza de Margaret tambalea en su mano.
Ella la deja sobre la mesa para evitar tirársela encima.
Su mejor amigo es quien más la conoce en el mundo.
Estudiaron juntos desde que tenían seis años y el único momento en el que se separaron fue cuando Filip se fue a París a hacer una especialización de teatro, aunque Margaret siempre supo que se fue tras un francés que lo dejó pocos meses después.
—Te has cebado con ella —Filip continúa mientras se deja caer en la silla frente a ella—. La has castigado no solo pasando días dentro de tu despacho sino en la vieja sala del ala norte.
Filip ladea la cabeza mientras la mira con los ojos entrecerrados. La palabra despacho la ha dicho con calma, despacio, como para que Margaret entendiera su punto. Y claro que lo entiende porque ella más que nadie sabe que jamás castiga a los estudiantes dentro del que considera su refugio.
—Alguien tiene que trabajar en este sitio —dice Margaret con la barbilla levantada—, y supervisar a los estudiantes me quita tiempo. Simplemente he organizado bien mi tiempo. Practicidad, Filip.
El hombre suelta una carcajada irónica.
—Y ahora das explicaciones sobre tus decisiones. —Filip niega con la cabeza, y a Margaret se le acelera el pulso.
Ahora su amigo sí la mira con una mezcla de ternura y hermandad.
—Cuidado, cariño —le aconseja su amigo—. Jamás has cruzado esa línea, no lo hagas ahora.
Margaret lo mira, pero no contesta. Simplemente se queda ahí sin parpadear mientras su amigo se levanta y estira su espalda soltando un pequeño rugido.
—Estoy agotado —le dice mientras camina hasta la puerta y se gira antes de salir—.
Para la próxima, recuérdame que a mi edad ya no puedo quedar con hombres de veintidós años, son insaciables —sonríe, porque es exactamente la clase de hombres que le gustan a Filip Vesely—.
No te quedes hasta más tarde, aunque tu casa esté aterradoramente cerca de este sitio.
Coger el coche a esta hora no es lo más seguro.
Filip sale de su despacho despidiéndose con un movimiento de manos.
Su amigo siempre ha sido protector con ella, observador de una manera que a veces da miedo, y la persona más sensata que Margaret conoce.
Filip tiene razón, ella jamás ha cruzado una línea prohibida, su comportamiento ha sido intachable y debe seguir así.
El problema es que Sadie Novák se ha metido en su cuerpo como una especie de virus que por más que ha intentado sacarlo, se ha resistido poderosamente.
Las manos le pican por seguir revisando la vida familiar de los Novák, pero decide centrarse en otra cosa porque si no se volverá loca.
Debería hacerle caso a Filip e irse a su casa, pero está harta de esa soledad que ella misma se ha impuesto después de que sus últimas relaciones fueran un desastre.
Se siente cómoda en su despacho, en su sitio, su zona de confort.
Abre el correo porque tiene diecisiete mensajes sin leer, la mayoría irrelevantes a esta hora, pero hay uno de la directora administrativa sobre el presupuesto del jueves y uno de un tutor de tercero con una consulta que puede esperar hasta mañana.
Los responde. Los dos, y cuando termina son las doce y cuarenta.
Fuera llueve, Margaret no lo ha oído hasta ahora, pero está lloviendo contra la ventana con una insistencia que no es exactamente tormenta, pero que deja la sensación de un mal augurio.
La boca de Sadie aparece en sus pensamientos de manera fugaz y Margaret la aparta de su mente como si fuera una serpiente venenosa.
Saca su móvil y busca la aplicación que una colega le mencionó hace meses, una de esas plataformas para conocer gente.
A Margaret nunca le han gustado este tipo de cosas; de hecho, se la descargó, creó su perfil, pero nunca la usó.
Para ella, la mejor manera de conocer a alguien es el tropezón tonto en la salida de un bar o una mirada de más en la cafetería donde desayuna los domingos, no tras una pantalla que puede esconder demasiados secretos.
Los resultados son poco esperanzadores y le lleva diez minutos confirmarlo. Quizá no es el momento. No es tampoco lo que busca, aunque no tiene claro qué busca exactamente, o más bien sí lo tiene claro y precisamente por eso no va a abrir esa aplicación esta noche ni ninguna otra noche próxima.
Piensa en Pavel Cerny durante un segundo involuntario.
Pavel es un hombre razonablemente inteligente, sin ser extraordinario, y no le repugna como persona.
Sí le repugna como opción. Hay algo en la idea que le produce el mismo efecto que ponerse un zapato del número equivocado: técnicamente funciona, en la práctica es un error desde el principio.
Aparta el pensamiento. Lo que necesita es dormir.
Mañana tiene la reunión de tutores a las diez, la revisión de presupuesto el jueves, y el martes tiene anotado Novák, seguimiento, 17h en la agenda, que es una reunión profesional con una finalidad concreta y que Margaret va a conducir con la misma profesionalidad de siempre. Eso está claro.
Margaret cierra el ordenador. Se queda sentada en el escritorio con la pantalla apagada delante. Y después de unos minutos, apaga el flexo.
En la oscuridad del despacho, con la lluvia fuera, Margaret se permite durante exactamente un momento reconocer que lo que ha hecho esta noche no era documentarse.
Solo un momento.
Después se levanta, recoge la taza, y sale del despacho. Necesita dormir.