Akademie Vítek Capítulo 6 | Castigo número dos
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Capítulo 6 | Castigo número dos

Sadie camina por el pasillo, con la nota de citación doblada en el bolsillo del uniforme, y todavía no ha llegado a ninguna conclusión satisfactoria sobre si sabía lo que estaba haciendo cuando lo hizo. Puede pensar durante más tiempo, pero la respuesta honesta es que no lo sabe.

Hay una norma en la Akademie Vítek que prohíbe el uso de dispositivos personales en las zonas comunes de lunes a domingo y solo los fines de semana está permitido, pero en las habitaciones de cada estudiante.

La norma existe, está en el reglamento, Sadie la ha leído porque es de las que leen los reglamentos de todos los sitios donde la mandan, no por obediencia sino porque necesita saber exactamente dónde están los límites antes de decidir qué hacer con ellos.

El martes a las once y cuarenta, en la sala de lectura del ala este, Sadie ha sacado su teléfono y ha hecho tres fotografías de una ilustración de un libro que necesita para el trabajo de historia del arte porque la biblioteca no tiene escáner disponible hasta el jueves y el trabajo es para el miércoles.

Es una razón perfectamente válida. También podría haberle pedido al profesor que le diera una prórroga, o haber ido a secretaría a solicitar un permiso especial para el uso del dispositivo, o haber esperado al jueves y entregado el trabajo con retraso asumiendo la penalización.

Hay al menos tres alternativas que no implican sacar el teléfono en la sala de lectura a las once y cuarenta de un martes.

Sadie no ha considerado ninguna de ellas. La profesora de guardia la ha visto, aunque ella no se ha dado cuenta, y ha anotado la falta. Luego a las dos de la tarde ha encontrado una nota doblada en la ranura de su taquilla con su nombre escrito a mano.

Despacho de la jefa de estudios. Hoy, 17:30. — M. Blazek

Klara, que estaba cambiándose los zapatos cuando Sadie abre la taquilla, levanta la mirada.

—¿Blazek?

—Sí.

Klara ha negado con la cabeza como si Sadie hubiera degollado a un animal indefenso.

—¿Qué has hecho?

Sadie ha releído la nota en sus manos sabiendo perfectamente que la han pillado con el móvil en la mano.

—Nada grave —ha contestado y ha doblado la nota para guardarla en su bolsillo.

Klara la ha mirado con desconfianza.

—Las notas de Blazek son bastante graves —ha dicho su compañera—. Créeme, llevo años aquí.

—Ya lo sé —le ha dicho, y se ha marchado antes de que Klara pueda hacer más preguntas.

Entonces ahí está, a las cinco y media en punto abriendo la puerta del despacho después de un hosco Adelante que le ha sonado a bofetada.

Margaret está de pie junto a la ventana, no sentada detrás del escritorio como la primera vez, y ese detalle hace que Sadie sienta un escalofrío sin saber exactamente qué.

Lleva el mismo tipo de traje de siempre, gris oscuro hoy, la misma postura, los mismos zapatos de tacón que producen ese sonido que Sadie ya está aprendiendo a detectar en los pasillos de mármol que anuncia su llegada antes de que aparezca.

—Cierre la puerta —dice Margaret sin girarse.

Sadie lo hace y se queda junto a la madera un momento, sin avanzar, esperando alguna indicación que no llega. Margaret sigue mirando hacia la ventana. Fuera el jardín norte está en penumbra, las farolas encendidas ya, aunque todavía no ha oscurecido del todo.

—Siéntese.

Sadie se sienta en la silla frente al escritorio. Margaret se gira entonces, la mira un segundo, y rodea la mesa para sentarse. Abre una carpeta, la hojea y la cierra. Parece una especie de robot, sin un gesto de más, sin nada que le dé a Sadie una pista sobre esta enigmática mujer.

—Dispositivo personal en zona común. Martes, once cuarenta —dice como si leyera un parte, aunque la carpeta ya está cerrada—. ¿Alguna explicación?

—Necesitaba fotografiar una ilustración para historia del arte —contesta de inmediato, aunque en su voz no hay ninguna vacilación—. La biblioteca no tiene escáner disponible hasta el jueves.

—¿Y el trabajo es para cuándo?

—Mañana.

Margaret la mira. No dice nada durante un momento.

—Señorita Novák —Margaret lo dice con sequedad, pero a Sadie le parece una caricia en su piel—. Hay opciones para eso y llevar su móvil personal fuera de su habitación un día de semana no es una de ellas.

Margaret la mira y Sadie puede ver cómo esos ojos grises empiezan a tener puntos rojos que parecen fuego.

—Entréguemelo. —Margaret extiende una mano por encima de la mesa.

Sadie abre la boca, completamente indignada.

—Es que…

—Es que nada, señorita Novák, no haga que su castigo se intensifique. —Margaret no puede evitar lamerse los labios—. Entrégueme el móvil y no me diga que no lo ha traído porque sé que estaría mintiendo.

Sadie clava sus ojos verdes en ella y cree ver un pequeño movimiento de hombros en Margaret.

—Aquí lo tiene.

Sadie lo pone sobre la mano de Margaret con más fuerza de la que ha calculado y roza sus dedos sin querer. Levanta la mirada de inmediato porque Margaret ha soltado una especie de sonido muy parecido a un gemido.

—Esa es la segunda infracción en menos de un mes, señorita Novák. —Se recuesta ligeramente en la silla—. El patrón me interesa más que el incidente concreto.

—No hay patrón —dice Sadie—. Hay dos situaciones distintas.

—Hay dos situaciones en las que usted tenía alternativas y eligió la que requería saltarse una norma. Eso es un patrón.

Sadie no responde porque comprende que discutir con esa mujer sería como hacerlo con una pared derruida.

—Hay una sala en el ala norte que lleva dos semanas esperando ser inventariada. Materiales didácticos, mayoría del año pasado, algunos anteriores. Necesitan catalogarse, clasificarse y prepararse para su posible digitalización. —Levanta los ojos—. Usted se encarga. Empezando hoy.

—¿Hoy?

Margaret levanta una ceja.

—¿Tiene algo más que hacer? —Sadie se mantiene en silencio—. Ya lo veo. En veinte minutos empieza. Le doy tiempo para cambiarse el uniforme si lo necesita porque el polvo de esa sala va a arruinarle la chaqueta.

Sadie siente cómo sus muslos se tensan de repente y no puede evitar que la pregunta salga de su boca.

—¿Usted va a supervisarlo?

La expresión de Margaret no cambia, pero por dentro hay un reloj que se ha activado sin que ella hubiera podido frenarlo.

—Tengo trabajo —escupe Margaret—. En todo caso, pasaré a revisar el progreso en algún momento.

La sala del ala norte está completamente llena de polvo y Sadie estornuda nada más entrar.

El olor a papel viejo le penetra las fosas nasales y tiene que llevarse una mano a la nariz para evitar una arcada.

Hay estanterías hasta el techo, cajas sin etiqueta apiladas en el suelo, mapas enrollados en un rincón que cuando Sadie los toca sueltan polvo suficiente para hacerla toser durante treinta segundos seguidos.

Empieza por las cajas porque son lo más inmediato.

Hay un sistema, o lo hay cuando termina de inventar uno: abre, identifica, anota en el cuaderno que Margaret ha dejado sobre la mesa junto a la puerta, cierra o deja abierta según si requiere revisión adicional.

Es un trabajo mecánico y Sadie es buena con los trabajos mecánicos porque le dejan la cabeza libre para otras cosas.

El problema es que esta noche la cabeza libre no es un sitio donde quiera estar. Lleva una hora trabajando cuando escucha los pasos en el pasillo. Los reconoce antes de que la puerta se abra, ese sonido particular sobre el mármol, y hace un esfuerzo consciente para no girarse.

Margaret entra y mira el cuaderno que Sadie ha dejado sobre la mesa.

Lo coge y lo lee, revisando cada línea como si fuera la fórmula secreta de algún fármaco milagroso.

Sadie sigue de espaldas, abriendo la siguiente caja, que contiene lo que parecen ser modelos anatómicos de principios del siglo veinte envueltos en papel de seda.

—Parece que ha elegido un sistema de clasificación razonable —dice Margaret.

—Gracias.

—No era un cumplido, señorita Novák.

—Ah. —Sadie saca uno de los modelos con cuidado—. Entonces gracias de todas formas.

Durante unos minutos no se oye nada en la sala, salvo algo que a Sadie le ha erizado la piel. La respiración de Margaret Blazek ha cambiado. Cuando ha entrado, parecía más pausada, tranquila. Ahora es acelerada con suspiros cortos.

Sadie no quiere prestarle atención, desde hace días que Margaret vive en su mente y eso no es bueno para ella porque está segura de que está interpretando cosas de forma errónea, ya que es completamente absurdo que una mujer como la jefa de estudios se fije mínimamente en alguien como Sadie.

No porque no sea lo suficientemente atractiva, Sadie lo es y lo sabe muy bien, pero es por la diferencia de edad, el cargo de Margaret y esa manera de tratarla con la punta del pie que definitivamente le confirman que esa mujer no tiene corazón.

—Estos modelos necesitan una categoría aparte —dice Sadie, que no sabe dónde colocarlos—. No encajan con el material didáctico general.

—Anótelos como material científico histórico —dice Margaret desde el fondo—. Hay un criterio de catalogación del archivo central que los diferencia del material pedagógico estándar.

Sadie frunce el entrecejo.

—¿Cómo sé cuál es ese criterio?

Margaret respira con fuerza como buscando una calma que no tiene.

—Venga aquí.

Sadie deja el modelo en la mesa y va hacia el fondo de la sala.

Margaret está delante de una estantería con dos cajas abiertas a los pies, tiene el cuaderno en la mano y hay un centímetro de polvo en la manga derecha de la chaqueta que probablemente le va a molestar en cuanto lo note. Señala una de las cajas.

—Material con datación anterior a 2020 y uso no curricular: científico histórico. Material posterior o de uso curricular documentado: pedagógico general. Si hay duda, científico histórico por defecto.

Están de pie una al lado de la otra, mirando la caja. Sadie lo anota en el cuaderno, que Margaret sigue sosteniendo, y para escribir tiene que inclinarse ligeramente hacia él. La manga de Sadie roza la de Margaret. Medio segundo, ni siquiera eso.

Margaret siente un pinchazo aguado y ojalá fuera en el pecho. No se mueve.

Sadie termina de anotar y se incorpora.

—¿Cuánto tiempo tengo para terminar esto? —pregunta. La voz le sale normal. Eso es un logro.

—Una semana —dice Margaret—. Y entonces, sin que Sadie pueda pensar qué ha cambiado exactamente, añade con la voz ronca: —No tiene que terminarlo todo en una noche.

No es la frase que Margaret suelta, es la forma en que la dice. La voz baja, ronca, los ojos brillantes y un leve temblor en las manos.

Sadie rompe el momento con un estornudo inoportuno.

—Déjelo por hoy, señorita Novák, al final acabará contagiando a medio internado.

Sadie se pasa el dorso de la mano por la nariz con enfado.

—Le he dicho que…

—Sí, que es alergia, pero sigo escuchándola estornudar. Vaya a la enfermería.

Margaret deja el cuaderno encima de la mesa y sale de la sala sin más. Los pasos en el pasillo alejándose.

Sadie se queda en la sala más tiempo del necesario porque en su cabeza hay demasiadas cosas a la vez y ninguna tiene una explicación coherente. Tiene polvo en las rodillas del pantalón y un frío que le cala los huesos porque la sala no tiene calefacción propia.

Decide regresar a su dormitorio. Camina hacia el ala este con las manos en los bolsillos del pantalón.

El edificio está en silencio, la hora de estudio libre ha terminado hace veinte minutos, en los dormitorios hay luz todavía detrás de algunas puertas.

Klara probablemente esté despierta y es seguro que tenga preguntas, pero Sadie no tiene respuestas todavía.

Lo que tiene es el pecho más caliente de lo que debería estar para ser noviembre en un edificio sin calefacción.

El pulso a un ritmo tan acelerado que, si un médico estuviera frente a ella, la llevaría a urgencias y la sensación, persistente e imprecisa, de que algo en la última hora ha tenido más importancia que todos los eventos de sus últimos ocho años.

No sabe qué hacer con eso.

De momento camina, y deja que el frío del pasillo haga lo que pueda.