Akademie Vítek Capítulo 5 | Lo que Margaret no se explica
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Capítulo 5 | Lo que Margaret no se explica

El despacho de Margaret Blazek tiene una sola ventana, orientada al norte, y en invierno la luz se va antes de las cinco.

Ella nunca enciende la lámpara del techo.

Trabaja con el flexo de la mesa, que proyecta un círculo preciso sobre los papeles, y con la penumbra del resto como fondo.

Le gusta así. El orden visual le ayuda a pensar.

Son las nueve y cuarto de la noche y el edificio está en ese silencio particular que tiene Akademie Vítek cuando los estudiantes han terminado de cenar y aún no han empezado a hacer lo que no deberían.

Margaret lo conoce bien, ese silencio. Lleva cuatro años aquí, los últimos dos como jefa de estudios, y ha aprendido que cuando no hay ruido, es que lo verdaderamente inquietante está ocurriendo.

Sobre la mesa tiene cinco expedientes. Los revisa cada viernes, los de los estudiantes que han requerido intervención directa durante la semana, y hoy son cinco porque ha sido una semana ordinaria, en el sentido de que nada ha salido de los márgenes de lo que Margaret puede anticipar y gestionar.

Hay dos casos de plagio en trabajos de primer año, uno de ellos con agravantes, un estudiante que lleva tres semanas durmiendo menos de cuatro horas y cuya tutora lleva el mismo tiempo sin hacer nada al respecto, y una chica de segundo que tiene una situación familiar complicada que va a necesitar atención sostenida durante los próximos meses.

Los cuatro primeros los despacha en cuarenta minutos. Anota, decide y cierra, como siempre, con eficacia. No necesita darle más vueltas a lo que ya tiene claro.

El quinto es el de Sadie Novák.

Margaret lo coge y lo abre con lentitud mientras respira con tanta profundidad que se marea.

Es un expediente delgado todavía —llevan cuatro semanas de curso—, pero hay suficiente: el formulario de admisión, el historial académico de los cinco internados anteriores, los informes de los tutores que la han tenido antes y la ficha de la infracción.

Margaret ya lo ha leído dos veces. Tres, si es precisa, aunque la segunda fue una revisión rápida que no cuenta.

Lo revisa una cuarta vez.

La razón es evidente: esta estudiante es un problema potencial.

No en el sentido de que vaya a hacer algo grave, sino que tiene un patrón de comportamiento que, si no se vigila de cerca desde el principio, puede generar fricciones innecesarias.

Margaret ha visto ese patrón antes. Estudiantes inteligentes que se aburren, que empujan los límites no por rebeldía sino por necesidad de estímulo, que confunden la norma con la arbitrariedad porque nadie se ha tomado la molestia de explicarles la diferencia.

Son los casos que más trabajo dan a largo plazo si se ignoran en las primeras semanas.

Esta en concreto tiene además una historia de movilidad que complica las cosas.

Cinco internados en ocho años. Margaret ha visto ese tipo de historial antes también, y sabe lo que produce: estudiantes que aprenden muy deprisa a hacerse dueños de los sitios que pisan, a identificar dónde están los márgenes y a moverse en ellos con una soltura que ella está segura de que es descaro.

La infracción de su primera semana en el internado encaja perfectamente en ese perfil.

La zona restringida, la cámara, el argumento de las ventanas.

Deliberada o no, a Margaret no le pasa desapercibido que la acción es de alguien que pone a prueba hasta dónde puede llegar.

Margaret anota en el margen del expediente: seguimiento preventivo. Dos palabras. Es lo que haría con cualquier caso parecido.

Cierra el expediente, lo deja sobre los otros cuatro y se da cuenta de que siente un cosquilleo en las manos. Lo ignora porque no le está pasando nada, esta chica es una estudiante cualquiera, sin relevancia para ella.

Coge el bolígrafo, anota dos cosas en su agenda para la semana siguiente y durante un buen rato está concentrada hasta que su mente la sabotea.

—Joder —chasquea la lengua, decepcionada con ella misma.

Vuelve a coger el expediente de Sadie Novák, lo abre por la página del historial académico y se muerde los labios.

Los resultados son buenos, mejores de lo que su comportamiento y esa pose llena de altanería harían suponer.

No excelentes en todo —hay asignaturas donde el rendimiento es claramente por debajo de su capacidad—, pero hay otras donde los informes de los tutores anteriores incluyen frases como «pensamiento lateral excepcional» y «capacidad analítica muy por encima de la media del grupo».

Margaret lee esas frases y el cosquilleo que tenía en las manos se instala en su vientre.

Y entonces la jefa de estudios se da cuenta de dónde está el problema.

Durante el castigo, mientras Sadie Novák estaba en la sala contigua clasificando correspondencia, Margaret ha sido más consciente de su presencia de lo que es habitual con los estudiantes que cumplen sanciones en su despacho.

Entonces nota el segundo problema: ningún estudiante está en su despacho más tiempo del estrictamente necesario, y eso suelen ser cinco minutos.

Margaret no ha controlado el impulso de tener a esa chica durante diez días cerca de ella.

Alguien toca la puerta y ella cierra el expediente de golpe. Odia las interrupciones, pero esta la agradece porque su cuerpo había empezado a humedecerse.

—Adelante —dice con su habitual voz seca.

El profesor Pavel Cerny lleva dos años en la Akademie Vítek. Es un hombre atractivo, con aspecto de boxeador profesional que ha ganado más premios por guapo que por pelear bien, y lleva exactamente el mismo tiempo intentando llevarse a Margaret a la cama.

—Buenas noches, Margaret —la saluda con una sonrisa que debería derretirla en vez de repugnarla.

—¿Qué necesitas, Pavel? —pregunta sin contestar el saludo y revisa su reloj de pulsera—. Es muy tarde para que todavía estés por aquí.

Pavel se pasa la mano por el pelo. Lo lleva corto por los lados, pero algo largo por arriba, y Margaret está convencida de que tiene un tic de tocarlo cada diez segundos.

—Ya me iba, pero vi que había luz en tu despacho —se queda callado un segundo, pero Margaret no abre la boca, solo lo mira como si quisiera clavarle un cuchillo en el cuello—. Iba a tomar una hamburguesa y quería saber si querías acompañarme.

Margaret lo analiza durante unos segundos que quizá se extienden demasiado.

Pavel no parece un mal hombre; de hecho, admira su inteligencia.

Ella siempre ha sido de las que les gusta lamer cerebros en vez de pollas, y Pavel tiene uno muy atractivo.

El problema es que Margaret no tiene ni tiempo ni ganas; además, lleva años en una especie de línea confusa sobre lo que realmente le gusta, y sin duda no buscará una respuesta a través de Pavel.

—Ya he cenado —contesta, y de una manera inconsciente pasa los dedos sobre la carpeta que guarda el expediente Novák—. Además, tengo mucho trabajo.

—Son las diez de la noche de un viernes, Margaret —dice Pavel con tono pausado.

—¿Y? —pregunta—. ¿Eso debería significar algo?

Pavel sabe que esta mujer es un objetivo imposible.

—Al parecer, no —vuelve a pasarse la mano por el pelo y Margaret quiere cortársela—. Ten buena noche, Margaret.

—Cierra al salir.

Su madre —gracias a Dios que está muerta— siempre le decía que con ese carácter se iba a quedar sola toda la vida, y Margaret pudo demostrarle durante años que se equivocaba.

Es preciosa, el tipo de mujer que no necesita ponerse un traje a medida para verse bien porque con cualquier prenda se vería espectacular; sin embargo, viste trajes a medida, zapatos de tacón absurdamente altos, y su rostro cincelado de ojos grises ha causado algún infarto a lo largo de su vida.

Margaret vuelve a abrir el expediente de Sadie y esta vez revisa la página de contactos.

El padre: Ralph Novák, inversor, residente en Praga.

Número de teléfono, dirección de correo electrónico, una nota que indica que ha confirmado toda la documentación de admisión sin necesidad de seguimiento adicional.

Eficiente. La madre: Eva Zeman, fallecida.

Pasa la página y lee que era profesora, concretamente, orientadora.

Hay una sola línea en el formulario para el contacto de emergencia alternativo, que está en blanco, lo que significa que Ralph Novák es el único referente familiar.

Margaret se queda con esos datos grabados en la memoria, no entiende el motivo, pero ahí están y conoce a su cerebro: seguro le servirán más adelante porque hay algo en Sadie que está haciendo que piense demasiado en ella.

La chica fue colaboradora cuando Hamacek la atrapó en la zona restringida y en su despacho, Sadie no hizo nada que le diera a Margaret una razón adicional para endurecer la sanción, pero hubo un momento en que esa mirada desafiante cambió y se convirtió en algo que Margaret interpretó como sumisión, y no pudo soportarlo.

Cierra los ojos y la recuerda arrodillada mientras ordenaba la correspondencia, y Margaret no puede evitar humedecerse los labios.

—¿Qué voy a hacer contigo, Sadie Novák? —susurra mientras se levanta de su silla y mira hacia la ventana.

Cuatro años en Akademie Vítek. Antes, cuatro en un centro de secundaria en Brno donde aprendió que la disciplina sin una metodología clara no funciona, y antes de eso una carrera en pedagogía que eligió porque era lo más parecido a lo que quería hacer.

La jefatura de estudios llegó antes de lo que nadie esperaba, incluso ella.

Hay personas que la temen, lo sabe, hay estudiantes que cruzan al otro lado del pasillo cuando la ven venir, y eso no le produce incomodidad sino satisfacción.

Se inclina sobre su mesa y saca la agenda. Busca la semana siguiente. El miércoles tiene una reunión con los tutores de segundo a las diez. El jueves, revisión de presupuesto con la directora administrativa. Los huecos del martes están casi vacíos.

Escribe: Novák — seguimiento, 17h.

Cierra la agenda, apaga el flexo y sonríe. Esa noche puede que duerma mejor de lo que ha dormido en los últimos años.