Akademie Vítek Capítulo 4 | El padre distante
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Capítulo 4 | El padre distante

La videollamada entra a las ocho y cuarenta, bastante más tarde de lo que es completamente normal.

Sadie está en la sala de estudio cuando vibra el teléfono —no es suyo, es uno que el internado tiene para recibir llamadas previamente autorizadas— y sale al pasillo, busca un hueco junto a la ventana del fondo donde la señal es mejor y donde Klara no puede verla, porque su compañera de habitación tiene la costumbre de hacer preguntas sobre las llamadas familiares con una empatía que a veces resulta agotadora.

Lleva apuntes de historia del arte extendidos encima de la mesa y un zumo que ya ha terminado porque lleva todo ese tiempo esperando a que su padre se digne a aparecer.

La cara de Ralph aparece en la pantalla con el fondo desenfocado de lo que parece una oficina o un hotel; es difícil saberlo con su padre porque los dos sitios se le parecen bastante.

—Sadie. —Sonríe. Tiene una sonrisa ancha, de esas que ocupan toda la cara, que Sadie heredó en versión más contenida—. Estás en el pasillo.

—Mejor señal.

—¿Cómo está el edificio ese?

—Igual que todos los edificios históricos de internado caro. Frío por dentro, impresionante por fuera.

Ralph se ríe. Es una risa verdadera; eso Sadie siempre lo ha sabido distinguir. Su padre tiene muchas versiones de la risa y la real es la más corta, como esa que acaba de emitir.

—¿Y los profesores?

—Iguales. —Se encoge de hombros—. No he tenido tiempo de formarme una opinión todavía.

—¿Tres semanas y todavía no tienes opinión de nadie? —Ralph enarca una ceja—. Eso sería una primera vez.

Sadie no dice nada, lo que es una forma de darle la razón. Detrás de su padre algo se mueve, una sombra, alguien que cruza el fondo del encuadre. Ralph gira la cabeza medio segundo.

—Perdona —dice, aunque Sadie no ha preguntado nada—. Sigue.

—No estaba diciendo nada.

—Ah. —Hace un gesto extraño con los labios—. ¿Y las clases?

—Bien. Historia del arte es más interesante de lo que esperaba. Español, demasiado básico. Filosofía tiene un profesor que habla como si estuviera dictando su propio obituario, pero el temario no está mal.

Sadie es una chica lista, demasiado, si se hace una lista de todas las cosas que sabe.

Desde los tres años está oyendo varios idiomas y su padre se ha asegurado de que aprenda al menos tres fluidos.

Habla checo —nació en Praga y fue lo primero que aprendió—, pero también habla con fluidez inglés, español y algo de chino mandarín.

Es buena con los números, aunque infinitamente mejor con las letras.

Piensa con lógica, no responde al azar y su cerebro analiza como si tuviera al menos veinticinco años.

—¿Orientación?

Sadie lo mira. Ralph lo sabe, claro que lo sabe; es el motivo oficial por el que está en la Akademie Vítek. El programa de orientación y trabajo social que tiene el centro es, en teoría, lo que diferencia a este internado de los cinco anteriores.

—El programa empieza el mes que viene —dice—. Todavía estamos en las asignaturas generales.

—Me parece muy bien. —Ralph parece poco interesado—. Es importante que aproveches eso, Sadie. Tu madre habría querido que lo hicieras bien.

Lo dice con naturalidad. Sin dramatismo, sin pausa especial antes de tu madre, como si fuera una frase cualquiera. Ralph siempre ha hablado de Eva así, sin el tono de cristal con el que la gente suele mencionar a los muertos. Sadie lo agradece, aunque siempre le duele de todas formas.

—Lo sé —dice.

—El centro que ella diseñó sigue en pie.

—Ralph se recuesta un poco en la silla; el ángulo de la cámara cambia ligeramente—.

Lleva años sin la dirección adecuada, ya lo sabes, pero cuando tú termines la carrera, cuando tengas la formación que necesitas, eso podría cambiar.

Hay fondos suficientes, solo falta alguien que sepa lo que hace.

Sadie lo escucha. Ha escuchado alguna versión de esta conversación antes, no muchas veces, pero suficientes para reconocer el tono.

Ralph habla del centro de su madre como habla de cualquier otro proyecto: con precisión, con datos, con entusiasmo.

No es exactamente frío, pero tampoco es el hombre cercano que a Sadie le gustaría, sobre todo cuando hablan de su futuro y del legado de Eva.

—Papá —dice Sadie.

—¿Qué?

—Para.

Él la mira. Después sonríe otra vez.

—¿Estoy siendo demasiado controlador?

—Un poco.

—Tu madre me decía lo mismo. —Lo dice sin pena—. Que yo convertía todo en un proyecto. Que hasta las vacaciones las planificaba en Excel.

—¿Y lo hacías?

—Todavía lo hago. —Se encoge de hombros—. Hay quien mejora con los años. Yo me hago más yo mismo.

Sadie se apoya en el alféizar de la ventana.

Fuera está nublado; el jardín interior está iluminado por las farolas que parecen no apagarse ni durante el día.

Hay algo en esta conversación que le resulta familiar de una manera que no es del todo cómoda: la sensación de que Ralph está ahí, completamente presente en ciertos momentos, y en otros está en otro sitio, aunque su cara siga en la pantalla.

—¿Cómo estás tú? —pregunta Sadie.

—Bien. Mucho trabajo. —El hombre se acomoda en la silla—. Estoy en conversaciones con unos socios nuevos para un proyecto en Viena. Ya te contaré cuando haya algo concreto.

—No tienes que contarme los proyectos.

—Ya lo sé. —La mira—. Pero me gusta que sepas lo que hago.

Sadie sabe que esas frases esconden algo que parece verdad y mentira a la vez, porque Ralph le dice lo que hace en términos muy generales, pero nunca en los reales.

Le dice que está en Viena, pero no con quién.

Que tiene socios nuevos, pero no qué busca de ellos.

Le cuenta el esquema, pero no lo de dentro, y Sadie lleva suficientes años sola, con mucho tiempo para analizar a su padre, como para saber que siempre oculta algo.

—He tenido un pequeño incidente esta semana —dice Sadie.

Ralph levanta las cejas.

—¿Qué tipo de incidente?

—Entré a una zona restringida sin querer. Bueno, sin querer del todo. Tenía la cámara y quería fotografiar unas ventanas.

—Sadie, esas cosas no puedes hacerlas y lo sabes.

—El suelo no era seguro; resulta que hay obras. No lo sabía. —Sadie se pasa los dedos por la melena—. Y la jefa de estudios me puso un castigo. Diez días ordenando el archivo de correspondencia y lo estoy cumpliendo.

—¿La jefa de estudios intervino directamente? —La pregunta de Ralph llega un segundo después de lo normal.

—Sí —contesta Sadie, que sabe que su padre está sorprendido porque normalmente ni funciona así—. Dicen que es lo habitual en este centro. Que ella lleva el funcionamiento real del sitio.

—¿Cómo se llama?

Sadie lo piensa un momento; Ralph no suele hacer preguntas concretas sobre el personal de los internados donde la manda.

—Blazek. Margaret Blazek.

Ralph asiente. Una vez, despacio. Sus ojos no se mueven de la pantalla, pero algo en su expresión hace un cambio sutil que, si ella no conociera a su padre, no habría notado.

—¿Es competente?

—Es aterradora —dice Sadie—, pero sí, supongo que sí.

—Entonces es la indicada. —Ralph vuelve a recostarse—. Mejor aterradora y competente que agradable y mediocre.

Se miran un momento. Es uno de esos instantes en los que Sadie puede ver a su padre con claridad, sin el filtro de la distancia ni el de la pantalla: un hombre que la quiere, que toma decisiones sobre su vida con la convicción de que son las correctas, y que nunca ha aprendido a estar presente de la manera que ella necesitaría.

—El fin de semana que viene tengo una reunión el sábado —dice Ralph—, pero el domingo puedo llamarte por la mañana si quieres.

—El domingo tengo revisión de exámenes hasta la una.

—Por la tarde, entonces.

—Vale.

Detrás de Ralph suena algo. Él gira la cabeza; la misma sombra de antes, y él levanta una mano en dirección a esa persona.

—Sadie, tengo que dejarte.

Ella lo mira.

—Vale.

—El domingo, ¿de acuerdo? Cuídate. Y nada de más zonas restringidas.

—Demasiado tarde para ese consejo.

Ralph se ríe otra vez y corta la llamada.

Sadie se queda un momento apoyada en el alféizar con el teléfono en la mano y luego vuelve a la sala de estudio a terminar sus deberes.

A las seis de la tarde entra al despacho de Margaret Blazek después del mismo «adelante» completamente hosco de cada día.

Deja la mochila en el suelo junto a la puerta y se quita la chaqueta del uniforme.

La puerta interior de la sala de archivos está abierta como siempre. Sadie la cruza y se detiene.

La sala está diferente.

Tarda un momento en identificar qué ha cambiado.

Las cajas siguen en el mismo sitio, la mesa de trabajo igual, la lámpara de pie que Sadie ha estado usando estos días en el mismo rincón, pero hay algo en el aire, o más bien algo que no hay: el olor a polvo viejo que la hizo estornudar el primer día y el segundo y parte del tercero.

Sadie mira la estantería del fondo, las superficies de la mesa, el suelo junto a los archivadores. Todo está impoluto. Sin una mota.

—Señorita Novák, ¿piensa quedarse ahí de pie sin hacer nada o tengo que hacer su trabajo por usted? —La voz de Margaret llega desde el escritorio sin levantar la vista de lo que lee. Es fría y directa como siempre.

—Me pongo a ello —contesta Sadie sin decir nada más. No sabe qué pensar y tampoco cree que compartir su inquietud con esa mujer sea lo más inteligente.

Se mete en la sala y cierra la puerta interior hasta dejarla entreabierta, como siempre. Se sienta frente a la siguiente caja sin clasificar, trabajando en silencio durante un buen rato y, esta vez, sin estornudar.