Akademie Vítek Capítulo 3 | Primera infracción
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Capítulo 3 | Primera infracción

La zona restringida no tiene ningún cartel que diga prohibido el paso.

Eso es lo primero que piensa Sadie cuando el subdirector la encuentra en el pasillo del ala este con una cámara de fotos en la mano y cara de quien no entiende el problema.

Hay una cadena, una fina, de esas decorativas que en cualquier otro contexto podrían ser el cordón de terciopelo de un museo, con un cartelito metálico que pone Acceso restringido al personal autorizado.

No hay verja, no hay alarma, no hay guardia de seguridad.

Solo una cadena que Sadie ha pasado por encima con una pierna porque el pasillo del ala este tiene las ventanas más bonitas del edificio y ella quería fotografiarlas con buena luz antes de que el sol cambiara de posición.

Debería haberlo sabido. Los sitios como la Akademie Vítek no necesitan carteles grandes.

El subdirector —el hombre del bigote y la americana marrón de la noche de llegada— la mira como si le hubiera robado algo.

—Señorita Novák.

—En ningún sitio pone que están prohibidas las fotos —dice Sadie con rapidez.

Es un error. Lo sabe en cuanto lo dice. No porque sea mentira, sino porque en este tipo de instituciones esa lógica no funciona; al contrario, y en este punto debería tenerlo tatuado en el cerebro: ha estado en al menos cinco internados iguales a este.

El subdirector la conduce a la planta principal sin decirle adónde van.

Sadie lo sigue con la cámara colgada del cuello y la sensación de que esto va a ser más complicado de lo que debería.

Cruzan el pasillo central, suben medio tramo de escaleras y se detienen frente a una puerta que Sadie ya conoce porque Ben se la señaló el segundo día.

El subdirector llama dos veces y de inmediato emerge una voz áspera desde el otro lado.

—Adelante.

La oficina de Margaret Blazek es exactamente lo que Sadie habría imaginado si se hubiera molestado en hacerlo: ordenada, sin un solo objeto decorativo que no cumpla también una función.

Una estantería de madera oscura llena de carpetas y archivadores.

Un escritorio grande, limpio, con un ordenador y una lámpara de brazo articulado.

Dos sillas frente al escritorio, sin cojines.

La ventana da al jardín interior, pero las persianas están medio bajadas y la luz que entra es fría.

Margaret está de pie junto a la estantería cuando entran, con una carpeta en la mano, y no levanta la vista de inmediato. Termina de leer una de las hojas, cierra la carpeta y la coloca en su sitio antes de girarse.

—Señor Hamacek —dice casi con aburrimiento. El hombre que tiene frente a ella es tan inútil como un cortador de huevos cocidos—. ¿Qué necesita?

Margaret solo lo mira a él, haciendo sentir a Sadie la persona más invisible del planeta.

—Esta es Sadie Novák, nueva incorporación. La he encontrado en el ala este. —El subdirector hace una pausa pequeña—. Con una cámara.

Margaret por fin desvía la mirada y observa a Sadie. No hace ningún gesto; sus ojos no la recorren como la última vez, se quedan fijos en su rostro, y luego los retira para dirigirse al hombre.

—Gracias —le dice al subdirector—. Déjeme con ella.

El subdirector vacila; no está acostumbrado a esa dinámica. La que siempre siguen es que a Margaret se le informan las infracciones y se impone una sanción, salvo la primera vez, que solo se queda en una advertencia.

Sin embargo, Hamacek prefiere asentir; no tiene el día como para aguantar los comentarios de la jefa de estudios.

Se gira y sale del despacho cerrando la puerta con un clic suave.

—Siéntese —dice Margaret sin mirar a Sadie.

Sadie se sienta en una de las sillas frente al escritorio. Margaret se instala en la silla del otro lado, sin apresurarse. Abre un cajón, saca un cuaderno pequeño de tapas negras y lo coloca frente a ella junto a un bolígrafo.

—Nombre completo —sisea.

—Sadie Novák.

Margaret lo anota.

—Semanas en el centro.

—Dos.

Otro apunte.

—¿Leyó el protocolo de conducta que se entrega el primer día?

—Sí.

—¿Leyó la sección correspondiente a zonas de acceso restringido?

Sadie hace una pausa de medio segundo, lo que es suficiente.

—Sí —repite.

Margaret levanta los ojos del cuaderno. Los tiene fijos en Sadie un momento antes de volver a bajarlos.

—El ala este está en obras de rehabilitación estructural. Está señalizada como zona restringida porque el suelo de algunos tramos no es seguro. —Escribe algo más—. No es una cuestión estética ni arbitraria, señorita Novák. Es una cuestión de integridad física.

Sadie no dice nada. La explicación es razonable. Es más razonable que la que ella misma tenía, que era que el edificio quería parecer más exclusivo de lo que era.

—¿Qué estaba fotografiando?

—Las ventanas —contesta sin un ápice del miedo al que Margaret está acostumbrada—. La luz de las cinco era buena.

—Las ventanas —repite Margaret, como si quisiera asegurarse de haber escuchado bien.

—Sí.

Margaret cierra el cuaderno, deja el bolígrafo encima, junta las manos sobre el escritorio.

—El protocolo establece que una infracción en zona restringida se resuelve con amonestación escrita y notificación a la familia.

—La jefa de estudios pega la espalda al respaldo y se lleva las yemas de los dedos a la barbilla—.

Sin embargo, dado que la resolución de este tipo de incidencias forma parte de mis competencias directas, he decidido aplicar un criterio diferente.

Hay algo en el tono de esas palabras que hace que a Sadie se le corte la respiración.

—Durante los próximos diez días, señorita Novák, se presentará en esta oficina cada tarde a las seis.

Organizará y archivará la correspondencia institucional pendiente de los últimos dieciocho meses.

Cartas, correos impresos, comunicados. Cada documento tiene que quedar clasificado, fechado y referenciado en un índice.

Es un trabajo que requiere atención y método.

—Margaret la mira fijamente—. Lo hará aquí, en este despacho, bajo mi supervisión directa.

Sadie la mira y se obliga a que sus ojos no se abran, a que su cuerpo no se levante y a que de sus potentes cuerdas vocales no salgan los gritos que tiene atascados.

Jodida loca.

—¿Usted va a estar presente? —pregunta Sadie, y cambia el gesto de su cara. Se muerde el labio, algo que siempre le ha funcionado con todo el mundo.

—Así es —Margaret se pone de pie y camina hacia el archivador.

—¿Todos los días?

—Todos los días —confirma Margaret, con el mismo tono con el que antes ha explicado lo del suelo del ala este: como si fuera lo más natural del mundo.

Sadie piensa que no lo es. Piensa que la amonestación escrita habría sido suficiente, que delegar el trabajo de correspondencia en cualquier otro miembro del personal sería más eficiente, que hay aproximadamente siete razones por las que este castigo no tiene sentido como procedimiento institucional.

No dice nada; algo le dice que no va a llegar a ningún sitio.

—De acuerdo —contesta con un tono que le recuerda a cuando tenía once años y se vengaba de su compañera de habitación por chivata.

—Bien. —Margaret vuelve a sentarse, coge el bolígrafo, abre el cuaderno en una página nueva—. Empieza mañana. A las seis en punto. No me gusta la impuntualidad, señorita Novák; tenga en cuenta que, si llega tarde, habrá otro castigo. Cierre la puerta al salir.

Sadie siente un escalofrío y no es precisamente de miedo. Al parecer ahora se siente atraída por los castigos. Hay que joderse.

Sale de la oficina sin que Margaret la haya mirado una sola vez más y algo en su piel se resiente, pero lo ignora porque francamente es absurdo.

El primer día, Sadie llega cinco minutos antes de las seis. Estuvo tentada a llegar más tarde, pero algo en el fondo de su cerebro le advirtió que no fuera demasiado estúpida.

Los archivos están en una sala contigua al despacho de Margaret, separada por una puerta interior que está abierta.

Cajas de cartón apiladas, carpetas sin etiquetar, documentos sueltos en sobres de papel manila con fechas escritas a mano.

Huele a papel viejo y Sadie estornuda dos veces porque su cuerpo reconoce el polvo.

—Si está enferma, le sugiero que vaya a enfermería, señorita Novák —suelta Margaret, y Sadie cree haber visto un atisbo de movimiento en su ceja izquierda—. No necesitamos contagiarnos de nada.

Sadie chasquea la lengua. Esa mujer, como poco, es una imbécil.

—Es alergia, nada más —explica—. Es por el polvo.

—Entonces es mejor que se vaya acostumbrando —lo dice sin ningún tipo de interés, como si sufrir un choque anafiláctico no fuera algo que a ella le importara.

Sadie quiere contestarle, pero Margaret empieza a explicarle el sistema en cuatro frases.

Orden cronológico primero, después temático.

Cada documento lleva una etiqueta que Sadie tiene que rellenar a mano con un formato específico que Margaret le escribe en un papel.

Si hay algo que no entiende, pregunta. Si no hay nada que no entienda, trabaja en silencio.

—¿Preguntas?

—No —dice Sadie.

Margaret asiente y vuelve a su escritorio.

Los primeros veinte minutos son de silencio absoluto, solo el sonido de Sadie moviendo papeles y el sonido ocasional de Margaret pasando páginas al otro lado de la puerta.

Sadie trabaja; sabe que está completamente loca, pero le parece más interesante de lo que esperaba: hay cartas de antiguos alumnos, informes académicos, fotografías en blanco y negro de actos institucionales donde todo el mundo sale muy serio con el uniforme de otra época.

La Akademie Vítek de los años ochenta no parece tan diferente de la de ahora.

Mismos pasillos, misma luz fría, mismas caras.

A las seis y cuarenta, Sadie levanta la vista sin querer.

Margaret está en el umbral de la puerta. No hace nada, solo está ahí, con una taza de café en la mano, mirando lo que Sadie lleva hecho. Sus ojos recorren el cuerpo de la chica; lo hace como si no fuera consciente, y Sadie siente cómo cada parte de ella empieza a arder bajo esas pupilas oscuras.

Margaret respira de repente y Sadie tiene la certeza de que lleva un rato sin hacerlo. Parece darse cuenta de lo que estaba haciendo y levanta la mirada.

—Continúe, señorita Novák —lo dice con un deje de rabia—. Es un castigo, por lo que no hay descansos.

Margaret se gira y vuelve a su escritorio.

Sadie baja la vista. El corazón le va un poco más rápido de lo normal; lo siente en el pecho, en el cuello y en el vientre.

Al segundo día, Sadie nota un ligero cambio.

No es nada visible. Margaret está en su sitio de siempre, revisando documentos, y Sadie está en la sala de archivos con las cajas que contienen cartas de padres que solicitan plaza para sus hijos en el internado.

En algún momento Sadie pregunta si estas tiene que organizarlas por fechas —que sería lo más tedioso— o simplemente todas juntas.

Margaret viene hasta la puerta.

—Por fechas —dice—. Primero por año y luego por meses.

Está más cerca de lo que ha estado hasta ahora. No mucho, tres pasos desde el umbral, lo suficiente para ver lo que Sadie tiene en la mano. Y lo suficiente para que Sadie pueda fijarse en sus piernas cubiertas por esa falda que parece formar parte de su uniforme y que le queda exquisitamente bien.

—¿Así? —Sadie le muestra una carta del mes pasado que ha introducido en la carpeta fechada con este año.

Margaret la mira. Extiende la mano para cogerla y Sadie se la da, y durante un segundo sus dedos están muy cerca; no se tocan, pero están cerca. Margaret examina el papel. Asiente una vez.

—Así —dice, y aprieta la mandíbula—. Y dese prisa; va más lenta hoy que ayer.

Casi lo escupe y después se da la vuelta y vuelve al escritorio.

Sadie no se mueve durante un momento. Es una fracción de segundo, probablemente imperceptible, pero es el tiempo que tarda en procesar lo mucho que está disfrutando de estar ahí.

Sabe que es un castigo, pero hay algo completamente ajeno a ella que la hace sentir de una manera que nunca ha experimentado.

Una hora después, los pasos afilados de Margaret Blazek resuenan en el oído de Sadie casi sobresaltándola.

—Vaya al comedor; saltarse la cena también puede llevar a una amonestación.

Sadie frunce el ceño.

—¿Cómo me va a amonestar si me salto la cena porque estoy cumpliendo un castigo que usted misma me ha impuesto? —Sadie lo dice alzando la voz y poniéndose de pie al tiempo.

Entonces es cuando lo ve: el rumor del que Isabelle le habló, esa curva en la comisura izquierda que está demasiado lejos de ser una sonrisa, pero sí cerca de un gesto que indica que algo le ha complacido. Ocurre tan rápido que Sadie duda si se lo ha imaginado o es algo que realmente ha pasado.

—Si quiere poner a prueba mi capacidad para impartir castigos, adelante, señorita Novák; hágalo —Margaret la mira con frialdad—. Y cuide su tono; el respeto es lo que más valoro.

Sadie quiere bufar y contestarle que lo que debería valorar es buscar a un loquero que rebusque en su cabeza, porque demonios, ¿cómo se comporta de esa manera?

—Buenas noches —decide responder Sadie. Es mejor salir de ahí lo antes posible.

—Vaya a la enfermería, señorita Novák; escucharla estornudar durante dos horas agota.

Sadie sale del despacho con ganas de dar un portazo. Baja las escaleras y se une a sus compañeros que caminan hacia el comedor hasta que siente un ligero empujón a su lado.

—¿Qué tal con la bruja? —pregunta Isabelle mirándola con curiosidad—. Yo te veo entera, así que eso es que ha ido bien.

Sadie suelta el aire con fuerza.

—Esa mujer no debería trabajar en un internado sino en una prisión de máxima seguridad.

—Seguro encontraría la manera de que los prisioneros acabaran unos con otros y ella recibiría un premio por limpiar las cárceles de maníacos —contesta Isabelle con seriedad.

Sadie suelta una carcajada y se da cuenta de que hace tiempo que no reía así.

Cuando su padre le dijo que su último año antes de ir a la universidad lo haría en la Akademie Vítek, Sadie se enfadó muchísimo.

Ralph es el único familiar que tiene y, desde que su madre murió, la ha mantenido lejos de casa con la excusa de que su trabajo no le permite darle la atención que ella merece.

Ahora piensa que no ha sido tan mala idea que Ralph la trajera de vuelta; a pesar de que en dos semanas ya está pagando su primera penitencia, ha conocido a gente que le cae bien, ha empezado a reír de verdad y, siendo sincera, está disfrutando de las buenas vistas, aunque lleven el nombre de Margaret Blazek.