Capítulo 2 | La jefa de estudios
La primera semana en la Akademie Vítek se siente exactamente igual que un examen para el que nadie te ha dado el temario.
Todo el mundo parece saber algo que tú no sabes: a qué hora desayunar para no hacer cola, qué profesores son inofensivos y cuál es el pasillo que evitar si no quieres cruzarte con el subdirector a primera hora.
Sadie lo aprende a base de observar, que es lo que siempre ha hecho en cada sitio nuevo donde la han dejado.
Llega, mira y graba en su mente lo que necesita. Después decide si le interesa o no.
De momento, nada le interesa demasiado.
—Esta noche hay una cosa en la sala común —le dice Ben a la hora del desayuno del miércoles, dejando caer su bandeja al lado de la de Sadie con una sonrisa ladeada de chico guapo—. Los de tercero organizan algo cada inicio de curso. Básicamente es para ver quién es quién.
—¿Y tú ya lo sabes?
—Llevo aquí tres años. —Se encoge de hombros—. Sé quién es quién desde que entran por la puerta.
Sadie lo mira. Ben tiene esa energía de los chicos que han pasado demasiado tiempo siendo los más populares de su entorno y que cuando llegan a un sitio nuevo no necesitan instrucciones porque saben perfectamente qué hacer.
No es tonto, eso Sadie lo tiene claro desde la primera noche, pero sí es de los que necesitan una audiencia, un grupo de personas que lo admiren para funcionar.
—¿Y quién soy yo? —pregunta Sadie.
Él la mira un momento, serio por primera vez desde que la conoce.
—Todavía no lo sé —admite—. Y eso no me pasa casi nunca.
Sadie coge su café y no dice nada. Le parece la respuesta más honesta que le ha dado nadie desde que llegó.
A las nueve y media hay una sesión obligatoria en el auditorio principal.
Orientación académica del primer trimestre, pone en el programa que le entregaron el primer día y que Sadie ha doblado cuatro veces hasta convertirlo en un rectángulo del tamaño de un sello.
No sabe exactamente qué espera de esa sesión, probablemente lo mismo que de todas las sesiones obligatorias a las que ha ido a lo largo de su vida escolar: una hora de información que podría resumirse en un correo de tres párrafos y que existe principalmente para que alguien justifique su sueldo.
El auditorio está lleno hasta arriba. Sadie se sienta en la décima fila, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, el sitio de las personas que quieren observarlo todo sin ser vistas.
A su lado se sienta una chica francesa que se llama Isabelle, que tiene el pelo cortado a lo garçon y que huele a un perfume caro que a Sadie le revuelve el estómago.
—Primera vez aquí —dice Isabelle.
—¿Se nota?
—Todo el mundo mira el techo el primer día. —Isabelle señala hacia arriba con un gesto breve. Sadie llevaba dos minutos con los ojos pegados al techo—. Es bonito, sí, pero en dos semanas ya no lo ves.
Sadie vuelve a mirarlo. Es una bóveda de madera tallada con motivos geométricos, el tipo de trabajo que llevaría meses y que está diseñado para recordarte que estás en un sitio que tiene historia.
Lo que quiere decir, en el lenguaje de los lugares como este, que tienes que estar a la altura o largarte.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunta Sadie.
—Dos años. —Isabelle abre su cuaderno sin apartar los ojos del escenario—. El primero es el más raro. Después te acostumbras.
Sadie quiere preguntarle a qué exactamente, pero en ese momento alguien sube al escenario y el murmullo del auditorio baja de golpe, como si alguien hubiera girado un dial.
No es el hombre del bigote y la americana marrón de la primera noche.
Es una mujer.
Sadie la examina desde abajo, primero los zapatos negros de tacón demasiado altos.
Después la falda lápiz hasta la rodilla, de un azul marino tan oscuro que casi es negro.
Chaqueta entallada, con los botones abrochados.
Luego observa sus manos, que no sostienen ningún papel, ninguna carpeta, nada. Después la cara.
Treinta y pocos años, calcula Sadie. Cabello oscuro recogido, ni un mechón fuera de sitio. Mandíbula definida. Boca que no sonríe y unos ojos que recorren el auditorio una vez, de izquierda a derecha, despacio, haciendo un inventario.
Sadie no sabe cuánto tiempo la mira. Más de lo que debería, eso sí lo nota. No entiende por qué, aunque sí sabe una cosa: es preciosa.
—Margaret Blazek —le susurra Isabelle sin que Sadie haya preguntado nada—. Jefa de estudios. Lleva aquí cuatro años y en cuatro años nadie la ha visto reír.
—¿Nunca?
—Nunca. —Isabelle hace una pausa—. Bueno, una vez alguien dijo que se le curvó un poco la comisura izquierda cuando un chico de segundo se cayó de la silla durante un examen, pero es un rumor.
Sadie mira al escenario. La recuerda como la zorra a la que Ben mencionó y le advirtió que se mantuviera lejos.
—Buenos días —dice Margaret Blazek, y el auditorio se queda en silencio absoluto antes de que termine la segunda sílaba—.
Como ya lo sabéis, soy la jefa de estudios de la Akademie Vítek.
Mi función es garantizar que vuestro paso por esta institución sea académicamente riguroso y conductualmente irreprochable.
—Los mira a todos sin que su rostro muestre absolutamente nada—.
Empezamos por lo segundo porque suele ser donde aparecen los problemas.
Alguien en las filas de atrás se ríe, nervioso. Margaret no gira la cabeza hacia el sonido, solo carraspea y de inmediato se escucha un golpe seco. Alguien ha debido de golpear al incauto que decidió reírse frente a Blazek.
—El protocolo de conducta que recibisteis el primer día no es un documento orientativo.
Es el marco dentro del cual funciona todo en este centro.
Las normas existen porque sin ellas el sistema colapsa, y si eso ocurre perjudica a todo el mundo, incluyendo a quienes creen que las normas no van con ellos.
Sadie tiene la sensación de que esa última frase va dirigida a alguien en concreto. Mira alrededor. Nadie parece sentirse aludido. Ella tampoco, aunque algo en su interior hace una anotación rápida.
—Los horarios se cumplen. Las entregas se hacen en fecha. Las zonas restringidas lo están por razones que no necesitáis conocer, solo respetar. —Otro silencio—. Las consecuencias de no hacerlo no son negociables y se aplican sin excepciones. Tenedlo en cuenta.
No levanta la voz en ningún momento. No hace falta. Hay personas que consiguen que el silencio sea más macabro que el ruido, y Margaret Blazek es una de ellas. Sadie la mira atentamente y por primera vez en años, algo le parece interesante.
—¿Alguna pregunta?
Nadie dice nada durante unos largos segundos. Después una chica en las primeras filas levanta la mano con un ligero temblor, pero también con un gesto de seguridad en el rostro.
—¿Cuál es el procedimiento si consideramos que una sanción es injusta?
Margaret la mira.
—Ninguna sanción es injusta —responde con ojos fríos—, pero si cree que alguna puede serlo, se dirige a mi oficina y me lo comunica.
—Suerte con eso —susurra alguien un poco más atrás de Sadie.
Isabelle hace un sonido muy pequeño a su lado que podría ser una risa contenida. Sadie no aparta los ojos del escenario.
Margaret Blazek habla durante veinte minutos más sobre el calendario académico, los períodos de evaluación y algo relacionado con un sistema de tutorías al que está bastante segura de que debería prestar más atención, pero no consigue hacerlo del todo porque sigue observando a esa mujer sin entender exactamente qué es lo que mira.
No es que sea preciosa solo de cara, aunque lo es.
Es algo más que eso, algo en la manera de mirar, de moverse como si el escenario fuera solo de ella y nadie en su sano juicio se atrevería a disputárselo.
Sadie ha conocido a personas con autoridad toda su vida —su padre, por ejemplo, o las directoras de todos los internados por los que ha pasado—, gente con esa energía de no necesitar levantar la voz para que las cosas ocurran, pero esto es diferente: una clase de oscuridad que brilla y que a Sadie la está desconcertando.
Cuando Margaret termina, baja del escenario sin mirar a ningún estudiante.
Un hombre con americana azul toma su lugar y empieza a hablar sobre el sistema de bibliotecas del centro.
Sadie tarda un momento en darse cuenta de que está mirando el lateral del escenario, por donde Margaret ha desaparecido.
—Impresiona, ¿verdad? —dice Isabelle sin levantar la vista de su cuaderno.
—¿Quién?
Isabelle gira el cuello y entrecierra los ojos mirando a Sadie.
—Blazek. —Escribe algo en su cuaderno—. Todo el mundo la mira así el primer día. Es normal.
—No la estaba mirando de ninguna manera —suelta Sadie.
—Claro —dice Isabelle.
Sadie decide que Isabelle puede caerle bien.
A la salida del auditorio, Ben aparece a su lado como si hubiera estado esperándola, aunque él jura que no.
—¿Y? —dice.
—¿Y qué? —contesta Sadie sin detenerse.
—Blazek. —Ben mueve las cejas varias veces—. ¿Primera impresión?
Sadie camina hacia las escaleras; lo ha oído perfectamente, pero necesita un momento para contestar.
—¿Por qué todo el mundo me pregunta por ella?
—Porque es lo primero que ves cuando llegas y lo que más recuerdas cuando te vas. —Se mete las manos en los bolsillos—. Mi primer año salí asustado de cada reunión en la que estaba. Y eso que a mí no me sanciona nunca porque soy un encanto.
—¿No te sanciona nunca?
—Casi nunca. —Se encoge de hombros—. Una vez. Llegué diez minutos tarde a un acto obligatorio porque estaba en el baño con una chica de cuarto y no puse bien la excusa. Me hizo escribir un informe de veinte folios sobre la importancia de la puntualidad en entornos académicos.
—¿Veinte folios? —pregunta Sadie impresionada.
—Veinte folios. Con bibliografía. —Ben tuerce el gesto—. Es retorcida. Blazek no grita, no amenaza, te lo hace pagar de maneras que no puedes rebatir porque técnicamente son razonables.
Sadie piensa en la frase del auditorio.
Las consecuencias no son negociables y se aplican sin excepciones.
—¿Y el director? —pregunta.
—El director es un señor mayor que quiere jubilarse y que básicamente deja que Blazek lleve el cotarro. —Ben baja la voz, aunque no hay nadie cerca—. En la práctica, ella es quien manda. Todo el mundo lo sabe. Incluso él.
Sadie asiente; no le parece algo nuevo. En Londres pasaba algo parecido: la directora era un fósil, un mero adorno para el internado, y era su hijo, el profesor de biología, quien realmente mandaba.
—¿Alguna vez has hablado con ella? —pregunta—. Digo, más allá de las reuniones o los castigos.
Ben la mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Hablar con Blazek? —dice, como si la pregunta fuera en otro idioma—. No. Nadie habla con Blazek. Ella habla contigo cuando has hecho algo que no debes. Si no la has visto en privado es que todo va bien.
Sadie no dice nada.
Llegan al cruce de pasillos donde sus caminos se separan. Ben señala hacia la derecha con la cabeza.
—Esta noche, sala común, diez. ¿Vienes?
—Ya veremos.
—Eso es un sí en tu idioma, ¿no?
Sadie no contesta. Ben se ríe solo y dobla a la derecha. Ella sigue recto.
El pasillo que lleva al ala de las aulas es largo, con ventanas a un lado que dan al jardín interior.
Sadie camina despacio, mirando el jardín.
Los tilos de la avenida de entrada no se ven desde aquí, pero hay un jardín con setos recortados y un banco de piedra en el que no hay nadie.
Todo muy ordenado, todo muy Akademie Vítek.
Al final del pasillo hay una puerta entreabierta. Sadie no le presta atención hasta que la puerta se abre del todo y alguien sale.
Margaret Blazek.
Lleva una carpeta en la mano, camina en dirección contraria a Sadie y no la ha visto. O eso parece. Sadie se queda quieta un segundo, lo que es ridículo porque no hay ninguna razón para quedarse paralizada en el pasillo a no ser que estés realmente impresionada por algo.
Margaret gira la cabeza.
La mira. Un segundo, no más. Los ojos de Margaret recorren a Sadie de la misma manera en que antes lo hicieron en el auditorio: sin prisa, pero con tanto énfasis que Sadie siente que la piel le arde.
Luego sigue caminando sin hacer ningún tipo de gesto que le diga a la chica qué coño ha significado eso.
Sadie llega a su primera clase todavía algo aturdida, se sienta en el sitio del medio y saca el cuaderno. Escribe la fecha en la esquina superior derecha. Debajo, sin pensarlo demasiado, escribe: Ojos grises. Lo tacha inmediatamente y pasa la página.
La clase empieza y Sadie presta atención. Es buena estudiante cuando algo le interesa, y hoy, por alguna razón que no se molesta en intentar entender, le cuesta más de lo habitual concentrarse.