Akademie Vítek
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Capítulo 1 | Bienvenida de nuevo a Praga
El coche lleva cuatro minutos parado en el mismo semáforo y Sadie Novák ha contado las baldosas del edificio de enfrente tres veces. Son cuarenta y siete. O cuarenta y ocho, si cuenta la que está partida por la mitad y solo asoma por el borde inferior de la ventana.
—La Akademie Vítek lleva ciento treinta y nueve años formando a las mentes más brillantes de Europa —dice Ludvik, el chófer que Ralph ha enviado a recogerla en el aeropuerto. Lo dice sin entusiasmo ni desgana. Solo información.
—Qué bien —contesta Sadie.
Ludvik no parece ofendido. Sigue mirando al frente con esa concentración que Sadie le envidia un poco. Tiene la capacidad de las personas que están completamente en paz con el silencio. Sadie lleva toda su vida sin encontrar esa paz, aunque tampoco puede decir que la haya buscado demasiado.
El semáforo cambia y el coche avanza por calles empedradas que hacen vibrar el maletero.
Praga en septiembre tiene un olor que Sadie no consigue ponerle nombre, algo húmedo, antiguo, sin equivalente en ninguna otra ciudad que haya visitado.
Ha estado en Londres, en Zúrich, en Milán.
Su padre tiene la costumbre de enviarla a sitios caros, hermosos y siempre algo remotos.
Como si la distancia fuera una forma de querer.
Sadie lleva suficientes años entendiéndolo así para que ya no le duela demasiado, o eso se dice cuando hay luz.
De noche es diferente, pero darle más vueltas a eso no sirve de mucho.
El internado aparece al doblar una curva, entre árboles que todavía no han decidido si cambiar de color.
Sadie lo ve primero como un monstruo oscuro al final de una avenida de tilos perfectamente alineados, después como fachada, después como detalle: piedra gris, ventanales altos, una escalinata central con balaustrada de hierro que alguien frota con regularidad porque no hay ni una mancha de óxido.
La Akademie Vítek no es fe, es todo lo contrario.
Es el tipo de edificio que intimida precisamente porque es bello, porque cada centímetro ha sido pensado para recordarte que estás en un lugar serio, donde las cosas se hacen bien, donde tú, en el mejor de los casos, serás una más entre doscientas que también creen merecer estar aquí.
Sadie coge la mochila del asiento y baja del coche antes de que Ludvik pueda rodear el capó para abrirle la puerta.
No le gusta que le abran las puertas. Es un detalle pequeño pero constante en su vida, esa sensación de que alguien siempre está a punto de hacer algo por ella antes de que pueda hacerlo por sí sola.
—Su equipaje lo subirán a la habitación —dice Ludvik desde detrás de ella.
—Gracias.
Hay otras familias en la escalinata. Padres con maletas caras, madres con el bolso en el brazo, esa mezcla de orgullo y alivio que Sadie reconoce en sus caras porque la ha visto demasiadas veces.
Ella no tiene familia en la escalinata. Tiene a Ludvik, que ya está de vuelta en el coche mirando el teléfono; tiene la mochila al hombro y el número de su habitación en un papel que le enviaron por correo hace dos semanas.
Número diecisiete. Tercera planta. Ala este.
El interior de la Akademie Vítek es exactamente lo que el exterior prometía: mármol blanco con venas grises, paredes de madera oscura, luz que entra por los ventanales y no calienta nada.
Todo está limpio con esa pulcritud casi agresiva que solo consiguen los lugares que tienen personal suficiente para que nadie tenga que doblar el codo más de una vez.
Sadie sube la escalera principal siguiendo a un grupo de chicas que llevan el mismo uniforme que a ella le llegó por mensajero el mes pasado: falda tableada azul marino, camisa blanca, chaqueta con el escudo del internado bordado en el bolsillo superior izquierdo.
El escudo tiene un libro abierto y, debajo, una frase en latín que Sadie tradujo aquella tarde por pura curiosidad.
Mens sana in corpore honesto. Una mente sana en un cuerpo honesto.
No sabe exactamente qué significa ser un cuerpo honesto, pero suena a algo que ella probablemente no es.
La habitación diecisiete es doble. La otra cama ya está hecha con una pulcritud que dice mucho de su compañera: o es así de metódica o quería dejar claro desde el primer momento quién manda en la habitación.
Hay una chaqueta doblada sobre la silla del escritorio, una foto enmarcada en la mesita de noche.
Una familia numerosa sonriendo en lo que parece la costa de algún país con buen tiempo.
Sadie deja la mochila en la cama libre y se queda mirando la habitación un momento.
Es bonita. Tiene una ventana que da a los jardines y desde aquí puede ver la avenida de tilos por la que llegó hace diez minutos.
También puede ver el cielo, que esta tarde tiene un tono gris perla que en Praga debe de ser lo habitual.
—Llegas tarde.
Sadie se gira. En la puerta hay una chica algo más alta que ella, cabello castaño recogido en una trenza lateral, una expresión que no es antipática pero tampoco es una invitación. Lleva el uniforme con todos los botones abrochados hasta el último.
—El vuelo se ha retrasado —dice Sadie.
—Los vuelos siempre se retrasan. Por eso se llega con tiempo.
—Tomaré nota. —Sadie le tiende la mano—. Sadie Novák.
La chica la mira un segundo antes de estrecharla.
—Klara Dvorackova. —Hace una pausa mientras la mira de pies a cabeza—. Soy del comité de bienvenida de nuestra planta. Ceno a las siete y cuarto. Si llegas tarde al comedor el primer día, te sientan en la mesa de los rezagados y tardarás semanas en quitarte esa etiqueta.
—¿Hay una mesa de los rezagados?
—Hay una mesa para todo en la Akademie Vítek.
Klara asiente y sale de la habitación. Sadie se queda mirando el hueco de la puerta un momento. Después mira la foto de la familia en la mesita de Klara. Después mira su propia cama, sin foto en la mesita, sin nada que la identifique todavía.
Llega a cenar a las siete y dieciséis.
El comedor tiene capacidad para doscientas personas y esa noche debe de haber al menos ciento ochenta.
El ruido es alto pero ordenado, sin los picos caóticos de una cafetería cualquiera.
Las conversaciones se mantienen en un volumen razonable, como si hasta eso formara parte del reglamento.
Hay mesas largas y mesas redondas; las largas parecen ser de los cursos más avanzados, las redondas de los recién llegados.
Sadie identifica la de los rezagados porque es la única con dos sillas vacías, cuatro personas que evitan mirarse entre sí y un silencio demasiado elocuente.
Se sienta en una mesa redonda donde hay espacio y donde nadie parece llevar suficiente tiempo como para haber establecido territorios.
A su izquierda, una chica de pelo negro que come con una educación que Sadie aprecia: sin mirar el teléfono, sin hacer ruido al masticar, sin necesidad de comentar cada plato.
A su derecha, un chico que se presenta como Tomas, polaco según dice a los diez segundos de conocerse, que lleva aproximadamente veinte minutos intentando convencer a la chica del pelo negro de que Literatura Comparada es más interesante de lo que parece.
—Este año el enfoque es completamente diferente. Han incorporado literatura del sudeste asiático.
La chica del pelo negro, que se llama Pavla y que tiene esa mirada de quien lleva la vida entera siendo la más lista de cualquier sitio en el que entra, levanta los ojos del plato un momento.
—No me interesa el canon europeo ni el del sudeste asiático. Me interesa la Matemática Aplicada y este año me han puesto Literatura Comparada como obligatoria.
—Ah —dice Tomas.
—Sí —dice Pavla.
Sadie pincha un trozo de pollo y decide que no le caen bien ninguno de los dos.
También hay una chica sentada frente a ella que lleva el pin de una universidad americana en la solapa, un chico de piel oscura que habla por lo bajo con alguien que ha traído un libro a la cena y lo tiene abierto junto al plato.
En la Akademie Vítek compiten todos, eso le quedó claro la noche que invirtió cuatro horas en leer los foros de antiguos alumnos, y ella no tiene ganas de entrar en esa guerra.
No porque no piense que pueda ganar —Sadie Novák tiene muchas habilidades para ganar una pelea—; simplemente no le interesa.
La comida es buena. Ella diría que demasiado buena para ser comida de internado, lo que significa que el presupuesto es notable, y aunque no sabe lo que su padre paga por tenerla ahí, Ralph Novák no es de los que escatiman cuando la educación de su hija está en juego.
«Una Novák siempre tiene que ser la mejor preparada», su padre repite ese discurso absurdo cada vez que puede.
—Oye, ¿y tú de dónde vienes? —pregunta Tomas con la boca llena.
Sadie quiere meterle un puñetazo en la cara por maleducado.
—China —contesta—. Antes estuve en Londres.
—Una trotamundos —suelta una chica que la mira con algo de desprecio.
Sadie la mira y ladea una sonrisa. Todo el mundo siempre ha dicho que la hija de Ralph Novák no necesita levantar la voz para intimidar a alguien; basta con una mirada para demostrar que es mejor que no busques problemas con ella.
La chica baja la mirada y se concentra en su plato.
Sadie hace lo mismo y arrastra un cuenco humeante hacia sí.
La sopa lleva un toque ahumado que no consigue identificar del todo.
En otras circunstancias se habría molestado en preguntar.
Esta noche no, porque está procesando que esto es su vida a partir de ahora, o durante el próximo año al menos.
Luego tiene que comenzar las clases en la universidad casi de inmediato y lo único que lamenta es tener que cancelar su viaje a Tailandia.
Después de cenar hay una reunión informativa en el salón principal que dura más de una hora.
Sadie lo sabe porque hay un reloj grande en la pared y durante los primeros veinte minutos no tiene nada mejor que hacer que mirarlo.
Un hombre con bigote y americana marrón habla sobre la historia del internado, los valores institucionales, el sistema de calificaciones y algo llamado el protocolo de conducta, un documento de treinta páginas que todos los estudiantes tienen la obligación de leer antes del viernes.
Sadie hace una nota mental para tirarlo a la basura y que alguien le cuente la versión más corta posible.
Klara está dos filas por delante y toma apuntes.
Sadie observa su nuca, la trenza impecable, el bolígrafo que no para, y piensa que es exactamente el tipo de estudiante que la Akademie Vítek imagina cuando diseña sus folletos.
Completamente opuestas, y Sadie sabe que probablemente van a entenderse mejor si no pasan demasiado tiempo juntas.
No es que Sadie sea mala estudiante. Es que ella tiene su propia idea de lo que merece atención, y esa idea no siempre coincide con la de las instituciones donde la han ido colocando a lo largo de los años.
—¿Qué hay allí arriba? —pregunta Sadie a un chico que camina por el pasillo con gesto aburrido.
Él la mira como si ella fuera un trozo de carne asada y Sadie piensa que si tuviera una vagina entre sus piernas, ya estarían en algún baño sudando.
—Zona prohibida —le dice el chico—. Las tres puertas del infierno: la oficina del director, la del subdirector y la de la jefa de estudios.
Sadie asiente mirando hacia arriba.
—¿En cuál tengo que evitar entrar? —pregunta y se pasa la mano por su larga melena.
El chico sonríe porque reconoce en Sadie a su igual.
—En la de Blazek —lo dice con seguridad—. Es una zorra que es mejor evitar.
Sadie lo mira un segundo y le hace un gesto con la cabeza antes de seguir caminando.
—Soy Ben, por cierto —grita el chico a su espalda—. California para los amigos.
Sadie no se gira. Se ha encontrado con muchos «Ben de California» en su corta existencia y sabe que le conviene tenerlo cerca, pero no demasiado.
Vuelve a su habitación a las diez menos cuarto.
Klara ya está en la cama leyendo con las gafas puestas y no levanta la vista cuando Sadie entra.
Se cambia de ropa, saca el cuaderno de la mochila, se sienta en el escritorio.
El cuaderno está vacío. Lo compró en el aeropuerto con la vaga intención de escribir algo, lo que sea, una lista, un pensamiento, cualquier cosa que le ayude a poner orden en el ruido blanco que lleva en la cabeza desde esta mañana.
Escribe: Cuarenta y siete baldosas.
Mira lo que acaba de escribir y cierra el cuaderno.
Se mete en la cama y mira el techo, que es alto, con una moldura de escayola en el perímetro que alguien diseñó con ambición para gente de mucho dinero, gente como su padre.
La cama es cómoda y las sábanas no huelen al típico detergente industrial; estas le recuerdan a aquel hotel cinco estrellas en ¿Bali? o ¿era Malasia?
—La hora de dormir es a las diez y media —anuncia Klara mirándola directamente—. No puedes llegar a la habitación pasadas las diez.
Sadie se gira y le da la espalda. Su cuota de amabilidad ha llegado a su fin y la ha gastado enteramente en su insufrible compañera de habitación.
Piensa que su madre habría encontrado este sitio fascinante.
No el internado en sí, sino el tipo de mundo que representa: el esfuerzo colectivo y las jerarquías invisibles que se establecen en la primera cena.
Eva Zeman habría sacado su libreta —siempre llevaba una encima, de esas pequeñas con espiral metálica—, habría anotado tres cosas y al día siguiente habría encontrado la manera de convertirlo en material para alguna de sus clases.
Era profesora y orientadora, de las que creen que entender cómo funciona la gente es el conocimiento más útil que existe.
Sadie lo sabe de segunda mano, a través de los recuerdos que Ralph le ha contado con cuentagotas a lo largo de los años y de todas sus libretas que Sadie ha ido encontrando por casa el poco tiempo que ha pasado allí.
Sadie tenía ocho años cuando su madre murió.
Es suficiente para recordar el olor de su perfume, la textura de su jersey favorito, el sonido de su risa cuando algo le hacía gracia de verdad.
Una risa que empezaba callada pero que terminaba de forma estruendosa y que a Sadie le gustaba. La echa de menos, no puede negarlo.
Cierra los ojos.
Hoy los tilos siguen moviéndose y mañana empieza todo.
Sadie no sabe que tiene razón de una manera que todavía no puede imaginar.