Capítulo 30
Jamás había necesitado tanto una ducha regeneradora.
Tras una noche en blanco en el bosque para devolver un espíritu al otro Mundo, que me atacase una bruja, cuidar lo mejor posible a un lícano que acabó muriendo, y descubrir los poderes de mi hermano, seguida de una jornada de trabajo en la tienda, bendigo el agua caliente que me relaja los músculos.
Me enjabono dos veces para estar segura de haber eliminado cualquier rastro de transpiración, y me enrollo en una toalla.
El cuarto de baño está lleno de vapor, lo que le da aspecto de sueño.
Mi música sale a pleno volumen de mi pequeño recinto, un número con ritmo que me da energía.
Cam ha pasado la tarde en el entreno de béisbol y le han invitado una vez más a casa de Winona.
Los niños han dado como excusa que tenían que hacer una presentación y Lonan parece que no se ha visto capaz de negárselo.
Me ha enviado un mensaje a media tarde, y he aceptado.
Mi hermano necesita divertirse y distraerse. Sé que no dirá nada a nadie: hace mucho tiempo que cultivamos el arte de guardar secretos.
Por lo que a mí respecta, un atardecer sin hacer nada es exactamente lo que necesito.
Me pongo un pijama ultra confortable y me hago el moño que me sujeta las trenzas sobre la coronilla. Cojo del despacho un libro que quiero revisar antes de hablar de él con Cam para su próxima lección, y bajo. La planta baja está ordenada y limpia; tengo el mejor hermano del mundo.
Me sirvo un zumo de fruta y me echo en la cama para leer. No duraré mucho rato ya que no he dormido desde hace muchas horas, pero quisiera mantenerme despierta al menos una hora.
La obra es sobre especies raras de sobrenaturales.
Una sección está dedicada a los bean nighe y es, por degracia, demasiado corta.
Sé que sus dones son limitados, pero quisiera saber a qué cambios debe prepararse Cam.
Si se le modificase el olor, podría causarle problemas.
Nadie debe enterarse. Por más que aprecie a algunos sobrenaturales de aquí, no se me olvida que los mensajeros de la muerte no son precisamente bien vistos.
«Con un poco de suerte, las hormonas de la adolescencia esconderán su cambio sobrenatural. Eso nos dará algunos años de tranq…».
Suena el timbre y casi me caigo de la cama.
«¿Quién es ahora?».
Deslizo el libro bajo la cama y saco el cuchillo que siempre tengo cerca. Nashoba me ha prometido traerme el puñal que perdí anoche. Por suerte, pues mi colección de armas es más bien limitada.
«¿Y si son las brujas que han venido a terminar lo que empezaron?».
Supongo que estoy en menos peligro en mi vida de todos los días que durante nuestra salida al bosque. En la tienda, estoy constantemente rodeada de humanos y aquí tengo vecinos, además de las piedras de protección de Rebecca.
La hoja a lo largo de mi muslo, me acerco con prudencia a la puerta y miro por la ventanilla.
Jake está bajo el porche, vestido con una chaqueta caqui y un vaquero desteñido.
«Oh…»
Abro la puerta, con el puñal escondido a mi espalda.
—Jake…
—Buenas noches —articula lentamente repasando mi atuendo.
Mi grueso pantalón de chándal negro y una camiseta demasiado grande no son precisamente favorecedores.
—Yo…
…no sé qué decir.
—Has olvidado nuestra cita ¿verdad? —pregunta con una media sonrisa.
Me siento mortificada. Imposible mentir y pretender que solo voy tarde.
—Me sabe realmente mal. Los dos últimos días han sido de locos y… perdóname. Dame solo diez minutos y estaré lista.
Ignoro de dónde sacaré las fuerzas para no dormirme a la mesa, pero me las arreglaré. Me apetece mucho una velada entre adultos. En especial con él.
Me aparto para dejarle pasar y deslizo disimuladamente el puñal en uno de mis zapatos. No me apetece explicarle porqué me siento amenazada.
—Entra, siéntate, por favor. Perdón una vez más.
—No pasa nada, tranquila.
Se sienta en una de las sillas, el invitado perfecto.
—Tengo que confesar que no estoy acostumbrado a que las mujeres se olviden de mí.
Su expresión afligida y casi infantil me hace estallar a carcajadas. Una parte de mí se siente mal por sentir alegría después de la noche pasada, y otra parte sabe hasta qué punto es esencial para no derrumbarse.
—Tranquilo: no eres fácil de olvidar.
Un brillo pasa por sus pupilas azules. Mi vientre se contrae.
—¿Te sirvo algo?
Me doy la vuelta y me dirijo a la cocina para recobrar la compostura. Hacía mucho tiempo que un hombre no me afectaba tanto y tengo la impresión de haber olvidado cómo comportarme.
—No tengo alcohol —especifico delante de la nevera, medio vacía.
—Lo que tengas me va bien. ¿Tu hermano no está?
—Noche de pijamas en casa de amigos —simplifico.
Le llevo un vaso de zumo de frutas, del que bebe un trago.
—Podemos dejarlo para otro día, si lo prefieres.
—¡Ni hablar! Me apetece mucho pasar una velada contigo. Déjame que me cambie…
Me aparto para rodear la silla demasiado rápido y suelto un gemido. Mi rodilla todavía no se ha recuperado del todo. La he masajeado varias veces con crema, pero me quedan aún varios días de dolor.
—¿Estás bien? —se inquieta Jake, levantándose.
Me toca el brazo suavemente. Un escalofrío sube por mi piel.
—Sí, sí. Me caí paseando y todavía me duele un poco la rodilla. Nada grave.
—¿Quieres que le eche un vistazo? Tengo algunas nociones médicas.
—No hace falta, gracias.
Me enderezo e inspiro profundamente.
—Es muy bonito, tu tatuaje.
—¡Oh! —me exclamo escondiendo la parte trasera de la oreja por costumbre—. Gracias.
No me ato nunca el pelo para que disimule el sigil de protección puesto por Joëlle. Pero Jake no puede adivinar lo que es, dado que no sabe nada del mundo sobrenatural.
—Sabes, nos podemos quedar aquí, si lo prefieres. Una velada tranquila, para dar reposo a tu rodilla. Podemos pedir pizzas y ver una peli.
La palma de su mano sigue bajo mi codo. Se gira hacia el salón, como para marcar su intención. Sus rasgos se crispan de sorpresa.
—¿No tienes tele?
Se me vuelve a escapar la risa. Me encanta hasta qué punto eso puede chocar a la gente.
—No. Aquí somos más del equipo lectura. Y cuando miramos algo, lo hacemos en mi PC.
No especifico que no nadamos en la abundancia y que, por añadidura, una tele es cara. Nunca he conseguido ahorrar lo suficiente para comprar una y creo que tenemos otras prioridades.
Baja la cabeza hacia mí. Estamos tan cerca que su respiración se mezcla con la mía.
—Mmm… te desplazas en bici, no tienes tele… no te gusta que te encasillen ¿verdad?
—O puede que esté en la casilla de la militante ecológica.
Ahora es él quien se ríe. El sonido es grave y sorprendentemente calmante. Su nuez tiembla a lo largo de su cuello.
«Me apetece tocarle…»
Su mano deriva de mi brazo a mis riñones. La tensión se apodera de mi bajo vientre y mi atención cae en sus labios finos y tan atractivos.
Todo sucede con naturalidad, con tanta facilidad como respirar. Nos acercamos sin prisa, saboreando ese instante suspendido casi tan delicioso como el beso en sí mismo. Nuestras bocas se tocan, se descubren. La punta de su lengua acaricia mi labio inferior y me abro a él.
Jake sabe a menta y a… generosidad. Me siento incapaz de expresarlo de otra manera. Casi no le conozco, y sin embargo este beso me revela mucho.
Se aparta para observarme con prudencia.
—Esto no lo había previsto. O al menos, no antes del final de nuestra cita —me confiesa.
—A veces es mejor no prever nada.
Le rodeo el cuello con el brazo y me pongo de puntillas para volver a tomar posesión de su boca. No quiero que ese instante acabe. Quiero sentir esa plenitud una y otra vez, olvidar el resto del mundo.
Olvidar lo que he visto, lo que he vivido. Lo que he podido perder, sacrificar, o temer.
Olvidar las responsabilidades, los fracasos y los lutos.
Solo… vivir.
Agarro el bajo de su camiseta.
—Aileen…
Me pierdo en el azul de sus ojos.
No quiero seguir hablando. No quiero pensar. Me siento bien con él, contra él. Le deseo como pocas veces he deseado a alguien y paso de respetar la estúpida regla de las tres citas o cualquier otro código de mierda impuesto a las mujeres.
Lo quiero.
Tiro del tejido hacia arriba.
—Aileen… ¿estás segura?
Asiento con la cabeza y le beso, y luego le quito la camiseta. Su torso se desvela, firme, definido. Su piel clara está salpicada de pequeñas pecas. Acaricio su pectoral redondeado y bajo hacia sus abdominales esculpidos.
«Ñam».
Impaciente, levanto los brazos por encima de la cabeza. Jake se ríe y me libera de mi top. No llevo sujetador y sus pupilas se dilatan ante mis senos libres.
—Uau… eres magnífica.
Mis mejillas se calientan de placer.
Me abalanzo sobre sus labios. Sus grandes manos se pasean por mi espalda, y luego una de sus palmas encierra mi pecho derecho. Su pulgar juega con mi pezón y es tan placentero que se me escapa un gemido.
Jake se petrifica. Su torso se contrae.
De pronto, pasa un brazo bajo mis muslos y me levanta como si no pesara nada. Mis piernas se enrollan alrededor de sus caderas.
Se da la vuelta y aparta los objetos que hay en ese lado de la mesa para sentarme en ella.
«Ostia…»
A penas he recuperado la respiración cuando una de sus manos aprieta mi clítoris por encima del chándal. Su pequeño movimiento circular asociado a la fricción del tejido hace que me arquee.
Sus labios dejan los míos para aventurarse a lo largo de mi mandíbula, mi cuello. Cuando llega a mi pecho izquierdo y enrolla la lengua sobre mi pezón, ya no aguanto más. Apoyo su cabeza contra mí y me agito de placer.
—Más…
Para ser sheriff, obedece muy bien las órdenes. Sus dedos se deslizan bajo mis bragas. Su pulgar sube hasta mi clítoris y la sensación de su piel en ese sitio tan íntimo envía una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.
Le cojo el pelo para que se enderece y le beso con toda la boca.
—Ven...—. murmuro.
Siento que está a punto de preguntarme una segunda vez si estoy segura y le muerdo el labio. Su consideración me llega al alma. Me gustan los hombres estrictos con el consentimiento —deberían serlo todos— pero no tengo ganas de negociar durante diez años.
Su torso vibra bajo el efecto de su risa.
Coge mi chándal y me libera de él, y de mis bragas. La mesa está fresca bajo mis muslos e intento abstraerme a hecho de que tiene una vista panorámica de mi intimidad. Tener una relación sexual por primera vez con alguien a plena luz del día es bastante intimidante.
Me niego a sentir nada negativo. Quiero aprovechar este instante de puro placer.
Jake sigue besándome al tiempo que se quita el vaquero. Pivoto ligeramente la cabeza para echar una mirada hacia…
«Bonita bestia».
«Muy bonita bestia».
Con destreza, se pone un profiláctico y vuelve a venerar mi clítoris con una eficacia a prueba de todo.
Un dedo me penetra y me habría caído de la mesa si él no me sujetase. Estoy a punto de correrme cuando para.
Mi gruñido de protesta es acogido por una sonrisa conquistadora.
—Ten paciencia…
La punta de su sexo me penetra y me congelo, con todo mi cuerpo reducido a ese contacto exquisito. Entra en mí centímetro a centímetro, facilitando que me adapte a él. La tortura es deliciosa.
Cuando se queda quieto en lo más hondo de mí, abro los ojos y me hundo en su mirada ardiente.
Sus caderas de activan bruscamente. Con una mano cubriendo mis senos, va y viene dentro de mí a un ritmo constante que me permite sentirle a la perfección.
Exploto. El orgasmo me arranca un grito. Mis uñas se hunden en sus hombros. El placer recorre todo mi cuerpo y borra todos mis pensamientos.
Vuelvo en mí y me doy cuenta de que ya no se mueve. Con la frente sobre su torso, levanto la cabeza. Jake me acaricia suavemente la mejilla.
—¿Estás bien?
—Maravillosamente bien.
Nuestras risas se mezclan y crean extrañas sensaciones en mi vientre.
—Mejor. Porque no he acabado aún contigo.
Desliza una mano bajo mis muslos y me levanta sin romper la unión de nuestros cuerpos. Me agarro a él mientras nos lleva a través de la habitación hasta mi cama.
«Definitivamente no dormiré…»