Capítulo 29
Anoki nos ha dejado con las primeras luces del alba. Se ha ido sin ruido, sin un quejido, expirando su último suspiro en el silencio del salón de su Alfa.
Sentada sobre el sillón opuesto, miro sin verlos a los hombres que llevan su cuerpo par que repose en un lugar más adecuado. Los lícanos se llevan también el sofá manchado e irrecuperable para evitar que los niños lo vean. El olor, en cambio, sigue impactante.
Son las voces del piso de arriba las que me devuelven a la vida, me recuerdan que ésta sigue su camino incansable. Me pongo de pie, avanzo en una niebla espesa hasta la cocina para lavarme las manos.
Como si estuviese en mi casa, saco ingredientes y utensilios.
—¿Qué haces? —murmura Lonan.
No sé dónde están los dos hermanos. Seguramente con la manada o con su difunto primo.
—Tortitas. Los niños tienen que comer.
No protesta ni se burla de mí. Se contenta con sacar un aparato para cocerlas y poner la mesa. Los grandes ventanales están abiertos para que salga el olor de la muerte y hay velas encendidas por todas partes.
Los niños bajan en silencio, con Winona al frente. Su padre la toma en brazos y luego saluda a cada niño con una palabra gentil o con un abrazo.
Cameron es el último en bajar. Mantiene la cabeza bajada y me evita para llegar a la mesa. No se lo tengo en cuenta y le dejaré tanto espacio y tiempo como sea necesario a la vista de lo que sucedió ayer en la cocina.
Les sirvo mientras las conversaciones empiezan tímidamente. Lonan les ha hablado antes y no me imagino hasta qué punto debe de ser duro sentir esa ausencia en el seno de la manada. Intento facilitarles la vida con este desayuno aun sabiendo que no arreglará su pena.
—¿Cam? Tenemos que volver a casa. Empiezo en una hora.
—De acuerdo.
Se levanta, les hace una seña a sus amigos y sale al pasillo a ponerse los zapatos. Llevo cosas a la cocina, donde me sigue el Alfa.
—Gracias por haber estado aquí, esta noche.
—Hubiera querido…
—Lo sé.
Lonan me gratifica con un pequeño movimiento de cabeza, y luego vuelve con los niños.
Las palabras que no puedo pronunciar se quedan pegadas en mi lengua. Mi culpabilidad y mis remordimientos son aún más grandes ya que sabía que Anoki no sobreviviría a su herida… gracias a Cam. Lo que no me impidió redoblar esfuerzos para curarle, sin éxito.
La muerte ya estaba ahí.
Cam me espera, montado en su bici. Pasa delante y yo hago una mueca al sentir revivir el dolor de rodilla. Se ha deshinchado a lo largo de las últimas horas, lo que no impedirá que mi jornada laboral se me haga interminable.
Una vez en casa, mi hermano no sube para refugiarse en su habitación como suponía que haría. Se sienta a la mesa y, aunque vaya tarde, me siento con él.
—¿Estás bien?
Pregunta inútil. Es evidente que no está bien, entre lo que pasó y la muerte de Anoki.
Pasa la uña de su pulgar ente los dientes. Un tic que no le había visto desde hacía años.
—Tu… lo que hice…
—¿Sí?
No quiero apresurarle. Creo que tiene que decirlo él primero.
—No podía evitarlo. Lavar su ropa.
—Lo sé.
—Te oía, pero era como si no estuvieses ahí en realidad.
Le cojo la mano con suavidad. Pronto será más grande que la mía.
—Estaba ahí. Siempre estaré ahí.
Sus pestañas claras se levantan, desvelando sus ojos verdes llenos de lágrimas. Cuando llora, me dan ganas de destruir todo lo que le hace daño. En este caso, no puedo combatir la verdad.
—Soy un bean nighe, ¿verdad?
La palabra gaélica resuena en la sala, con el peso de su significado.
—Sí.
Los bean nighe son mensajeros de la muerte, igual que las banshees. Estas últimas gritan cuando las personas van a morir, los bean nighe en cambio limpian su ropa. Normalmente son mujeres, como las brujas, pero a veces ese poder se manifiesta en los hombres.
—¿Cómo puede ser?
Me acerco para abrazarle. Acurruca la cabeza en mi cuello y yo apoyo el mentón sobre su cráneo.
—Los bean nighe son muy raros. Debes de ser uno de los últimos. A veces el don salta varias generaciones.
—Esto… esto no viene del lado de los O’Reilly ¿verdad?
—No.
El don viene del lado de su padre, aunque es posible que la unión con la sangre de los O’Reilly haya despertado este poder.
Lo que es imposible, en cambio, es preguntárselo al principal interesado. Si Cameron y yo vivimos sin nuestros padres respectivos, es por una buena razón.
El mío es desconocido, no sé cómo se llama y no he llegado a conocerle.
Y el de Cam… mató a nuestra madre.