Capítulo 28
—Aquí, ¡aprieta con fuerza!
Nashoba pone las manos sobre la parte de la herida en la parte alta de la espalda.
—¡Más deprisa, Lonan! —berrea Nashoba.
Para estar detrás conmigo, ha bajado el respaldo del asiento del pasajero y está medio sentado encima. Por mi parte, yo estoy atrapada entre el asiento del conductor y el trasero, e intento curar al lícano sin caerme encima de él.
—¡Hago lo que puedo! —gruñe el Alfa.
Las vendas que he sacado están llenas de sangre. Aprieto todo lo posible con la esperanza de que el flujo se seque.
—Ano, ¿me oyes? Quédate con nosotros, viejo, te llevamos a casa. Saldrás adelante ¿vale?
La voz rota de Nashoba me rompe el corazón. Intento aislarme de sus emociones para mantener la cabeza fría y ser eficaz.
«¿Intentarás coserle? Hay que ayudar a la piel a cerrarse… Parece que solo están afectados los músculos, pero no estoy segura…».
El coche se para delante de la casa del Alfa en un gran chirrido de neumáticos. La puerta de mi lado se abre a un Kosumi lívido.
—¿Los niños? —pregunto mientras salgo.
El primer apoyo sobre mi pierna herida me tortura, pero no tengo tiempo de ocuparme de mí.
—Duermen.
Kosumi rodea el choche y otros hombres llegan para ayudar a sacar al herido.
—Lo vamos a poner en el salón. ¡Ven! —me apresura Lonan.
Coje mi maletín abierto y corre hacia la casa. Yo cojeo tras él lo más rápido posible.
A Anoki lo traen con muchas precauciones y le dejan echado boca abajo sobre el sofá. Emite un quejido ligero, señal de consciencia que no consigue tranquilizarme. Sale sangre escarlata de todas partes.
—Necesito agua caliente, toallas y alcohol fuerte.
Mis nuevos asistentes corren para traérmelo todo. Me subo a horcajadas sobre sus piernas y separo el vendaje puesto en la parte alta de la espalda. A la luz de las lámparas la herida es aún más inquietante de lo que creía.
«En este tipo de momentos es cuando necesitaría una bruja curandera».
Por desgracia, hay muy pocas. El aquelarre Reed no tiene ninguna entre los suyos, según la información de Lonan; ignoro si lo contrario hubiera significado una diferencia teniendo en cuenta las relaciones más que tensas entre el Alfa y Judith.
Rebusco en mi maletín para sacar una especie de pasta, compuesta entre otras por milenrama. Aparto el tejido con precaución. La sangre corre entre mis dedos. Pero veo que el flujo es menos potente que hace unos minutos.
«Su corazón se ralentiza».
Sé que los útiles que tengo son pocos comparados con la gravedad de la herida, pero me niego a abandonar.
Aplico generosamente mi preparación sobre la herida con la esperanza de que haga su efecto hemostático; es decir que detenga las hemorragias.
Progreso paso a paso a lo largo del desgarro hasta que está totalmente recubierta.
La pasta está repleta de sangre… pero parece que el flujo se seca.
Suspiro de alivio.
—Infusionad esto en un bol grande.
Tiendo el saquito de plantas sin ver quién lo coge.
«¿Le coso? ¿No sería correr el riesgo de interferir en el proceso de sanación?».
Es la primera vez que me veo confrontada a una herida de esta amplitud. Mis competencias médicas tienen sus límites. El pánico y la fatiga no me ayudan a pensar.
«Sigue tu instinto».
Saco aguja e hilo. Esterilizo la primera con alcohol fuerte y me arrodillo delante del sofá, para empezar por la parte baja de la herida, menos profunda.
Empapo una toalla con alcohol y doy golpecitos sobre la piel para retirar la mezcla y desinfectar.
La sangre ya no fluye, lo que me permite empezar una sesión de costura que hubiera preferido no tener que hacer.
A la altura de las lumbares me encuentro con nuevas salidas de sangre. Acabo el punto que estaba haciendo y me pongo en cuclillas. La rodilla me está matando.
—¿Qué necesitas? —pregunta Nashoba.
Me saco la chaqueta, la espalda cubierta de sudor. Lonan, Kosumi y Nashoba rodean el sofá, dispuestos a ayudar. Los otros lícanos han desaparecido, ya sea a la cocina o a patrullar fuera.
—Nada. No puedo hacer nada más mientras no deje de sangrar.
—¿Qué hacemos para que pare? —pregunta Kosumi.
—Las plantas le están ayudando… el resto depende de su capacidad de curarse.
—¿No puedes darle nada para beber? ¿Una planta, algo? —insiste el Alfa.
—Nada más de lo que ya está.
Mojo vendas en la infusión que han preparado y las pongo sobre la parte ya cosida, con el fin de facilitar la cicatrización, como ya hice con Cody y Sam. La parte alta de la espalda, en cambio, todavía no se puede tocar.
No me atrevo a cruzar la mirada inquieta de los lícanos. Comparto su angustia: Anoki no se recupera lo bastante deprisa y ha perdido mucha sangre.
—Hay que esperar… Vuelvo en unos minutos.
Me levanto y me estremezco cuando el dolor de mi rodilla se intensifica. Rodeo el montón de ropa cortada de Anoki y salgo por la puerta de entrada. El aire fresco me acaricia la frente húmeda. No intento siquiera apartarme y me siento en la hierba.
Es la segunda vez que tengo un paciente crítico.
La primera vez fue un pequeño polimórfico, un niño aquejado de una fuerte fiebre.
A pesar de todos mis esfuerzos, toda mi investigación, toda mi voluntad, se apagó al cabo de tres días de lucha encarnizada.
Yo solo tenía diecisiete años entonces y mi madre nos había dejado hacía poco.
Criaba a Cam lo mejor posible al tiempo que cumplía con mi papel de druidesa, y lloré a ese niño durante varias semanas.
Esa tristeza reaparece y me asalta, sofocante.
«Anoki tiene que sobrevivir. Tiene que hacerlo…».
Repaso en bucle los acontecimientos de esta noche. La trampa para el espíritu. El momento en que el lícano ha sido herido. El hecho de que yo haya elegido ayudar a las brujas, pues ese era mi deber. El ataque de esa apestosa.
La puerta se abre detrás de mí y me apresuro a secarme las mejillas.
—Toma.
Una bolsa con hielo aparece delante de mí. La cojo y la pongo sobre el huevo que se ha formado sobre mi rodilla.
«Creo que no tengo nada roto. En fin, eso espero».
Soy, sin embargo, la menor de mis preocupaciones.
Lonan se instala a mi lado. Soy incapaz de ayudar a Anoki por el momento. Creía que me pediría que entrase, pero no.
—¿Crees que saldrá adelante?
Inspiro profundamente y me giro hacia él. La luz que se escapa por la puerta que ha quedado entreabierta cae sobre la parte derecha de su rostro. Sus ojos oscuros parecen aún más amenazadores.
—No lo sé.
Su mejilla se estremece. Levanta la cabeza para contemplar el cielo en el que pasean algunas nubes.
—¿Qué ha pasado con las brujas?
Me agarro a esa pequeña distracción y se lo cuento todo: el espíritu, el conjuro, el portal, el éxito de nuestro plan. Luego paso al momento en que la bruja me esperaba tranquilamente en el bosque para matarme.
—¿Por qué quieren que mueras?
—Lo ignoro.
Y es la verdad. Ignoro si es porque me temen, porque Judith no soporta la influencia que tengo, porque he quemado su libro o por cualquier otra razón. Ignoro incluso si ha sido idea de Judith o solo de la bruja… de la que no sé ni su nombre.
«Normalmente las brujas tienden a querer robar los conocimientos de los druidas…»
Voy a tener que ser prudente, sobre todo tras haber hablado la Lengua Antigua delante de ellas. Si la reconocen entenderán que tengo un saber muy extenso y pueden intentar conseguirlo.
«O volverán a intentar matarme, o probarán a robarme los conocimientos de los druidas… Grandes perspectivas ambas».
—Sé que no nos debemos nada, pero… ¿seguirás protegiendo a Cam, ahora que el espíritu ya no está?
—Lonan se lo piensa, lo que me irrita al máximo. No es una pregunta complicada.
—No quiero entrar en un conflicto abierto con las brujas… y al mismo tiempo tengo la sensación de que ya lo estoy. Tu hermano es un buen chaval, no tiene nada que ver con vuestras historias de poder y de magia.
—¿Eso significa que sí?
—Winona se ha encariñado mucho con él y no quiero que lo pierda. Así que sí.
Aunque la razón principal sea ahorrarle un disgusto a su hija, el fin me conviene.
—Gracias, Lonan. Estaré al servicio de la comunidad de Black River Falls tanto tiempo como vivamos aquí.
«Y espero que sea bastante tiempo».
A pesar de todo este lío y de las brujas más que amenazadoras, empiezo a tomarle cariño a este pueblo y sus habitantes. Por fin tengo la impresión de poder construirnos una vida tras los años pasados errando y escondiéndome.
Ser druidesa es parte de mí. Incluso cuando es tan difícil como ahora.
—Voy a volver a ver cómo va Anoki —afirmo, levantándome—. Voy a la cocina y vengo.
Asiente con la cabeza y se queda sentado, para seguir aprovechando un poco de aire fresco. Los dos sabemos que las próximas horas serán cruciales.
En el salón, Kosumi y Nashoba están junto a su primo. Aunque el rostro de Anoki está medio escondido, el parecido es flagrante.
—Cam está en la cocina —me informa Kosumi.
No les pregunto si ha visto al herido: la planta baja está casi totalmente abierta, lo ha tenido que ver cuando bajaba la escalera.
Camino algo mejor gracias al frío aplicado sobre la rodilla. Tendré que cuidarme cuando volvamos a casa. Y espero no tener que ir a urg…
La luz de la cocina no está encendida y mi hermano está medio a oscuras.
Distingo su silueta delante del fregadero.
Sus brazos se agitan frente al mismo y hacen que se le mueva el pelo pelirrojo que, en la oscuridad parcial, parece casi castaño.
Está medio encorvado y un olor de producto lavavajillas me asalta la nariz.
—¿Cam?
No responde.
Algo visceral y antiguo se despierta en mi interior. Rodeo la isla y descubro qué hace.
Mi hermano limpia un amasijo de tejido. No cualquiera: es la camiseta rota de Anoki.
—¿Cam?
Con los párpados bajados, frota, frota y sigue frotando las manchas de sangre ennegrecidas. Sus gestos son repetitivos, bruscos, ausentes. Su cuerpo está ahí, pero no su espíritu.
«Él…».
No me atrevo ni a pensarlo.
Con un nudo en la garganta, me acerco suavemente y le rodeo los brazos con los míos.
—¿Cam? Tesoro, soy yo. Está bien, puedes soltar la camiseta. Estoy aquí, cálmate.
Quitarle el objeto de toda su atención es más complicado de lo previsto. Me veo obligada a bloquearle las manos y tirar de él hacia atrás.
—¿Cam? Cam, soy yo… respira, concéntrate en mi voz.
Intenta avanzar y le retengo lo mejor que puedo.
—Cameron, soy yo, Aileen.
—Aileen, ¿pasa algo? —llama Nashoba desde el salón.
Desde donde está, sé que no nos puede ver.
«No tienen que enterarse».
—¡Cam!
Zarandeo a mi hermano, que de pronto se queda fláccido en mis brazos. Le doy la vuelta y le cojo la cara entre las manos.
—¿Cam?
—¿Aileen? —murmura.
Le atraigo contra mí y le abrazo con todas mis fuerzas.
—Me has asustado.
—¿Aileen? —llama Nashoba.
—No pasa nada, ¡ahora voy!
Me tiembla la voz, no debo de sonar muy convincente.
—¿Qué…?
Mi hermano se interrumpe. Ve la sangre en la palma de sus manos y la camiseta en el fregadero. Sus mejillas se hunden, los ojos se le empañan.
—No pasa nada —le aseguro secándole las manos con un trapo—. Sube y acuéstate. Te acompaño.
Cojo la camiseta y la tiro a la basura, y luego empujo a mi hermano hacia la escalera.
—Cam está indispuesto, voy en un minuto. Recalentad la infusión.
También funciona fría, pero es mejor ocuparles.
Guío a mi hermano. Su mirada perdida y desamparada me tritura el estómago. Pero no puedo ocuparme de él en este momento. No con Anoki entre la vida y la muerte.
—Vuelve a acostarte. Mañana hablaremos. Te quiero.
Le doy un beso en la frente y abro la puerta de la habitación de Winona. Como suponía, el suelo está cubierto de colchones y de niños. Las pequeñas siluetas están más o menos alineadas y duermen apaciblemente. Cameron camina hasta su sitio y se mete entre las sábanas.
Vuelvo a cerrar la puerta detrás de mí y me apoyo en ella. Tiemblo de la cabeza a los pies y hasta se me ha olvidado completamente mi rodilla.
«Es imposible…».
«Cómo…».
«Es…».
Me pongo la mano sobre mi corazón palpitante.
«Cam no es humano».