Capítulo 27
—¿Tenéis todo lo que necesitáis? Mejor vuelvo a c…
—Ya has comprobado dos veces esta maldita casa —me interrumpe Kosumi—. Las protecciones de las brujas están en su sitio y los lícanos patrullan. No tenemos nada que temer.
Expiro por la nariz, con los puños apretados contra las piernas. Sé que tiene razón, que no puedo hacer nada más. Pero eso no evita que sienta náuseas ante la idea de alejarme de Cam.
Reunidos en el salón, los niños meriendan en medio de un bullicio apreciable en vista de la noche que nos espera.
Los lícanos de la edad de Winona se han juntado bajo el techo del Alfa para una noche de pijamas.
Por lo que tengo entendido, el suelo de la habitación de la loba está cubierto de colchones para acogerlos a todos.
El objetivo es tanto protegerlos como distraerlos mientras los adultos están en peligro.
Entre ellos, mi hermano parece ser de los que está más a gusto. Habla con dos niños mayores mientras devora un trozo del pastel que preparamos anoche.
Lonan se une a nosotros en el comedor, una mano en el bolsillo del pantalón.
—Todo listo. He puesto mi botiquín en el maletero.
—Gracias.
—No debemos retrasarnos.
Entiendo el mensaje y me aparto de la mesa sobre la que reposa el vaso que del que no he bebido. Me acerco a Cameron y le paso la mano por el pelo pelirrojo en desorden.
—Nos vamos, tesoro. Yo…
Se levanta de un salto del sofá y me abraza. Me parece tan grande ahora. Me acuerdo como si fuera ayer de la época en que lo llevaba en brazos apoyado en mi cadera.
«Los años se nos escurren entre los dedos…».
Retengo las lágrimas con gran esfuerzo y le beso en la frente.
—Pórtate bien y no comas solo dulces o no dormirás.
—Lo intentaré.
Me río y le aparto con suavidad.
Consciente de la atención de los niños que nos rodean, me pregunta en la Lengua Antigua:
—Volverás, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo.
Le beso una última vez y salgo rápidamente, saludando vagamente a Kosumi y los otros lícanos a cargo de los chavales. Lonan y Nashoba salen y se unen a mí.
—Está en seguridad, lo sabes —me certifica el amerindio de pelo largo.
—Lo sé.
Subimos al coche, seguidos de cerca por otro 4x4. El resto de lícanos ya está en el sitio con los polimórficos, para peinar el terreno alrededor del lugar de la invocación.
El trayecto se desarrolla en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Todavía falta una hora para que anochezca, pero la luminosidad ya es muy baja a causa de nubes oscuras.
—No debería llover —indica el Alfa, como si me leyera el pensamiento.
Espero que tenga razón. No afectará al espíritu ni a la magia, pero sí a mi salud y mis nervios.
Acabamos estacionando al norte de la ciudad, cerca de un sendero. Otros coches están parados y de ellos salen brujas, Judith a la cabeza. El grupo de siete se gira hacia nosotros.
—¿Nos guiais?
Lonan pasa delante y Nashoba y yo cerramos la marcha. Prefiero estar lo más lejos posible de las brujas.
Mientras caminamos por el bosque, compruebo los cuchillos que llevo, uno en el zapato y el otro junto a los riñones.
Mis bolsillos están llenos de frasquitos y piedras cargadas durante la última luna llena.
En cuanto al sortilegio que llevo detrás de la oreja en forma de tatuaje, está ahí más para esconderme que para protegerme. Esta noche no podré contar con él.
Al fin salimos al cuadrado de hierba donde la adolescente hizo el conjuro. Los sauces parecen inmensos, sobre todo con las sombras nacientes.
Las brujas se dan prisa en colocar los elementos necesarios para abrir el velo.
—Hannah, Sarah y Paula se quedarán aquí. El resto nos repartiremos alrededor de la zona. Coged esto —añade Judit tendiéndonos piedras embrujadas—. Cuando el espíritu esté en el interior del círculo que formaremos, todos tendremos que dejar nuestra piedra en el suelo.
—¿Cómo nos avisamos? —pregunta Nashoba.
Estaremos demasiado alejados para vernos.
—Gritando —precisa Judith.
—Lógico.
Parece que Lonan y él han decidido mantener su forma humana, esta noche. Así que también reciben una piedra, igual que yo. Entre todos sumamos diez, que es el mínimo para una trampa de esta magnitud. Tenemos que encerrar a una criatura de otro Mundo, así que tendremos que darlo todo.
Sin decir nada más, volvemos a nuestro sitio y nos apartamos progresivamente del centro del círculo. Mis pies se hunden en la tierra blanda y los pelos de la nuca se me erizan. El sol se ha puesto del todo y la negrura es espesa, casi viva. Repelo como puedo los temores que surgen en mi espíritu.
«Estoy protegida. Estoy conectada. Soy una druidesa».
Me paro en el sitio indicado por la bruja y espero.
Mucho rato.
Aunque hemos partido del principio que el espíritu actuará ya que no se le vio la noche pasada, no tenemos ninguna garantía de que el plan funcione.
Tiene que quedarse en el bosque cuando se esconde pues los aparatos electrónicos le repugnan.
La lógica dice que busca a Hannah, la bruja apuntada para esta venganza excesiva, pero podría ser que se quede escondido toda la noche.
Confiamos que la energía de la bruja le atraerá y espero que eso sea suficiente.
Tengo el cuerpo helado, de los pies a la punta de la nariz. Me tapo la cabeza con la capucha y me arrepiento de no haber cogido guantes.
«Venga, espíritu, aparece…».
Me concentro en mi respiración para no emanar ondas negativas. Quiero que el espíritu venga, pero preferiblemente sin atacarme. Por más protecciones que lleve encima, sigo siendo humana y un golpe como los que recibieron Cody y Sam podría resultarme fatal.
Intento no pensar en que el espíritu podría haber ido a casa de Lonan, lo que no tendría sentido ya que quiere a Hannah; según lo que nos han contado las brujas.
Doy por sentado que el espíritu solo ha herido físicamente a sobrenaturales porque son los únicos seres con los que se ha cruzado en el bosque, pero puede que me equivoque. Puede que tenga otras intenciones. Aunque ignoro hasta qué punto un espíritu puede pensar (qué ironía) y ser estratega.
«Cam está seguro. Es lo único que importa».
No debo dejar que me invadan las dudas.
«Estoy conectada. Mi corazón está abierto al mundo. No me estoy congelando. Todo va bien. Todo…».
Un grito de dolor rasga el silencio. Es tan potente que me doblo en dos por instinto, como si me atravesase un dolor físico. A la vez grave y animal, resuena entre los árboles.
«Lícano».
Tengo la certeza absoluta de que no es la señal tan esperada y que un hombre acaba de ser gravemente herido.
El corazón me grita que corra hacia él para socorrerle mientras la razón me retiene.
Tengo una de las piedras destinadas a encerrar al espíritu, no puedo moverme sin riesgo de hacer fracasar la misión.
—¡Ahora!
Este grito viene de una mujer. Lo escucho sin dudar y dejo caer la piedra a mis pies para formar la trampa.
Sin esperar más corro hacia el centro del círculo, dónde debe desarrollarse la ceremonia de apertura del velo. Las ramas me golpean brazos y piernas.
Me petrifico cerca de un tronco, con un sabor ácido en la boca.
Un torbellino de humo negro sobrevuela las brujas. A la vez físico e inmaterial, se mueve con la gracia de una bandada de pájaros y la agilidad de un depredador listo para saltar sobre su presa.
Debajo, las brujas están lívidas, especialmente Hannah.
—¡Ahora! —les grito para hacerlas reaccionar.
Sarah toca a sus dos compañeras y las tres se ponen a cantar en latín.
A su alrededor, algunas piedras se animan con un color amarillento.
Estas piedras son muy diferentes de las que hemos dejado más lejos para atrapar al espíritu.
Las piedras de luna y las obsidianas a los pies de las brujas forman parte del sortilegio que abre el velo y les aportan protección contra nuestro enemigo inmaterial.
Suena un chirrido, tan agudo que tengo la impresión de que mi piel se despegará con la intensidad de mi escalofrío.
El espíritu está furioso y se lanza sobre ellas, pero lo frena la barrera invisible que forma una cúpula alrededor de las brujas.
Judith aparece a mi derecha, seguida de cerca por otra bruja. Las dos se unen a las suyas para cantar con fuerza. Las palabras se repiten en eco a nuestro alrededor.
El espíritu no me ha detectado, puede que porque soy menos interesante que los sobrenaturales.
Cuando una sexta bruja sale de los bosques, con la frente cubierta de sudor, el amasijo de humo y rabia se lanza sobre ella.
Rápida, la bruja lo esquiva, pero no lo bastante deprisa para no ser herida.
Se le escapa un gemido: una herida le recorre el brazo desde el codo hasta la muñeca.
Mis labios se entreabren, mis cuerdas vocales se activan. Antes de que mi cerebro haya comprendido qué hago, me pongo a cantar.
Las palabras salen de mi boca, de mi alma. El canto es tan antiguo que casi oigo llorar al bosque. Las sonoridades de la Lengua Antigua se alían unas a las otras, formando un torrente inolvidable.
El espíritu se queda quieto. Pivota. Ondula. Parece observarme, entre curiosidad e incomprensión. Ignoro en qué medida me entiende. Ignoro en qué medida la Lengua Antigua tiene un poder sobre seres como él.
Lo único que sé es que mi canto permite que la bruja se una a las suyas bajo la cúpula y recite también el sortilegio.
De pronto, la negrura ambiente da la impresión de espesarse, tan profunda y abismal que podría tragarse la tierra. De su centro nace un ínfimo destello azulado, que se extiende hasta formar…
Un portal.
Un portal hacia el otro Mundo. Aquél en el que reposan los muertos.
Mi voz se ahoga. Me tambaleo y me apoyo en un árbol, sin respiración.
«Guardiana de los Mundos».
Este título resuena en mí, orgulloso, salvaje y libre. De pronto toma un nuevo sentido, para mí que no había visto jamás el otro Mundo. Y esperaba no hacerlo antes de morir.
«Mamá está en el otro lado…».