Capítulo 25
Me pica el pie. Mucho, realmente mucho. Froto los pies uno contra el otro con la esperanza de que se me pase el picor. El sofá cama cruje un poco.
No funciona. Me repliego en posición fetal para poder atacar la zona con las uñas.
«Aaaaah. Qué bien...».
Me pongo boca arriba; intento estar tranquila y relajarme.
«Ha estado bien hoy, Cam».
Mi hermano es adorable. Tengo tanta suerte de tenerle.
Cuando he llegado a casa le he ayudado con un ejercicio de mates, y luego nos hemos puesto con una pequeña lección de druidismo.
Ha estado atento y paciente y me ha recitado una lección de la semana pasada, en la Lengua Antigua, mientras preparábamos la comida.
Durante la cena no ha parado de contarme anécdotas del cole con sus amigos. Muchas incluyen a Winona, las gemelas y otros niños lícanos, lo que cada vez me irrita menos. ¿Cómo estar molesta cuando él luce una sonrisa tan grande? Se ha abierto más en una semana que en todo el año pasado.
«No podremos irnos por ahora…».
«¿Y si las cosas salen mal con las brujas?».
Toda esta historia huele mal. Las brujas suelen hacer lo que les da la gana, aun en el seno de un aquelarre.
En cuanto a Judith… Ignoro cuál será su posición respecto a mí, y a Cam por extensión.
¿Cuál es su opinión real sobre los druidas?
¿Intentará sacarnos información? Seguro que siente curiosidad por un tema que le es inaccesible.
Y con razón. Desde hace miles de años, los druidas se transmiten de generación en generación un conocimiento prohibido a los otros sobrenaturales. No es en su contra, aunque algunos sean maliciosos. El objetivo es protegerles, al tiempo que mantener una paz relativa.
«Por suerte Judith ignora que somos de los Originales…»
No estoy segura de que sepa lo que significa. Pero si lo sabe, más vale que se mantenga muy lejos de nosotros.
«Si las cosas salen mal y nos tenemos que ir, esta vez Cam no lo superará».
Me giro sobre el lado derecho, con un nudo en el estómago. Lo único que quiero es que mi hermano sea feliz y esté seguro. Desgraciadamente, puede pasar que estos dos elementos sean incompatibles.
Me masajeo la frente para repeler un principio de migraña.
«Tengo que llamar a Rebecca para hablar de todo esto. Necesito su opinión y sus consejos».
«Si tengo que ir a ver a las brujas el jueves, será mejor que no vaya sola. Quizás sea la ocasión de pasar tiempo con Kelsey. No solo las brujas no moverán ni una oreja delante de ella, sino que además nos entendemos bien. Mejor ella que Kosumi».
De pronto tengo la boca seca. Como está claro que no me voy a dormir, me levanto y voy a la cocina con los párpados a medio abrir. Me sirvo un vaso de agua y me lo bebo de un trago.
Las contraventanas entreabiertas dejan entrar un poco de la luz de la luna. Distingo los muebles de nuestra casita. Rodeo la encimera con la firme intención de meterme en la cama cuando veo la mesilla de noche. El cajón cerrado con llave llama mi atención.
«Hace una eternidad».
Pensamiento que saludan tanto mi cuerpo como mis nervios a flor de piel.
«Puede que me ayude a dormir…»
Me estiro y deslizo una mano bajo el colchón del sofá-cama. Allí escondo dos cosas: un arma y una pequeña llave. Cojo esta última y abro el cajón para desvelar mis cosas de adulta, escondidas para evitar que las vea mi hermano pequeño.
«No tengo tiempo de hacerme un tratamiento de la cara decente, pero tengo que encontrar tiempo para hacerlo…».
A los 23 años, estar llena de energía y no tener pareja sexual, es un asco.
Evidentemente, una no está nunca mejor servida que por sí misma, pero vaya. Un pequeño estímulo de vez en cuando se agradecería.
Cojo el vibrador y me meto bajo la colcha. Cierro los ojos, calmo la respiración y conjuro una de mis fantasías preferidas. Es la escena de la secretaria que ha cometido un error en un expediente y su jefe la tiene que castigar. No es nada original, pero no estoy para inventar algo nuevo.
Me relajo y pongo el juguete sobre mi clítoris. La primera vibración me sobresalta. Casi había olvidado el efecto que tiene.
En mi imaginación, las grandes manos de mi falso jefe (unos treinta, moreno) bajan para cogerme los senos por encima de la camisa.
Camisa que acaba abriendo de golpe, haciendo volar los botones por toda la habitación.
Como soy una buena empleada, no llevo sujetador y sus labios sensuales toman posesión de mi pezón.
Una ola caliente me sube por el vientre. Cambio un poco el ángulo del vibrador para…
Mi falso patrón se yergue, luciendo una sonrisa digna de un anuncio. Sus rasgos se han modificado, ahora son menos viriles y su pelo más claro…
Detrás de mis pupilas, Jake pasa la mano bajo mi falda para llegar a mi intimidad.
«Tampoco llevas bragas» —susurra
«No me sorprende» —resuena una voz grave.
Un segundo par de manos aparece, de piel más oscura, para cogerme el mentón y levantarlo.
Lonan se inclina hacia mí para…
«¡Joder!».
Me levanto de un salto tirando el vibrador al otro extremo de la cama y con el corazón a mil por hora.
«¿Qué ha sido esto?».
Mi cerebro se ha vuelto totalmente estúpido. Tengo la norma de incorporar a mis fantasías únicamente gente famosa, nunca personas con las que trato. Pero ahí… he perdido el control.
Y estoy tan mojada como incómoda por las elecciones de mi subconsciente.
«¡Una no puede ya ni masturbarse en paz!».