Capítulo 23
No tengo tiempo de llamar a la puerta de la gran vivienda antes de que la abra su propietario.
—Estaba a punto de enviar a alguien a buscarla —lanza Lonan sin molestarse en ser educado.
—No todos nos desplazamos en coche —afirmo adelantándole para entrar en su casa.
Cameron me sigue y saluda al Alfa con la cabeza. Deben de haberse visto esta mañana o al final de la tarde.
Yo hice de todo para huir de la comunidad de los sobrenaturales a lo largo de estos últimos años, y mi hermano frecuenta a más que yo. Qué proeza la mía.
—Winona y las gemelas están en la sala de juegos —indica Lonan.
Cam se quita los zapatos rápidamente y corre a la escalera. Empieza a conocer el lugar.
Las gemelas también están en su clase y se lleva bien con ellas. No parece importarle pasar la velada con niñas.
«¿Debería tener LA conversación con él?».
Me quedo clavada entrando en el salón y me sacudo. No ha cumplido aún diez años, todavía me queda un poco de tiempo.
No me sorprende que Nashoba y Kosumi estén instalados en sofás, cerveza en mano.
—¿Qué quieres tomar? —pregunta el Alfa.
Su serenidad me pone en guardia. ¿Espera alcoholizarme antes de darme un zarpazo? No me sorprendería mucho.
—Zumo de fruta, si tienes, gracias.
Prefiero tener la mente clara. Y tengo que maniobrar una bici para volver a casa.
Me siento en uno de los sillones y estiro las piernas frente a mí. Me he pasado varias horas caminando por el bosque y no ha sido precisamente descansado.
—Vamos ¿piensas decirnos por fin lo que se trama? —inquiere Lonan tendiéndome un vaso.
Bebo un trago solo por el placer de verle fruncir el ceño con impaciencia.
—Sí, y no creo que te guste.
Se sienta y los tres hombres fijan su atención en mí.
—He descubierto dónde se invocó el espíritu.
—¿Dónde? —rechina Kosumi.
—Al norte de Black River Falls. No sabría decir a cuántos kilómetros, pero me acuerdo del camino.
Camino caótico, para ser precisa. Las hadas me han conducido a través de una parte bastante densa del bosque y se escondían cada vez que teníamos la desgracia de cruzar un sendero.
Me ha hecho gracia acordarme más de una vez de Jake y sus indicaciones que al final no me han servido de nada.
O que me servirán un día y me parecerán evidentes.
—¿Crees entonces que ha sido una bruja del aquelarre Reed?
—No se me ocurre otra explicación. A no ser que una bruja haya venido sin que ellas lo sepan, lo que no es imposible.
Lo que es seguro, en cambio, es que lo saben: Judith me lo confirmó cunado vino a la tienda.
O no hacen nada, lo que sería inconsciente o malicioso, o intentan neutralizar el espíritu sin conseguirlo.
—¿Porqué? Si lo han invocado, deberían saber resolver el desastre —comenta Nashoba.
—Es más complicado. Creo que una única bruja ha procedido a la invocación y que no tiene experiencia. Ha cometido el error de hacerlo cerca de los saúcos, lo que ha amplificado el sortilegio. Creo que se le ha escapado de las manos y ha aparecido un espíritu más fuerte de lo esperado.
—Saúco… como la varita en Harry Potter? —se entusiasma Nashoba.
Su Alfa y su hermano le miran desencantados.
—Voy a hacer como si no te hubiera oído —prometo.
—¿Cómo has encontrado el sitio? ¿Eso no es cosa de brujas? —vuelve al tema Kosumi.
—Me han guiado las hadas.
Silencio.
—Las… tú…
—¿Puedes verlas? —exclama Nashoba.
Se endereza tan deprisa que tira cerveza sobre su camiseta.
—Creía que no se mostraban ante nadie —comenta Lonan, con más cautela.
—Se muestran cuando se siente seguras.
—¿Hablan el mismo idioma que nosotros?
—No, hablan la Lengua Antigua, que yo domino.
—Seguro que también hablas latín —se mofa Kosumi.
—Evidentemente. Muchos textos mágicos están en latín, ya que los druidas preferían la transmisión oral a la escrita, al contrario de las civilizaciones cristianas que aparecieron más tarde.
Algunos druidas aceptaron que su saber se transcribiera, aunque fueron mayoritariamente las brujas las que escribieron sus conocimientos.
Afirmación que tiene el mérito de cerrarle la boca al lícano.
—¿Por qué has tardado tanto en decírmelo? —pregunta Lonan.
—Primero porque no he encontrado el lugar hasta esta mañana.
Segundo porque ignoro cuáles son los lazos entre los polimórficos y las brujas y los primeros estaban presentes las últimas veces que nos hemos visto.
Ignoro también qué quieren las brujas y qué pretenden hacer.
No sé nada de la situación entre aquelarre y manadas. Tendremos que ser muy prudentes.
—Zacchary se entiende relativamente bien con Judith. No me atrevería a decir que son amigos, pero han superado el grado de la tolerancia.
—¿Y tú?
—Me eran indiferentes hasta saber que nos espían.
Asiento con la cabeza. Yo habría tenido la misma reacción.
Cam fue quien procedió a disolver el sortilegio de la estatuilla.
Le acompañé, hace unos días, teniendo el placer de no cruzarme con Lonan.
La operación se llevó a cabo con eficacia; mi hermano es cada vez más hábil.
Debo confesar que estoy muy orgullosa, teniendo en cuenta que se lo he enseñado todo.
—¿Qué vamos a hacer? —consulta Kosumi.
—Me parece indispensable visitar a las brujas —subraya el Alfa—. Sería preferible que nos acompañe Zacchary. No veo más solución que ponerles ante el hecho consumado y presionarlas para que se espabilen en capturar el espíritu. Porque son las únicas que pueden hacerlo ¿verdad?
—Las podemos ayudar, pero el gran final será para ellas, sí.
No me gusta nada la idea de colaborar con brujas. Suponiendo que acepten, claro.
No le digo al Alfa que Judith cree que soy una de ellas. Inútil perder tiempo en la rivalidad entre brujos y druidas.
Lonan y yo decidimos encontrarnos delante de la escuela privada para niñas de Black River Falls, que en realidad es una escuela de brujas, al final de mi turno de mañana. Tendré que preparar mis nervios antes de esa conversación que se anuncia de las más desagradables.
Ocupada en conversar sobre brujas y espíritu con los lícanos, me sobresalto cuando dos niñas adorables de grandes ojos azules aparecen a mi izquierda.
—Mamá nos ha dicho que volviéramos a las 19:30 —canturrean a coro.
Es lindo… aunque también espeluznante.
—Os llevo a casa —afirma Kosumi dejando su cerveza vacía.
Cuando los lícanos se han ido, Lonan se levanta y hace crujir su nuca.
—¿Os quedáis a cenar con nosotros, Aileen? —pregunta Nashoba.
El Alfa se crispa, la exasperación supurando por todos sus poros. Su lobo le muestra una sonrisa, contento de sí mismo.
—No quiero que estemos de más —afirmo.
Confieso que no estoy en contra de la idea de quedarnos. Empiezo a acostumbrarme a la compañía de los lícanos.
—No, quedaos —articula Lonan a regañadientes—. Winona estará contenta.
Estoy segura de que es el único argumento aceptable para él.
Como no es cuestión de que me quede sin hacer nada, sobre todo si va a suponer un comentario de mi encantador anfitrión, les sigo a la cocina, donde descubro una energía inesperada.
Nashoba actúa como si estuviera en su casa, lo que no me sorprende.
La casa del Alfa es el centro neurálgico de la manada, por no hablar del hecho de que Lonan debe de querer que su hija esté rodeada en todo momento.
Ayudo a los dos hombres a preparar la cena, contenta de ver que no tengo que dar instrucciones.
—Winona, ¡ven a poner la mesa! —lanza el padre con voz atronadora.
Con sus juegos de video, no deben de habernos prestado mucha atención.
—¡Qué guay, comer aquí! —exclama Cam bajando las escaleras detrás de la loba.
—¿Habéis hecho algunos deberes, al menos?
—Ya los hemos terminado —asegura Winona.
Con todo lo que le tengo que enseñar a mi hermano aparte de la escuela, acordamos hace ya algunos años que debía organizarse para los deberes.
Confío en él y sus resultados son la prueba de que puedo hacerlo.
Sin embargo, es la primera vez que está tan poco tiempo en casa después del cole así que igual tengo que prestar más atención.
Kosumi regresa y no esconde su mueca cuando nos descubre todavía aquí.
—No sabía que los druidas eran pegajosos.
—No sabías siquiera que existíamos hace menos de una semana —le replico pasando delante de él con la cesta del pan.
—Y estaba mejor.
—¡A mí los druidas me parecen muy cool! —pía Winona—. Con un pie en el mundo de los humanos y otro en el de los sobrenaturales.
—Esa es la idea, sí.
Cruzo la mirada de ojos verdes de mi hermano, idénticos a los míos. En ellos leo que ha contado lo menos posible, lo que me tranquiliza.
La loba me hace un gesto para que me siente frente a ella. Me parece diferente y solo entonces veo el collar que cuelga de su cuello y le llega a la altura de los coleteros de sus dos trenzas.
—¿Te gusta el collar? ¿Lo has hecho todo como debías?
—¡Sí! Me esperaba que salieran chispas, pero no pasó nada. Cam dice que es normal.
—Nada visible para los ojos. No te preocupes, noto que funciona.
La luz natural que lleva en ella es matizada por el colgante, que la convierte en tan normal como los lícanos que la rodean.
—¿Has decidido entonces confiar en mí? —le susurro al Alfa sentado justo a mi derecha.
Abre los brazos para mostrar la mesa, como para decir «te acojo en mi casa, ¿no?».
Siempre es un placer hablar con él.
—¿Cómo funciona? ¿Cómo me puede ocultar si no eres una bruja?
Nashoba me tiende uno de los platos y lo sujeto mientras Cam se sirve.
—Hay magia en cada ser, en cada piedra. Puede ser natural o sobrenatural, como la que llevas dentro y que te permite transformarte. Me he limitado a usar la magia que ya tienen esas piedras, gracias a las plantas y a la luna. Tu sangre ha hecho el resto.
Lonan y Kosume se mostraban desanimados al sentarse a la mesa, pero ahora se muestran muy atentos a mis explicaciones.
—¿Qué diferencia hay entre la magia natural y la sobrenatural?
—Es solo una manera de designarlas en este idioma —explico—. En la Lengua Antigua, la que se hablaba al principio del mundo, existe un término menos equívoco para distinguirlas.
—¿De dónde viene la magia sobrenatural?
—No se sabe realmente —responde mi hermano—. Apareció al principio de todo, como la magia natural.
De pronto la comida ha perdido el sabor y me cuesta tragar. El más grande de los secretos que guardo de pronto parece tan pesado que me podría aplastar.
Contemplo a mi hermano que tiene el rostro alegre por lo que explica. Y la culpabilidad de no poder decirle nada me ahoga un poco más.
Winona sigue bombardeándonos con preguntas sobre las piedras y las plantas, y Nashoba poco a poco se une a ella.
No tengo nada en contra de inculcarles estos conocimientos puesto que no hay nada peligroso ni comprometedor para nosotros.
Saber utilizar las piedras o las plantas puede resultar muy útil.
Terminada la cena, ayudo a Lonan a recoger mientras Nashoba les enseña a los niños un truco de magia con cartas y Kosumi ha salido para informarse con los lícanos que patrullan.
—Nashoba os llevará a casa en coche —afirma el Alfa—. Será más prudente.
No tengo ningún reparo. El espíritu podría atacar esta noche y no quisiera encontrarme en su camino.
—Gracias —mascullo mientras froto una cazuela.
Yo, ¿incapaz de estar sin hacer nada? Para nada.
—Espero que no haya heridos.
—Por lo que hemos oído, los humanos se vieron afectados por el espíritu la noche del sábado. Pesadillas, alucinaciones, nauseas… Temo que empeore —suspira Lonan secando lo que acabo de lavar.
—Irá empeorando mientras las brujas no hagan su trabajo.
—Parece que no les tienes cariño.
—Mi mejor amiga es bruja —esquivo.
Percibo la vibración de su torso bajo el efecto de una risita.
—Tengo la sensación de oír a esas personas que dicen no ser racistas porque «tengo un amigo negro».
Me río y me seco las manos.
—Algo así.
Entrecierra los ojos, seguramente para saber si le daré una respuesta real. Acaba por capitular y coge el táper con los restos para guardarlo en la nevera.
—¿No le das un poco a tu domovói?
—¿A mi qué?
Lonan pivota sobre los talones, con la puerta de la nevera entreabierta. Me mira como si me hubiera vuelto completamente loca.
—Tu domovói. Que vive detrás del horno.
Le indico el electrodoméstico en cuestión. Tiene gracia que esta criatura se haya instalado en un entorno tan moderno. La última vez que me crucé con una, era una niña y fue en uno de los apartamentos horribles en el que Mamá nos había instalado unas semanas.
Los O’Reilly son eruditos, pero nunca han nadado en la abundancia. No se puede tener todo.
—¿Joder, se puede saber de qué hablas?
Una ola de irritación y frustración atraviesa la habitación. En el comedor, Nashoba y los niños se callan.
—Los domovói son pequeñas criaturas inofensivas, tranquilo. Protegen el hogar y son muy tímidas. Seguramente no le has visto nunca. Si algún día estáis en peligro, se mostrará y os despertará.
Los hombros del Alfa se relajan imperceptiblemente.
—¿Qué hago para que se vaya?
—Te interesa que se quede. Solo quiere vuestro bien… y comida, claro.
Le oigo rechinar los dientes.
—Esto explica todas las veces que te has enfadado porque había desaparecido comida —comenta Nashoba, apoyado contra el muro que une las dos habitaciones.
—No finjas que ha sido siempre el… esto.
—Tengo mi parte de responsabilidad, pero no tanta.
—De verdad, Lonan, no tenéis nada que temer. Puede incluso resultar útil si hay un incendio o si alguien entra para haceros daño. Os despertará y puede llegar a dar miedo a los intrusos si está de mal humor.
—¿A qué se parece? —pregunta Winona.
—Es como un pequeño enano de jardín, y muy peludo. Además, son raros.
—¡Me apetece mucho verlo!
Se acerca al horno y su padre lo bloquea el paso.
—Dudo que salga. Seguramente lo hace solo por la noche, cuando estáis todos acostados —explico.
—¡Oh!
Su decepción es palpable, totalmente opuesta a la tensión que emana de su padre.
—Tómatelo como un animal de compañía al que solo tienes que alimentar.
El Alfa me gratifica con una mirada negra.
—Vale —gruñe.
Cierra la puerta de la nevera, abre el táper y lo deja sobre la encimera.
—¿Satisfecha?
Sacudo la cabeza y me dirijo a la entrada, tras indicar a Nashoba y Cam que me sigan.
—Tienes que aprender a abrirte al mundo, Lonan.
Un gruñido me responde.
—No hago más que decírselo, pero nunca me hace caso —se queja el lícano de pelo largo.
—¡Fuera!
Nos apresuramos en ponernos calzado y chaquetas, riendo tan fuerte que me duelen las mejillas.
Pero no tanto como para no oír las risas de padre e hija que hacen eco a las nuestras.