Capítulo 22
—¿Aileen? Aileen, despierta.
Cameron me sacude suavemente el hombro. Un beso saluda mi mejilla.
—He preparado el desayuno.
—Oh… Gracias.
Le oigo alejarse hacia la mesa. La luz detrás de mis párpados no es muy agresiva y a pesar de todo me cuesta levantarlos. Me fuerzo a sentarme en la cama y me froto la cara.
Lo sucedido ayer me viene a la mente. La tarde en casa de los Rivera por suerte fue muy dulce, comparada con la mañana de trabajo. Cam y yo volvimos a casa antes del anochecer y me dormí en un santiamén.
«Espero que el espíritu no haga de las suyas esta noche».
Último día antes de tener que rendir cuentas ante Lonan. Éste me escribió un mensaje ayer por la tarde para saber cómo estaba tras la agresión a mano armada. Las noticias viajan deprisa en las ciudades pequeñas.
Me pongo el chándal que está tirado por ahí y consigo llegar a mi silla. Mi hermano me ha hecho un té y ha sacado el pan que nos dio Carmen anoche.
—Te quiero —murmuro bebiendo un sorbo.
—Yo también —se ríe, con confitura en la mejilla.
Comemos en silencio, cada uno inmerso en sus pensamientos.
Tengo la cabeza tan allá que no me doy cuenta de que Cam ha subido a buscar su mochila hasta que me vuelve a dar un beso.
—Me voy, los lícanos están aquí.
—¡Ah! Que tengas un buen día, ten cuidado.
—¡Te lo prometo! —canturrea abriendo la puerta.
Veo uno de los 4x4 estacionado delante de casa. No he tenido tiempo de levantarme para saludar antes de que Cam cierre la puerta tras él.
Habría dormido unas horas más, pero tengo demasiado que hacer. La casa necesita un poco de orden, el jardín mi atención, y tengo que hacer sin falta una salida al bosque.
«¿Quién dijo que los días de descanso eran para descansar…?».
Decido empezar por lo que me rodea y ordeno el salón y la cocina. Tengo suerte, Cam es un niño implicado, que es consciente de lo que representa llevar una casa. Deja cosas tiradas por ahí como todos los niños (no me puedo quejar, yo hago lo mismo) pero ordena más que la mayoría.
Subo al piso superior a poner una lavadora y fregar el suelo. Una vez satisfecha, me pongo una sudadera gruesa y decido ponerme con el jardín.
El problema de mudarse todos los años es que no puedo tener un huerto óptimo. Sé qué plantas tienen la capacidad de crecer fácilmente y en poco tiempo, mientras que otras son más costosas de afianzar en el suelo. He tratado este último con mezclas de mi cosecha que parece que van a dar fruto.
Arrodillada en la tierra blanda, doy un respingo cuando suena el timbre.
No espero a nadie.
Lo dejo todo tal cual y entro a paso ligero. Mi cuchillo preferido sigue en la tienda, pero tengo uno de emergencia cerca de mi cama; y otro de reserva en el piso de arriba. Agarro el que está bajo el sofá cama y me acerco a la puerta.
—Soy Kelsey —lanza una voz divertida.
Sin duda, me ha oído desplazarme por la casa.
Suspiro y abro la puerta a la polimórfica. Vestida con un grueso jersey de forro polar, muestra una gran sonrisa burlona un poco forzada.
«Esconde algo…»
—Casi me esperaba que me lanzases algo encima—confiesa.
—Lo he pensado. Entra.
Pasa delante de mí y su perfume floral me agrede las fosas nasales.
—¿A qué se debe el placer de tu visita?
Kelsey gira sobre sí misma para observar en detalle la sala. Se dirige a la mesa como si estuviera en su casa —aparentemente una costumbre en los sobrenaturales de la zona.
—Quería saber cómo estabas. Me he enterado del intento de robo.
Mi intuición me dice que eso no es más que una excusa educada para justificar su visita. Me siento frente a ella y dejo mi arma sobre la mesa.
—Bonita bestia.
—Gracias.
—¿Los rumores según los cuales has desarmado al chico son ciertos entonces?
—Sí. No me gusta mucho que me amenacen.
—Tomo nota.
El blanco de sus dientes aparece entre sus labios pálidos el tiempo de una pequeña sonrisa. Su pecho se levanta de golpe.
—Aileen, yo… Por lo que tengo entendido, los druidas tienen conocimientos médicos y yo…
Su mirada gris está fija en la mesa y sus dedos trituran nerviosamente su jersey. Sus rasgos se descomponen a simple vista, lejos de la joven sonriente que ha cruzado el umbral de mi puerta.
«Demasiado perfume, inquietud, ha venido sola…».
No tardo mucho en atar cabos.
—¿De cuántas semanas estás?
—No lo sé… cuatro o cinco, máximo.
—De acuerdo.
La polimórfica tiembla tanto que se nota a través de la mesa. Su angustia es tan evidente que se me hace un nudo en el estómago.
—No sé por qué has venido a verme, pero que sepas que te puedo ayudar. Tengo algo para calmar las náuseas, te puedo visitar si lo deseas…
—Quiero… abortar.
Lo suponía. Sin embargo, oírselo decir es muy distinto. Evita mi mirada con labios pálidos.
Le cojo la mano con suavidad.
—Kelsey, no tienes por qué tener vergüenza. Cada mujer es libre de elegir si quiere tener el niño que lleva.
—Lo sé. Es solo que…
Nuestras miradas se lían, intercambiando tantas palabras. Comprendo su miedo como si fuera mío. La decisión que ha tomado ha sido, estoy segura, reflexionada con madurez, lo que no impide que sea dolorosa. Lágrimas perlan sus pestañas y noto que mis ojos también se humedecen.
—Tienes derecho a estar triste, aunque sea tu decisión y estés de acuerdo con ella. Igual que tienes derecho a estar aliviada, decepcionada, frustrada, no importa. Todas las emociones son válidas, no te sientas culpable por sentirlas.
Asiente con la cabeza y traga con dificultad.
—No… no me siento lista para ser madre y…
—Tampoco tienes que justificarte. Ni ante mí ni ante nadie. Si quieres hablar de ello, aquí estoy. Si no quieres, podemos hablar de otra cosa mientras te preparo lo necesario.
La sacuden sollozos y le aprieto la mano más fuerte. Me levanto un instante para traerle pañuelos.
—Gracias.
Siento que tener una espectadora en sus lloros la incomoda, así que me retiro a la planta de arriba. Abro mis cajas para sacar las plantas que necesito y las pongo en un saquito.
Cuando bajo, Kelsey se ha serenado. Se mantiene erguida, con los ojos enrojecidos, pero decididos.
Dejo el saquito frente a ella y pongo a hervir agua.
Una vez sentada, le sonrío con dulzura.
—¿Cuánto tardará en hacer efecto? —consigue preguntar.
—Durante las próximas horas. Si de aquí a mañana por la mañana no sangras, tendrás que volver a tomar. Sería mejor que te quedes en casa… y que haya alguien contigo.
Kelsey hace una mueca.
—No lo sabe nadie, y prefiero que siga así.
—¿Ni siquiera el padre? ¿O tu hermana?
Desde luego, no me apetece forzarla a hablar, pero sería mejor si tuviera a alguien informado al lado. Yo no puedo hacerlo con todo lo que tengo que hacer y sería sospechoso si se quedase en mi casa cuando a penas nos conocemos.
—Mi novio tiene dudas, pero se le pasarán. Y mi hermana… es de las que se lo cuentan todo a su marido.
—¿Tienes problemas con tu Alfa?
—No, Zacchary es un buen Alfa, en muchos aspectos. Pero por desgracia no en este. La vida es valiosa a ojos de los polimórficos. No somos tan fértiles como los humanos y me temo que me echaría una buena bronca.
Ignoro hasta dónde podría llegar su Alfa, ya sea para impedirle abortar o para castigarla por haberlo hecho. Los polimórficos no son los únicos que engendran pocos descendientes: es una característica de todos los sobrenaturales. La magia no es fácil de transmitir.
Lo que no justifica en absoluto castigar a una mujer por sus decisiones.
—No te preocupes, no diré nada. Esto solo te incumbe a ti.
—Gracias. Por todo.
Me levanto para llenar la taza y pongo el saquito de infusión dentro. Remuevo y le pongo la taza delante.
—¿Tengo que decir algo? —pregunta, con el ceño fruncido.
—No es magia, vaya, no en el sentido en que piensas. Las plantas están listas a hacer su obra. Sin embargo, puedes decir algunas palabras, si lo deseas.
La polimórfica asiente con la cabeza y acerca la taza a sus labios. La huele. Su nariz pálida está salpicada de pequeñas pecas que hacen juego con el color de la infusión. Sus labios se mueven, pronunciando palabras indistintas que son solo para ella.
Kelsey se lo bebe todo de un trago, antes de devolverme la taza.
—No estaba muy bueno.
—Su objetivo no era estarlo —replico, irónica.
Sus labios esbozan algo parecido a una sonrisa que me gusta. Puede que nos hayamos visto solo una vez, pero su energía hace eco en la mía y estoy segura de que podemos acabar siendo amigas.
—Gracias otra vez por tu ayuda, Aileen.
Se levanta y entiendo que no quiere prolongar su estancia. Me encantaría invitarla a comer algo, pero tengo demasiado que hacer y no quiero forzarla. No me queda mucho tiempo antes de tener que llamar a Lonan.
—De nada. Ve a casa y descansa y llámame si lo necesitas.
Le canto mi número y me envía un emoji de un cuchillo para que tenga el suyo; parece que los sobrenaturales de Black River Falls me han atribuido un símbolo.
Se va sin que hayamos hablado del espíritu, cosa que me alivia. No me apetece repetir lo que ya se ha dicho decenas de veces y no quiero mentirle afirmando que no tengo ninguna pista.
Me preparo una mochila con comida y bebida y cambio mi adorable jardín por el bosque en bruma. Las nubes bajas complican más mi avance entre los árboles.
En cualquier caso, aquellos a los que tengo que ver me encontrarán sin problemas.
Controlo mi respiración y repelo los pensamientos negativos. Relajo los músculos, escucho el hormigueo de vida a mi alrededor.
El suave zumbido de las alas de las hadas emerge al fin.
—Guardiana de los Mundos —me saludan a coro en la Lengua Antigua.
Me paro, la boca seca.
—Necesito vuestra ayuda.
Varias pasan de rama en rama, tan inquietas como intrigadas.
—Peligro, peligro.
—Lo sé. Necesito encontrar el sitio donde apareció el peligro.
Los zumbidos ralentizan, los susurros agudos aumentan.
—Por favor, llevadme al punto donde se abrió el velo entre Mundos.