Aileen O’Reilly Capítulo 21
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Capítulo 21

El edificio que acoge las oficinas de la policía es antiguo, de bonita piedra vista. Subo la escalera al lado de Daniel, quien me guía hasta el primer piso, casi vacío.

—¿Quiere un café? ¿O…?

—¿Aileen?

Me doy la vuelta y descubro a Jake, que sale de una sala que debe de ser su despacho. Se acerca deprisa.

—¿Va todo bien?

—Ha habido un intento de atraco con arma blanca en la tienda de los Rivera —explica su adjunto.

—¡Oh! ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

No me apetece nada alardear de mis emociones. Estoy demasiado agotada.

—No he oído mi radio, estaba al teléfono con el alcalde.

—La señorita Morgan ha venido para intentar identificar a agresor.

El sheriff asiente con la cabeza.

—Yo me encargo a partir de ahora. Gracias, Daniel.

—De acuerdo, jefe.

Daniel le gratifica con un gesto de cabeza divertido, sin molestarse porque le hayan quitado esa miniinvestigación.

Jake me precede a su despacho iluminado gracias a una gran ventana. El sitio está limpio y es muy impersonal, lo que debe de ser el objetivo. Hay oficios que atraen la moderación.

—Siéntate. ¿Tienes sed?

—No, gracias.

Se sienta en su silla y yo hago lo mismo. No ha optado por un asiento imponente, como los millonarios en las películas; estos últimos siempre me dan la sensación de querer compensar cierta parte de su anatomía.

«Información muy interesante…».

Mis mejillas se calientan. Por suerte, Jake está centrado en su ordenador.

—Te voy a enseñar fotos de delincuentes del área para ver si el que os ha atacado está entre ellos. ¿Me puedes contar qué ha pasado? Lo siento, sé que es pesado tener que repetirlo.

—No hay problema.

Recito mi versión de la historia, convencida de que no será la última vez. Jake no me interrumpe, su mirada penetrante clavada en la mía.

—Entonces, ¿le has desarmado?

—Sí

—Ha sido una imprudencia.

—Lo sé.

Sus labios tiemblan.

—¿Dónde has aprendido a hacerlo?

—Tengo conocimientos de autodefensa. Mi madre quería que me supiera proteger.

—Sabia decisión.

Se endereza y gira el monitor hacia mí.

Me extraña que no haga más preguntas. Y también me alivia. Si aprendí a defenderme, es sobre todo porque el mundo está lleno de criaturas mucho más poderosas que yo. Con los gestos y armas adecuados, les puedo neutralizar a todos.

Evidentemente, no puedo desvelarle este detalle.

En el ordenador, Jake hace desfilar las fotos. En menos de cinco minutos, identifico al chico que ha intentado robarnos. Me explica que es un pequeño delincuente del área y no le sorprende enterarse de que acaba de salir del reformatorio.

—Aviso a mis colegas para que le busquen y le detengan. Carmen, Aldo y tú podéis estar tranquilos: le encontraremos.

Intento no tomármelo como una promesa ya que quien dice promesa dice decepción. Me contento con asentir con la cabeza.

—¿Ya está?

—Sí, ya te puedes ir. Gracias por cooperar.

—Es lo normal.

«Cuanto más coopere menos sospecharás que hago ilegalidades. En fin, eso espero…».

Me acompaña fuera del despacho. El espacio común está vacío, solo está la recepcionista en la entrada.

—¿Cómo has venido?

—Con Daniel, pero iré a la tienda a pie. Allí me espera mi bici.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—¿Una elección por economía, ecología o salud?

—Mmm, las tres cosas. Pero el orden es: ecología, economía, salud —preciso con un gesto de la mano.

Se le escapa una risista.

—Lo respeto. Es difícil funcionar sin el coche en mi oficio.

—Lo entiendo.

—Tengo que visitar a una persona. ¿Quieres que te acerque?

—Gracias.

Segunda vez hoy que subo a un coche de policía, y ya es demasiado. Jake sale de la plaza de aparcamiento y me lanza una sonrisa que me hace demasiado efecto.

—Si algún día de aburres de la tienda, que sepas que estaría encantado de contratarte.

Mi risa resuena en el habitáculo y me relaja los músculos. Me falta mucho para tener las habilidades (y la paciencia) para ser policía, pero el halago disfrazado es agradable.

—Muy amable, pero no, gracias.

«Ya tengo suficientes mierdas por gestionar, no necesito más».

—Espero que esta mala experiencia no te haya quitado las ganas de vivir aquí. Te puedo asegurar que no es habitual.

—No lo dudo. Y no, está bien. En fin, mañana estaré mejor.

—Eso espero.

El trayecto es corto. Jake estaciona delante de la tienda, sale conmigo y me acompaña hasta la bici.

—A pesar de las circunstancias, me alegro de haberte visto.

—Yo también.

Me siento en el sillín.

—No estaría en contra de volverte a ver… en un contexto más agradable, quiero decir.

—¿Es una invitación? —exclamo con voz demasiado aguda.

—Es exactamente eso.

Lamento estar en la bici, debo de parecer tonta mientras le miro desenroscándome el cuello. Además, estoy a la altura de su torso, que no me deja indiferente.

—De acuerdo.

Su sonrisa me hace contraer los muslos.

—¡Genial! ¿El sábado por la noche? Por desgracia no estoy disponible antes.

—Me va bien.

«Espero que el problema del espíritu esté solucionado para entonces».

—Pasaré a recogerte.

—Perfecto.

Me duelen las mejillas de tanto sonreír y hacía mucho tiempo que no me pasaba. Jake retrocede en dirección a su coche.

—Hasta el sábado. Ve con cuidado.

—Gracias.

Le saludo con la mano mientras se aleja.

«Acabo de aceptar una cita con un poli».

«Desde luego no tengo ningún instinto de conservación».