Capítulo 20
Es el peor día de trabajo de mi existencia.
Me siento como un zombi al que le gustaría que le acortaran el sufrimiento. He salido hacia la tienda cuando justo amanecía.
Es el primer domingo por la mañana que trabajo y habría preferido que fuera en mejores condiciones.
Los Rivera solo abren uno de cada dos domingos y preparan para la ocasión cestas con lo no vendido de la semana.
Una súper iniciativa, ecorresponsable como las que adoro…
excepto porque hoy me dan ganas de esconderme tras el mostrador cada vez que alguien me dirige la palabra.
Tengo la costumbre de estar siempre en movimiento cuando no hay nadie, pero esta regla cae en el olvido hoy. Existo, y eso ya es un esfuerzo sobrehumano.
—¿Estás bien, querida? Tienes mala cara —se preocupa Carmen, dejando una caja sobre el mostrador.
Mi nuevo apodo me molestaría viniendo de cualquiera menos ella. Esta mujer tiene el don de calmarme.
—He dormido poco.
—Una buena infusión esta noche y listo. Te puedo aconsejar las plantas, si quieres.
Retengo una sonrisa irónica que no se merece recibir en absoluto.
—Eres muy amable, ya tengo, gracias. ¿Os puedo ayudar?
—No, tranquila.
Abre la caja para sacar chicles y colocarlos sobre el mostrador.
—¿Saliste de fiesta, ayer?
«Ojalá…»
—No, solo me cuesta dormir. Creo que es el hecho de estar en una nueva ciudad.
«Tan poco…».
—Te acostumbrarás, querida. Por cierto, ¿cómo fue el partido de Cam?
—Bien. Él no jugó, pero…
La campanilla de la puerta me interrumpe.
—Buenos días —canturreamos a coro por la costumbre.
Detrás de Carmen, solo veo la parte alta de un cráneo con una gorra. Mi jefa se aparta para sonreír al cliente que se acerca.
—Qué podemos…
Su voz se ahoga. Mis músculos se tienden.
El joven nos apunta con un cuchillo de filo dentado. Vestido con una gran sudadera y un chándal, es el cliché del delincuente que viene a robar la caja.
«Mierda».
—Entrégame todos los billetes ¡deprisa!
Carmen se tambalea. Es la que está más cerca del chico: la cojo para forzarla a venir a mi lado del mostrador. Incluso la hago pasar a mi izquierda para estar al lado de la apertura.
—Cooperaremos —murmuro.
«Aunque me apetezca reventarte la cara».
Desde donde estoy, no puedo hacer nada. No es cuestión de poner en peligro a Carmen.
Así que hago lo que me dice: cojo una bolsa y meto los billetes de la caja dentro.
Me hierve la sangre tener que darle los ingresos del día, con todo el trabajo que hacen Aldo y Carmen.
Sé que tienen un seguro, que nuestra seguridad es más importante, pero no puedo evitar pensar en una manera de detenerle.
«Es humano».
Un punto para mí.
A regañadientes, le tiendo la bolsa por encima del mostrador.
—¡Y ahora lárgate!
—No, creo que no. Quiero el dinero que hay en la reserva.
—No hay —le digo.
—La cara de tu jefa dice otra cosa.
Carmen está tan pálida que casi es translúcida. No sé si realmente hay dinero en la trastienda o si teme por Aldo que está en la oficina. ¿Teme que intente protegernos? Estoy segura de que no dudaría en ponerse en peligro por nosotras.
—Muéstrame el camino, vieja, ¡vamos!
Cuando Carmen está a punto de pasar frente a mí para salir de detrás del mostrador, me adelanto para ser la primera en pasar. El chico se ha desplazado hacia nosotros, de manera que ahora estamos muy cerca.
No necesito más.
Cojo la mano que tiene el cuchillo y la tiro hacia mí para hacerle perder el equilibrio. El cuchillo pasa por debajo de mi brazo a unos buenos diez centímetros de mis costillas.
Naturalmente, el resto de su cuerpo sigue el movimiento y avanza hacia mí. Levanto la rodilla derecha con todas mis fuerzas para romperle las joyas de familia.
Su grito me taladra los tímpanos. No le dejo tiempo para entender qué le pasa y lo desarmo apretando una zona sensible de la mano.
Su cuchillo rebota en el suelo. Sin pensarlo dos veces, le doy un golpe en la garganta para cortarle la respiración. Se aparta protegiéndose el cuello y la entrepierna, con lágrimas en los ojos. Su respiración nos es más que un gemido miedoso.
Estiro la pierna para chafar con el pie la bolsa llena de billetes que ha dejado caer y la arrastro hacia mí.
—Que…
—Ahora tenemos dos opciones: o te atamos y esperamos tranquilamente a la poli, o te largas de aquí tan deprisa como has venido. Dejando todo esto detrás, claro.
Me mira fijamente, comprueba dónde están el dinero y el cuchillo, y se da la vuelta y huye como si le persiguiera un polimórfico.
Las piernas me flaquean de pronto y me agacho mientras recupero el aliento.
—Aileen… ¿estás herida? —grita Carmen.
Corre hacia mí, habiendo recuperado a la vez la palabra y la capacidad de moverse. Me coge la cara en copa entre las manos, y luego escruta cada parte de mi cuerpo.
—Estoy bien… solo… un poco alterada.
—¡He pasado mucho miedo! ¡No vuelvas a hacerlo jamás!
Me tira hacia ella y me abraza tan fuerte que me parece oír el crujido de una costilla. Pero me da igual: la sensación de ser abrazada con tanto alivio y amor es indescriptible.
—¿Alguien ha gritado? —resuena la voz de Aldo—. ¿Qué ha…? ¡Oh!
Corre hacia nosotros y pone una sobre el hombro de su esposa.
—¿Qué pasa? ¿Qué es ese cuchillo?
Carmen rompe a llorar y su marido la atrae tiernamente contra su torso. Me aparto para recuperar el aliento y recoger el arma y la bolsa llena de billetes.
Apenas empiezo a contarle a Aldo lo que ha pasado cuando llama a la policía. Acabo mi relato tras haberle dado la vuelta al cartel de la tienda a Cerrado.
Como Carmen sigue estando muy pálida, voy a la trastienda para prepararle un té. Solo hay productos básicos y lamento no tener manzanilla conmigo.
Cuando regreso, un policía está delante del mostrador y habla con los Rivera. No es el imbécil que estaba con Jake la primera vez que le conocí, lo que me alivia. Este es grande y redondo, impone respeto. Aun así, la energía que desprende es muy tierna.
—¿La señorita Morgan, supongo?
—Sí
—Soy Daniel, el adjunto del sheriff. La señora Rivera me estaba contando lo que ha pasado.
Le tiendo la taza a Carmen y me uno a ella para explicar la tentativa de robo que acabamos de sufrir. Daniel nos escucha con atención, tomando apuntes en su bloc de notas. En el momento en que le explicamos que he desarmado al desconocido, no hace ningún comentario, lo que agradezco.
—Gracias por vuestros testimonios. Antes de identificarlo, necesitaría que una de las dos venga conmigo a comisaría, por favor.
Los rasgos tensos de mi jefa hacen que no dude ni un instante.
—Le acompaño.
—¿Y Cameron? —se preocupa Aldo.
—Le avisaré que llegaré a casa más tarde.
—¡No puede pasar más tiempo solo! —se indigna Carme.
Le cojo la mano con suavidad.
—No quiero que tenga que revivir todo esto, deje que me encargue.
—En este caso, ¿podemos ir a buscar a tu hermano? Y que coma en casa —propone Aldo.
—No quiero que…
—¡Hagamos esto! —me corta Carmen.
Es evidente que no ganaré la discusión y confieso que tampoco quiero. Cam ya pasa mucho tiempo solo en casa, no quiero añadir más. Además, adora a los Rivera.
—De acuerdo, luego voy para allá.
Carmen asiente. La vuelvo a abrazar para mostrarle mi agradecimiento y apoyo.
—Voy a por mi bolso.
Vuelvo a la trastienda, con una idea en la cabeza. No sé cómo son las oficinas de los polis aquí, pero plantarme allí con un cuchillo escondido en la bota no me parece una super idea. Deslizo mi arma adorada al fondo del pequeño cajón que uso como taquilla y cojo el bolso y la chaqueta.
Daniel sale delante de mí. Su coche de servicio está estacionado delante.
—Yo voy en bici —explico, indicándola.
—La traeré de vuelta para recogerla cuando acabemos. Adelante —me ruega abriendo la puerta del pasajero.
Le hago un gesto de agradecimiento con la cabeza y acato.
«Yo que pensaba que la primera vez que me subiría a un coche policial sería detrás por culpa de mis papeles falsos… Realmente hablo mal de mí misma».