Capítulo 18
—Aileen, ¿qué haces? —se enerva Carmen.
Me giro y me la encuentro detrás de mí, con los brazos en jarra. Estoy medio doblada por la mitad para limpiar los cristales de la parte refrigerada de la tienda. Aprovecho que hay un momento de calma entre clientes.
—Pues, limpio. Para respetar las…
—Ya sé qué haces —responde divertida—. Lo que no entiendo, es que haces aquí todavía.
Frunzo el ceño y me giro hacia el reloj de la pared.
—Mi turno no acaba hasta dentro de cuarenta y cinco minutos.
—No, acabas ahora —decreta arrancándome el trapo y el espray de las manos—. Es el primer partido de Cameron y tienes que estar ahí.
No puedo evitar sonreír ante tanta amabilidad, igual que no puedo evitar protestar.
—Le han cogido en el equipo de béisbol a prueba, ni siquiera es seguro que le saquen a jugar…
—Da igual, ¡tienes que estar ahí! Son momentos cruciales en la vida de un niño.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí discutiendo conmigo?
—No quiero abusar de vuestra…
—No abusas de nada. Soy yo quien te lo ofrece. Puede que no sea posible todos los sábados, pero lo intentaremos. Y tú haces un trabajo formidable desde que estás aquí, la tienda nunca había estado tan limpia.
He ahí la contradicción de mi persona: puedo ser a la vez muy desordenada y muy maníaca. Mantengo nuestra casa limpia, lo que no significa que no haya objetos improbables esparcidos por todas partes.
Me desato el delantal mientras me dirijo a la trastienda.
—Recuperaré las horas la semana que viene.
—¡No hace falta! —canturrea Carmen a mi espalda.
Cojo mis cosas rápidamente, limpio una mancha sospechosa en el costado de mi camiseta —sin éxito— y recojo mis trenzas en una cola de caballo informe para estar más cómoda en la bici.
Saludo una última vez a Carmen y Ed, y monto en la bici en dirección al estadio de béisbol de la ciudad. No es difícil de encontrar. Todos los padres parecen acudir a la cita, el aparcamiento está hasta arriba. Es el momento típico en el que me alegro de ir en dos ruedas.
Las gradas metálicas están llenas. Me bastan unos segundos para localizar los hombres lobo y los polimórficos: algunos están situados a los lados y cerca del terreno, listos para intervenir en el caso de que los niños estuvieran en peligro.
Me acerco a la valla, buscando a Cam. Su equipo va de azul y está sentado en el banquillo: les toca batear. Están alineados tranquilamente, escuchando a su entrenador, que parece un hombre severo.
Mi hermanito lleva puesta la gorra. Algunos mechones pelirrojos se escapan, dándole un peinado muy particular.
«Necesita un buen corte de pelo».
Es la primera vez que mi hermano intenta formar parte de un equipo deportivo y me alegro de ello.
No tengo ni idea de sus capacidades en béisbol y, a decir verdad, da igual.
Si es el peor jugador del equipo, mala suerte.
No es lo importante. Que intente integrarse y formar lazos, en cambio, casi me hace ir en volandas de lo eufórica que estoy.
—¿Aileen?
Me sobresalto y por muy poco no abofeteo a Nashoba. Muestra una gran sonrisa, contento de haberme asustado.
—Creía que los druidas estaban más atentos.
—Estaba a mi bola. ¿Va todo bien?
El chico va a lo esencial, cosa que aprecio.
—Lonan está en la fila del medio, a la izquierda. Te ha guardado un sitio.
El subtexto está claro: me espera. Tenemos que hablar y, aunque hubiera preferido evitar hacerlo aquí, mejor quitármelo de encima para estar tranquila.
Identifico al Alfa. Su corpulencia es difícil de pasar desapercibida, por no hablar de la energía de los lícanos que gravitan a su alrededor. Lleva grandes gafas negras que le dan aspecto de capo de mafia.
Si quería discreción, ha fracasado.
Subo los escalones deprisa. Algunos lobos se apartan para dejarme pasar y me siento al lado de Lonan.
Espero que Jake no esté por aquí. No tengo energía para soportar otro interrogatorio acerca de este querido señor Oselana.
—Hola.
—Hola. ¿Novedades sobre nuestro problema?
Dejo mi bolso junto a mis pies. En el campo, el bateador del equipo de mi hermano va por el segundo intento. Creo.
—Voy a tener que inspeccionar rastros. Preferentemente, frescos. Si aparece esta noche, tendréis que venir a buscarme. E intentar no tocar mucho la energía que habrá dejado.
—No sé cómo hacerlo. Y la vida de los míos es más importante que unos rastros —refunfuña el Alfa de boquilla.
—No digo que os pongáis en peligro. Digo que hay que evitar pasar siguiéndole por todas partes, para que yo pueda descubrir de qué naturaleza es.
—De acuerdo. Nashoba pasará a buscarte esta noche si sucede algo. Está de guardia en vuestra casa.
—OK.
El bateador cede su sitio a otro.
—¿Sabes cómo enviarle de vuelta a su mundo?
—Sí.
Me faltan algunos detalles, pero todo debería estar claro una vez haya inspeccionado esos malditos rastros.
Lonan gira la cabeza para fijar su mirada oscura en la mía.
—¿En algún momento piensas hablarme de las brujas?
Inspiro profundamente.
—Sí, pero todavía no.
—¿Por qué?
—Tengo mis razones.
—Odio los secretos.
—Tendrás que acostumbrarte, Alfa. Soy una druidesa: guardar secretos forma parte de mi naturaleza.
Suelta un largo suspiro, con la mandíbula rígida.
—¿Por qué tengo la sensación de que me los vas a romper continuamente?
—Es un poco mi super poder.
La comisura de sus labios tiembla. Imperceptiblemente.
El bateador consigue darle a la bola, que los adversarios recuperan y envían a la primera base rápidamente. Resuenan exclamaciones de decepción y el chico sale del campo.
—No lo entiendo. Ha avanzado ¿verdad?
Lonan me gratifica con una expresión sorprendida.
—No estaba sobre la base… no sabes nada de béisbol, ¿me equivoco?
—Tengo muchos conocimientos, pero no en la materia, efectivamente.
Suspira de nuevo. Cuando yo me esperaba un silencio acusador, él se lanza a explicarme las reglas.
Las entradas en dos partes, ya sea al ataque o a batear.
Especifica que un equipo se queda al ataque bateando mientras no le hayan eliminado a tres jugadores.
Es menos complejo de lo que creía, aunque posiblemente me haya perdido algunos detalles.
Una jugadora entra en el campo. En el banquillo, veo que Winona está lista para ser la siguiente en entrar, y que Cam está a su lado. Solo es un sustituto, lo que no parece inquietarle. Los dos hablan en voz baja y veo desde aquí la pierna de la loba que no para de dar respingos.
Mi hermano se saca algo del bolsillo. Un trozo de tela que ofrece a Winona.
Lonan se petrifica. La tensión que de repente emana de él me corta la respiración.
—Solo es un pañuelo —consigo decir mientras todos los lícanos a nuestro alrededor se crispan—. Impregnado con aceite esencial de lavanda. Es calmante.
Su espalda se aligera y los lobos se relajan. En el banquillo, Winona se ha girado hacia las gradas, con el tejido en la nariz. Su padre le hace un signo indicando que todo va bien.
—Entiendo que no te fíes de nosotros, pero Cam solo es un niño. No le hará daño.
—Las amenazas pueden tener cualquier forma.
No tengo nada que replicar, porque tiene razón. No quiero que le tema a mi hermano, pero entiendo lo que siente.
La jugadora previa a Winona no ha sido eliminada, por lo que puede seguir en el campo. Aplicada, la chiquilla golpea la bola en el primer ensayo y empieza a correr sin esperar. Sus trenzas claras revolotean a su paso y consigue llegar a la segunda base.
—¡Bien jugado, Nona! —grita Lonan, con las manos en copa alrededor de su boca.
Cam golpea el suelo con el pie con sus compañeros de equipo para felicitarla. Mientras corría, ha dado la posibilidad de marcar un punto a uno de los jugadores.
Abro mi bolso y cojo un trozo de tela enrollado y cerrado con un cordón para ponerlo sobre mis rodillas.
—¿Qué es?
—Un regalo. Para Winona.
Desato la protección para revelar dos piedras sujetas a un cordón negro. He montado la labradorita y la espinela negra de manera que forman un pequeño capullo. El conjunto está rodeado de diferentes plantas —hierba de San Juan y tilo— y ha sido sumergido en un baño de hierbaluisa.
—Parece una broma de Halloween.
—Por favor, corta tu desprecio en punta y métetelo donde estoy pensando.
El Alfa acerca la mano para coger el collar y se la golpeo.
—Winona es la única que puede tocarlo. Para acabar de consagrarlo, tendrá que poner una gota de sangre entre las dos piedras y dejarlo todo bajo la luna llena. Habrá que recogerlo antes de que salga el sol y ya lo podrá llevar. Le enseñaré a recargarlo de vez en cuando con la luna.
Lonan me observa como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Es un collar de protección. Una vez consagrado con su sangre, le permitirá esconder su naturaleza de loba blanca. No la protegerá de un ataque, pero impedirá que cualquiera vea la magia que hay en ella.
Un rayo atraviesa sus rasgos, tan intenso que no consigo definirlo. ¿Pena? ¿Miedo?
—¿Cómo lo sabes?
—No importa.
Vuelvo a cerrar cuidadosamente el envoltorio de tejido y se lo tiendo.
—No te he pedido nada.
—Cógelo a modo de agradecimiento por la protección de tu manada. En fin, en realidad no lo es, pero si eso te ayuda a aceptarlo, así sea.
Su gran palma se encierra alrededor del tejido.
—¿Y qué es, si no es un agradecimiento?
—Es simplemente lo que hago. Soy una druidesa, mi papel es ayudaros. Y esto reviste varios aspectos entre los cuales, este.
Su frente se arruga.
—¿Qué prueba que no es tóxico para ella?
—Nada. Pero que sepas que, si os hubiera querido matar, ya estaríais todos muertos.
Los lícanos sentados delante de nosotros se dan la vuelta. No me extraña que escuchen atentamente nuestra conversación.
—¿De verdad crees dar la talla para enfrentarte a nosotros, humana? —me lanza una mujer.
—Conozco todas las plantas que existen. Puedo crear un veneno mortal en menos de una hora.
—Y cómo lo distribuirías? —replica Lonan.
—No pretenderás que os revele todos mis secretos, ¿verdad?
Afirmación que tiene el mérito de arrancarle una inclinación de la cabeza.
—Dáselo a tu hija o tíralo. Solo necesitas saber que la disimulará.
El Alfa contempla el paquete de tejido que tiene en la mano, y vuele a poner su atención en mí.
—¿Porqué? —no puede evitar insistir.
Podría explicarle de nuevo que es mi papel, que los druidas tienen muchas competencias y responsabilidades, sabiendo que no le convenceré. Así que opto por una verdad más personal y dolorosa.
—Porque sé lo que es estar dispuesto a todo para proteger a alguien a quien se ama.
El marrón de sus ojos gana en calor y algo inesperado se instala entre nosotros.
La compasión.