Capítulo 16
Arrodillada con el brazo estirado, intento llegar al producto que ha rodado bajo la estantería. Adoro a los Rivera, pero se han dejado desbordar estos últimos meses (¿años?) en lo que al orden se refiere. Así que, en cuanto tengo un poco de tiempo, chequeo las zonas de la tienda.
—¡Yes!
Me acerco el paquete de pañuelos cubierto de pelusas grises. Me pica la nariz y lucho contra un estornudo.
—Ah, Judith, ¡me alegra verte! Hacía tiempo —se exclama Carmen desde el otro lado de la tienda.
El nombre activa mi cerebro agotado tras una noche en blanco. Puestos a estar estresada, aproveché ese exceso de energía para rebuscar en mis libros y reflexionar sobre Winona. Así que hoy me encuentro con enormes ojeras y un cerebro tan poco reactivo como mi colega Ed.
«Judith… Judith… ¿Judith Reed?».
Se hacen las conexiones y me levanto lo más discretamente posible para intentar ver a la recién llegada a la tienda.
La que supongo que es la jefa del aquelarre va vestida con una falda de tubo con la que podría pasar por abogada. Un moño estrecho subraya sus rasgos maquillados que lucen con orgullo unos cincuenta años. Sonríe a Carmen contándole algo que no oigo.
Inspiro, expiro. Me vuelvo a centrar en mi ser, repelo los sentimientos parásitos. Me abro a lo que me rodea con el objetivo de llegar a ver qué es ella.
«Seguridad… Inquietud…»
Nada que pruebe su verdadera naturaleza.
Bruscamente, su mirada verde se clava en la mía.
Un escalofrío me recorre los brazos.
«Bruja».
Sin ninguna duda.
—¿He oído que Aldo y tú habíais contratado a alguien?
—En efecto —sonríe Carmen—. Te presento a Aileen. Aileen, ella es Judith Reed, la esposa del alcalde.
«Ah, detalle que me hubiera gustado conocer. ¿Su marido es un brujo?».
Los brujos son muy escasos ya que la magia tiene tendencia a manifestarse en las mujeres. A veces participan en la vida del aquelarre a su manera, principalmente trabajando para ganar dinero.
Cubro mi rostro con una expresión de circunstancia y la saludo con la cabeza. Por desgracia, la bruja no lo entiende así y rodea el expositor de verduras para tenderme la mano.
—Bienvenida, Aileen.
«Mierda».
Los sobrenaturales de esta ciudad acabarán por hacer que se me crucen los cables. Disimulando lo mejor que puedo mi disgusto, le doy la mano.
Delicada y discreta, su magia me roza a través de ese breve contacto. Me aparto y me giro hacia mi patrona.
—Gracias, Carmen, ¿necesitas que haga algo?
—No, todo está bien, gracias.
Dejo a las dos mujeres conversando para seguir mi inspección. La atención de Judith no me suelta ni un instante.
Cuando veo a Carmen pasar a la trastienda, me levanto con un suspiro de alivio.
Que se atasca en mi garganta al oír unos tacones a mi espalda.
—Tenía muchas ganas de ver quién es esa Aileen que ha tenido la suerte de ser consultada por mis compadres lícanos y polimórficos. Es usted todavía más intrigante de lo que creía.
Pivoto sobre mí misma para encararme a la bruja, mientras pienso que por suerte mi collar está escondido entre mis senos, bajo la camiseta, al abrigo de miradas indiscretas.
Judith muestra una serenidad controlada que está lejos de convencerme. Decir tan abiertamente que forma parte de la comunidad sobrenatural no es anodino.
—Me lo voy a tomar como un cumplido.
Inclina la cabeza a un lado y aprieta los labios.
—No sé dónde te has educado, bonita, pero cuando una bruja entra en el territorio de un aquelarre, lo suyo es que se presente. Teniendo en cuenta el sortilegio que te protege, debes de tener algunos problemas, así que solo te lo preguntaré una vez: ¿vas a traer problemas a mi ciudad?
«Se cree que soy una bruja…».
Estoy tan aliviada que podría besarla… en fin, casi. El sortilegio que me puso Joëlle vía el tatuaje de detrás de mi oreja es una bendición. Incluso las brujas pueden tener dificultad en reconocerse entre ellas, al no tener el olfato super desarrollado.
—No tengo ninguna intención. Si no he dicho nada, es porque quería mantenerme en el anonimato. No por grosería.
—Entonces, ¿por qué te has visto con Lonan y Zacchary?
Su tono me molesta. Es el de una mujer acostumbrada a ser obedecida y que espera de mí la misma obligación. Inspiro profundamente.
—Salvé a un lícano herido.
Una ceja rubia se eleva por la sorpresa. Sé qué piensa: he arruinado mi tapadera para ayudar a un desconocido. Muchas brujas no lo habrían hecho, para protegerse. Sin embargo, entre salvar una vida y mantener mi secreto, la elección está clara, a pesar de las consecuencias.
—Ya veo.
Sigue observándome con atención, repasando mis numerosas trenzas, mi bata sucia y mis deportivas baratas.
Yo quería saber más sobre el aquelarre Reed, tengo que aprovechar la ocasión.
—Algo inusual atacó al lícano. Una fuerza… oscura. Tendríais que ser prudentes.
Levanta el mentón.
—Siempre lo somos. Te puedo asegurar que la situación está controlada.
Me aguanto a penas responderle que, si lo estuviera, Sam no habría sido herido. No me creo ni por un instante que su aquelarre haya llegado a dominar al espíritu.
«Sabe que hay un espíritu… Estoy segura de que lo invocó una de esas brujas».
Esa certeza se afianza en mí, sellando mi determinación.
«Voy a aclarar toda esta historia, y deprisa».
—Te aconsejo que te mantengas fuera de los asuntos de las manadas y del aquelarre, ¿a no ser que quieras unirte a nosotras?
—No me interesa, pero gracias por la oferta.
Asiente con la cabeza, como si ya supiera lo que iba a responder.
—Si ya se ha dicho todo, te dejo trabajar. Que tengas un buen día, Aileen.
—Igualmente.
Saluda con la cabeza y sale de la tienda, dejando a su paso un perfume que conozco demasiado bien.
El de los secretos.