Aileen O’Reilly Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Se ha dado cuenta de la atención que mi manada te prestó a principios de semana… y en consecuencia le he revelado que nos podrías ayudar y porqué. Llegará pronto.

«Oh, el maldi…»

—¿En serio? —grité levantándome de un salto—. ¿Qué parte no entendiste de “nadie debe saber lo que mi hermano y yo somos”?

Lonan no se ha movido, mientras que sus hombres se tensan, dispuestos a saltarme encima.

—Lamento informarte que todos los secretos acaban siendo revelados. Los míos saben qué eres y muchos son amigos o trabajan con polimórficos. La noticia acabará sabiéndose.

«¡Mierda!».

Me aparto de él antes de hacer un gesto del que me arrepienta y me quedo frente a los ventanales. El corazón me tamborilea las costillas.

«Si la comunidad de sobrenaturales sabe lo que somos, quién sabe quién podría enterarse más allá de Black River Falls… Eso sin hablar de las brujas que no conozco y que podrían estar relacionadas con esa extraña criatura».

Está mal esperar siempre lo peor de estas últimas, pero ha resultado ser cierto demasiado a menudo.

«¿Qué voy a hacer?».

Ya no quería revelarme a Lonan, pero esto… Estoy tan furiosa como dividida. Por un lado, está la llamada de las hadas y de mis venas en las que pulsa la sangre de uno de los linajes de druidas más antiguos del mundo. Por otro, la protección de Cameron, que es más importante que nadie más.

¿Y si nos largamos?

Puedo preparar nuestras cosas en pocas horas. Ya lo he hecho. Volver a empezar de cero no será fácil, pero no es imposible. Por mi hermano estaría dispuesta a todo.

«Las hadas no me han elegido por casualidad…».

Me froto la cara. Entre las enseñanzas que recibí, el hecho de que el universo nos acaba colocando siempre en el sitio adecuado era una de las más importantes. No puedo ignorarla, a pesar de mis ganas de mandarlo todo al diablo.

Me doy la vuelta. Los lícanos me miran fijamente, entre mofa mal disimulada y disgusto marcado. Cuando cruzo la mirada oscura del Alfa, la rabia toma la delantera.

—Confiaba en ti. En fin, quería confiar en ti. No sé qué me contiene para no plantarte mi puñal en la frente.

Silencio. Por el rabillo del ojo veo que Kosumi se levanta, con la mano tendida hacia mí.

—¿Te has presentado en mi casa armada? —gruñe el Alfa.

—Yo siempre voy armada, Lonan. ¿Vives en el mundo de los Ositos Cariñosos o qué?

Me aparto de Kosumi antes de apuñalar a alguien de verdad y doy algunos pasos en dirección al pasillo.

—Al menos podrías haber tenido la decencia de preguntármelo, antes de revelar mi secreto.

—No tenía mucho margen de maniobra. Tenía claro que quieres ser discreta y debes de tener tus razones. Pero el hecho es que realmente necesitamos una druidesa. Esta criatura no ha matado todavía, pero no creo que tarde mucho. Te necesitamos.

De nuevo dándoles la espalda, inspiro profundamente. No quiero que vean las lágrimas que amenazan con desbordar.

Lo que más me molesta es que entiendo a Lonan. Lo único que pretende es proteger a los suyos. Para él, solo soy una herramienta.

Y en cierto sentido, es mi rol. Guiar a los sobrenaturales, darles respuestas. Protegerles, a mi manera.

No obstante, con dos de las tres especies sobrenaturales de la ciudad sabiendo lo que soy, la tercera lo sabrá pronto. E ignoro totalmente a qué tipo de brujas me tendré que enfrentar.

—Que mierda —mascullo.

—¿Aileen?

Cam está en medio de la escalera, con Winona detrás. La expresión de mi hermano oscila entre “he hecho una tontería” y “necesito tu ayuda”.

—Por favor, no me digas que has roto algo.

«Ya solo faltaría que le debiera dinero a Lonan».

—No, me… me parece que tendrías que venir a ver una cosa.

—¿Hay algún problema? —pregunta el Alfa, levantándose.

Winona hace una mueca.

—Creo que tú también tendrías que subir, papá.

Reflejo de progenitor, Lonan y yo nos consultamos con la mirada. Me hace un gesto para que pase delante.

Rodeados de un silencio sospechoso, los niños nos llevan al pasillo y se detienen delante de una mesa muy fina sobre la que hay objetos decorativos. Mi atención se centra enseguida en uno de ellos. Es una estatuilla de madera de lo más normal. Al menos a simple vista.

Me abstraigo de los seres que tengo cerca y me inclino hacia ella. Lo que representa me es indiferente: intento hacer caso omiso de su apariencia para ver lo que es más sutil. Lo que otros no ven.

—Está embrujada.

—Es lo que me había parecido—. corrobora Cam.

—¿Qué? —se exclaman los cuatro hombres a la vez.

Evidentemente, nos ha seguido toda la camarilla. Uno de los lados malos de los lícanos: son de lo más pegadizos.

—¿Qué tipo de sortilegio? —inquiere Lonan en un tono frío.

—¿De dónde viene ?

Huelo suavemente la estatuilla, antes de observar la parte trasera.

—Nos la regaló Judith Reed hará unos siete u ocho años —me informa Nashoba.

—La directora del aquelarre, ¿supongo?

—Sí. Fue después de que les ayudásemos —explica Kosumi—. ¿Qué hace?

Me enderezo y me destroza la expresión de puro furor de Lonan. Y, sin embargo, solo sus cejas fruncidas traicionan su furia interior. Su aura de Alfa es tan potente que me presiona el pecho.

—Si no me equivoco, detecta las emociones de alrededor. E informa de ellas a la bruja que la ha embrujado, claro.

—¿Cómo no nos hemos dado cuenta?

Su atención deriva hacia sus lícanos, que bajan la cabeza.

—Los sortilegios tienen un olor.

—No todos —contradigo a Kosumi—. Una bruja sabe cómo disimular sus sortilegios frente a sobrenaturales como vosotros.

Una afirmación que no les place para nada.

—Así que las brujas nos espían.

—En cierta manera, sí. No oyen lo que decís, pero han notado los sentimientos que habitan en la casa. Como, por ejemplo, la inquietud de estos últimos días.

—Es bastante astuto —comenta Cody.

Y recibe un codazo de Nashoba.

—¿Qué hacemos? —pregunta Winona—. ¿La rompemos?

Tiende la mano hacia la estatuilla.

—¡No!

Mi voz se ha mezclado con la de mi hermano y hacemos una barrera.

—¿Me puede herir? —se asusta la joven loba.

—Para nada —la tranquilizo—. Pero es mejor no tocar objetos embrujados, por lo general. Mejor tener buenos reflejos.

Me giro hacia el Alfa.

—Sí rompe la estatuilla, es muy probable que las brujas descubran que lo sabéis.

—¿Cuál es la mejor forma de deshacerse de ella?

Abro la boca, la cierro. El deseo de mandarle a tomar viento aparece en la punta de su nariz. Después de todo, le ha contado mi secreto a Zacchary sin pedir mi opinión.

La cólera lucha contra la razón. Si esta estatuilla es un indicio de cómo es el aquelarre Reed, lo mejor será que me mantenga alejada. Y ellos también. Tenemos un interés común que no puedo ignorar.

Sin olvidar esa maldita criatura que sigue libre y que debemos detener cuanto antes.

—¿Alguien puede traerme un trozo de tela?

—¡En seguida! —exclama Cody.

Para jugar con los nervios de Su Majestad, me dirijo a mi hermano.

—¿A ti qué te parece?

Sus párpados se cierran sobre sus brillantes ojos verdes. Sabe reconocer un desafío.

—Mmm… El sortilegio es bastante débil. Se ha debilitado con el tiempo. Con las piedras adecuadas y un pequeño paseo fuera, creo que se puede disolver.

Asiento con la cabeza y no puedo evitar sonreír.

«Un pequeño druida en todo su esplendor».

Cody me tiende una toalla, con la que envuelvo la estatuilla.

—De momento la llevaremos fuera. Luego Cam y yo volveremos para ocuparnos de ella.

No tenemos lo necesario con nosotros y no me apetece dedicarme a eso ahora.

Los cinco lícanos se giran imperceptiblemente hacia la puerta.

—Los coches de los polimórficos acaban de cruzar la verja.

—¿Los? ¿Cuántos son?

—Solo la familia del Alfa asistirá a la reunión —me asegura Lonan dirigiéndose a la escalera—. El resto montará guardia fuera.

Genial. Una estatuilla encantada, un salón lleno de sobrenaturales y un jardín con más vigilancia que Fort Knox.

¿Qué más se puede pedir en este magnífico jueves?