Aileen O’Reilly Capítulo 13
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Capítulo 13

Recién llegada a casa, tengo justo el tiempo de tomar una ducha antes de volver a salir. Cuando bajo, vestida con un vaquero limpio (y con una segunda daga escondida en la parte baja de la espalda) descubro a Cam que me espera con una rebanada untada con chocolate.

—La he hecho para ti.

—Gracias, tesoro.

Le doy un beso en la frente para saborear su olor característico, dulce y floral, y cojo la rebanada para pegarle un gran mordisco.

—¿Has cogido tus cosas?

—Solo el libro de historia —explica mientras se cuelga la mochila —, por si Winona quiere repasar.

Asiento y empujo la puerta que lleva al garaje con el hombro.

Anoche, cuando llegué del trabajo, Cam me informó de la invitación de Lonan para que fuéramos a su casa al día siguiente para hablar de la criatura que ronda por ahí.

Feliz coincidencia (o prueba de que me espían) su invitación coincide con un día en que salgo pronto.

Razón por la cual, tras haber encadenado más de siete horas de trabajo, estoy montada en la bici para visitar la manada Oselana.

«¡Qué placer!».

Como quiero que Cam esté solo el menor tiempo posible, él también está invitado. No tengo ninguna duda de que Winona y él sabrán mantenerse ocupados. Incluso estoy dispuesta a dejarle jugar a videojuegos, si con ello evito que oiga las discusiones nada agradables que se anuncian.

Para llegar a la casa de Lonan, nos tenemos que dirigir al sur de la ciudad. Una vez pasado el centro, entramos en una parte boscosa y seguimos un camino de tierra hasta llegar a un gran portal. Desde aquí no vemos el edificio.

«Debió de reírse cuando vio dónde vivimos».

No necesito llamar al interfono. Un movimiento a mi derecha me indica que algunos lobos nos han visto y un hombre aparece para abrirnos. No es Kosumi, la fiel mascota de Lonan, pero se le parece en todos sus rasgos. La mayoría de la manada parece tener orígenes amerindios.

Adoro a ese pueblo, que comparte puntos en común con druidas como nosotros. Mi abuela estudió sus costumbres junto a uno de los últimos clanes de los Estados Unidos, con el objetivo de que la familia O’Reilly preservase lo más esencial de su sabiduría.

Ser una Guardiana de los Mundos reviste muchos aspectos.

—¿Aileen, supongo? Yo soy Nashoba —se presenta con una sonrisa.

Su cortesía le lleva a tenderme la mano. Le estudio un momento, notando la alegría que desprende su piel cobriza. Sus ojos son claros, una mezcla de castaño y azul muy atractiva.

«¿Todos los hombres de esta ciudad han decidido estar como un tren o qué?».

—Encantada de conocerte. Este es Cam, mi hermano.

—Ya nos hemos visto, le he recogido esta mañana. Venid.

Con un gesto nos invita a seguir por el camino que pasa entre árboles y arbustos. Una gran parte de la propiedad parece poco cuidada, no por falta de interés sino más bien a fin de dejar que la naturaleza haga su obra. Es raro ver lobos en lugares raídos.

—¿Has tenido un buen día, jovencito?

Mi hermano y yo caminamos junto a nuestras bicis para no ir demasiado deprisa, lo que no es precisamente útil teniendo en cuenta la longitud de las piernas de Nashoba.

Debe de medir cerca de dos metros y me hace sentir diminuta.

Al contrario que Kosumi (estoy casi segura de que son hermanos) que lleva el pelo muy corto, el suyo está recogido en una cola en la base de la nuca y baja en cascada por su espalda.

—Bueno, la señorita Brown ha dicho que pronto tendríamos que hacer presentaciones de física y no tengo ningunas ganas.

—¡La física es super guay! —afirma el lícano—. Solo hay que encontrar un tema que te guste.

Cam se encoge de hombros.

—Buah.

—Encontraremos alguna idea, no te preocupes.

Nashoba le da una palmadita en el hombro para animarle.

Y para mi sorpresa, funciona. Cam le gratifica con una sonrisa y le hace una pregunta sobre su trabajo. Resulta que el lobo es empleado en la única tienda de deportes de la ciudad, que es propiedad de Lonan; es de locos cuánta información inútil se puede aprender aun sin querer.

La casa de los Oselana aparece por fin. Aunque “casa” no sea la mejor palabra. Entre chalé y mansión, el edificio es magnífico. Espacioso, con grandes ventanales… y paneles solares.

«Un punto para el Alfa».

Hay varios vehículos aparcados delante y dos hombres hacen guardia bajo su forma humana.

Solo he apercibido las altas siluetas de los lícanos quienes, al contrario que los polimórficos capaces de adoptar la piel de un lobo, se desplazan principalmente sobre sus patas traseras.

La parte alta de su cuerpo está hiper desarrollada desde el punto de vista muscular.

Nashoba nos dice que dejemos las bicis contra la pared cerca de la puerta de entrada de madera clara. Ésta se abre sobre un rostro conocido.

Cody se queda de piedra, con las mejillas rojas. Ya no queda nada del lícano herido que perdió sangre en mi sofá-cama: es un joven en plena forma el que está frente a nosotros.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me tiende la mano, que estrecho tras una gran inspiración. Tiendo a evitar mis contactos físicos. La energía de los demás ya es lo bastante sofocante a una distancia respetable y no necesito añadir más.

El agradecimiento de Cody es palpable.

—Gracias. Gracias por todo. Sin vuestra ayuda, estaría muerto.

—De nada. Solo intenta que no vuelva a pasar, ¿de acuerdo?

—Prometido. ¡Yo no elegí que un monstruo me cortase! —se ríe.

Cam da un pasito hacia mí, y los lícanos se dan cuenta.

—Aquí estáis seguros —promete Nashoba.

Una minúscula parte de mí, pérfida y egoísta, espera que esa criatura prefiera los sobrenaturales peludos a los humanos, por aquello de que Cam y yo tengamos una oportunidad de sobrevivir si ataca.

—Seguidme, Lonan os espera.

«No hagamos esperar a Su Majestad…».

Entramos en un pasillo luminoso, decorado en blanco y madera, muy moderno.

Es depurado, casi impersonal, al tiempo que denota una apuesta por la practicidad.

La casa de un Alfa siempre está llena de gente, razón por la cual los muebles de la entrada son tan grandes, sin hablar del salón en el que espera Lonan.

Sentado en uno de los dos sofás inmensos, el jefe de la manada teclea sobre su tablet, un tobillo sobre la rodilla. Nada de ropa de sport desenfadada, en su lugar pantalón de vestir y camisa blanca impecable que hacen juego con la decoración.

«Parece un anuncio de Ikea».

—Me alegra que haya podido venir —declara el Alfa sin un asomo de sonrisa.

«Como si tuviera elección…».

Deja su tablet en la mesilla de centro. Es entonces cuando me fijo en los grandes ventanales que dan al jardín, y en parte del comedor que hay a la izquierda y que debe de dar a la cocina.

«Solo la planta baja ya es más grande que nuestra casa».

Nunca he sido de naturaleza envidiosa. Claro, me encantaría poder ofrecer este tipo de confort a mi hermano. Sin embargo, la vida me ha enseñado que el dinero no es lo más esencial.

—Cuanto antes acabemos con esto mejor —declaro, adelantándome.

Paso por alto que me hayan dicho que no me quite los zapatos, cosa que detesto hacer en casas ajenas. Aunque tengo la sensación de que querré irme cuanto antes una vez finalizada la reunión.

Kosumi y Winona vienen del comedor. La hija del Alfa se ilumina con una sonrisa.

—¡Cam, por fin estás aquí! Ven, que te enseño mi habitación.

Se lanza sobre mi hermano, le coge por la muñeca y le arrastra hacia la escalera. Cam no se hace de rogar y yo pagaría lo que fuera para cambiarme por él.

—¿Juegas a la Switch? ¡Tengo un juego nuevo genial! Tenemos que probarlo…

Sigue piando alegremente arriba.

—Esta niña no se cansa nunca —suspira Kosumi dejándose caer en un sillón.

Lonan le fusila con la mirada. Su hombre de confianza se endereza a una postura más apropiada.

—Empecemos, ¿de acuerdo?

No me apetece pasar una velada aquí. Con mi suerte, podrían invitarme a cenar y sería demasiado para una reinserción en el mundo sobrenatural.

Lonan me indica un segundo sillón en el que me siento en el borde. Estoy demasiado tensa para ponerme cómoda.

—¿Habéis vuelto a ver a la criatura últimamente? ¿Otros heridos? —pregunto.

Ignoro si me hubieran llamado si se hubiera dado el caso. No me habría negado, naturalmente.

Me doy cuenta entonces que seguramente no saben el alcance de mis conocimientos ni de los deberes de un druida. Tenemos algo equivalente al juramento hipocrático de los médicos.

Salvo que, nosotros, además de sanar, tenemos el deber de no herir.

El Alfa se ha vuelto a sentar, con Nashoba a su lado y Cody en el otro sofá. Parece que el joven también forma parte de la reunión.

Lonan intercambia una mirada con Kosumi. Un gesto aparentemente simple y natural entre dos amigos que se tienen confianza.

Aprieto los puños.

—¿Qué pasa?

El jefe de los lícanos apoya los codos en las rodillas para inclinarse hacia mí. El cuello de la camisa se le abre ligeramente y me permite ver la parte alta de sus pectorales.

—Como seguramente ya sabes, aquí también vive una manada de polimórficos. Tenemos buena relación y hemos separado el territorio en dos: mi manada al oeste de la ciudad y la suya, al este. Vigilamos nuestras fronteras sin que haya fricciones ni tensiones.

Me dan ganas de decirle que vaya al grano, aunque sé que es información valiosa. Lícanos y polimórficos son propensos a entenderse bien.

Por otro lado, cuando llegan a las manos, suele ser sangriento… y mortal.

—Los polimórficos vieron esta… cosa anoche.

Asiento con la cabeza. No me sorprende que no la haya sentido, pues nuestra casa está en el lado oeste de la ciudad, el lado de los lícanos.

—Uno de los suyos fue herido de gravedad —encadena Nashoba.

—Había avisado a su Alfa, quien tomó medidas. Pero no fueron suficientes, como puedes suponer. Nos enfrentamos a un adversario que parece no tener envoltura física.

«¡Ah…! No es una buena noticia».

—Zacchary y yo hemos estado hablando casi toda la mañana para saber qué hacer.

—¿Y? —le animo.

Aprieta sus finos labios.

«No me va a gustar».