Capítulo 11
Agachada en el jardín, hago un agujero para plantar los plantones de tomate que me dio Aldo anoche. La generosidad de mis jefes no tiene límites.
«Bien separados… Espero conseguir…»
—¿Aileen?
Me sobresalto al ver a Cam en el umbral del ventanal.
—¿Todavía estás aquí? Vas a perder el autobús.
—Ya lo he perdido.
—Ah, pues, coge la bici.
Coge una de las asas de su mochila. Con la chaqueta vaquera y el pantalón negro, casi parece un adolescente.
«Por favor, que el tiempo no pase muy deprisa».
Me acuerdo como si fuera ayer de su primer día de cole y todavía se me encoge el corazón. Era tan pequeño…
—Es que mi rueda trasera está pinchada.
—¿Y hasta ahora no lo has visto?
Hace un gesto medio sonrisa y medio mueca.
—Puede que se pinchase cuando regresamos de casa de Carmen y Aldo el sábado por la noche.
—De acuerdo. Acabo esto y te llevo.
No le digo que coja mi bici porque entonces la que no tendría sería yo y solo habríamos pospuesto el problema.
Recoloco la tierra alrededor de las plantas.
—Podemos ir los dos en tu bici —sugiere.
Aunque solo tenga nueve años, Cam es consciente de nuestros problemas de dinero y que la gasolina es cara. Por no hablar de nuestras convicciones ecológicas, claro.
—¿Estás seguro? Será un esfuerzo físico, mantener el equilibrio.
—¡Lo conseguiré! Y te fortalecerá los muslos.
—¡Descarado!
Le pellizco las costillas al pasar por su lado.
Me doy prisa en acabar de prepararme, sabiendo que no empiezo hasta dentro de poco más de una hora.
En vez de volver aquí, aprovecharé para conocer mejor la ciudad.
Me he acostumbrado a comer en la sala de descanso a mediodía y luego ir hasta el roble del centro de la gran plaza para tomar el aire.
Todavía no me he aventurado más lejos y, ahora que sé que hay brujas viviendo aquí, tengo que averiguar más cosas sobre ellas.
Aunque no me guste pensar así, de los sobrenaturales son las que serían una mayor amenaza si nos descubriesen.
Me pongo los zapatos (con mi pequeño puñal en el derecho) y me cuelgo el bolso en bandolera.
—¿Tienes tu comida?
—Sí, sí.
Sacamos la bici del garaje y me instalo en el sillín. Cam se sube a los reposapiés de la rueda trasera y se agarra a mis hombros.
—Menos mal que no es en subida.
Lo que no impide que sude. Desplazar un peso adicional aumenta mi cardio, recordándome de manera poco sutil que no hago suficiente ejercicio.
Como si tuviera tiempo.
Cuando nos acercamos a la escuela de Cam, crece el número de coches y adelanto algunos con prudencia. No es el momento de tener una caída.
Subo con esfuerzo a la acera, muslos y glúteos ardiendo.
—¡Es la última vez que hacemos esto!
—Aileen…
A nuestra izquierda, los 4x4 de los lícanos están aparcados uno al lado del otro.
Apoyado en uno de ellos, Lonan espera con los brazos cruzados, enmarcado por otros adultos; ignoro si son otros padres o lobos gentiles que hacen guardia.
Los niños, ellos, hablan un poco más lejos, alegres y libres de preocupaciones.
El Alfa levanta una ceja mientras observa la bici sobre la que estamos montados. Se acerca, seguido inmediatamente por el hombre al que vi el domingo.
—Baja.
Cam apenas tiene tiempo de pasar la pierna sobre la rueda trasera que Lonan ya está delante de nosotros.
—Buenos días.
—Buenos días —replico en el mismo tono frio.
No tengo ninguna intención de iniciar la conversación. Fui más que clara sobre mi deseo de mantenerme alejada de ellos.
El Alfa mantiene una postura relajada, como si hablase simplemente con el padre de otro alumno, pero sus ojos marrones lanzan rayos.
—Lo que hiciste ayer es mezquino.
—Yo más bien diría astuto.
Me levanto sin soltar el manillar. No me voy a quedar en una posición de inferioridad. Aunque me saque un par de cabezas.
—Mis lobos estuvieron más de dos horas sin poder oler nada de nada —susurra con voz amenazadora.
—Que no me hubieran seguido.
—Te seguirán mientras no sepamos…
—¡Hola, Cam! —lanza una voz melodiosa.
Me aparto del Alfa inclinado hacia mí y veo a su hija. Con las trenzas claras y pupilas luminosas, no emite para nada la misma aura que su progenitor.
—Hola, Winona.
—¿Vienes? La campana está a punto de sonar y la señorita Brown odia los retrasos.
«Solo faltaba que estuviera en su clase…».
Mi hermano me consulta con la mirada, ruborizado por tanta atención.
—Ve.
Sé que oye las palabras que no pronuncio: “sé prudente”.
Hace un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza, una mueca a Lonan y sigue a Winona al interior. Ella inicia una conversación y Cam responde sin mostrar ningún signo de desconfianza o miedo.
Me siento dividida entre la tranquilidad de que no tema a los sobrenaturales y la irritación de que esté tan a gusto en compañía de ellos.
—¿No deberíamos apartarnos para hablar? —sugiere el hombre al lado de Lonan.
Deben de ser de la misma edad, una treintena baja como mucho. Su mandíbula está cruzada por una fea cicatriz, seguramente producto de unas garras.
—La charla ha concluido —mascullo.
—No lo creo, no.
Lonan coge el manillar, impidiéndome girar la bici para largarme.
Estalla una batalla de miradas que me niego categóricamente a perder. Puede que este Alfa sea grande y poderoso —y esté buenísimo— pero no tiene ninguna autoridad sobre mí. No soy del tipo que se deja mandar o, peor, manipular.
El otro lícano se aclara la garganta ruidosamente.
—Hay humanos que nos miran.
Me muerdo el interior de la mejilla. Guardar el secreto también es parte de mis obligaciones. Y no quiero hacerme notar.
Lentamente, sin desviar la mirade de los ojos marrones que arden de una cólera mal contenida, me pongo a la izquierda de mi bici.
—Te sigo.
La comisura de los labios del Alfa se levanta de forma victoriosa. Andamos hasta situarnos cerca de sus grandes vehículos.
Y recuesto la bici contra uno de ellos sin ningún reparo. Espero que se raye la pintura.
—¿Cómo está?
Inútil especificar de quién hablo.
—Cody se ha recuperado bien. Las cicatrices ya casi no se ven. Afirma que eres una bruja, pero no hueles como ellas. Así que, a no ser que sea un sortilegio que engaña mis sentidos, eres algo que no conozco.
Paso el pulgar por el aro de mi bandolera.
—¿Y al gran Alfa no le gusta no saber? —pregunto, poniendo mala cara.
Un estremecimiento recorre sus miembros. Su energía se modifica, desvelando una potencia que me encoge el vientre.
—No juegues con mi paciencia.
A nuestro alrededor, los vehículos se marchan, unos tras otros. Algunos lícanos se esperan para quedarse cerca de su jefe. Siempre me ha fascinado el instinto de manada.
—Soy humana.
Una ceja negra se levanta con escepticismo.
—¿Una “humana” que domina las plantas y conoce el mundo sobrenatural?
—Exacto.
—Mientes muy mal, no sé si ya te lo han dicho.
—Soy una mentirosa excelente —sonrío mostrando los dientes—. Hace mucho que estaría muerta si no lo fuera.
Doy un paso atrás, indicando que la conversación va a acabar, y choco conta una superficie dura. Me giro de golpe y mi multitud de trenzas abofetea al esbirro del Alfa.
—No vas a ninguna parte.
—Tranquilo, Kosumi.
—No soy vuestra enemiga —afirmo, apartando al lobo con un dedo.
—No hay nada que lo demuestre.
—Solo quiero que me dejen tranquila.
—Eso no va a pasar —comenta con paciencia Lonan.
—No quiero mezclarme con vuestras historias sobrenaturales.
—Demasiado tarde. Sabes demasiado y no podemos ignorarlo. Puede que incluso sepas qué ha atacado a Cody…
—Lo ignoro. Y no es una mentira para librarme de vosotros. Esa cosa… Creo que la tenemos que dominar… y pronto.
Lonan apoya su antebrazo en el techo del vehículo, cerca de mi hombro, para inclinarse hacia mí.
—Es exactamente lo que queremos hacer. Y mi instinto me dice que tú puedes ayudarnos, de una manera u otra.
«No te fastidia».
No puedo ignorar lo que infiere. No con las palabras inscritas en mi medallón. No con las enseñanzas de mi madre. No con las hadas que me han atraído hasta aquí y han guiado a Cody hasta mi casa.
Por más vueltas que le dé al problema desde hace dos días, no encuentro la solución. Estamos en Black River Falls, una ciudad de mala muerte llena de sobrenaturales y, quiera o no, nos concierne.
Relajo los dientes con dificultad.
—Si os ayudo, quiero que prometáis proteger a mi hermano.
—Difícil hacer una promesa a alguien de quien desconozco las intenciones.
—No dañaré la manada. Ni a los sobrenaturales que no me deseen ningún mal.
Mueve los hombros hacia atrás y consulta a Kosumi con la mirada.
—Si nos ayudas y estimo que eres sincera, protegeremos a tu hermano tan bien como podamos. Con la condición de saber lo que eres, claro.
«No creo que consiga un acuerdo mejor».
Inspiro profundamente. Mala idea: el olor almizclado de Lonan, mezcla de tierra y coníferas, me intoxica.
Mover los labios para desvelar esta verdad me libera y aterroriza a la vez.
—Soy una druidesa.
Parpadea varias veces. Sus fosas nasales se mueven y no me cabe duda de que me huele una vez más.
—Una druidesa… Creía que os habíais extinguido.
—Quedamos pocos.
No me apetece entrar en los detalles de la Historia de nuestra especie. En fin, “especie”. “Oficio” sería más adecuado. ¿Vocación, tal vez? Aunque se transmita de generación en generación, no se puede elegir.
—¿Qué es eso ? —pregunta Kosumi.
—Ya te lo explicaré —replica Lonan.
—Tenéis que guardar el secreto. Tengo mis razones para preferir el anonimato.
—No lo dudo y espero que algún día nos las contarás. De momento tenemos que concentrarnos en ese monstruo.
La palabra me da escalofríos.
—Tengo que irme. Nos llamamos pronto para pensar en la manera de neutralizar a esta criatura.
Cojo la bici y monto. Mi mirada se posa sobre la escuela, con un nudo en la garganta.
—Tengo lobos que se quedan en el bosque detrás todo el día —me informa Lonan.
—Bien.
—¿Me das tu número? Me pareció entender que presentarse en tu casa sin avisar te ponía más bien de mal humor.
Me siento sobre el sillín, un poco sorprendida de que intente hacer broma.
Se lo dicto, sin molestarme en darle mi nombre: ya tienen la información básica sobre mí. Cómo, no importa. Mientras respeten mi espacio vital y no griten a los cuatro vientos que soy una druidesa, debería bastar.
Apoyo el pie en el pedal para rodearle cuando su mano surge para detenerme.
—¿Cameron coge el autobús ?
—Sí —gruño mientras me suelto.
Hay hombres sin los modales mínimos.
—Ya no. Uno de mis hombres o yo mismo iremos a buscarle y le traeremos de vuelta.
No tengo nada que objetar puesto que le confiere a mi hermano una gran escolta. Aun así, no ignoro que se trata también de una manera de tenernos controlados.
Lonan no parece un Alfa estúpido, pero no sabe que yo me conozco al dedillo todos estos juegos de poder. Los he aprendido a mis expensas.
—Me parece bien.
Esta vez, me impulso en dirección a la salida del aparcamiento sin que nadie me pare. No me digno despedirme, especialmente vista su amabilidad.
«Me da la sensación de que trabajar con este Alfa será un gran placer».
Sin embargo, a pesar del viento que me azota la cara, mis músculos adoloridos y el temor que me tiene el vientre en un nudo, noto que una gran sonrisa se dibuja en mis labios.
«Aileen O’Reilly vuelve a la acción».