Aileen O’Reilly Capítulo 9
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Capítulo 9

Una vez las sábanas en la lavadora y el colchón del sofá-cama limpio (con mucha dificultad) de la mancha de sangre, Cam y yo nos volvemos a instalar como la noche anterior mientras sale el sol.

Después de esta noche de mierda, el día será de descanso.

Con la tormenta que se anuncia con negros nubarrones, salir no parece lo más adecuado.

Mi hermano se duerme a medio episodio, con la almohada colocada en mi costado para que le acaricie la cabeza. Veo que tiene costras de estrés en el cráneo y me anoto mentalmente lavarle la cabeza con el champú especial que le alivia.

Mi atención pasa a la sala. Está desordenada y tendré que sacar fuerzas para ordenar. Hay frascos vacíos y vendajes sin usar por todas partes.

Las voces de la pantalla desaparecen, igual que la respiración regular de Cameron.

«Los lícanos saben que nosotros sabemos. Ignoran lo que somos, pero sospechan que formamos parte del mundo de lo sobrenatural».

«Dudo que el Alfa nos dé un respiro».

«Espero que el lícano se recupere».

«¿Qué le ha atacado en el bosque?».

El timbre de la puerta me hace enderezarme de un salto. Cam se echa hacia delante y se golpea la frente contra el teclado del portátil.

—¡Au!

—¡Lo siento!

Aparto las sábanas y me pongo unos leggins. Con la planta del pie empujo frascos y vendajes hacia la cocina para que la sala parezca ordenada, y me aseguro de que mi camiseta esté limpia — solo me había cambiado de abajo.

Miro por la mirilla por segunda vez en menos de seis horas y veo al sheriff Wardale delante de la puerta.

«Un finde como los que nos gustan».

Abro y dibujo la sonrisa más educada de mi repertorio.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

Sus rasgos dignos de un anuncio están marcados por una tensión evidente. La mirada de Jake recorre mi cuerpo y una pequeña parte de mí se arrepiente de haber abierto en pijama.

—Buenos días, señorita Morgan. Lamento molestarla un domingo por la mañana, pero tengo que hacerle algunas preguntas.

—Le escucho.

Levanta una ceja dubitativa al ver que no le invito a entrar.

No es el estado de la casa lo que me molesta, si no los regueros de sangre en la hierba del jardín, que no podría dejar de ver. Y que no sabría cómo explicar.

—Esta noche hemos recibido varias llamadas acerca de ruidos sospechosos en el bosque. ¿Ha notado algo?

Saca un pequeño bloc de notas del bolsillo trasero de su uniforme. Sería casi sexy si no fuera un cliché.

—No, nada.

—¿Ni gritos ?

—Tengo un sueño muy profundo.

—Mmmm.

A mi espalda, el sofá-cama cruje llamando la atención del sheriff, que se inclina para ver qué se cuece. De rodillas sobre la colcha, Cam le saluda con la mano.

—Mi hermano pequeño, Cameron.

—¡Hola, muchacho! —sonríe Jake—. ¿Has oído algo esta noche?

—No, señor, nada.

Coge una galleta y se la mete en la boca. Es preferible masticar que revelar información comprometida.

—Bien, ese caso, no les…

La mirada del poli se ha fijado en mi mano vendada.

«Mierda».

—¿Qué le ha pasado?

—Nada grave, me caí de la bici. Soy bastante torpe.

La mirada clara del sheriff se sumerge en la mía, con esa intensidad propia de las personas que ven a través de las mentiras.

«Doble mierda».

—¿Está segura?

—Del todo.

No sé qué dijeron los humanos que llamaron anoche, pero no quiero verme mezclada en ello ni de lejos.

—¿Quién más vive con vosotros?

Me cuesta unos segundos comprender en qué dirección va su mente.

«¿Cree que soy víctima de violencia de género?».

Su torso se adelanta hacia mí y siento que está dispuesto a entrar en mi casa sin invitación previa.

—Solo mi hermano y yo. Soy su tutora —preciso.

Aprieta los labios y cierra el bloc de notas.

—Mmm, ¿no había nadie con vosotros ayer o esta noche?

—No, nadie.

Evito soltar un comentario elocuente. Mejor no mandarle a paseo, sobre todo porque parece sinceramente preocupado por la idea de que alguien me haya herido. Sé que es su trabajo y resulta agradable ver que parece hacerlo bien.

—En ese caso, no la molesto más. Le dejo mi tarjeta con mi número. Si se acuerda de algo o si necesita cualquier cosa, no dude en llamar.

Cojo la tarjeta que me tiende, que lleva el encabezado de la oficina del sheriff. Nuestros dedos se rozan y la comisura de sus labios se sobresalta.

«¿Hay un sobreentendido sexual o hace demasiado que no lo hago?».

Con un saludo de cabeza formal, da la vuelta y se aleja, y cierro la puerta a su espalda.

—Será complicado mantenerse discreto en esta ciudad —comenta mi hermano.

No se equivoca. En menos de una semana, ya hay sobrenaturales que nos han visto y un poli ha llamado a la puerta.

«Necesito un buen té».

Me dirijo a la cocina y Cameron se levanta para desperezarse.

—¿Qué haremos, con los lícanos?

—No lo sé. Intentaremos ignorarles y evitarles al máximo. Lo digo sobre todo por ti en el cole.

—Los tres lícanos de mi clase son amables.

—No lo dudo.

Saco los ingredientes para hacernos un té casero.

—Aun así, intenta mantenerte alejado de ellos. Si te hacen preguntas, no respondas. Y si intentan levantarte la mano, …

—No lo harán.

Cam se apoya en la pequeña península de encimera que hace de unión entre la sala y la cocina. Su pelo tiene más volumen en un lado que en el otro, lo que le da un aspecto ridículo.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Lo noto, nada más. Y si no fuera el caso, sé defenderme.

Le he enseñado lo máximo posible, pero sigue siendo un humano. Un niño, para más inri. Y está en desventaja frente a lícanos o polimórficos de su edad.

—No les podremos evitar eternamente —me recuerda cuando le dejo la taza delante.

—Lo sé.

—¿Qué era, lo de esta noche?

—No lo sé.

Y eso me preocupa.

Su manita coge la mía y la aprieta suavemente.

—¿Sabes…? Ya no somos druidas, si no ayudamos a nadie.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Si hay algo que de verdad a heredado de nuestros ancestros, además de su aspecto irlandés, es su altruismo a prueba de todo.

—Bueno, vamos, hay que ordenar la casa y hacer la comida. ¿Música?

Cam asiente y coge mi teléfono para conectarlo a nuestro pequeño altavoz. Pronto Bruno Mars suena a todo volumen en el salón, difuminando el miedo y las dudas. En menos de un minuto, el ritmo nos domina y ordenamos mientras bailamos y cantamos.

Cuando Cam hace su mejor solo sobre una silla, esponja en mano, me paro a contemplarlo. Su naricita se arruga bajo la intensidad del canto. Sus ojos verdes brillan más, y también están más tranquilos.

Y de repente lo siento justo ahí, en el pecho.

«He renunciado a toda mi vida por él. Y si hubiera que volver a empezar… volvería a hacerlo sin la menor duda».