Aileen O’Reilly Capítulo 8
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Capítulo 8

Me levanto y doblo la manta. Al pasar cerca del sofá-cama, toco la frente del herido: está caliente, pero no quema. No hay sudor, no hay temblores, el joven está en vías de una buena recuperación.

«Ya solo faltaba un Alfa para hacer perfecta esta deliciosa noche».

Éste atraviesa la pequeña entrada flanqueado por una mujer y un hombre.

Antes de que llamen, abro la puerta de par en par y enciendo la luz del salón.

La luz cae directamente sobre el Alfa, cuyas pupilas de un marrón anaranjado se contraen por el asombro.

El lícano es como le recordaba: pelo que le llega a la altura de la mandíbula, piel de cuero y con pinta de estar dispuesto a arrancarle la cabeza a alguien.

—Buenas noches —empieza, visiblemente desconcertado—. Buscamos un amigo que se ha perdido en el bosque y…

—Está aquí.

No estoy de humor para escuchar la mentira que ha inventado. Evidentemente, guardar el secreto de su naturaleza forma parte de sus obligaciones, pero yo no tengo ganas de jugar a aparentar. Además, es inútil, teniendo en cuenta lo que oyó el herido.

Es impensable que yo mate a seres inocentes para guardar mi secreto. Cierto, no sé nada de este Alfa y su manada, sin embargo, no les condenaré solo porque se han cruzado en mi camino. Con un poco de suerte, el lícano estaba demasiado ido para adivinar lo que somos.

Me aparto para dejar entrar al Alfa. Su atención se fija directamente en su lobo, echado de través sobre mi sofá cama.

Sus fosas nasales se dilatan, notando seguro el olor a sangre y a las plantas.

Los lícanos que le siguen entran y observan cada esquina y rincón para asegurarse de que no hay ningún peligro.

—Necesita descanso. Sus heridas no son agradables a la vista.

Apoyo mi cadera en la mesa, para dejarles la parte salón de la habitación.

—Gracias por haberle curado —dice suavemente la mujer inclinándose hacia él.

Le acaricia la frente mientras el otro lícano le levanta el brazo para llevarle. Ahora que he encendido la luz veo que también tienen rasgos amerindios, como el herido.

—Dejad estas vendas otras tres horas. Y sería mejor que espere un día entero antes de retomar su forma animal.

Los tres se quedan petrificados. Sus ojos se iluminan con un brillo bestial que fijan en mí.

El Alfa da un paso adelante. Cojo el cuchillo que había quedado sobre la mesa y lo agito delante de mí.

En su rostro frío aparece una media sonrisa de lo más arrogante.

—Es muy mala idea.

—Sé usarlo.

—Yo soy más rápido.

—Y yo estoy en mi casa —insisto sin ceder—. ¿Veis las piedras de las puertas y ventanas? Basta con un pensamiento para que os echen a la calle.

Es totalmente falso. Las obsidianas de Rebecca están ahí para impedir que entren intrusos, pero una vez la barrera mágica franqueada, no son más que simples guijarros decorativos. Cuento con el hecho de que los lícanos no saben casi nada de brujería.

Y funciona. El Alfa se queda quieto, sin perder de vista mi arma.

—¿Eres del aquelarre de Reed? No te había visto nunca.

«Así que aquí hay un aquelarre».

Aparte de estar en la tienda, esta semana no he hecho casi nada. Me he cruzado con gente, sin embargo, las brujas a veces son más difíciles de detectar y no puedo asegurar que haya estado atenta cada minuto de cada hora.

—No.

Indico los lobos con la punta de la cuchilla.

—He salvado a tu chico. No espero nada en agradecimiento, si no es que nos dejéis tranquilos, a mi hermano y a mí. Así que os lo vais a llevar tranquilamente y os mantendréis lejos de nosotros. ¿Está claro?

—¿Quién eres? ¿Y qué eres? No hueles como una bruja.

En momentos como ese es cuando me alegra ser únicamente una humana.

—No estoy ni por asomo de humor para un interrogatorio.

Sus hombros se enderezan ligeramente y yo sujeto con más fuerza mi arma.

—Y a mí no me gusta que me amenacen por nada. ¿A no ser que tengas algo que ver con la criatura que le ha atacado?

—Es…

—¡Lonan! —le interrumpe la mujer.

El Alfa y no acabamos nuestro enfrentamiento visual para girarnos hacia la escalera. En el escalón de abajo, Cameron se apoya en la barandilla, con el frasco bien sujeto en la otra mano. Su tez lívida me despierta. Me acerco en pocos pasos y me planto delante de él.

—¿Lo lanzo? —susurra Cam.

—No.

Aparte del hecho que estos lícanos no han hecho más que ponerme de los nervios al no irse, este frasco corre el riesgo de tapizar el salón de hemoglobina. Y no me apetece nada ponerme a limpiar la habitación antes de la salida del sol.

Lonan estudia a Cameron antes de volver a mírame a mí y el puñal que mantengo levantado apuntándole. Por un momento me parece ver su expresión fría de Alfa todopoderoso agrietarse.

—¡Salid de mi casa! —repito con la voz rota.

Los dos lícanos vuelven a la acción para llevarse al herido y salir de mi casa. El Alfa se entretiene un poco en la entrada y asiente con la cabeza una última vez.

—Nos volveremos a ver.

Una promesa con regusto amargo de amenaza.