Capítulo 7
Un joven, de unos veinte años como mucho, se mantiene no lejos de nuestro cercado. Una herida abierta le cubre el espacio entre el cuello y el hombro, y una segunda serpentea entre el vientre y el muslo. Su largo pelo oscuro le cae frente al rostro y parece empapado de sudor.
Aprieto la mano que sostiene mi arma.
«¿Qué puede haberle hecho esto?».
Inspecciono el bosque, como si mi patética visión humana pudiera ayudarme. Sin embargo, no la necesito para volver a sentir esa amenaza que me ha erizado el vello hace unas horas.
El lícano empuja la puertecilla del fondo del jardín y cae de rodillas. Lanza una mirada por encima del hombro y sus miembros se estremecen.
—¿Qué hacemos?
Cam se ha levantado del sofá-cama para acercarse.
—Tú no das ni un paso más. Nosotros…
«No tengo ni idea de lo que tenemos que hacer».
Abrir una puerta, es arriesgarse a que lo que persigue al hombre lobo intente entrar.
Pero no hacerlo significa abandonarle a su suerte.
—¡No podemos dejarle ahí!
El lícano se levanta con dificultad y consigue superar pasar el roble. Las hojas tiemblan, barridas por un viento extraño.
Todo mi cuerpo me grita que sobre todo no salga.
Pero mi corazón… él me grita que le ayude.
—Cam, coge uno de los frascos del fondo del armario de abajo, ahí. Sujétalo bien en la mano y o lo sueltes.
Obedece y se pone a mi lado. La luz pálida toca su rostro, en el que las pecas destacan por efecto del miedo.
—Voy a salir y tu cerrarás el ventanal detrás de mí. Y no lo volverás a abrir si no es para dejarnos entrar. Si ves algo detrás nuestro que se desplaza despacio, lo lanzas. Si es demasiado rápido, nos dejas fuera. ¿Entendido?
—No te dejaré…
—¿Entendido? —insisto.
El lícano se ha acercado más. Ha dejado un largo rastro de sangre en la hierba. Lo que le persigue no lo perderá.
—Entendido —murmura Cam, con un ligero temblor en el labio inferior.
No tengo tiempo de tranquilizarle ni de decirle que él puede. Le entreno para este tipo de situación desde que tiene edad de comprender.
Abro el ventanal lo justo para pasar fuera. Un escalofrío detestable me posee en el momento en que corro hacia el desconocido. El hombre levanta la cabeza, desorientado, y da un paso atrás al ver mi cuchillo.
—¡No quiero hacerte daño! ¡Ven!
No dejo de mirar el bosque y pongo un brazo bajo el suyo. Es un poco más alto que yo y, sobre todo, más pesado. Ayudarle a caminar es más difícil de lo que jamás habría imaginado.
La empuñadura de mi arma se humedece en la palma de mi mano. Mi boca se seca.
—¡Muévete!
Llegamos a la casa y Cam se da prisa en abrirnos. Vuelve a cerrar de forma tan brusca que le da un golpe al tobillo del lícano, quien no suelta queja alguna.
—Guárdate el frasco en el bolsillo y ayúdale a echarse en el sofá.
—Lo… lo siento… gracias… Me ha atacado una bestia salvaje —masculla nuestro invitado sorpresa.
—Conserva las fuerzas en vez de decir tonterías —replico.
Me arrodillo delante del ventanal, de cara a la obsidiana que hay allí. Evito pensar demasiado y corto el interior de mi palma. Aparece mi sangre, escarlata. Dos gotas caen sobre la piedra y chisporrotean al tocarla.
Me dirijo a otra ventana para repetir la operación con la obsidiana que hay allí.
—Ves a buscar vendas para las heridas —le ordeno a mi hermano una vez el lícano está instalado.
Cam corre a la cocina mientras yo voy a la puerta de la entrada. Una vez la piedra cubierta con mi sangre, me giro y me cruzo con los ojos desorbitados del hombre lobo.
—¿Eres una bruja?
—Te he dicho que te guardes las fuerzas.
Acabo la revisión de la planta baja y me ocupo de la planta superior a toda prisa. Cojo una camiseta del cubo de la ropa sucia para envolverla alrededor de mi mano, y vuelvo al despacho. Mi reserva de plantas es limitada, pero encuentro lo que necesito.
Bajo las escaleras corriendo y compruebo por la ventana que no ha aparecido nada más en nuestro jardín. Todo parece en calma y sin embargo el instinto me dice que no estamos solos.
—Sus heridas sangran menos —indica Cam cuando me acerco—. Pero suelta un olor raro.
Me arrodillo a su lado para examinar al herido, después de haberle tapado la entrepierna con una esquina de la colcha. En efecto, un olor acre se desprende de sus cortes, cuyos bordes son demasiado lisos para haber sido causados por garras o colmillos.
—Pon agua a hervir y tráeme miel y alcohol.
Mi hermano corre a la cocina. Yo destapo mis frascos. Los aromas de milenrama, caléndula y salicaria perfuman el aire, sustituyendo el olor de las heridas.
«¿Qué puede haberle hecho esto?».
—Yo… Era…
Intenta explicarse o justificarse, no estoy segura. A la luz de la lámpara del lado de la cama, sus rasgos me parecen aún más jóvenes. Su terror se me clava en el vientre.
—Cálmate. No tienes nada que temer, aquí.
«En fin, eso espero».
Nunca había necesitado poner a prueba el sortilegio de protección de Becca y hubiera preferido seguir igual.
Cameron vuelve y me ayuda a hacer la preparación, exactamente como se lo he enseñado. Aplico un buen chorro de alcohol sobre las heridas para desinfectarlas, arrancándole un grito al desconocido. La infusión se enfría en la encimera.
—¿No ponemos tusilago porque es un lícano?
El afectado se sobresalta. Sus ojos oscuros se abren aún más.
—Vosotros…
—Sí, con ellos es menos eficaz. Con lo polimórficos también, según sus formas.
Ya que nos encontramos en una situación de mierda, que al menos sirva para perfeccionar la educación de Cam.
Mi hermano se ocupa de la herida del vientre y el muslo, y yo de la que está cerca del cuello. Aplicamos compresas empapadas en la decocción, hecha para detener la sangre y ayudar a cicatrizar.
—Tienes suerte de haber dado con nosotros —explica Cam.
—Yo… Luces… hasta aquí.
Cruzo la mirada verde de mi hermano.
«Las hadas».
Le han guiado hasta aquí para que esté a salvo.
Al darme cuenta de que nuestro amigo está a punto de desvanecerse, me doy prisa en hacerle beber la infusión de manzanilla y hierba luisa. Cae en un sueño profundo que nos permite acabar en paz.
—Tengo la sensación de que se aleja —susurra Cam.
En efecto, la sensación de amenaza se difumina poco a poco hasta desaparecer.
Pero no por ello bajo la guardia.
—Acaba de vendarle.
Cam obedece y acabamos en silencio. Solo una vez de pie soy consciente de que un perfecto desconocido, desnudo y encima sobrenatural, está echado en mi cama. La colcha está manchada de sangre y Cam ha salvado mi ordenador por poco.
—¿Qué hacemos ahora?
—Tú subes y te acuestas. Yo me quedo a vigilarle.
Cam asiente. Sabe que es inútil intentar negociar.
Aun así, se para al pie de la escalera. La tensión de su espalda es elocuente.
—Tengo que subir a por una cosa —digo como pretexto para seguirle.
Sube las escaleras delante de mí. Hacemos una parada en el cuarto de baño para lavarnos las manos, y le acompaño hasta su habitación. Si pedirle su opinión, me agacho y compruebo que no hay ningún monstruo bajo la cama.
—Negativo.
Arruga la nariz y se mete entre las sábanas.
—Lo has hecho muy bien, hoy —le reconforto.
—¿Tendría que haber hecho como si no supiéramos lo que es? —pregunta con voz infantil.
—No, no era necesario.
Evita hacer más preguntas y se lo agradezco. Ya no tengo más respuestas para él y estoy agotada.
—Intenta descansar, mañana hablamos. Te quiero —murmuro contra su frente antes de darle un beso.
—Te quiero, hermanita.
Le acaricio la mejilla y apago la luz al salir.
Una vez abajo, me preparo un té, me envuelvo en una manta, y me siento a la mesa.
Y miro fijamente el jardín por miedo a ver aparecer un monstruo.