Aileen O’Reilly Capítulo 6
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Capítulo 6

Le devuelvo el cambio al cliente, un hombre barbudo de unos cincuenta años.

—Buenas tardes y hasta pronto.

—Gracias, hasta pronto.

Se mueve para salir y me sobresalto al ver a mi hermano. Su cazadora vaquera azul claro destaca el pelirrojo de su pelo alborotado. Me ofrece una gran sonrisa que me hace olvidar mi cansancio.

—¡Hola! ¿Ya estás aquí?

—Son las siete y me has dicho que viniera antes de que se hiciese de noche.

Miro la hora en la pantalla de mi caja. Tiene razón. El día ha pasado a una velocidad de locos.

—Perfecto. ¿No te has aburrido estando solo?

Detrás suyo, varios clientes están eligiendo sus artículos, así que tengo un rato para hablar. No quisiera que mis jefes pensasen que holgazaneo; aunque Ed no es precisamente un modelo de rapidez.

—No mucho. He leído lo que me has pedido, hecho los deberes que me has mandado y también los del cole. He mirado una película y aquí estoy.

—¡Bien! Mañana si quieres saldremos de paseo.

Obligarle a quedarse todo lo posible en casa cuando no estoy allí no es lo mejor para un niño. Necesita desfogarse como los demás, pero prefiero ser prudente. Sobre todo, con los sobrenaturales y la advertencia de las hadas. Solo con pensarlo, un escalofrío helado me recorre los brazos.

Una señora se acerca a la caja y le indico a Cam que se aparte.

—Espera un momento, que voy a ver si te puedes instalar en la sala de descanso. ¿Has cogido algo para leer?

Me indica su mochila.

—¡Perfecto! Buenos días, señora.

Me ocupo de la clienta. Cuando me doy la vuelta hacia mi hermano, Carmen a aparecido y está hablando con él como si le conociese desde siempre.

—Dime, ¿te gusta el colegio? ¿Has hecho amigos?

—Lo intento, pero no es fácil.

—Estoy segura de que harás muchos amigos —le promete acariciándole la mejilla—. Ven a instalarte detrás mientras esperas que Aileen acabe. ¿Sabías que…?

Ya no los oigo y no me da tiempo de agradecerle su amabilidad.

La última hora es como las anteriores y suelto un suspiro de alivio cuando Aldo le da la vuelta al letrero a Cerrado. No es muy alto y robusto, pero sus manos estropeadas son las de un hombre que ha trabajado toda la vida.

—Menudo día, ¿verdad? —pregunta mientras recoge algunos artículos para devolverlos a su estantería correcta.

—¡Y que lo digas! —me río mientras recojo los tiques y otros justificantes para cerrar la caja.

—¿La primera semana ha ido bien?

—Sí, mucho. Me gusta mucho vuestra tienda y vuestro espíritu de equipo.

Me sonríe, afectado.

—Equipo en el que has encontrado tu lugar muy deprisa. Carmen y yo queremos decirte que estamos muy contentos con tu trabajo. Podemos hacer bordar tu nombre en el delantal.

Curiosamente, ese pequeño detalle convierte las cosas en oficiales, a pesar de todos los papeles que haya podido firmar. Me siento aceptada de una manera tan benevolente que se me llenan los ojos de lágrimas.

—Qué amable, gracias. Creo que estaré a gusto aquí.

—Mejor.

Le sigo a la trastienda con el fondo de la caja en la cadera. Alrededor de la mesa, Carmen y Cameron están en un taller de recorte.

—He puesto al pequeño a trabajar —me informa la jefa.

—No tengo ninguna objeción.

Me siento a su lado para hacer las cuentas y verificarlas. Cam sigue recortando lo que parece que serán los carteles de una próxima promoción, con algunos adornos coloridos. Se aplica y me alegra ver que está de buen humor. Carmen tiene ese efecto en la gente.

—¿Qué habéis previsto hacer, esta noche? —pregunta Aldo saliendo de su oficina.

—Hemos visto que hay un pequeño salón de juegos. Cam adora los viejos juegos de los años 80 y espero que haya algunos.

—El salón está cerrado hoy. Antes me he cruzado con Quinn, el propietario. Han tenido que cerrar por culpa de daños por agua. No creo que vuelvan a abrir hasta dentro de varios días.

—¡Oh, no!

Mi hermano se deja caer contra el respaldo de la silla. Sus labios dibujan una mueca que domina a la perfección.

—Siento que hayas venido para nada. Iremos el próximo fin de semana ¿de acuerdo?

Carmen vuelve con las hojas que tengo que firmar.

—Vale…

—¿Por qué no venís a casa? —propone Carmen—. Tenemos comida para un regimiento y nos encantaría teneros en nuestra mesa.

—Es que… no estáis obligados…

—No es obligación —asegura Aldo barriendo mis dudas con un gesto de la mano—. Sois bienvenidos.

Consulto a Cameron con la mirada. Asiente con la cabeza.

«Carmen le ha conquistado de verdad».

—Entonces, será un placer.

Acabamos de cerrar la tienda. La pickup de Aldo está aparcada cerca y cargamos las dos bicicletas a la plataforma trasera. Cam se sienta en mi regazo y yo rezo para que no nos crucemos con ningún poli. Uno en particular.

La granja de los Rivera está justo a las afueras de la ciudad.

Su casa de madera es espaciosa sin ser ostentosa, con ese encanto propio de los lugares llenos de vida y amor.

Detrás del edificio se extiende su impresionante huerto.

El interior está decorado a imagen de la pareja, con tonos cálidos y sencillez.

La conversación fluye con naturalidad. Cam y yo ayudamos en la cocina y nos sentamos a la mesa entre risas. La cena es una delicia y dos horas más tarde nos vamos con el vientre lleno y una sonrisa en los labios.

En la carretera, pedaleo delante de Cam para abrir el camino. Hay poca iluminación y las luces de nuestras bicis no son muy potentes.

—¿Aileen?

—Dime

La ausencia de viento nos permite hablar, aunque no sea muy práctico.

—¿Crees que se parece a esto, tener abuelos?

Mi rueda delantera topa con una piedra y consigo mantener el equilibrio por poco, evitando una buena torta.

El corazón se me encoje y tengo la impresión de que mis costillas lo perforarán.

Desde que tengo memoria, siempre fuimos Mamá y nosotros. No conocí a mi padre, y menos aún a mis abuelos. Tras fallecer Mamá hubo Joëlle y Rebecca.

Y luego solo Cam y yo, tras huir de Auburn.

Lo que he sentido en casa de los Rivera… no me cabe duda de que Cam ha sentido lo mismo. Esa confianza, esa dulzura…

—Eso creo, sí.

Intento mirar por encima del hombro antes de una curva, para sonreírle.

—Espero que nos vuelvan a invitar.

—Yo también.

Tres calles antes de llegar a casa, se me eriza el vello de los brazos. Casi nunca tengo frío, y a pesar de ello mi chaqueta de entretiempo de repente no es suficiente.

Soplo ligeramente por la nariz y me abro más a lo que me rodea.

Mis pies aceleran antes de que mi cerebro haya emitido un pensamiento coherente.

—¡Deprisa!

—¿Porqué?

—¡Ven!

En verdad no puedo explicar lo que percibo. Lo que sí sé en cambio, es que sería más que idiota si ignorase lo que todo mi ser identifica como una amenaza.

Las ruedas de nuestras bicis derrapan delante del garaje. Lo abro deprisa, hago entrar a Cam delante de mí y lo cierro de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunta mi hermanito una vez la luz encendida.

—Un mal presentimiento.

Sus cejas pelirrojas se fruncen y su naricita se arruga. O no ha notado nada, porque estaba en la luna, o a mí me ha entrado el pánico por nada.

—¿Quieres que comprobemos las piedras de protección?

Asiento. Recorremos la casa para verificar cada obsidiana embrujada por Rebecca. No se ha movido nada, la magia flota en el aire enlazando todos los puntos de entrada.

—No veo nada fuera —me asegura Cam.

—Mejor. Igual es que solo estoy cansada —suspiro mientras intento hacer caso omiso al nudo que tengo en el vientre.

—¿Quieres que veamos algo?

—Son más de las once, será mejor que te acuestes.

—¡Es sábado! He hecho todos los deberes y mañana podemos dormir hasta tarde. ¡Por favor!

Evidentemente, cedo. Le indico que lo prepare todo y subo a ducharme y cambiarme. El confort de mi chándal atenúa un poco esa sensación que se me pega a la piel.

«Peligro» —repiten las hadas en mi cabeza.

Rodeo el sofá-cama abierto para comprobar una vez más que la puerta está cerrada a cal y canto. Me cruzo con mi reflejo en el espejo y hago una mueca a la vista de mis mejillas que tienen un tono grisáceo muy feo.

«Tengo que cuidarme un poco» constato al ver los inicios de un grano.

Con todo lo que tengo que hacer, ocuparme de mi misma no entra en mis prioridades.

—¿Vienes?

El impaciente de mi hermano me espera, recostado contra las almohadas, el ordenador abierto. Incluso ha hecho palomitas y cojo un puñado mientras me dejo caer a su lado.

—¿Qué miramos ?

—Seguimos con la serie japonesa, ¿no?

—Vale.

Me meto bajo la colcha y pongo la cabeza cerca de la suya. Cam apoya su frente contra la mía y yo saboreo ese momento, que no podría ser más perfecto.

No he notado que mis párpados se cerrasen hasta que un escalofrío me ha despertado de golpe.

Cameron ha hecho el mismo movimiento que yo y el resto de las palomitas se esparce cerca del ordenador.

La pantalla se ha apagado, la sala de estar está a oscuras y solo la luz de la luna que entra por los ventanales que dan al jardín nos da un poco de luz.

—¿Qué pasa? —susurra mi hermanito.

—No te muevas.

Me agacho al lado del sofá para sacar el cuchillo escondido debajo de él. Con el arma pegada a mi muslo, aguzo el oído en dirección a la puerta de entrada.

«Nada».

Me giro hacia el jardín.

«Por ahí».

Me acerco con la máxima discreción posible, aun siendo consciente de que, si hay una criatura sobrenatural cerca, me sentirá haga lo que haga.

Un movimiento me para en seco. En la orilla del bosque, una silueta imponente y oscura se tambalea. Adivino unas orejas puntiagudas y un torso desarrollado.

«Lícano».

El sobrenatural tiembla. El pelaje deja paso a una piel desnuda manchada de sangre.

«¡Mierda!»