Aileen O’Reilly Capítulo 5
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Capítulo 5

—¡Que tengas un buen día, Camcam!

Mi hermano se inclina para dame un beso en la mejilla. Se pone la mochila en el hombro y sale a esperar el autobús que le llevará al colegio. Hemos optado por esto en vez de la bici, por motivos de seguridad.

La semana ha pasado más deprisa de lo esperado y estoy contenta de tener la mañana libre. La casa necesita un buen repaso en previsión del fin de semana. En el programa: trabajo, relajación, deporte y clases de druidismo. No quiero que haya retrasos en el aprendizaje de Cam.

Me acabo el té y bailo mientras hago galletas, pongo en marcha una lavadora y me ocupo de las plantas.

He llegado a plantar unas cuantas semillas, algunas gentilmente ofrecidas por Aldo, el marido de Carmen.

No sé si conseguiré hacer crecer algunos brotes antes del invierno.

Me ha recomendado construir un invernadero y voy a tener que estudiar el tema.

Pero antes, tengo que hacer algo. Algo que espera desde nuestra llegada.

Una vez las galletas fuera del horno y la casa más o menos limpia, me pongo un pequeño chal y salgo al jardín. Hace una media hora se ha levantado una ligera bruma, como una llamada, un murmuro. Dejo mi móvil aquí; cuanto menos lo tengo encima, mejor me encuentro.

Al pasar al lado del roble del fondo del jardín, acaricio su corteza. Amo la fuerza que desprende, esa calma llena de ternura. Empujo la pequeña portezuela y salgo al camino que lleva al bosque.

En cuanto me rodean los árboles, mi respiración se ralentiza.

Mi pecho se libera de un peso, mi espalda se endereza.

La energía de todos los seres que pueblan este lugar, animales y plantas, me llega en olas lentas y curiosas.

Siento que el bosque me observa, a la espera de saber mis intenciones, al mismo tiempo temeroso y lleno de esperanza.

Una punzada me atraviesa el corazón, un recuerdo desgarrador de esa agonía que se perfila.

Una lágrima, luego dos, bajan por mis mejillas. No las retengo. Avanzo. Siento.

«Lamento tanto lo que el Hombre os ha hecho. Lo que os hace».

Los humanos han olvidado que necesitan la naturaleza para vivir. Que son iguales a todos los otros seres que respiran y en ningún caso son sus superiores. Que destruir el planeta es condenarse a una muerte certera.

Acaricio un árbol, otro, y luego me inclino para observar las plantas. Veo algunas que me interesan. Sin embargo, no estoy allí para recogerlas; al menos, no enseguida.

El camino se estrecha, hasta desaparecer. Me adentro en el bosque sin preocuparme ante la posibilidad de perderme. Siempre encuentro mi camino.

Reprimo todos mis pensamientos parásitos. No quiero preocuparme por nada, ni por la falta de dinero ni por la presencia de sobrenaturales en este lugar. Presencia que percibo de vez en cuando, huellas sutiles de polimórficos y lícanos que recorren este bosque.

Dejo que mi cuerpo conecte con los seres que me rodean. Medito mientras camino, la respiración del mundo y yo somos uno.

«Ahí».

Una vibración.

Un tintineo.

Reduzco la marcha hasta quedarme parada. Dejo que vengan a mí.

La primera hada aparece a mi derecha. Sentada sobre la rama de un olmo, su brillo se refleja en el agua pegada a las hojas. Minúscula, casi se podría confundir con un destello de luz.

Una segunda se revela a su lado, y luego dos más en el árbol de al lado. En un puñado de segundos, una veintena de hadas iluminan las ramas. El ligero zumbido de sus alas se mezcla a la perfección con la harmonía del bosque.

No me sorprende verlas. Ya supuse que estarían por aquí en el momento en que vi el bosque, y luego se confirmó con la presencia de los sobrenaturales y el roble en el centro de Black River Falls.

No digo nada. Espero mientras me observan, con el alma clara y la respiración mesurada. No me muevo, por miedo a espantarlas.

Una ligera brisa se levanta y me roza la mejilla.

—Bienvenida, Aileen O’Reilly, —resuena una voz aguda, con numerosos ecos encantados, que se expresa en la Lengua Antigua—. Ha pasado mucho tiempo desde que vimos a la Guardiana de los Mundos.

Un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza.

«Hace mucho que nadie me llama así».

—Vuestro bosque es muy bonito. Me alegra haberos encontrado.

—Te esperábamos.

Aprieto las manos contra mis muslos para evitar que tiemblen.

—¿Me habéis llamado vosotras?

—Sí.

El desayuno se me revuelve en el estómago.

—¿Porqué?

La luz amarilla de las hadas, parecida a la del sol, de pronto oscila hacia el azul.

—Peligro.

—¿Qué tipo de peligro?

—¡Peligro! —repiten más alto, tan alto que me duelen los tímpanos.

Por instinto, agarro el collar que no me quito nunca.

—¿Cómo sabéis que hay un peligro si no sabéis de qué tipo?

—Sabemos, nos acordamos.

Unas cuantas se agitan y cambian de árbol, o se escapan entre los troncos.

«Las hadas son la memoria de la naturaleza. No son como nosotros ni como ningún otro sobrenatural. Si te hacen el honor de dirigirse a ti, escucha siempre con mucha atención lo que tengan que decir.» —repite la voz de mi madre.

—Se acerca un peligro.

Intuyo que no conseguiré más detalles, y cambio ligeramente de tema.

—¿Por qué me habéis llamado a mí?

Aunque cada vez haya menos druidas, no soy la única en Estados Unidos.

Un ligero silencio flota y da a entender que ya sé la respuesta.

—Eres una O’Reilly. Una Original.

«Lógico».

A veces se me olvida que el hecho de que no utilice mi apellido no significa que ya no lo lleve… igual que la gran herencia que va con él.

Si los druidas ya son escasos, los Originales… Creo que no llegamos a una decena.

En todo el planeta.

—No sé cómo ayudaros —confieso lastimosamente.

—Ya encontrarás la solución.

Sin aviso previo, desaparecen igual de deprisa que han aparecido. La ausencia de su luz me da la impresión de estar sumida en la oscuridad.

Me dan ganas de llorar. Y de gritar. De zamparme una tableta de chocolate entera. De romper dos o tres cosas.

«¿Qué voy a hacer?».

Las hadas esperan de mí que retome mi rol de druidesa. El universo espera de mí que retome mi rol.

Pero no puedo arriesgarme a que él sepa dónde vivimos.

Mis dedos no han soltado el medallón. Lo aparto de mi piel sudorosa para contemplar el símbolo de los O’Reilly grabado en la plata: dos serpientes entrelazadas, que se comen la cola. Una joya que se rehízo hace unos cuantos siglos.

El original no habría podido sobrevivir durante más de dos mil años.

Lo abro, el simple ruido del mecanismo me calma. En el interior está grabado el dogma de los druidas, en la Lengua Antigua.

«Guiarás con la sabiduría de tu espíritu»

«Curarás con la dulzura de tu alma»

«Protegerás con la fuerza de tu corazón».

Palabras que he leído una y otra vez. Paso la yema del dedo sobre los surcos de la inscripción.

A lo largo del colgante, un segundo grabado espera, mucho más pequeño y discreto, preservado en el tiempo. Un mensaje transmitido de mujer a mujer en mi familia. Unas palabras que jamás he mostrado a Cameron.

Cierro el medallón con un ligero clic.

El follaje me impide saber qué hora es, pero no dudo que llegaré tarde al trabajo si me entretengo. Tomo el camino a casa, decepcionada por haber dejado de notar los beneficios de la meditación.

«¿Qué voy a hacer?».