Capítulo 4
Meto la bici en el garaje procurando no aplastar las compras que llevo en las alforjas colgadas detrás. Mi compromiso de coger el coche lo menos posible choca a menudo con este tipo de desventajas y no puedo comprar gran cosa. Me temo que mi viejo trasto tendrá que acompañarme mañana.
—¡Cam! —grito abriendo la puerta que lleva a la casa—. ¡Ven a ayudarme!
Dejo la compra en el suelo para guardar la bici.
Aunque nos falten muchos alimentos básicos, al menos he traído productos frescos.
Carmen me ha dado frutas y verduras que no hubieran superado la noche.
Me gusta mucho su forma de funcionar, humana e intentando no malgastar nada.
En un solo día, se ha izado al puesto de mejor jefa que haya tenido jamás.
Mi hermanito aparece por fin, con los cascos sobre las orejas. Se los quito cuando se agacha a recoger una botella de zumo de fruta y los huevos.
—Yo también estoy contenta de verte, querido hermano. El día ha ido bien, gracias por preguntar.
Me saca la lengua al pasar por delante de mí.
—Me has interrumpido en plena partida.
—Y qué. ¿Cuánto rato llevas jugando?
—Diez minutos —me asegura mientras abre la nevera—. Y no, no superaré los treinta minutos diarios.
—Vaaale, peque.
Volvemos al garaje a por el resto de la compra. Me muerdo el interior de la mejilla sin saber muy bien cómo abordar el tema.
—Y… ¿cómo ha ido el primer día?
—Normal.
Le barro el paso antes de que se escape a su habitación.
—No te hagas el inocente. Sé que los has detectado.
«En fin, eso espero».
Suelta un suspiro de confirmación. Aunque hubiera preferido que hubiera salido de él, me alegra ver que su formación de druida está a punto.
—Claro que los he detectado. Polimórficos y lícanos.
—¿En tu clase?
—Tres lícanos y cuatro polimórficos.
«Son muchos».
—¿Se han…?
—No se han dado cuenta de nada. Solo soy el nuevo y encima, humano. Me han hablado exactamente como a los demás.
—Mejor… ¿Has hecho amigos?
—¿Para qué? —replica alzando los hombros—. Pronto nos iremos de aquí.
Esta vez me rodea y hace el gesto de ponerse los casos en la cabeza.
—No he previsto volver a mudarnos. No… no nos lo podemos permitir. Mantendremos un perfil bajo y nos alejaremos lo más posible de ellos.
—Ah… OK.
Cameron sube los escalones de dos en dos, dejándome plantada en medio del salón.
«No tiene aún diez años y ya se comporta como un adolescente…».
Inspiro profundamente varias veces. No debo enfadarme con él. Se enfrenta a una situación muy complicada para su edad. Necesita tiempo para adaptarse.
Dispuesta a todo para hacerle feliz, y para no volver a tocar la porquería industrial que nos queda, observo los productos que tenemos para ver qué hacer con ellos. La fruta servirá para una tarta, el pollo con verduras y pasta nos arreglan la cena de esta noche y la comida de mañana.
Saco lo que necesito, mientras me ubico en mi nueva cocina. Una vez todo a punto, cojo el teléfono y llamo a uno de los pocos números de la memoria.
Menos de treinta segundos después, la cabecita de Rebecca aparece en la pantalla.
—¡Babe! Me teníais muy preocupada. ¿Ya estáis instalados?¿
—Sí, todo va bien. No he tenido tiempo de llamarte antes. Lo siento.
—No pasa nada. Ahora podré grabar tu nuevo número. Y bien, ¿la nueva casa? ¿estáis bien en ella?
Su entusiasmo desbordante es contagioso, incluso a través de una pantalla. Con el pelo castaño y sus grandes ojos de gacela, parece casi un ángel. Digo casi porque conozco bien a la bruja que se esconde tras esa carita de muñeca y es de las que es mejor no contrariar.
—Sí, la casa está muy bien. Un poco más grande que la que teníamos antes —preciso mientras empiezo a cocinar.
Rebecca se echa sobre su cama y la imagen se hace borrosa.
Reconozco la pared de su habitación tapizada de fotos, en algunas de las cuales aparecemos Cam y yo.
Con su apartamento hasta arriba de sortilegios, es poco probable que alguien llegue a entrar en su casa y, sin embargo, ver esas fotos me angustia cada vez.
Jamás me lo perdonaría si le hiciesen daño para encontrarnos.
—¿Y el curro? ¿Y el cole de Cam? Quiero saberlo ¡TODO!
Mi cuchillo rebota sobre la tabla de cortar.
—El trabajo se ve bastante bien. La jefa es lo más y la tienda es muy bonita. Creo que estaré a gusto. En cuanto a Cam, bueno… no está muy entusiasmado, pero espero que la cosa mejore. Su colegio parece genial, tiene muchas actividades y es muy moderno.
Becca juega con uno de los numerosos brazaletes alrededor de su muñeca.
—Ya le conoces, acabará por hacer amigos. Ese pequeño tiene demasiado buen corazón para estar solo.
—Eso espero.
—No te preocupes. Lo tienes controlado.
Palabras que me hacen un gran bien.
Pongo la verdura a cocer y me concentro en la tarta de frutas.
—La ciudad a la que os habéis mudado ¿está bien?
—No te diré dónde es —la aviso.
Me hace ojitos con sus largas pestañas, encarnando la inocencia misma.
—Sabes que te guardaría el secreto, si me lo confiases.
—Es para protegerte.
—No necesito que me protejas. Vosotros, en cambio, sí puede que me necesitéis.
Apunto a la pantalla con la cuchara que tengo en la mano.
—No te condenaré a esta vida, Becca. Tu vida entera está en Auburn.
—Tengo mi vida, pero no a mi familia. Y antes de que nombres a mis padres o mi aquelarre, te recuerdo que no son vosotros.
Se me hace un nudo en la garganta.
Rebecca es la hermana que no tuve. Ella es quien me sostuvo tras la muerte de mi madre, aunque a penas nos conocíamos.
Se mantuvo a mi lado sin flaquear los cuatro años que vivimos en Auburn, durante los cuales compaginé mi rol de druidesa con pequeños trabajos de mierda.
Conoció a Cam cuando solo tenía tres años y en parte me ayudó a criarlo.
—Lo sé. Pero no te pondré en peligro. Evitemos discutir otra vez por los mismo ¿vale?
—OK. De todas formas, acabaré ganando.
Suelto una carcajada y sigo con mi preparación
—¿Y qué hay de nuevo por tu parte?
Rebecca me cuenta los últimos cotilleos de su aquelarre mientras yo cocino.
Conozco a casi todas las personas de las que habla y retomo algunos temas entre los cuales, la enésima separación de Lynette y Joshua.
Y aunque no hubiera sido el caso, hablar con ella siempre es fácil.
Nos podríamos pasar horas al teléfono sin que hubiera ni un momento de silencio.
—En fin, es una gran idiota y siempre lo será —concluye—. Bueno, ¿has tenido encuentros interesantes, hoy? ¿La gente es simpática? Trabajando en un colmado con mucho movimiento pronto podrás hacer amigos.
Acabo lo que estoy haciendo, medio agachada hacia el horno para ver porqué tarda tanto en calentarse.
—Arrugas la nariz… ¿Qué es lo que no me estás contando?
Me rindo y dejo que la tarta se cueza despacio.
—Digamos que el día ha estado marcado por incidentes inesperados.
—Espera, ¿me has dejado hablar más de diez minutos de la zorra de Constance cuando tenías cosas importantes por contar? Habla, y habla rápido, Babe.
Me echo las trenzas a la espalda.
—En la tienda no he conocido a mucha gente, aparte del sheriff que es bastante guapo. Esto sería lo más improbable del día… si la ciudad a la que nos acabamos de mudar no estuviera llena de sobrenaturales.
La imagen de la pantalla se congela. Echada sobre una montaña de cojines, Rebecca casi podría rodar un anuncio de productos para chicas.
—Has… no sé por dónde empezar. ¿Has elegido una ciudad con sobrenaturales? Supongo que no lo sabías, pero es súper raro. Y un poli… ¿y por qué no? Si te pudiera poner las esposas y darte un azote, no te vendría mal.
Se me escapa una risita.
—Voy a hacer como si no hubiera oído la última parte…
—¿Sobre las esposas? Lo he probado y te lo recomiendo.
—¡Becca!
Suelta una carcajada y se levanta, manteniendo el móvil frente a ella. Su picardía desaparece dejando lugar una expresión seria, muy poco habitual.
—Escúchame, Aileen, las dos sabemos que si estás donde estás, sean cuales sean los motivos, no es algo anodino. Puede… puede que el universo te esté diciendo que es hora de que retomes tu rol.
Es exactamente lo que no quería oír.
Aunque es exactamente lo que necesitaba oír.
—Has nacido para ser druidesa —me sonríe—. Para ser el enlace entre el mundo de los humanos y el de los sobrenaturales. No puedes huir de lo que eres indefinidamente.
Me apoyo en la encimera.
—Sabes por qué lo dejé.
—Nada prueba que Cam y tú estéis en peligro si haces tu papel allí donde estáis. Si no reveláis vuestro apellido…
—No sé si será suficiente. Hay lícanos y polimórficos y no veo por qué no habría también brujas.
Hace una mueca, consciente de que los miembros de su especie no son todos benévolos.
—No digo que te presentes en su casa mañana mismo diciéndoles que eres su nueva druidesa. Tómate un tiempo de reflexión, para ver cuántos son, sospesar los pros y contras. Pero, por favor, no te cierres totalmente a la idea. Te sentaría bien.
Remuevo las verduras, distraída.
—Y hablo también de tirarte al sheriff, claro.
—¡Tú flipas! —me río.
—¡Soy realista! Necesitas…
—¿Es Rebecca? —grita Cameron desde la escalera.
«Espero que no haya oído el resto de la conversación».
—Sí, ¡ven!
Mi hermano acude y me coge el teléfono.
—¡Mi Camcam adorado! —canturrea Rebecca.
Corre a lanzarse sobre el sofá, adoptando la misma postura relajada de mi mejor amiga.
Los dos se ponen a hablar de todo y de nada, entusiasmados de poder hablar. La sonrisa que se dibuja poco a poco en el rostro de Cameron me reconforta el corazón.
Y, a pesar de todo lo que mi mejor amiga pueda decir, en el fondo sé que jamás me arriesgaré a ponerle en peligro.
Ni siquiera para cumplir con lo que el universo espera de mí.