Aileen O’Reilly Capítulo 3
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Capítulo 3

Mudarse otra vez va a ser… complicado.

Por más vueltas que le dé a la situación mientras pedaleo con prudencia para evitar que me atropellen, siempre llego a la misma conclusión: no nos lo podemos permitir.

Alquilar un camión y el servicio de mudanzas cuesta un riñón y abandonar nuestros muebles no es factible.

Además del aspecto económico (conozco el estado de nuestras cuentas al céntimo) una idea no deja de pulsar al ritmo de mis pedales.

«No puedo hacerle esto a Cam».

Todavía no tiene amigos ni referencias aquí, pero irnos significa reavivar el miedo. Ese miedo que vive con nosotros desde hace seis largos años. Ese miedo que vi ensombrecer la mirada de mi hermano cuando solo tenía tres años, el día en que comprendimos que Mamá no volvería nunca más.

«Si nos quedamos, voy a tener que poner protecciones en su cartera. Tengo que asegurarme de que esté listo para hacer frente a cualquier contingencia».

Aunque sabe cómo reaccionar, no ha estado rodeado de sobrenaturales desde hace mucho tiempo. Espero que no dude en golpear si fuera necesario.

Encuentro sin problemas la tienda en la que voy a pasar la mayor parte del tiempo.

No lejos de una gran plaza, está cerca del centro de la ciudad y tiene el aspecto de un pequeño comercio de barrio sin pretensiones.

Aunque esté sin blanca y no disponga de ningún diploma, intento trabajar en empresas que tengan los mismos valores que yo.

Aquí, la mayoría de sus productos vienen de la zona. Los dueños colaboran con los productores locales en incluso cultivan ellos mismos algunas frutas y verduras. Hay bienes de primera necesidad menos duraderos, pero, en conjunto, es la tienda más verde en kilómetros a la redonda.

Busco un lugar en el que atar mi bici y me dirijo a la bonita fachada pintada de verde y oro. El aire es suave y me focalizo en mi respiración.

Podemos vivir de incógnito. Al menos algunos meses, puede que un año, si todo va bien. Un año pasa deprisa.

Empujo la puerta y descubro un interior aún más bonito que en las fotos. Las estanterías bajas de madera me tranquilizan: aquí no me ahogaré. A mi derecha, el rincón de productos frescos. A la izquierda, el resto. Al fondo, un mostrador con dos cajas.

—¡Buenos días! —canturrea una voz con un ligero acento español.

Una mujer de unos sesenta años aparece, con una caja en los brazos. Sus rasgos bronceados por el sol se iluminan con una sonrisa.

—Oh, ¿Tú debes de ser Aileen? ¡Encantada de conocerte! Y bienvenida.

Se apoya la caja en la cadera para tenderme la mano. Se la aprieto, feliz de constatar que se trata de una humana. Lo contrario habría sido difícil de gestionar.

—Encantada de conocerla igualmente, Señora Rivera. Su supermercado es encantador.

—Gracias. Y llámame Carmen. Ven, te voy a mostrar la trastienda y cómo funcionamos. Toma, coje esta caja, por favor.

Obedezco y la sigo. En la parte de atrás hay un almacén y una sala para los empleados, con un pequeño rincón cocina, un escritorio y espacio para guardar los efectos personales. Todo es simple y eso me encanta.

Carmen me confía un pequeño delantal verde bosque. Después de haber firmado algunos papeles, nos instalamos detrás del mostrador para que me explique el funcionamiento de la caja registradora y la organización general, mientras servimos a los clientes. Son pocos en este día de vuelta al cole.

Sobre las nueve, abre la puerta un joven desgarbado y medio dormido.

—¡Ah, Ed! Te presento a Aileen. Aileen, este es Edward, el segundo empleado de la tienda. A menudo estaremos los tres aquí. Mi marido gestiona más bien la cosecha y un poco el papeleo. Debería pasar por aquí antes de cerrar para conocerte.

Ya me lo había dicho, pero su entusiasmo y su charla incesante no me molestan. He tenido trabajos en los que apenas oía tres frases en un día y esoera muy poco para mí. Carmen inunda este sitio con su aura solar, que reduce un poco mi angustia persistente.

—Encantada, Edward.

—Es Ed —masculla casi sin mirarme a través de largas mechas rubias—. Bienvenida.

No dice nada más y desaparece hacia la trastienda.

—Ed no es muy hablador, pero es un buen chico —me explica la jefa—. Se puede contar con él.

No necesito saber más. Con que haga su curro me basta.

Poco menos de media hora más tarde, mientras Ed deambula por los pasillos reponiendo productos, Carmen acaba confiándome la caja y se mete en la oficina.

Para mantenerme ocupada mientras no hay clientes, me repito todo lo que acabo de aprender para que me quede bien grabado, después hago una lista mental de la compra. Debería encontrar la mayor parte de lo que necesito aquí. Venden incluso algunas semillas; podría ser feliz aquí.

Hacia mediodía, gestiono sin problemas la pequeña cola, lo que me conforta en la elección de este trabajo. Soportaré pasar bastantes meses aquí.

—¿Aileen? Puedes hacer tu descanso —me informa Carmen.

Guardo el recibo del cliente que acaba de salir.

—No he traído nada, ¿puedo coger algo de la tienda y pagarlo cuando termine? Había pensado hacer mi compra aquí —le explico mientras le cedo mi sitio.

—Aaah, ¡tengo una idea mejor! No te muevas.

Vuelve de la sala de descanso con un Tupperware con ensalada de tomates y cubiertos.

—Oh, no hacía falta…

—Nunca tiro las verduras que ya no podemos vender. Si no te importa.

Me lo pone todo en las manos sin darme otra opción.

—Al contrario. Es muy amable, gracias. Después le pago.

—Ni hablar. Vete a comer, Aileen.

Me despide con un gesto y no me lo hago decir dos veces. Me saco el delantal y cojo el bolso para salir.

Su generosidad me conmueve, sobre todo porque no parece que sea por piedad. Carmen conoce mi situación familiar, no se la escondí durante la entrevista telefónica. Su amabilidad me hace un bien mayor de lo que jamás llegará a saber. Es algo muy poco frecuente en este mundo egoísta y frío.

Salgo en dirección a la plaza que vi al llegar. Quiero descubrir más cosas de la nueva ciudad en la que vivo… y sobre los sobrenaturales que la habitan. Necesito hacer un discreto censo.

Tengo que evaluar la medida de las manadas de polimórficos y de lícanos y saber si hay brujas.

Son las tres especies más comunes y que viven en un sistema de clanes.

Si los dos primeros no pueden percibir lo que somos a pesar de sus aguzados sentidos —físicamente somos humanos y solo nuestros conocimientos nos diferencian del resto de mortales—, las que me preocupan de verdad son las brujas.

La magia sobrenatural de los polimórficos y los lícanos les permite transformarse. Las brujas, por su parte, son capaces de modelar su magia para distintos fines, en función de los sortilegios usados. Pueden llegar a ser más peligrosas que un hombre-lobo enfurecido.

Druidas y brujas no se llevan nada bien. No confían unos en las otras.

Las únicas excepciones son Joëlle y Rebecca. Les confiaría mi vida y la de Cam. Sin ellas, no sé qué habría sido de nosotros.

Mis pasos me llevan a la gran plaza cuadrada rodeada de tiendas. El corazón de la ciudad, sin duda. La hierba está cortada perfectamente y hay unos cuantos bancos blancos esparcidos entre los árboles y… alrededor de un roble inmenso.

Un escalofrío me recorre la espalda.

«Este lugar lo han construido druidas».

Afirmación confirmada por los símbolos celtas grabados en la placa que hay a pie del árbol, en memoria de los fundadores de Black River Falls.

Los druidas consideran el roble un árbol sagrado. Yo misma elegí nuestra casa en parte por el árbol del jardín.

«Este sitio está lleno de sobrenaturales».

«Este sitio fue construido por druidas».

«Este sitio es poderoso».

«Este sitio me la llamado».

…

«¿Por qué yo?».

***

Le doy un codazo al papel higiénico que acabo de colocar y los paquetes se caen al suelo. Detrás del mostrador, Edward no hace ningún comentario. Ni siquiera estoy segura de que lo haya visto.

Con un suspiro, me agacho para recogerlo. Me he pasado la tarde arreglando mis errores. No suelo ser tan distraída, pero lo que he descubierto no deja de darme vueltas en la cabeza.

Decididamente no puedo ignorar las señales del universo. Es la primera vez que un sitio me atrae de esta manera y resulta que está lleno de sobrenaturales… ¿Es la prueba de que tengo que retomar mi rol de druidesa? Hace años que renuncié a él, por muchas razones.

La primera de las cuales es proteger a Cameron.

Los paquetes de papel higiénico han rebotado y empujado varias cajas de tampones. Me agacho para volverlo a poner todo bien. Carmen no parece ser muy puntillosa respecto a la disposición, pero me parece más harmonioso.

—Espero que no estés birlando nada.

Pasan varios segundos antes de que me dé cuenta de que me hablan a mí.

Me doy la vuelta y me encuentro frente a un par de grandes botas de hombre en las que hay cogido un pantalón de uniforme marrón.

Mi mirada sube hasta encontrar el rostro fruncido de un poli.

Una expresión de sorpresa cruza sus rasgos — seguramente al descubrir mi piel morena a pesar de que mi pelo marca mis orígenes africanos.

El día va de mejorando.

Me levanto sin dejarme impresionar. No es el primer imbécil que se cruza en mi camino… y desgraciadamente no será el último.

—Trabajo aquí.

Ve entonces mi delantal y levanta una ceja perpleja. El bigote que intenta dejarse crecer es doblemente ridículo: además de ser un cliché, es muy delgado. Como si se hubiera pegado pelos encima del labio.

—¿Eres nueva ?

—Shawn, ¿no te han enseñado a ser educado? —silba una voz detrás de mí.

Estaba tan acaparada por mis pensamientos que no los había oído entrar.

El otro poli se acerca y ciertamente es la primera vez que aprecio la vista de un hombre en uniforme.

Se acerca a la treintena y su camisa beige se ajusta a un torso bien proporcionado.

No es muy alto, pero desprende una seguridad típicamente masculina que me encanta.

Con una sonrisa de disculpa, me tiende la mano.

—Sheriff Wardale. Es un placer ver crecer la comunidad de Black River Falls.

Me sumerjo en sus ojos azules y no puedo evitar notar que también es un cliché americano. Musculoso, rubio, guapo: solo su función es una sorpresa. Tiene más pinta de quarterback que de policía.

«No te fíes solo de las apariencias.» repite la voz de mi madre.

He aprendido que éstas pueden esconder todo tipo de personalidades, de las más altruistas a las más malintencionadas.

—Aileen Morgan —respondo estrechándole la mano.

Su palma es cálida y firme. Este simple contacto crea un hormigueo en mi estómago del que habría prescindido sin dudar.

«Así, después de cruzarme con sobrenaturales y descubrir que esta ciudad es especial, ¿ahora me excita un poli? Las cosas van de mal en peor».

En mi defensa, no me ha tocado ningún hombre desde hace… siete meses y dos semanas.

Es decir, una eternidad.

—Bienvenida. Espero que te sientas a gusto entre nosotros.

—Gracias.

Siento que es sincero y resulta placentero que te acojan así. Es la parte buena de las ciudades pequeñas, sin duda.

Shawn resopla ruidosamente.

—Y tú…

—¡Ah, Jake! —exclama Carmen apareciendo en la tienda. Tengo tu pedido, te lo traigo enseguida.

La patrona vuelve a salir por donde ha entrado, con la misma energía.

—Aquí no corres el riesgo de aburrirte —me asegura el sheriff.

—Ya me he dado cuenta.

Shawn pasa por delante como si yo no existiera para ir a observar los chicles. Su superior le lanza una mirada enojada.

Carmen regresa con las bolsas del sheriff, quien paga su compra mientras yo acabo de recoger mi desastre. Los dos polis vuelven a pasar por mi lado y Jake se para a saludarme.

—Suerte con esto… y hasta pronto, señorita Morgan.

Su sonrisa me seca la boca. Asiento con la cabeza.

—Buenas tardes, sheriff Wardale.

La puerta se cierra detrás de él y me doy en la frente con una caja de tampones.

«¡Me da que mi vida aquí será un puto desastre!».