Capítulo 2
Muerdo una barrita de cereales un poco blanda mientras vierto agua caliente en mi termo.
«Cuando salga del curro tengo que hacer la compra ya».
Haber elegido trabajar en un colmado va a resultar muy práctico para ahorrar tiempo.
—Estoy harto de estas galletas —refunfuña Cam.
Sentado a la mesa en una de las cuatro sillas desparejadas que tenemos, observa las galletas industriales con la misma desgana que yo. Odio tener que darle este tipo de cosas, aunque sean las menos malas del mercado.
—A partir del próximo fin de semana haremos nuestras propias galletas, ¿de acuerdo?
Asiente con la cabeza y se acaba el vaso de leche. Le limpio el bigote blanco con el pulgar.
—Intenta no comer así en la cantina este mediodía.
—¡Puaj! Seguro que será asqueroso.
—Y evita este tipo de comentarios delante de los demás. No todos son pequeños irlandeses acostumbrados a comer solo comida casera.
Cojo mis cosas, que ya están tiradas por ahí y las meto en mi bolso.
—Dudo que les pase por alto el lado irlandés —se carcajea señalándose el pelo pelirrojo y la cara llena de pecas.
—Ve a por la cartera en lugar de hacerte el gracioso.
—Odio los primeros días de cole. Siempre estás muy estresada.
—¡Estoy estresada porque siempre vas tarde! Me gustaría llegar antes que los otros padres para poder saludar a tu maestra.
—Seguro que es una vieja arrugada—masculla Cam camino de la escalera.
—¡Voy a hacer como si no te hubiera oído!
Subo detrás de él para coger su dossier escolar. Evidentemente lo he tenido que retocar, puesto que hemos cambiado de nombre y que vamos a decir que venimos de Dakota del Norte. Soy una falsificadora muy eficaz, nadie se dará cuenta del engaño.
—¡Espabila, Cam! —grito mientras vuelvo a bajar.
—¡Ya voy!
Me pongo mis viejas deportivas. Un espejo dejado en la entrada por los de la mudanza me muestra que suelo ir más arreglada.
Mis trenzas negras caen sobre los hombros en una gran cantidad, que me encanta, a la vez domada e indómita.
Los vaqueros anchos contienen apenas mis caderas y el top blanco resalta mi piel broceada.
Al contrario que mi hermano, nadie diría que desciendo de irlandeses.
Hurgo en mi bolso buscando mi brillo de labios para conseguir un aspecto más cuidado para en mi primer día.
Los propietarios de la tienda, una pareja de unos cincuenta años aproximadamente, han tenido la amabilidad de contratarme después de una simple entrevista telefónica por lo que debo dar la mejor impresión.
—¡Aquí estoy!
—Chaqueta, zapatos y ¡allá vamos!
Cam me sigue hasta el garaje, en el que tres cajas se baten en duelo. Con los años nos hemos desecho de tantas cosas no esenciales que me rechinan los dientes en cuanto tengo la desgracia de ir a casa de otras personas. Sus habitaciones me parecen sofocantes.
Mi hermano se sube a su bici y yo a la mía. Se pone de pie sobre los pedales, lo que me recuerda que el bólido se le está quedando pequeño.
«Tendré que escrutar los mercados de segunda mano y otros eventos del estilo de la zona».
Cam se adelanta y me apresuro a seguir su ritmo.
Antes de mudarnos, insistí para que conociéramos las calles más importantes, como las que llevan a la escuela, a la autopista o a la comisaría.
No es que los humanos vayan a ser de mucha utilidad en caso de ataque sobrenatural, pero algunas amenazas sí se pueden detener con una bala en la cabeza.
Simple y eficaz. Lo que más me gusta.
En solo cinco minutos llegamos a la escuela de Cam, que de momento está desierta.
El edificio es grande, claro y acristalado.
Tiene un terreno de deportes y tanto espacio verde como para no saber cómo usarlo todo.
Un poco apartado del centro, es un entorno ideal para el desarrollo de los niños.
Desprende un aura acogedora que aprecio enseguida.
Inspiro profundamente para calmar mi corazón en pánico al ver a mi hermano atando su bici. La angustia de la separación regresa a pasos agigantados.
Una vez he atado mi bici, le cojo la cara con las manos. Casi no necesito bajar la cabeza para mirarle directamente a los ojos.
—¿Cuáles son las reglas ?
—Prudencia, discreción y compasión.
Un druida no deja de ser un druida incluso aunque esté a la fuga.
—¿Cómo te llamas?
—Cameron Morgan. Y odio que se burlen de esta maldita asociación.
Hago una mueca. Ya hemos usado casi todos los apellidos irlandeses más comunes.
—¿De dónde venimos?
—De Dakota del Norte
—¿Con quién vives?
—Con mi hermana mayor, que es mi tutora. Mis padres murieron en un accidente de coche.
—Muy bien.
Es imposible pretender que llevamos exactamente la misma sangre teniendo en cuenta que yo soy mestiza y él blanco como una aspirina. A la gente le suele costar creer que somos medio hermanos. Le abrazo contra mi pecho en un gesto que no me dejaría hacer si hubiera gente alrededor.
Instintivamente, le aparto el pelo rojizo de detrás de la oreja derecha.
Allí, sobre su piel clara, se extiende el tatuaje blanco que nos esconde desde hace siete largos años.
Un sigil, potente símbolo druida fijado sobre nuestra piel por Joëlle, la mejor amiga bruja de nuestra madre.
Rozo suavemente el entrelazado para tranquilizarme.
—No cometeré errores.
—Lo sé, Camcam.
Me saca la lengua.
Nos dirigimos a la entrada del edificio donde aparece una señora de edad avanzada. Moño estricto, traje chaqueta, con los labios apretados, parece incapaz de reír.
—¡Llegáis muy pronto!
La exclamación tiene un ligero matiz a reproche.
—Buenos días, señora. Usted debe de ser la directora ¿verdad? Me presento: Aileen Morgan, la hermana y tutora de Cameron—, le digo mientras le tiendo la mano—. Como es su primer día, nos hemos permitido venir un poco antes.
Su expresión se suaviza inmediatamente y me gratifica con un apretón firme. He visto a menudo que una cortesía exagerada relaja a las personas como ella.
—¡Ah, sí, claro, el chico nuevo! Encantada de recibiros en la escuela Red Creek. Venid, os llevaré junto a la profesora.
La seguimos para entrar en un pasillo con las paredes cubiertas de casilleros.
Una imagen clásica que me provoca un nudo en la garganta.
Cada vez que acompaño a Cameron a un nuevo colegio me recuerda que tuve que dejar el instituto a los dieciséis años para ocuparme de nuestro hogar.
No es que estuviera destinada a grandes estudios: el druidismo es muy absorbente.
Sin embargo, no he olvidado la despreocupación que acompañaba esa época mucho más simple.
—Tenga, me he permitido traerle su dosier escolar.
—¡Oh! —responde mientras lo coge—. Normalmente es el establecimiento quien nos lo remite.
—Como vivíamos en otro estado, me aconsejaron que lo trajera yo misma.
—De acuerdo, lo voy a guardar. Hemos llegado, esta es la sala de la señorita Brown.
La directora golpea un par de veces la puerta pintada de azul antes de abrirla.
—Tina, su nuevo alumno ha llegado con su hermana. Les dejo con usted.
—Muy bien, gracias —responde una voz dulce.
—Señora Morgan, ha sido un placer.
—Lo mismo digo.
La institutriz aparece en el marco de la puerta. Pelo castaño suelto, rostro en forma de corazón y vestido de flores, parece recién salida de una película.
—Buenos días.
—Buenos días, me llamo Aileen. Encantada.
Nos damos la mano, un gesto que me da la sensación de ser más adulta de lo que soy en realidad.
—Y tú debes de ser Cameron, supongo.
—Sí.
Le doy un ligero codazo para animarle a mostrarse más amable.
—No pasa nada —me sonríe la maestra—. El primer día siempre impresiona. Ya verás, todo irá bien. Si quieres, puedes entrar a ver la clase y así te familiarizas con ella y luego iremos al patio para la ceremonia de la bandera.
Saco mi móvil para mirar la hora. El timbre tendría que sonar dentro de menos de diez minutos y yo tengo que presentarme en el trabajo.
—En este caso, os dejo. Que tengas un buen día, cariño.
—Tú también.
—Hasta pronto —saludo a la señorita Brown antes de salir.
Avanzo a grandes pasos por los pasillos mientras hago la lista de todo lo que tengo que comprar para llenar nuestra cocina vacía. Eso sin hablar de las tareas de la casa, el reconocimiento de la ciudad…
Abro las puertas y respiro una bocanada de aire fresco. No estoy hecha para estar en el interior de edificios tan grandes llenos de hierro y objetos electrónicos.
El aparcamiento se ha llenado bastante desde nuestra llegada. Algunos niños llegan solos o simplemente los dejan en la entrada. A otros en cambio los acompañan.
Bajo rápidamente los primeros escalones de la entrada al edificio. A mi izquierda, tres adolescentes se cuentan sus vacaciones.
Un pequeño escalofrío me sube por el brazo. Estiro los dedos y dejo la mente en blanco.
«No es la morena, ni la alta… la rubia.
Polimórfica.
¿Qué coño hace aquí una polimórfica?».
Evito con cuidado la mirada de la adolescente y pienso en las armas que llevo encima. Piedras y plantas diversas en el bolso, y mi pequeño puñal escondido en el zapato.
«No puede ser que esté sola. Los polimórficos viven en manada».
Me sudan las manos. Intento centrarme en mi bici a la que me acerco lo más rápido posible, pero no puedo abstraerme de lo que me rodea.
«Ahí, a la izquierda, el niño… polimórfico.»
«Elegí este maldito pueblo para estar tranquila…»
«Respira. Solo son polimórficos. Si no llamas la atención, jamás sabrán qué eres».
Llegada junto a mi bici, las manos me tiemblan tanto que se me caen las llaves del candado. Me agacho a recogerlas.
La mirada se me va a un gran 4x4. Del lado del pasajero sale una niña de la edad de Cam. Esbelta, su pelo castaño está atado en dos trenzas a cada lado de su cara y realzan unas mejillas marcadas por su origen amerindio. Dos pícaros ojos azules brillan con un destello inquebrantable.
«Licano.»
«¡Mierda!»
Recojo las llaves y las meto en el candado antes de quedarme petrificada.
«Cam estará rodeado de sobrenaturales…»
Esta idea me inquieta, pero tengo que asirme a la lógica.
Mi hermano es lo bastante listo y está entrenado para no revelar qué es.
En cuanto a los sobrenaturales, están sujetos a leyes entre las que la primera es no herir a los humanos.
No representan un peligro real, si no tenemos en cuenta sus capacidades fuera de lo normal.
La puerta del conductor se abre y solo veo la parte trasera del cráneo de un hombre alto. Sin embargo, el aura fenomenal que desprende a su alrededor es una evidencia.
«Alfa».
Y no de los menores. He conocido a bastantes Alfas, tanto polimórficos como lícanos, como para saber distinguir su poder.
El hombre lobo se acerca la niña y la abraza. Su tono de bronce realza su mirada negra intensa, totalmente opuesta al afecto que le muestra. A pesar de la dureza que deprenden sus rasgos brutos, no debe de tener más de treinta y cinco años, lo que resulta bastante perturbador.
«Padre e hija».
Me sacudo para salir del trance y me doy cuenta de que les rodean otros lobos. Niños de todas las edades, con algunos adultos que los acompañan en ese día de vuelta al cole.
«La manada debe de ser consistente».
Lo contrario sería sorprendente, con un Alfa con tanto poder.
«Aquí hay lícanos y polimórficos. ¿Tal vez también brujas?».
Escaneo la muchedumbre, sin llegar a ninguna conclusión. Lo que no significa nada: muchas brujas educan a sus hijos en casa. En especial a una edad tan temprana, cuando su control sobre la magia suele ser irregular.
«Black River Falls está lleno de sobrenaturales”.
Me siento en el sillín de la bici, dividida entre la necesidad de proteger a Cam y el sentido común.
«Respira. Piensa».
A mi alrededor, los niños ríen y corren a abrazarse. Los sobrenaturales se mezclan con los otros, sin dejar ver ni un atisbo de su naturaleza.
«Si están integrados en el municipio, respetan a los humanos. Así que Cameron no está en peligro».
«Si le voy a buscar llamaré la atención. Y es lo último que quiero».
Algunos niños me observan y debo de tener pinta de haber visto un fantasma.
«Si hay brujas… ¿Me han influenciado para que vengamos aquí?».
Instintivamente, acaricio el sigil tatuado detrás de mi oreja, espejo del de mi hermano.
El símbolo lo inventaron nuestra madre y su amiga bruja, y contiene el emblema de los O’Reilly.
El tatuaje está ahí para protegerme de este tipo de amenaza mágica, y también para esconderme.
Sé que funciona, lo noto. También sé reconocer un sortilegio potente cuando me enfrento a él y habría sido necesaria mucha fuerza mental para obligarme a venir aquí.
Así que puedo concluir de forma apropiada que no he sido embrujada.
«¿Por qué he sido atraída por resta ciudad? Yo que intento mantenerme al margen de la comunidad sobrenatural…».
De momento dejo la pregunta en suspenso.
Las energías que me rodean son lo suficientemente tranquilas y benevolentes como para obligarme a empezar a pedalear. No tienen motivo alguno para tomarla contra mi hermano y él sabe cómo comportarse. Rodeo el máximo de lícanos y polimórficos para dirigirme hacia mi nuevo trabajo.
Que haya dejado a Cam en el cole hoy no significa que nos vayamos a quedar en esta ciudad. No puedo arriesgarme a que los sobrenaturales descubran qué somos… ni quién somos.