Aileen O’Reilly Capítulo 1
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Aileen O’Reilly

Aileen O’Reilly

Por Eulalie Lombard

© inepub.com

Capítulo 1

« Bienvenidos a Black River Falls».

Diecisiete malditas horas de carretera.

Es lo que nos habrá costado llegar a nuestro nuevo hogar. Que las hayamos repartido en tres días no reduce en nada mi fatiga, sobre todo porque todavía me queda mucho que hacer antes de descansar.

Sentado con las piernas cruzadas en el asiento del copiloto, Cam observa en silencio el pueblo en el que me fijé hace dos meses. Perdido en Wisconsin, rodeado de bosques y campos, cerca de una autopista interestatal y con apenas cuatro mil habitantes, es el lugar perfecto para nosotros.

—Es bastante bonito —comenta mi hermano inesperadamente.

—Si, no está mal.

Dejamos atrás las callejuelas del centro, con sus dos parques y algunos edificios antiguos. No intento ver dónde está la tienda de comestibles en la que empiezo a trabajar mañana, no es mi prioridad. Seguimos rumbo al norte, abandonando el centro hacia barrios menos populares.

En una calle sin salida, el camión de mudanza nos espera frente a la última casa. Pequeña, con tejas rojizas, es exactamente como en el anuncio.

Aparco detrás del furgón y Cameron sale del coche de un salto. Enseguida, una brisa ligera le alborota la melena pelirroja. Ha vuelto a crecer estos últimos meses, lo que me recuerda que su décimo aniversario se acerca a pasos agigantados.

—¡Aquí hay buena energía!

Estoy de acuerdo con él al cien por cien. Su entusiasmo me tranquiliza.

Cuando le anuncié que nos íbamos de Wyoming, no se lo tomó bien, al contrario. Pero en su caso, la cólera y tristeza siempre acaban en alegría ya que parece incapaz de sentir rencor.

Lo que me hace quererle aún más.

—Ah, señora Morgan, ¡buenos días! —me saluda uno de los dos transportistas al llegar a la casa—. El señor Smith, su casero nos acaba de abrir.

Una valla blanca delimita el terreno por delante, con un caminito de gravilla adorable. La puerta se abre dando paso al otro transportista, todavía más imponente que el primero, y un viejo enclenque, con brazos flacos y el pelo blanco que nos gratifica con una sonrisa inesperadamente traviesa.

—La señora Morgan, ¿supongo?

—Exacto —me fuerzo a sonreír mientras pienso que odio este nuevo apellido—. Encantada de conocerle.

Estrecho la mano que me tiende. Mi cuerpo entero está dolorido tras tres días de coche y el trabajo que nos queda para instalarnos no parece que vaya a ser ligero.

Una vez el señor Smith nos ha entregado las llaves y se ha ido, Cam y yo seguimos a los trasportistas para darles instrucciones y sacar nuestras cosas.

Con los muebles grandes acabamos enseguida.

Solo tenemos una cama individual para la habitación de mi hermano; yo me conformo con el sofá-cama del salón.

La cocina es espaciosa, con muchos armarios, y da a una pequeña bodega que me va a venir muy bien.

—¿Qué hacemos con las plantas? —pregunta uno de los transportistas.

Cuando le veo con mi romneya sobre la cadera y mi bonsái en el otro brazo me muerdo la lengua para no gritarle que sea más cuidadoso.

A las plantas no les gusta el trato brusco y los humanos olvidan a menudo que son seres vivos en su totalidad.

Que no se puedan desplazar no significa que no puedan sentir.

—Todas en el jardín de atrás, gracias.

Igual de inquieto por nuestras plantas que yo, Cameron sube conmigo al camión para sacar las otras. Por desgracia, no pude llevarme todas las que formaban nuestro jardín en Wyoming, solo las más resistentes. Sin embargo, me llevé semillas de las otras para replantarlas aquí.

—¿Todo bien?

El grandullón me tiende los papeles sin ninguna delicadeza.

Los pobres acaban de atravesar dos estados; no puedo imaginar hasta qué punto este trabajo debe de ser complicado.

Firmo los documentos y añado dos billetes de veinte dólares.

El único agradecimiento que recibo es un levantamiento de ceja irritado.

«No me sobra el dinero, cabrón» —pienso.

Inspiro profundamente para tragarme la ira. Los sentimientos negativos no sirven de nada. Que me juzgue si quiere, no sabe nada de mí, ni de los desafíos que he tenido que superar.

No sabe que me dejo la espalda desde los dieciséis para alimentarnos, a mi hermano y a mí, y que cada dólar cuenta.

Una vez los transportistas se han ido, por fin estamos solos. Cam abre la nevera y saca unos bocadillos, mientras yo subo las escaleras de dos en dos.

Encontrar mi caja de hierro es fácil puesto que cubrí el embalaje con puntos de exclamación. En el interior descansan varios fragmentos de obsidiana negra. Un potente efluvio navega hasta mí.

«Nunca te lo agradeceré lo bastante, Rebeca».

Mi mejor amiga nos regaló estas piedras embrujadas hace tres años, cuando nos fuimos de Alabama.

Me tomo tiempo para calmar mi respiración y anclarme a esta casa en la que ya me siento bien antes de repartirlas cerca de las entradas.

Puertas y ventanas no escaparán, ofreciéndonos así una protección indispensable.

El almuerzo me espera en silencio en la mesa y lo devoro con la sensación de no haber comido en quince días.

—¿Por dónde quieres empezar? ¿Tu habitación? —pregunto entre dos bocados.

—¡Total! ¿Puedo poner pósteres?

—Pon lo que quieras.

El estómago lleno, estoy en el piso de arriba. El cuarto de baño pronto está listo con nuestros pocos productos y toallas limpias. Sé que debería fregarlo todo, pero no me apetece nada y además todo parece muy limpio.

En la segunda habitación hemos apilado nuestras cosas. Busco mi ropa entre ellas y la guardo en el gran armario que ocupa una pared entera. Añado la ropa de invierno de Cam, lo que me obliga a jugar al Tetris para que quepa todo.

«Bien. Hecho. Ahora».

El pequeño escritorio colocado junto a la pared se llena de mis papeles oficiales. Los documentos que tenían un apellido distinto al de Morgan están destruidos o guardados en sitio seguro.

Cam me ayuda a mover la librería para que no le lleguen los rayos del sol, puesto que pueden deteriorar los libros, en especial los más antiguos.

Luego me ayuda a desembalarlos, la mayoría de los cuales tienen varios siglos.

Se sabe de memoria la forma en que ordeno estas cosas por lo que no necesito darle ninguna indicación.

Cam y yo somos un equipo bien engrasado al que nada detiene.

Al cabo de un rato, cachivaches, cajas, piedras, libros y utensilios han encontrado su nuevo lugar.

—¿Te ocupas tú de la planta baja y yo del jardín?

—¡Vale!

Mi hermano me choca la mano y baja corriendo las escaleras como de costumbre.

No me sorprende que la mitad del jardín esté invadida por las malas hierbas. La parte derecha parece haber sido un huerto en algún momento. A la izquierda, un círculo sin hierba indica el sitio de una vieja cama elástica.

La pequeña cerca blanca también recorre este lado de la casa, un cliché perfecto. Al fondo, la interrumpe una portezuela que se abre al bosque.

En la esquina del fondo a la derecha, un roble magnífico se arremolina hacia el cielo. Me acerco para acariciar su corteza, todo mi ser atraído por su vitalidad y su sabia.

La druidesa que hay en mí no puede ignorar el poder de este árbol ni su simbolismo. Sabiduría, fuerza e inmortalidad. Inspiro su olor, mezclado con el de la tierra húmeda y el de este pequeño rincón de Winsconsin.

«¿Eres tú quien me ha atraído hasta aquí...?».

Elegir dónde mudarse cuando uno teme por su vida no es una decisión que se pueda tomar a la ligera.

Comparé muchas ciudades de Winsconsin antes de decidirme.

Y, sin embargo, en el momento en que descubrí Black River Falls me sentí atraída por este lugar.

Lo pensé durante varios días, por miedo a tomar una mala decisión.

En cualquier caso, he aprendido a fiarme de mis sensaciones.

«Si escuchas al mundo, oirás».

La voz de mi madre parece flotar a mi alrededor, dulce, contemplativa.

El sol ha pasado el cénit hace ya un par de horas y no me puedo permitir perder el tiempo.

Sin demora, me pongo a arrancar las malas hierbas.

Me encanta descubrir manzanilla salvaje, que dejo con gusto allí mismo.

Remuevo la tierra que pienso utilizar y añado un fertilizante casero, mezcla de ortiga y consuelda.

Hoy ya no puedo hacer nada más, hasta que la tierra esté lista para acoger mis plantas y semillas. Riego las primeras y me aseguro de que no les falte de nada, antes de volver a un salón decorado y limpio. Sentado en el sofá, Cam dibuja su sonrisa más angélica, que destaca sus grandes ojos verdes.

Ojos que hemos heredado de nuestra madre, herencia de los O’Reilly.

Una herencia que amo y odio en igual medida.

—Oye…

Su aspecto conspirador me resulta familiar.

—¿Sí ?

—La nevera está vacía…

Me muerdo el interior de la mejilla y calculo rápidamente el dinero en efectivo que nos queda. Si todo va bien, pronto tendré un sueldo.

—Además, mañana es la vuelta al cole —continúa mi hermano pequeño, seguro de su victoria—. Nos merecemos una buena cena.

—¿Y qué entiendes tú por buena cena?

—Pues… ¿pizzas?

—Mmm… de acuerdo.

Se levanta de un salto para coger mi móvil de la mesa.

Más ágil que yo con la tecnología, encuentra la pizzería más cercana y llama para hacer el pedido.

Mientras las preparan, ponemos música para limpiar la cocina canturreando y luego cogemos nuestro pobre coche, que está para el desguace, y vamos a por la cena.

En cuanto regresamos iniciamos nuestra rutina favorita: yo despliego el sofá y hago la cama.

Cam prepara los platos y enciende mi viejo ordenador para poner una película.

Nos tumbamos sobre las almohadas para ver los dibujos animados que ha elegido y nos atiborrarnos hasta que nos duele el estómago.

Los títulos de crédito resuenan en el salón y cierro suavemente el ordenador. Cam se pone de lado suspirando. En la penumbra, no distingo sus rasgos, pero siento su inquietud flotando en el aire.

—Todo irá bien mañana.

El sofá-cama se mueve cuando se encoge de hombros.

—El colegio parece muy bueno y estoy segura de que harás muchos amigos.

—No sé.

—¿El qué?

—Si quiero hacer amigos.

—¿Por qué no ibas a querer?

—Porque dentro de un año les tendré que decir adiós.

Tiene la voz llorosa. Aprieto los párpados para evitar llorar yo también.

—Lo siento, Cam. Mudarnos con regularidad es lo más prudente.

—Lo sé. Pero cuesta mucho decir adiós a los amigos.

Un simple «hasta pronto» no es posible, puesto que Cam y yo desaparecemos de nuestras vidas anteriores. Cambio de número de teléfono, sin redes sociales… Nadie debe poder encontrarnos.

Le cojo la mano y la aprieto suavemente. A poco de cumplir diez años, sus dedos ya son casi tan largos como los míos y no puedo evitar recordar la época en la que se agarraba a mí para andar.

La época en que mamá estaba con nosotros.

—Eso no significa que no debas hacer amigos. El año se te hará muy largo si estás solo. Además, seguramente serás la estrella aquí, no deben de estar acostumbrados a los nuevos. No estaría bien, privarles de tu compañía.

Su pequeña sonrisa no deshace el nudo de mi garganta.

—Espero que sean simpáticos.

—Seguro que sí. Venga, trata de dormir. Yo estaré cerca.