Ahora eres de la familia (La familia 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Olvidando por un momento que mis propias manos estaban atadas a la cama, intenté abalanzarme hacia delante, desesperado por alcanzar el teléfono de prepago que Katrina blandía frente a mí.

—Por favor, Katrina —supliqué, mientras volvía a tumbarme desconsolado.

Ella pulsó las teclas, fingiendo que enviaba un mensaje, tarareando mientras lo hacía. Decidí que mi mejor baza sería seguirle la corriente.

—¿A quién se lo envías?

—A padre —dijo ella, sin apartar los ojos del teléfono.

—¿Y qué le dices?

Hizo una pausa antes de contestar.

—Que le echo de menos.

El rostro de Katrina decayó y su semblante cambió drásticamente. Parecía sumida en la tristeza. Me incorporé apoyándome en un codo.

—¿Sabes qué le haría sentirse muy orgulloso, Katrina?

Por fin me miró, mostrando al menos señales de interés.

—Si ayudaras a atrapar a quienquiera que hiciese daño a tu padre, se sentiría muy orgulloso de su pequeña.

—Ajá, ajá —dijo ella, toqueteando el teléfono de nuevo.

—¿Y sabes cómo puedes ayudar, Katrina?

—No.

—Pues escucha. Si me pasas el teléfono, puedo hacer unas llamadas. Luego, entre los dos, podremos averiguar quién le hizo daño. ¿Te parece bien?

—Mmm.

Ay, Dios mío, dame fuerzas.

Ella siguió tecleando y yo volví a tumbarme, exasperado por intentar comunicarme con ella.

En algún lugar del piso de abajo se cerró una puerta de un portazo.

Oí pasos. Miré a Katrina; estaba en su propio mundo, con la vista clavada en el teléfono, aparentemente ajena al ruido de abajo.

Cerré los ojos, suspirando profundamente, y esperé a que los pasos iniciaran el ascenso por la escalera.

—Pero si estás atado —rió Katrina entre dientes—. No llegas a los botones.

Volví a incorporarme, sabiendo que cualquier ventana de lucidez era muy efímera tratándose de Katrina.

—Pero puedo llegar si alguien me da el teléfono. Es como magia.

Sabía que Katrina no tendría la fuerza, ni la capacidad de atención, para desatar las ligaduras que me sujetaban a los postes de la cama.

—¿Me lo das, por favor, Katrina? Serías como una detective de la policía.

Ella soltó una risita, tapándose la boca con la mano libre.

A medida que los pasos se hacían más fuertes, Katrina dejó por fin de toquetear la pantalla. Miró hacia la puerta y luego volvió a mirarme a mí.

Vamos, vamos.

Con miedo a sobresaltarla, me quedé quieto, mirándola con ojos suplicantes.

Los escalones crujieron cuando llegaron al rellano. Quienquiera que fuese, estaba a escasos segundos.

Por favor, Katrina, por favor.

Ella volvió a asomarse a la puerta. Los pasos casi nos habían alcanzado.

Dame el puto teléfono.

Katrina dio un paso hacia mí. Levantó mi almohada y escondió el teléfono debajo. Dejé caer la cabeza contra ella, soltando el aire de golpe, con el pulso martilleando tan fuerte que juraría que podían oírlo. La puerta se abrió un instante después.

—Katrina. ¿Qué demonios haces aquí dentro?

Era Tracy. Parecía escéptica, observándonos a los dos.

Hablé con voz pastosa, fingiendo un cansancio que me había abandonado momentáneamente.

Mi corazón se aceleró cuando Tracy se acercó con un vaso de agua y dos pastillas blancas enormes.

Recordé que Amelia había dicho que reducirían la dosis esa noche y a la mañana siguiente, antes de la visita de mi abogado.

—Solo me estaba preguntando cómo me encontraba, Tracy. Nada más.

Aunque Tracy no parecía convencida, la combinación de mi actuación y el hecho de que Katrina se hubiera retraído a su estado infantil debieron de hacerle creer, a medias, que podía estar diciendo la verdad.

—Vale, pero márchate ya, cariño. No deberías molestar a Matthew Walker. No está bien y necesita descansar.

Katrina se alejó, siguiendo las instrucciones de su madre. La vimos marcharse. Pero justo cuando llegó a la puerta, se volvió hacia Tracy.

—Madre.

—Sí, cariño.

—Voy a ser detective de la policía.

La oí reírse entre dientes mientras se alejaba dando saltitos por el rellano. Tracy me lanzó una mirada. Yo me encogí de hombros.

Al incorporarme, Tracy me sujetó la nuca y empezó a meterme las dos pastillas en la boca.

—De una en una, por favor, Tracy. Son casi tan grandes como mi cabeza. No querrá que me atragante, ¿verdad?

Ella chasqueó la lengua pero hizo lo que le pedí.

En cuanto me metió la primera pastilla, la empujé rápidamente hacia el hueco de mis molares traseros; tal como hacía hace tantos años cuando fingía tomarme las pastillas que me daba mi madre.

Tracy vertió un poco de agua y yo exageré un gran trago.

Pensé que me había pasado con la actuación mientras ella me estudiaba inescrutablemente.

Las pastillas eran tan grandes que no tuve más remedio que tragarme la segunda. Al menos solo me había tomado una, y supuestamente era menos de mi dosis habitual. Sin duda seguiría adormilado, pero ni de lejos tan mal como con el mazazo habitual.

En cuanto Tracy se marchó, levanté las sábanas con las rodillas, recuperé la pastilla con la lengua y la escupí bajo las mantas. Alcancé la pastilla con el pie y la empujé hasta los pies de la cama.

A la mañana siguiente me desperté más despejado de lo que me había sentido desde que me encerraron. Amelia entró con una bandeja en equilibrio. De repente necesité ir al servicio.

—Esto, Amelia. ¿Cómo he estado yendo al baño, ya sabe, si he estado atado?

Me miró con curiosidad, quizá perturbada por lo alerta que estaba. Me maldije a mí mismo.

—Le han puesto una sonda. Tracy es muy hábil. Además, ha comido muy poco, así que no ha hecho gran cosa.

Levantando las sábanas con las rodillas, no pude ver nada.

—Ah, la quitó ayer, antes de que yo entrara en la habitación a verle. Dijo que estaba muy aturdido. Son las nueve, así que tenemos que desatarle de todos modos.

Graham entró sin decir palabra, sin siquiera mirarme. Se dirigió al cabecero de la cama, me agarró la muñeca y tiró de ella hacia el poste. Me quedé rígido, aterrorizado por si encontraba el teléfono bajo mi almohada.

Con destreza practicada, aflojó el nudo y luego dio la vuelta a la cama para hacer lo mismo en el otro lado. Cuando terminó, recogió la cuerda y se cernió sobre mí.

—No la cagues hoy, joder. —Luego sonrió—. No lo harás, ¿verdad?

Se marchó tan bruscamente como había llegado. Flexioné los dedos y moví las muñecas para que la sangre volviera a circular libremente. Un hormigueo la siguió de cerca antes de que los brazos se me quedaran entumecidos. En ningún momento levanté la cabeza de la almohada.

—Parece que está muy despierto —dijo Amelia, estudiándome—. Quizá necesite otra pastilla.

—Me siento como la mierda —grazné—. No se preocupe, colaboraré.

Apoyó la bandeja en mi regazo. Contenía una taza de café y un huevo pasado por agua.

Le quitó la parte superior con un cuchillo y me dio una cucharilla para comerlo.

En cuanto alargó la mano por detrás para ayudarme a incorporarme, le solté bruscamente que podía apañármelas solo.

Podría haberme dado patadas por parecer tan animado, pero afortunadamente ella sonrió, sin duda pensando que estaría lleno de ira hacia ella y su familia.

Cuando terminé de comer, me ayudó a ir al baño.

Empujé la almohada hacia abajo mientras salía lentamente de la cama.

Amelia no me quitó los ojos de encima e incluso me observó mientras iba al váter antes de ayudarme a entrar en la ducha.

El agua hirviendo me dio una sacudida de energía, pero sabía que tenía que mantener la farsa de que me sentía fatal.

Una vez vestido con una camiseta y unos pantalones cortos limpios, me metí con cuidado de nuevo en la cama. Amelia finalmente cruzó la habitación hacia la puerta.

—Esto, Amelia.

Ella chasqueó la lengua.

—¿Sí? ¿Qué pasa? Tiene que descansar.

—Me preguntaba si podría traerme la cartera y el pasaporte. Estoy seguro de que el abogado necesitará mi identificación, y quiero asegurarme de que todo esté en orden antes de que llegue.

Amelia me miró con desdén. Todo debía ser bajo sus condiciones, no las mías. Pero sabía que yo podía tener razón: no habían sopesado ese escenario. Al menos había ganado unos segundos a solas. Lo que estaba a punto de hacer era una apuesta arriesgada, pero para entonces, no tenía otra opción.

Los golpes en la puerta principal señalaron que debían de ser las diez y que el abogado había llegado.

Después de traerme la cartera, Amelia me había dado las últimas instrucciones.

Debía sentarme erguido en la cama y hablar solo cuando me hablaran.

Me dijo que actuara como si estuviera enfermo; le preocupaba que no pareciera tan mal como debería.

Tracy vino a verme poco después. Confirmó que dos pastillas deberían haberme dejado mucho más aturdido y me obligó a tomar otra para «ralentizarme».

De nuevo, la empujé al espacio entre mis muelas traseras antes de escupirla en cuanto se marchó.

—Mr Walker. Siento mucho molestarle cuando se siente tan mal.

Amelia me presentó a Victor Thorpe, mi abogado. Toda la familia —excepto Katrina— estaba detrás de él al pie de la cama. Ninguno de ellos apartaba la vista, siguiendo cada uno de mis movimientos. Puse mi mejor voz de enfermo.

—No pasa nada. Me siento agotado, pero solo necesito que esto se termine.

Los cuatro se miraron nerviosos entre sí.

Victor Thorpe repasó las formalidades. Al menos me pidió el documento de identidad, así que después de todo sí necesité la cartera y el pasaporte.

Le dediqué a Amelia una sonrisa sarcástica.

Ella no me la devolvió. Al cabo de un rato, Graham preguntó impaciente si tardaría mucho más.

Victor Thorpe le lanzó una mirada, así que Tracy se adelantó y explicó que era solo porque yo estaba muy cansado y que Graham estaba preocupado por mi salud.

Sí, claro.

Melissa no pudo evitar un jadeo cuando Victor Thorpe confirmó que las setecientas veinte mil libras deberían estar en mi cuenta en cuestión de días. Vi que Graham le apretaba el hombro a su suegra. Estaban a punto de estallar de alegría.

Una vez concluidas sus gestiones, Graham, Tracy y Melissa lo acompañaron a la salida, mientras Amelia se quedaba atrás.

Pero no hablamos. Unos momentos después, Tracy regresó con Graham, quien sacó las cuerdas de sus bolsillos y volvió a sujetar mis muñecas en las correas antes de atarme de nuevo.

Le supliqué que no las apretara tanto. Él lanzó a Amelia una mirada interrogante antes de que ella mirara a Tracy, y ambas asintieron al unísono.

—Supongo que no hace falta que estén tan apretadas, Graham —dijo Tracy—. Deja algo de holgura en la cuerda para que al menos pueda mover los brazos. No se va a ir a ninguna parte.

Él sonrió maliciosamente mientras me ataba las muñecas de nuevo.

La familia parecía satisfecha ahora; las últimas piezas de su retorcido rompecabezas estaban encajando.

Hundí la cabeza contra la almohada, inmóvil.

En cuanto salieron, Graham le murmuró algo a Amelia. Sus risas resonaron por el pasillo.

Tracy sacó cuatro pastillas de un recipiente, que miré con los ojos como platos.

Me metió una en la boca e inmediatamente la alojé entre mis muelas traseras.

Mientras se agachaba para coger el agua, tosí y dejé que la pastilla cayera sobre la cama.

Por suerte, aterrizó junto a mi cadera y cambié de posición para cubrirla.

Tracy no se dio cuenta mientras me ofrecía un sorbo de agua.

La segunda tuve que tragármela. Pero después de que me metiera la tercera, volví a alojarla antes de beber más agua y fingir que tragaba.

Mantuve la cuarta bajo la lengua hasta que se marchó.

Di una bocanada de aire, encogí las rodillas y escupí ambas pastillas bajo las sábanas.

Me quedé quieto unos minutos, escuchando atentamente hasta que oí el débil sonido de una charla en el piso de abajo.

En cuanto hube distinguido la voz de cada persona, empecé a mover las manos de un lado a otro.

Graham, en efecto, había seguido las instrucciones de Amelia y me había dejado más holgura con las ataduras.

Me proporcionaba suficiente maniobrabilidad para llegar debajo de la almohada.

Lo primero que encontré fue el teléfono. Había temido que Tracy quisiera colocarme las almohadas, pero afortunadamente me había dejado descansar, confiada tras haberme suministrado cuatro pastillas enormes. Al empuñar el teléfono, una oleada de alivio me invadió.

A continuación, repetí la acción con la otra mano. Pero esta vez, buscaba algo más.