Capítulo 32
Echando la vista atrás, estoy seguro de que aquel fue el momento en que supe que mi matrimonio con Amelia se había acabado.
Nunca nos mudaríamos juntos a nuestra casa de ensueño.
A sus ojos, yo no había seguido las reglas.
No había aceptado las costumbres de la familia.
Cuestionaban todo lo que hacía, susurraban a mis espaldas, escudriñaban cada uno de mis movimientos.
Y, sin embargo, algo me impidió marcharme en ese mismo instante.
Aunque hubiera subido las escaleras, hecho la maleta y me hubiera ido, sabía que no lo habrían tolerado; puede que ni siquiera lo hubieran permitido.
Estaba demasiado enredado con la familia Reid, demasiado inmerso en cualquier juego que estuvieran jugando.
Pero había algo más. Aunque me hubieran dejado marchar, algún instinto enterrado, alguna curiosidad punzante, no me habría dejado irme.
Admití que había estado en el bosque. Les dije que había empezado en el pueblo, que había vuelto caminando hacia la casa y que luego decidí ir más allá.
Me la jugué a que Katrina les hubiera dicho que me había visto allí, pero no que ella me había guiado.
Los tres intercambiaron miradas, sopesando mis palabras, decidiendo en silencio si mi versión de los hechos se sostenía.
Finalmente, parecieron calmarse, o quizá simplemente no estaban dispuestos a desafiarme abiertamente.
Aquella noche cenamos en silencio. Katrina no estaba a la mesa. Nadie explicó por qué, y yo sabía perfectamente que era mejor no preguntar. También me resistí a interrogar a Graham sobre dónde había estado los dos últimos días; presionarlo solo crearía más fricción.
Amelia y yo estábamos a la deriva. Ella hablaba del trabajo; yo la escuchaba, a duras penas.
No mencionamos la casa. No llamamos al abogado.
No insistimos para que las cosas volvieran a ponerse en marcha.
Era un pacto tácito, un silencio amistoso.
Si no hablábamos de ello, quizá todo desaparecería sin más.
Hacía semanas que no teníamos intimidad.
Incluso nuestros besos de buenas noches se habían vuelto tensos y rutinarios; nada más que un rápido roce antes de darnos la vuelta, de espaldas el uno al otro.
Había tantas preguntas que quería hacerle...
¿Sabía ella a dónde se escapaba Graham constantemente?
¿Había visto los correos electrónicos en el trabajo?
¿Se daba cuenta de que Katrina podía creer que su padre estaba enterrado en el bosque?
Pero las palabras no salían. Si no podíamos mantener una conversación civilizada sobre el trabajo, ¿qué esperanza teníamos de discutir sobre posibles escenas de un crimen a la puerta de casa?
Para entonces, sabía que mi única opción era Lisa.
La nueva semana en la oficina se hizo eterna. Sugerí llamar para decir que estaba enfermo el lunes por la mañana, fingiendo de nuevo dolor de cabeza, pero Amelia me recordó que tenía algunas reuniones importantes que organizar.
Resultó que Amelia concertó las consultas en mi nombre de todos modos, y durante los días siguientes, o bien me acompañó a las reuniones presenciales o se unió a mí en una sala de reuniones para una videoconferencia.
Ella también inició la mayoría de las charlas mientras yo sentía que mi mente vagaba sin rumbo durante el repetitivo intercambio de palabras.
No fue hasta el final de esa larga semana de conversaciones mundanas cuando por fin volví a ver a Katrina. No se había unido a ninguna de las comidas familiares, ni la había visto sentada a la ventana, algo que hacía todas las noches cuando llegábamos a casa del trabajo.
Por cortesía, le pregunté a Tracy si Katrina estaba bien. Respondió que se había sentido mal y que había estado comiendo en su habitación.
Pero algo no me cuadraba. No había visto ni una sola vez a Tracy subir nada. Seguramente habría apartado algo de comida y la habría subido en una bandeja, ¿no? Y, sin embargo, no había habido nada: ni platos, ni tazas, ni ninguna señal de que Katrina estuviera allí siquiera.
El jueves por la noche, sin embargo, Katrina estaba sentada en su ventana cuando llegamos a casa.
Como de costumbre, sus ojos no se apartaron de mí ni un instante, desde que bajé del coche hasta que desaparecí de su vista por la puerta principal.
Mi enfado inicial porque les hubiera dicho a los demás que yo había estado en el bosque se había disipado pronto, y mi molestia había sido sustituida por la preocupación.
Cuando se unió a nosotros para la cena, tenía un aspecto espantoso.
Su piel había adquirido un tono aún más pálido y sus ojos se habían hundido más en las cuencas.
Grandes ojeras oscuras se extendían desde sus órbitas y unas venas rojas y agrietadas se repartían por los globos oculares.
Tenía los labios agrietados y parecía que podrían abrirse si intentaba sonreír. No pude evitar quedarme mirándola.
Apenas probó bocado. Habían machacado la comida hasta darle una consistencia irreconocible, de papilla para bebés, pero incluso eso parecía demasiado para ella.
Tracy le dijo que tenía que comer, para recuperar fuerzas, pero Katrina solo logró dar unos pocos bocados sin ganas antes de rendirse por completo.
Se quedó sentada, inmóvil, mirando a la nada, como si estuviera en algún lugar mucho más allá de la habitación, perdida en un sitio al que los demás no podíamos llegar.
Después de cenar, dije que necesitaba trabajar en mi habitación. Amelia tranquilizó a los demás explicando que teníamos mucho jaleo en la oficina, así que me dejaron marchar como a un niño obediente. La atmósfera era sofocante, pero de algún modo la familia ejercía un control invisible sobre mí.
Dejé la puerta entreabierta a propósito, sabiendo que Katrina aparecería en cualquier momento. Efectivamente, instantes después, oí sus pesados pasos subir lentamente las escaleras. Parecía que cada peldaño fuera una lucha individual.
Inevitablemente, se detuvo ante la puerta de mi dormitorio. Tenía peor aspecto aún que en la mesa; parecía un espectro, algo fantasmal. No sonrió, solo me miró fijamente.
—Hola, Katrina —murmuré—. He estado preocupado por ti.
Su mirada estaba fija en mí, pero sentí como si estuviera mirando a través de mí, no a mí. Al incorporarme en el asiento, Katrina se sobresaltó y dio un paso atrás. Nunca la había visto así.
—No pasa nada, no voy a hacerte daño. —Sonreí, deseando que confiara en mí—. ¿Dónde has estado?
Finalmente habló. Su voz era muy suave, como un susurro. Me esforcé por oír lo que decía.
—Dormida.
—¿Dormida? ¿Durante tres días?
—Madre me dio mis pastillas especiales. Dijo que me había portado muy mal.
¿Pero qué cojones?
—¿Por qué te has portado mal, Katrina?
El sonido de una puerta abriéndose en la planta de abajo nos hizo sobresaltar a ambos. Katrina hizo amago de irse.
—¿Qué has hecho mal, Katrina?
Ella miró hacia abajo y luego a lo largo del rellano.
Finalmente, sus ojos volvieron a posarse en mí.
Entonces sonrió. Su boca se ensanchó, mostrando sus dientes amarillos y torcidos.
Se le partieron los labios e inmediatamente adquirieron un aspecto rojizo.
Estaban sangrando, pequeñas grietas de piel reseca que se abrían.
Parecía doloroso, pero Katrina no pareció notarlo.
Volvió a hablar, dejándome completamente aterrado.
—Sabía que no te dejarían marchar.
Incapaz de apartar la mirada, me incliné hacia delante en la cama, despacio, con cuidado de no asustarla. Me quedé en silencio, asintiendo levemente para que continuara. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro casi inaudible.
—Dijeron que Amelia y tú no podíais mudaros a vuestra casa nueva.
—¿Quién lo dijo, Katrina?
De la nada, su voz sonó clara. Aunque hablaba a un volumen normal, pareció un grito comparado con el tono apagado de sus balbuceos anteriores.
—Los otros, tontito. Dijeron que tenían que impedir que os mudarais... —Katrina hizo una pausa, como buscando un efecto dramático—... hasta que estén listos.
—¿Listos para qué...?
El sonido de unos pasos abajo me sobresaltó. Miré a Katrina. Ya estaba retrocediendo. Pero aún tenía una última frase de despedida antes de irse.
—Ya no me dejan hablar contigo nunca más.
Tumbado en mi cama, mirando al techo, intenté procesar lo que Katrina acababa de decir.
¿«Pastillas especiales»? ¿De verdad la habían drogado para inducirle el sueño?
Si se había portado tan «mal», entonces debía de haber admitido que me había llevado al bosque, en lugar de limitarse a decir que me había visto allí.
¿Pero les habría hablado también del montículo que parecía una tumba?
Quizá lo hubieran deducido ellos mismos.
Por otra parte, ¿no habrían borrado sus huellas, asegurándose de que no hubiera nada que encontrar?
Tenía que ser una historia a la que Katrina se aferraba para consolarse, o quizá una que la familia le había metido en la cabeza para hacerle creer que su padre estaba enterrado allí.
Pero luego estaba lo otro.
¿Por qué «tenían que impedir que Amelia y yo nos mudáramos a nuestra casa nueva»?
Recordé la noche en que bajé a hurtadillas y los oí.
«¿Cuánto tiempo falta para que nos acepte?
» y «¿Cuánto tiempo pasará hasta que quiera mudarse a una casa nueva?
». ¿Y qué había dicho Graham? «Solo tenemos que aguantar un poco más».
¿Para qué? ¿Qué estaban esperando exactamente?
Y, cuando ocurriera lo que fuera que tuviera que ocurrir, ¿qué pasaría conmigo?
Saltando de la cama, me acerqué sigilosamente a la puerta del dormitorio y la cerré con suavidad.
A continuación, saqué el teléfono prepago del bolsillo de mi sudadera en el armario.
Al principio temí que ni siquiera estuviera allí, pero el alivio estuvo a punto de abrumarme cuando mantuve pulsado el botón de encendido y la pantalla se iluminó. Lisa podía ser mi única aliada ahora.
Mientras pensaba en qué escribir, el teléfono se me adelantó y llegó un mensaje nuevo.
Hola, Matt. Espero que te llegue bien este mensaje. He averiguado el nombre del marido de Tracy. Don lo recordaba. xx
Respondí sin dudarlo.
¿Y bien? ¿Cuál es?
Recorrí la habitación de un lado a otro, mirando la pantallita, instando a Lisa a responder. Solo tuve que esperar unos minutos.
Paciencia, Matt. Se llamaba Ryan Palmer. Ella solía ser Tracy Palmer. Don dice que él se había mudado con la familia. Te cuento más mañana en la oficina. xx
Al oír movimiento abajo, me apresuré a volver al armario. Y mientras mi dedo planeaba sobre el botón de apagado, llegó otro mensaje.
Al parecer, un día se marchó sin más. No se le ha vuelto a ver desde entonces. xx