Capítulo 22
En las semanas que siguieron, me sentí dividido. Aquella noche —toda la familia hablando de mí— me había dejado con una sensación de vulnerabilidad, incluso de precariedad. Las palabras de Graham daban vueltas en mi cabeza: «Solo tenemos que aguantar un poco más». ¿A qué se refería?
Desde el momento en que los conocí, la familia Reid dejó claro que querían que los aceptara.
Pero aquello empezó a parecerse menos a una elección y más a una expectativa.
Vacilaba entre no darle importancia y simplemente esperar hasta que Amelia y yo nos mudáramos a nuestra propia casa, o indagar más a fondo para descubrir si había algo más en juego.
Amelia me suplicó que resistiera, especialmente el fin de semana siguiente, cuando fuimos a ver por segunda vez la casita que estaba en venta. Como resultado, presentamos una oferta —que fue rechazada— seguida de una contraoferta que los vendedores finalmente aceptaron.
Para cuando llegó diciembre, solo nos faltaban dos nóminas para ahorrar la entrada completa. La hipoteca estaba aprobada en principio y los vendedores habían accedido a esperar hasta finales de enero para que completáramos la mudanza.
Pero Amelia no estaba tan ilusionada como yo esperaba.
No dejaba de dar largas, enviando tarde los documentos al abogado o retrasándose al mandar sus nóminas al banco para la hipoteca.
Parecía que todo estaba tardando demasiado, y mi frustración me estaba volviendo irritable.
Inevitablemente, aquello provocó más discusiones con Amelia y, por extensión, con la familia.
Había algo que no encajaba. Nada iba bien desde que Amelia salió furiosa del dormitorio y yo me puse a escuchar a hurtadillas tras la puerta del salón.
— Solo tenemos que aguantar un poco más…
Amelia se despertó temprano la mañana de Navidad.
Me pidió que me quedara en la cama mientras ella bajaba a terminar de envolver los regalos.
Una semana antes, no me pilló por sorpresa que Graham me explicara que su mujer no volvería a tiempo para las fiestas, pero sí confirmó que regresaría a principios de año.
Añadió que podría volver para quedarse, dejando el trabajo de la organización benéfica de una vez por todas.
¿Quizá eso era lo que Amelia quería decir cuando afirmó que Graham tenía el presentimiento de que todo saldría bien?
Tal vez le había estado dando demasiadas vueltas a todo el asunto.
Sería agradable conocer a su mujer, por fin.
Contento por tener unos momentos para mí, me volví a quedar traspuesto hasta que un alboroto en la planta de abajo me despertó. Se oían muchas voces altas y emocionadas. De repente, la puerta del dormitorio se abrió de par en par y Amelia me sonrió desde los pies de la cama.
—¡Feliz Navidad! —exclamó, antes de inclinarse para darme un beso.
—Feliz Navidad, cariño —respondí, intentando sonar tan entusiasta como pude.
—Venga, vamos a abrir los regalos en unos minutos. Lo estamos esperando todos.
Dicho esto, Amelia salió dando saltitos y la oí anunciar que yo ya iba para allá. Me resistí a ducharme hasta más tarde.
Me encontré a la familia Reid reunida alrededor del árbol de Navidad. Los regalos estaban pulcramente apilados en montones individuales; quizá tres o cuatro para cada persona. Hubo muchos besos y abrazos mientras todos se deseaban felices fiestas.
Todos abrimos nuestros regalos; eran modestos, aunque a Katrina no le había ido nada mal en términos monetarios.
Unas semanas antes, le sugerí a Amelia que redujéramos los gastos al mínimo.
Mi falta de espíritu navideño no la había entusiasmado precisamente y se había marchado furiosa mascullando entre dientes.
Pero lo dejé pasar, convencido de que conseguir nuestra propia casa sería el mejor regalo de la historia, aunque ella no lo viera en aquel momento.
Cuando pensé que habíamos terminado con los papeles de regalo, hice amago de irme a la ducha.
—¿Adónde vas? —preguntó Amelia. Todas las miradas se posaron en mí.
—Había pensado en despejarme un poco. Una ducha rápida. No tardaré...
—Aún no les hemos dado nuestros regalos a madre y a Graham —dijo Amelia, frenándome en seco.
¿Qué demonios quiere decir?
—Ah, vale. ¿Y dónde están entonces?
Entorné los ojos al mirar a Amelia. Su boca se tensó y me lanzó una mirada fulminante. Era una expresión de ni se te ocurra estropear esto .
Entonces, la sonrisa volvió a su rostro tan rápido como se había ido.
—Venga, Graham. Tú primero.
Melissa soltó un pequeño chillido de emoción. Katrina empezó a dar palmas, siguiendo el ejemplo de su abuela. Yo no podía dejar de mirar.
—Bueno, ¿qué es? —preguntó Graham, tratando de parecer indiferente pero obviamente tan emocionado como los demás.
Se me había secado la boca. ¿Qué narices les había comprado Amelia?
—Está fuera —dijo Amelia. Pasó por mi lado sin mirarme. Sabría perfectamente lo que yo estaba pensando.
Dejé que los demás salieran en fila, uno a uno, antes de seguirlos bajo el agradable sol de diciembre. Hacía frío, pero el tiempo era casi lo opuesto a una idílica estampa navideña nevada; un sol radiante sin una sola nube en el cielo.
Al final del camino de entrada provisional estaba mi coche.
Entorné los ojos ante el sol bajo para ver hacia dónde se dirigían todos.
Y entonces lo vi. Había otro coche aparcado, pulcramente resguardado detrás del mío.
No podía creer lo que estaba viendo, pero, de algún modo, mis piernas me llevaron a regañadientes a acompañar a la familia Reid por el camino.
No era un coche nuevo; me fijé en la matrícula, que indicaba que tenía cuatro años. Era un utilitario pequeño, de color rojo brillante. La pintura relucía bajo la cera recién pulida. Amelia le había puesto un lazo amarillo que iba desde las ventanillas laterales hasta la rejilla delantera.
Graham se quedó sin palabras cuando ella le entregó las llaves.
La abrazó una y otra vez mientras el resto de la familia caminaba alrededor del vehículo, sonriendo con admiración.
Melissa fue la primera en mirar atrás para darme las gracias.
Pero yo me limité a quedarme allí, mirando con incredulidad.
No podía articular palabra ni tan siquiera esbozar una sonrisa.
Lo siguiente que supe fue que toda la familia volvía corriendo por el camino. Amelia gritó que era el turno de madre y todos la siguieron de vuelta al interior.
De nuevo, caminé tras ellos con pesadez, sintiendo que necesitaba pellizcarme. ¿Qué demonios estaba haciendo mi mujer?
Una vez en la cocina, la familia se reunió alrededor de una cocina a estrenar y, junto a ella, un congelador nuevo.
Parecían de última generación. Al igual que con el coche, Amelia les había puesto un lazo amarillo.
Melissa empezó a llorar antes de abrazar a su hija con tanta fuerza que pensé que Amelia tendría que pedirle aire.
Finalmente, todo quedó en silencio, salvo por algún sollozo ocasional de alegría de Melissa.
Lentamente, todos se volvieron hacia mí mientras yo seguía apoyado en el marco de la puerta.
¿Esperaban que dijera algo? Afortunadamente, Amelia habló en nuestro nombre; menos mal, porque yo estaba totalmente estupefacto.
—Es solo nuestro regalo para darle las gracias a madre por alojarnos durante tanto tiempo, y a Graham por ser de tanta ayuda en la casa. —Se volvió hacia mí—. ¿Verdad, Matthew?
—Bueno, sí. —Seguía sin palabras, a pesar de que la expresión de Amelia me desafiaba a no intervenir. Como antes, habló por los dos.
—Y el coche significa que Graham no tendrá que volver a pedirle el suyo prestado.
Todos se rieron juntos, pero aquello pareció más una pulla hacia mí que un comentario jocoso.
—Bueno, gracias de nuevo a los dos —dijo Graham, antes de centrar su atención en mí—. Significa muchísimo para todos nosotros que finalmente nos hayas aceptado, Matt.
¿Aceptado? ¿A qué cojones te refieres con «aceptado»?
—Voy a darme esa ducha —fue lo único que pude decir. Tenía que marcharme. Estaba a punto de explotar y decir demasiado.
Estoy seguro de que oí una risita reprimida mientras subía las escaleras, pisando con fuerza de forma exagerada mientras subía los peldaños de dos en dos.
Una vez dentro del dormitorio, una idea espantosa me vino a la mente.
Cogí el teléfono e inicié la aplicación de mi banco.
Me temblaban las manos mientras esperaba impaciente a que cargara.
Al pulsar en nuestra cuenta de ahorros conjunta, me quedé sin aliento y me senté inconscientemente en el borde de la cama.
Faltaban varios miles de libras desde la última vez que había mirado, hacía solo tres semanas.
Había dos transacciones nuevas; una a un concesionario local por algo más de siete mil, y otra a una tienda de electrodomésticos por mil doscientas.
¡Se ha gastado nuestros putos ahorros conjuntos en regalos para su familia!
Caminando de un lado a otro de la habitación, pensaba frenéticamente qué demonios debía hacer.
No podía arruinarle el día de Navidad a todo el mundo, pero tenía que hacer algo.
Ahora estábamos al menos a otros dos meses de ahorrar la fianza, y ya habíamos retrasado el trato al exigir una fecha de mudanza para finales de enero.
¿Qué diablos podíamos decirles a los agentes inmobiliarios, a los abogados y a los vendedores?
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y, por increíble que parezca, allí estaba Amelia, sonriendo de oreja a oreja.
—Gracias. Están tan fel...
—¿Gracias? ¿Cómo te atreves, joder, a gastar nuestro dinero común sin preguntar?
Sostuve el teléfono frente a mí, girando la pantalla para enseñársela. Pero si a mí me sorprendía que mi mujer se hubiera gastado nuestro dinero a mis espaldas, ella ahora parecía atónita de que yo pudiera estar cabreado por ello.
—Matt, cálmate. —Miró hacia atrás antes de cerrar la puerta del dormitorio—. Teníamos que darle las gracias a madre, y tú dijiste que no querías que Graham volviera a usar tu coche.
—¡Pero la casa! ¡Necesitamos la entrada en cinco semanas!
—No, no. He hablado con el agente inmobiliario y con el abogado —explicó ella—. Lo hemos pospuesto hasta finales de marzo. Todo el mundo está de acuerdo con...
—¿Todo el mundo está de acuerdo? —la interrumpí de nuevo, todavía con la voz alzada, sin importarme si los otros ocupantes de la casa podían oírme—. ¡Yo no estoy de acuerdo!
La idea de pasar tres meses más en aquella casa me daba vueltas y vueltas en la cabeza.
Tuve que sentarme de nuevo al sentirme repentinamente muy mareado.
Amelia se sentó a mi lado, intentando rodearme con el brazo.
Pero la aparté de un empujón y me encogí más lejos.
Fue su turno de adoptar una actitud más agresiva.
—Matt, tienes que dejar de ser tan egoísta. Nos estamos quedando aquí gratis y eso nos ha permitido ahorrar mucho antes de lo que habríamos hecho en otro sitio. Todo el mundo está contento, menos tú. Quizá...
Dejó la frase en el aire.
—¿Quizá qué? —pregunté.
Se levantó para irse, negando con la cabeza. Tenía una expresión extraña en los ojos. En aquel momento parecía enfadada, ¿o era otra cosa? Como si se avergonzara de mí.
—Quizá no eres la persona que yo esperaba.
—¿Y qué cojones se supone que significa eso?
Amelia salió de la habitación pegando un portazo. Escuché cómo bajaba las escaleras corriendo. Todos debían de estar esperándola. Inmediatamente oí voces preocupadas.
—¿Son malas noticias? —preguntó Melissa.
No pude oír la respuesta de Amelia. Sin embargo, la siguiente voz sonó intencionadamente alta.
—Se acabó —dijo Graham—. Ya ha tenido oportunidades más que suficientes.