Capítulo 17
Pasamos el fin de semana fuera —tres noches en el paseo marítimo de Brighton— y, por primera vez en meses, volvimos a sentirnos nosotros mismos.
Amelia había reservado el hotel sin decirme nada, una sorpresa, y fue perfecto.
No tuvimos que viajar lejos, pero nos dio espacio para respirar. Para estar solos.
Era la Amelia que yo recordaba, la mujer de la que me había enamorado: juguetona, endiabladamente sexy, riéndose de mis chistes malos.
Metió en la maleta ropa que no la veía desde antes de casarnos: faldas cortas, un top negro escotado que solía ponerse cuando quería volverme loco.
Comimos demasiado, bebimos aún más y pasamos mañanas perezosas enredados entre las sábanas.
Fue un fin de semana perfecto. Un recordatorio de lo que habíamos perdido... y de lo que todavía podíamos tener. Pero en algún rincón de mi mente, un pensamiento no dejaba de atormentarme: ¿qué tenía esa casa —su familia— para que ella fuera tan distinta cuando estábamos allí?
Deseché la idea. No iba a arruinar el tiempo que estábamos pasando juntos. Solo necesitábamos un nuevo comienzo, lejos de todos ellos.
Incluso pasamos tiempo mirando anuncios de inmobiliarias, riéndonos de los más absurdos.
Entonces la encontramos: una casita modesta y soleada, pura piedra cubierta de hiedra y encanto.
No era grande, pero no hacía falta que lo fuera.
Se sentía nuestra. Llamé al agente de inmediato para concertar una visita.
El único inconveniente era la ubicación: a menos de treinta kilómetros de su familia. Pero incluso con eso podía vivir. Una vez al mes, tal vez menos. Amelia podría visitarlos sin mí. Esa casa sería nuestro borrón y cuenta nueva. Una solución intermedia.
El lunes por la mañana, condujimos directamente desde Brighton al trabajo. La burbuja que nos rodeaba aún no había estallado. Y yo no estaba listo para que lo hiciera.
Mike y Lisa ya estaban en sus mesas cuando llegamos. Lisa me guiñó un ojo mientras yo tomaba asiento; no sé muy bien por qué, pero de alguna manera su gesto me inquietó, especialmente estando Amelia presente.
Justo cuando nos estábamos instalando, Mike le pidió a Amelia que lo acompañara a una sala de reuniones. Quería que revisara unas cifras de un cliente que ella conocía a la perfección. Amelia me miró, luego miró a Lisa y finalmente aceptó acompañar a Mike.
—Estaremos una hora como mucho por si alguien nos necesita —dijo Mike, cogiendo su portátil y siguiendo a Amelia a la sala de reuniones.
La puerta se cerró con un clic y me acerqué sigilosamente a Lisa.
No estaba seguro de por qué andaba con tanto tiento.
Quizás la paranoia ya estaba hincando sus garras, retorciendo la idea de que, si no tenía cuidado, diría algo inapropiado.
—Buenos días, Lisa. No te apetecerá un café, ¿verdad?
La sola perspectiva de escapar de la oficina fue suficiente para que ella recogiera sus papeles, los apilara con esmero y los dejara en su bandeja de entrada.
—Pensé que no me lo pedirías nunca —soltó ella con una risita.
Pasamos por delante de la sala de reuniones casi de puntillas.
Fue mi turno de pagar los cafés mientras Lisa cogía la misma mesa de siempre al fondo de la cafetería.
—¿Tienes algo en mente? —me preguntó antes incluso de que me sentara.
Mirando a mi alrededor, acerqué una silla, me senté y me incliné hacia delante sobre la mesa. A pesar de que Amelia y yo habíamos pasado un fin de semana increíble y de que las cosas pintaban bien con el tema de la casa, algo seguía escociéndome en lo más profundo.
—A decir verdad, sí. —Volví a mirar alrededor—. ¿Puedo preguntarte algo con total confianza?
Lisa pareció intrigada y, en respuesta, arrastró su asiento hacia delante todo lo que pudo. Nuestras caras estaban a escasos centímetros. Una vez más, no pude evitar fijarme en lo guapa que era.
—¿Sabes algo de Graham, el cuñado de Amelia? El tipo de la boda.
Ella se recostó en la silla, paseando la mirada por la cafetería y evitando la mía deliberadamente. ¿Estaba molesta? ¿Decepcionada?
—¿Qué pasa con él? —preguntó con voz plana, casi despectiva.
Parecía más bien decepción, como si hubiera esperado una pregunta con más morbo.
Sin embargo, yo no pensaba dejarlo pasar.
Había algo extraño en él y Lisa podía ser mi única forma de descubrir qué era.
Incluso cuando Amelia y yo nos marcháramos de esa casa, no podía quitarme la sensación de que él no desaparecería de nuestras vidas así como así.
—Bueno, para empezar, ¿dónde vive?
Quería hablarle del sobre y de que había oído a Graham preguntar si yo podía haber mirado dentro. Sin embargo, no sentía que tuviera la atención total de Lisa.
—¿Es que él no te lo dice?
Me pareció una pregunta estúpida. Si él me lo dijera, no se lo estaría preguntando a ella. Mi respuesta fue bastante brusca.
—Desde luego que no. También se lo he preguntado a Amelia. Todo el mundo me dice que no me meta en lo que no me importa.
Lisa finalmente reflexionó sobre mi comentario. Su interés pareció reanimarse un poco.
—Supongo que vivirá por aquí cerca, ya sabes, si está por allí tan a menudo como dices.
—Yo no te he dicho con qué frecuencia está por allí. ¿O sí?
Lisa se puso roja, algo que nunca había hecho delante de mí. Siempre me había parecido una persona muy segura de sí misma.
—Oh, no. No has sido tú —dijo—. Me lo contó Amelia la semana pasada. Dijo que estaba deseando que tuvierais vuestro propio sitio...
—¿Amelia dijo eso? —No pude evitar que una sonrisa asomara a mis labios. Saber que le había dicho a otra persona que quería que nos mudáramos juntos significaba mucho para mí. Lo que más me sorprendió fue que se lo hubiera contado a Lisa.
—Sí. Estábamos charlando, Tracy, Amelia y yo. Ya sabes, cosas de chicas.
Dirigí la conversación hacia la mujer de Graham, esperando sacar algo, lo que fuera, que resultara útil. Pero Lisa negó con la cabeza. Nunca la había visto, ni siquiera sabía cómo se llamaba. Eso se me quedó grabado. Yo tampoco sabía su nombre.
Al llegar a un callejón sin salida, pasamos los siguientes diez minutos hablando del trabajo antes de regresar a la oficina. Pero al llegar a la última esquina, Lisa me agarró del brazo.
—Matt, ¿está todo bien? Ya sabes, entre Amelia y tú.
La pregunta me pilló desprevenido.
—Sí, claro. ¿Por qué?
—Bueno, quizá no te he servido de mucha ayuda antes, en la cafetería.
—No pasa nada. No te preocupes por...
—No. Necesito que sepas que estoy aquí para lo que necesites. Me gustaría pensar que somos algo más que buenos amigos.
No sabía hacia dónde iba la conversación, pero algo me hizo guardar silencio, como si al hablar fuera a romper ese momento en el que nos habíamos visto envueltos.
—Amelia me contó, bueno, nos contó, lo de la muerte de tus padres. No debe de ser fácil no tener a nadie de la familia con quien hablar. Por eso quiero que sepas que siempre puedes hablar conmigo.
Se alejó, mirándome por encima del hombro. La alcancé rápidamente.
—Es muy amable por tu parte, Lisa. Es bueno saber que hay alguien en quien puedo confiar. Te lo agradezco, de verdad.
Alargué la mano y le apreté el brazo. Ella no se apartó.
Aquella tarde, mientras conducíamos hacia Epsom, Amelia rompió el silencio cordial que se había instalado entre nosotros.
—¿Ha estado bien el café con Lisa? —No apartó los ojos de la carretera. La miré de reojo para leer su expresión —imperturbable— antes de responder.
—Sí, claro. Solo hemos ido a por un café decente. Ya sabes que el de la oficina es asqueroso.
Aunque la pregunta de Amelia me pilló desprevenido, creo que hice un intento razonable de salir del paso. De nuevo, los ojos de Amelia no se desviaron de la carretera.
—Ten cuidado. No le cuentes todo, ¿vale? —Finalmente, se giró para mirarme. Parecía preocupada. Su comentario me dejó inquieto.
—Mira quién habla —bromeé—. Me ha dicho que le habías contado que mis padres habían muerto. —Esta vez fue el turno de Amelia de ponerse a la defensiva.
—En realidad, estaba hablando con Tracy de eso —recalcó la última palabra—. Lisa estaba cerca, escuchando a escondidas sin duda. Tracy es una hermana maravillosa. A veces las mujeres charlamos, eso es todo. No es que haya revelado ningún secreto.
Balbuceaba, las palabras se atropellaban mientras intentaba retractarse. Le busqué la mano.
—Eh, no pasa nada. Sé que todas charláis. Mientras no comparta demasiados secretos... —Le apreté el muslo y ella se sonrojó.
—¡Como si fuera a hacerlo! —respondió, dejando escapar una risita al mismo tiempo.
Se acabarían las risitas, el ir de la mano o el apretar muslos una vez que pusiéramos un pie en la casa de los Reid.
Volveríamos al estilo de vida formal. Sin palabrotas, sin bebida, sin diversión.
Me dolía pensar que solo llevábamos viviendo allí ocho o nueve semanas, pero al menos teníamos dos meses de ahorros en el banco.
Tras nuestro precioso fin de semana juntos, el simple hecho de estar sentados alrededor del fuego aquella noche en silencio me hizo darme cuenta de cuánto necesitaba marcharme.
Mientras estábamos reunidos en el salón —pensé que quedarme un rato en su compañía era lo más seguro—, Katrina me sorprendió al unirse a nosotros. Parecía relajada, más de lo que la había visto nunca.
Al cabo de un rato, se dejó deslizar al suelo entre las piernas de Graham, ambos de cara al fuego crepitante. Al principio, lo descarté como una muestra de afecto inocente. Quizá yo no entendía la cercanía familiar. Nunca había tenido eso.
Pero cuanto más miraba, menos normal me parecía.
Graham jugaba con su pelo, enroscando mechones en sus dedos, desenredando nudos como si fuera algo natural.
Katrina se recostó contra él, apoyando la cabeza en su regazo.
Se me revolvió el estómago. Las manos de él se desplazaron a sus hombros, amasándolos, de forma lenta y deliberada.
Ella soltó un leve gemido. Nadie más pareció darse cuenta.
Ni Amelia, ni Tracy. Incluso Melissa miraba fijamente a las llamas, ajena a todo.
Me aclaré la garganta, intentando romper el momento.
Nada. Las manos de Graham bajaron hacia su espalda, sus dedos trazando la columna vertebral.
Katrina se inclinó hacia delante, con la cabeza entre las rodillas, dejando que él le trabajara los músculos.
Sus gemidos se hicieron más profundos, extraños ahora...
íntimos. Se me erizó la piel, pero no podía apartar la vista.
Entonces ella cambió de posición, recostándose del todo en su regazo, con la cabeza acomodada contra su entrepierna. Él exhaló, bajo y suave. Sus manos se movieron de nuevo, más abajo. Sin vacilar.
Cuando sus dedos alcanzaron el pecho de ella, Katrina finalmente se movió. Giró la cabeza a cámara lenta y sus ojos se clavaron en los míos. Se le ensanchó la sonrisa, demasiado, con los dientes amarillos e irregulares. Pero aquello no era una sonrisa.
Me puse de pie de un salto. Amelia se sobresaltó y su voz rompió el silencio preguntando adónde iba. Se me cerró la garganta. El sudor se me acumulaba en las axilas, humedeciéndome la nuca. Katrina también se levantó, apartándose el pelo enredado de la cara, con los ojos todavía clavados en mí.
—Buenas noches —dijo con voz melosa, antes de desaparecer, seguido del sonido nítido de pasos en la escalera. Graham no levantó la vista ni una sola vez.
En la cocina, me serví agua con mano temblorosa. El vaso casi se me resbaló.
Entonces alguien me tocó el hombro.
Me di la vuelta sobresaltado, con el corazón martilleando. Melissa estaba a escasos centímetros, sonriendo.
—¿Tanto ha disfrutado de eso, Matthew?
Sentí que me ruborizaba y di un trago de agua fría para ganar unos segundos. Melissa me puso la mano en la cadera. Yo no podía moverme. Luego colocó su cabeza junto a la mía. Pude sentir sus labios rozar mi oreja mientras hablaba.
—Creo que sí lo ha disfrutado, Matthew.
—Yo... yo... —Era inútil intentar hablar, ya que no era capaz de articular una frase coherente. Toda la situación me había dejado sin habla. Melissa debía de saberlo. Me puso el dedo sobre los labios.
—Shh, Matthew. Ya eres uno de los nuestros.
Su mano se deslizó desde mi cadera hacia delante. Me sentí como si alguien me hubiera drogado, incapaz de moverme, por mucho que lo intentara.