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Las notas de junio salen el viernes once, y las leo en la cocina de Mariano Padilla con Jimena por encima del hombro.
Historia del Cine: 5,1. Documentación: 5,8. Lenguaje Audiovisual II, que desde abril da un sustituto que se llama Tomás y que no sabe mi nombre: 6,4. Técnicas de Guion: 5,5. Narrativa Audiovisual II, con Carmen Berruezo: 7,2.
Y Teoría de la Comunicación, la del no presentado, pendiente para julio. Con los apuntes de enero todavía subrayados en tres colores.
—Has aprobado —dice Jimena.
—Raspado.
—Raspado es aprobado. En Enfermería decimos que el cinco es la nota más bonita del mundo, porque es la única que sabe lo que ha costado.
Y me da un abrazo por detrás, en la silla, que es la primera vez que me abraza en nueve meses. Rápido, un segundo, torpe, de alguien que no está acostumbrada. Y se va a su cuarto a estudiar para su último examen, que es el lunes.
Miro el 5,1 de Historia del Cine, que es la nota más baja que he sacado en mi vida. Y que es mía. Entera. Que la he sacado yendo a clase a las ocho y media de la mañana en un tranvía, detrás de un abrigo marrón, desde el quince de abril, sin faltar ni un día.
·
Lo de Aitor lo sé el lunes catorce, por Carmen.
Me para en el pasillo del segundo piso, en la puerta del 2.09, como en febrero. Pero esta vez no dice «señorita Baresa». Dice «Nerea». Es la primera vez.
—¿Tiene un minuto?
Y entro y me siento en la silla de lado y miro el potus.
Y me cuenta que Aitor Belmonte ha presentado su renuncia al departamento el viernes.
Por motivos personales. Con efectos inmediatos.
Que su contrato de asociado vencía en septiembre de todas formas.
Que el expediente de la Unidad de Igualdad, como es un expediente sobre un profesor que ya no es profesor, se va a archivar.
Que la causa penal sigue, y que va a seguir, lenta, meses, a lo mejor más de un año, y que Núria ha declarado dos veces y Adri una, y que yo tendré que volver a declarar en otoño.
Que en el departamento nadie ha dicho nada.
Que en la reunión de ayer alguien preguntó por qué se había ido Belmonte, y el director dijo «motivos personales», y nadie preguntó más.
—Se va sin nada —digo.
—Se va sin nada público. —Carmen se quita las gafas—. Se lo dije en abril. Que esto podía pasar.
—Me lo dijo.
—Y usted fue igual.
—Fui igual.
Carmen me mira. Y luego dice una cosa que no le he oído decir a nadie en todo el año, y que no dice como una frase de consuelo, sino con la voz de clase, la de esto sí puntúa:
—Sobrevivir no es lo mismo que ganar, Nerea. Pero es la condición para poder ganar alguna vez. Y usted ha sobrevivido por el camino largo, que es el único que deja a alguien detrás más preparado que usted para la próxima vez.
Y se pone las gafas. Y coge el bolígrafo rojo.
—Ya puede irse.
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El piso lo arreglamos a medias.
Vera se va en septiembre. Nos lo dice el miércoles dieciséis, en la cocina, con el colacao, sin rodeos, que es la manera que ha aprendido este año de decir las cosas.
Que se ha buscado otro piso con gente de Bellas Artes para segundo.
Que no es por nosotras. Que es por ella.
Que cada vez que entra en esta cocina se acuerda de la noche del jueves, de ella de pie delante de mi puerta a las tres y cuarto sin llamar, y que no se lo perdona, y que necesita una cocina donde no le haya pasado eso.
—Lo entiendo —digo.
—No quiero que lo entiendas. —Deja el colacao—. Quiero que me digas que fui una cobarde.
—Fuiste una cobarde. —Y le cojo la mano por encima de la mesa—. Y luego hiciste treinta y dos capturas con flechas dibujadas a mano. Las dos cosas son verdad.
Y Vera se echa a llorar encima del colacao, y Jimena le da un trozo de papel de cocina, y las tres nos reímos un poco, y ya está.
Y en la pizarra de la nevera, esa noche, Vera escribe con su letra: CENA DE DESPEDIDA — 19 JUNIO — LAS TRES — NO VALEN EXCUSAS.
Y nadie lo borra.
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La cena de despedida es el sábado diecinueve, en el suelo del salón, con la espalda contra la pared, como la primera noche.
Las tres.
Sin Román, sin Lucía, sin nadie más. Lo pone la pizarra de la nevera y la pizarra no se discute.
Tres pizzas, la de siempre, la barbacoa y una de cuatro quesos que pide Vera y que nadie más come.
Una botella de cava para Vera y para mí.
Agua con hielo y limón para Jimena. Y la ensalada de TikTok de Vera, otra vez, la de las nueces caramelizadas, que esta vez tampoco sale bien y que nos comemos igual.
Y hablamos del curso.
No de lo malo. De lo otro. De la señora del segundo y su bata.
De Paula, la de Yecla, que nos escribió en marzo para preguntar si había llegado una carta suya al buzón y a la que ninguna de las tres contestó a tiempo porque no teníamos guardado su número con su nombre, sino como Yecla.
De la cafetera que hace ruido de avión. Del conejo del techo de mi cuarto, que ahora Vera dice que es un perro y Jimena dice que es una nube y yo digo que es un conejo porque lo dijo Lucía.
Y a las once, Vera saca una carpeta de cartón de debajo del sofá.
—Os he hecho una cosa —dice—. No os riáis.
Dentro hay dos dibujos. A lápiz y acuarela, en papel grueso de Bellas Artes, del tamaño de un folio.
Y los dos son el mismo: la cocina de Mariano Padilla vista desde la puerta.
La mesa, la ventana del patio con la ropa tendida, la cafetera, la pizarra de la nevera con palabras que no se leen.
Y tres figuras. Una sentada a la mesa con apuntes y un rotulador verde.
Otra en el suelo, contra la nevera, con una taza.
Y otra de pie en la puerta, con un abrigo puesto, a punto de entrar o a punto de irse, que no se sabe.
—Esa eres tú —me dice Vera, señalando la de la puerta—. No sabía si pintarte entrando o saliendo. Así que te he pintado en medio.
Y me quedo mirando el dibujo.
Porque es verdad. Todo el curso he estado en la puerta. Ni dentro ni fuera. Con el abrigo puesto.
—En el mío también estás en la puerta —le dice Jimena a Vera, mirando el suyo.
—Ya. Es el mismo dibujo. Lo he hecho dos veces para que cada una tenga uno. Y yo me quedo con el boceto.
—¿Y tú dónde estás? —le pregunto—. En el dibujo.
Vera se ríe.
—Yo no salgo. Yo soy la que mira. —Bebe cava—. En Bellas Artes siempre es así. El que pinta no sale.
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A la una, Jimena se levanta, va a su cuarto y vuelve con el gorro de lana.
Me lo da.
—Para el verano no te hace falta —dice—. Pero en septiembre, cuando vuelvas, en el tranvía de las ocho hace frío. Me lo devuelves en septiembre.
—Es de tu madre, Jimena.
—Por eso te lo presto. No te lo regalo. —Se sienta otra vez en el suelo—. Así tienes que volver para devolvérmelo.
Y lo cojo. Y me lo pongo, en junio, a la una de la madrugada, en el suelo de un salón de Mariano Padilla, con veintiséis grados.
Y me queda fatal.
Y las tres nos reímos hasta que a Vera se le sale el cava por la nariz.
Y no sé todavía, esa noche, con el gorro puesto y el dibujo de Vera en las rodillas, que en septiembre no voy a estar en el tranvía de las ocho.
Que el gorro se va a venir conmigo mucho más lejos de lo que ninguna de las tres imagina.
Y que Jimena, cuando lo sepa, va a decir «vale», y va a ser el «vale» de la escalera.
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El domingo veinte por la mañana vuelvo a Los Alcázares, en el autobús de Balsicas, con la mochila, la cámara y la libreta del Mercadona.
Lucía me espera en la parada de la Ronda con el coche de Chelo.
Y no me abraza enseguida. Se queda apoyada en el coche, con las gafas de sol, mirándome bajar del autobús, como si estuviera comprobando algo. Y luego se quita las gafas.
—¿Cada dos fines de semana? —dice.
Y lo dice sin sonreír. Y yo sé lo que me está preguntando. Que no es lo de los fines de semana.
—No te lo puedo prometer —digo—. Te he prometido muchas cosas este año y no he cumplido ninguna. No te voy a prometer nada más.
Lucía me mira un rato.
—Vale —dice—. Eso ya es más de lo que me dijiste en septiembre.
Y me abre el maletero. Y no me abraza. Todavía no.
Me abraza en la azotea de Chelo, a las once de la noche, sin avisar, por detrás, mientras miro el Mar Menor, y dice «te he echado de menos, idiota», y me suelta y se va a por una cerveza.
Y a eso lo llamo arreglado a medias, porque está arreglado a medias, y me parece un milagro.
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Antes de subir a la azotea, en la parada, en el coche, le escribo a Hugo.
No le he escrito en todo el año. Ni en Nochevieja, cuando me mandó un mensaje largo que leí tres veces y no contesté. Ni en abril, cuando llamó a Lucía a las nueve y diez de la mañana.
Le pongo una sola línea.
«Gracias por llamar a Lucía.»
Contesta a los cuatro minutos. Una sola línea también.
«Siempre. Y el bar de la Merced sigue ahí. Por si acaso.»
Y lo guardo. Como se guardan las cosas que no quieres gastar todavía.