Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 47
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Esta vez la invito yo.

Le escribo el lunes treinta y uno de mayo, a las nueve de la mañana, desde el tranvía, un mensaje que he escrito y borrado cuatro veces desde el domingo, que es menos que el correo de la tutoría de octubre y más que nada.

«¿Te vienes el sábado a Murcia? Esta vez no hay estanco. Te lo prometo. Te lo cuento todo. Todo, Lucía. Si quieres.»

Y Lucía, que contesta a los mensajes antes de que termines de escribirlos, tarda cuarenta y un minutos.

«Vale. A las once. Pero el conejo del techo sigue siendo mío.»

·

El sábado cinco de junio, a las once y dos, suena el telefonillo.

Y esta vez no sube corriendo. La oigo en la escalera. Los pasos de uno en uno. Despacio. Como sube la gente que no sabe muy bien lo que se va a encontrar arriba.

Y la señora del segundo abre la puerta en bata, como siempre, para ver quién es.

Y Lucía, en el rellano, le dice «buenos días, señora, sigue teniendo la bata más bonita de Murcia», y la señora se ríe, y dice «tú eres la amiga de la chica del tercero, la de la playa», y Lucía dice que sí, y la señora dice «pues cuídamela, que esa chica ha pasado lo suyo». Y cierra la puerta.

Y Lucía se queda en el rellano un momento, sin subir el último tramo. La veo desde arriba, por el hueco de la escalera. Con la chaqueta vaquera y la mochila. Mirando la puerta cerrada de la señora del segundo.

Y luego sube.

Y en el rellano del tercero no me abraza enseguida. Me mira. Como me miró en septiembre desde el coche de Chelo, en la parada de la Ronda, comprobando algo. Y luego me abraza. No tan fuerte como antes. Con más cuidado. Como se abraza a alguien que ha estado malo.

·

Jimena ha hecho una tortilla y se ha ido a la biblioteca. «Para dejaros», ha dicho, y ha cogido los apuntes y se ha ido, con el gorro de lana en la mochila aunque estamos a treinta grados, porque desde el día veintidós lo lleva a todas partes, dice que da suerte en los exámenes.

Vera está en su cuarto, con la puerta abierta. Sale a saludar a Lucía y se abrazan como si se conocieran de toda la vida, y Vera le dice «tú eres la del pasodoble» y Lucía le dice «y tú eres la del colacao», y se ríen, y Vera vuelve a su cuarto y cierra la puerta. Pero no del todo.

Y nos quedamos Lucía y yo en la cocina, con la tortilla de Jimena partida en triángulos, como en los bares.

Y no le cuento nada ahí.

—Vamos al puente —le digo.

—¿Al charco con pretensiones?

—Al charco con pretensiones.

·

Nos sentamos en el Puente Viejo, a la mitad, en uno de los bancos de piedra que hay en los salientes, mirando hacia Vistabella.

Y se lo cuento.

Todo. Desde el principio. Desde la parada de autobús de Lorca y el «tengo veinte» y el «mejor».

La memoria escrita por los dos lados. La tutoría de una hora y cuarenta y cinco minutos.

El pósit. La dirección. El análisis de la silla vacía a las dos de la mañana.

Las reglas. Las napolitanas de chocolate.

La goma del pelo en el grifo. El estanco.

Los catorce mensajes de la cena de Navidad.

El baño de la azotea de Chelo en Nochevieja.

El libro de Maite. Águilas. El reflector.

El no presentado. La luz del tercero la noche de San Valentín y el Golf blanco.

Las llaves con la claqueta. La muestra de cortos con el sitio vacío al lado del padre de Román.

Semana Santa. Las margaritas. El móvil entre los dos libros.

Así no se me cae.

Y el jueves uno de abril. Y el portal. Y Núria. Y las dos claquetas iguales encima de una mesa de la plaza de las Flores.

Tardo una hora y veinte minutos. Lo sé porque lo miro al final, en el móvil, como miraba las llamadas de mi padre.

Y Lucía no me interrumpe ni una vez.

Ni una. Lucía, que interrumpe siempre, que termina las frases de los demás antes de que las terminen, que en cuarto de primaria le quitaron dos puntos en la nota de conducta por interrumpir a la señorita Maite. Una hora y veinte minutos sin decir nada. Mirando el río. Con las manos en las rodillas.

·

Cuando termino, se queda callada mucho rato.

Pasa una familia con un carrito. Pasa un chico en patinete. Pasa un señor mayor con un perro que se para a olernos los pies y sigue.

Y Lucía, al final, dice:

—No lo conozco.

—No.

—No lo he visto nunca. No sé qué cara tiene. No sé cómo habla. No sé si es guapo, ni si es alto, ni si tiene la voz grave. —Mira hacia Vistabella, hacia el otro lado del río—. Y no lo soporto.

Me río. Sin querer.

—No lo conozco y no lo soporto —repite Lucía—.

No lo soporto por lo de las napolitanas de chocolate.

Por lo de «esto es nuestro». Por lo de «te estoy protegiendo».

No lo soporto por el «otro día» con punto.

No lo soporto porque te hizo decirme que ibas al estanco.

—Se le quiebra la voz, un poco—. Tú y yo no nos decimos que vamos al estanco, Nerea.

Nunca. Y él te hizo decírmelo. Y te hizo dejarme sola en las uvas.

Y en la puerta de un bar, en noviembre, con frío, a las tres de la mañana. Sin saber si estabas viva.

—No me hizo. Lo hice yo.

—Ya lo sé que lo hiciste tú. —Me mira—. Por eso no te lo perdono del todo todavía. Pero a él no se lo perdono nada. Nada. Nunca. Aunque no le conozca. Aunque no le vaya a conocer nunca.

·

Y luego se echa a llorar.

Lucía, que no llora nunca. Que no lloró en el entierro de su abuelo. Que no lloró cuando la dejó el de Torre Pacheco con el que salió dos años. Que dice que llorar es de gente que no sabe gritar.

Se echa a llorar en un banco de piedra del Puente Viejo, a las dos y media de la tarde de un sábado de junio, tapándose la cara con las manos, con los hombros moviéndose.

Y yo no sé qué hacer. Porque en once años nunca he tenido que consolar a Lucía. Siempre ha sido al revés.

Así que hago lo que hizo Jimena en la escalera, con la caja trece.

No le digo nada. No le digo «no llores». No le digo «ya está». Le pongo la mano en la espalda. Y la dejo ahí.

Y espero.

·

—Es que yo lo sabía —dice Lucía, al rato, con la cara todavía tapada—.

No lo sabía, pero lo sabía. En noviembre.

Cuando volviste corriendo por el puente con el abrigo mal puesto.

En Navidad, cuando mirabas el móvil once veces.

En Nochevieja, en la puerta del baño. Lo sabía.

Sabía que había alguien y que ese alguien no era bueno para ti.

—Se quita las manos de la cara—. Y no hice nada.

Me enfadé y no hice nada. Te dejé de escribir.

Te mandé un audio diciendo que ya no te iba a escribir más.

—Viniste. El día del vídeo. Sin que nadie te llamara.

—Me llamó Hugo.

—Te llamó Hugo, y viniste. En tres horas. Con el coche de Chelo. Y te metiste en mi cama con la chaqueta vaquera puesta y no me preguntaste nada. —Le aprieto la espalda—. Lucía. Eso es hacer algo.

Lucía se limpia la cara con la manga de la chaqueta.

—Llegué tarde —dice.

—Llegaste. Lo otro da igual.

·

Antes de volver, en un puesto del Malecón, compramos dos helados.

Limón para ella, como siempre. Chocolate para mí, como siempre. Y nos los comemos sentadas en un banco a la sombra de un ficus enorme, con las raíces levantando las baldosas, mirando pasar a la gente.

Y Lucía, con la cucharilla de plástico en la boca, dice:

—Me han cogido en un ciclo en Cartagena. Educación Infantil. Empiezo en septiembre.

Me quedo con el helado a medio camino.

—¿Qué?

—Lo pedí en marzo. Me lo confirmaron hace dos semanas. Dos años. Luego a lo mejor la carrera, si me da la nota. Maestra. Siempre he querido ser maestra, desde cuarto con la señorita Maite. Tú lo sabes.

Y sí, lo sé. Lo sé desde que teníamos nueve años y Lucía jugaba a las profesoras con las muñecas en la azotea de Chelo, poniéndoles exámenes que suspendían todas. Lo sé desde siempre. Y no sabía que lo había pedido. No sabía que la habían cogido. No sabía nada.

—¿Por qué no me lo has dicho?

Lucía me mira. Con el helado de limón derritiéndose en la mano.

—No me preguntabas —dice.

Sin rencor. Sin reproche. Lo dice como se dice una cosa que es verdad, como se dice que llueve.

Bajo la vista al helado de chocolate, que se me está cayendo por los dedos.

Porque es verdad. En ocho meses no le he preguntado nada.

Ni una vez. Cada audio de Lucía, cada llamada, cada visita, ha sido sobre mí.

¿Qué tal Murcia? ¿Qué tal Jimena? ¿Qué tal el de Cieza?

¿Con quién estás? Y yo contestaba, o mentía, o no contestaba.

Y en ningún momento, en ocho meses, le he dicho: ¿Y tú qué, Lucía? ¿Qué haces tú? ¿Qué quieres tú?

Mientras yo estaba en Vistabella, Lucía estaba rellenando una solicitud para ser maestra. Sola. Y esperando una respuesta. Sola. Y recibiéndola, hace dos semanas, y celebrándola con quien fuera, con Chelo, con sus primos, con su madre. Y yo no estaba.

—Lo siento —digo—. De verdad. Enhorabuena. Es…

—Ya lo sé. —Me da un golpecito con el hombro—. No pasa nada. Ahora ya lo sabes.

—¿Y lo celebraste?

—Con Chelo. Paella y cava en la azotea. —Se ríe—. Keko se subió a la mesa a hacer un discurso. Dijo que yo iba a ser la maestra más gritona de la historia de la Región de Murcia.

—Tiene razón.

—Tiene toda la razón.

Y nos reímos. Y se nos cae el helado a las dos, a la vez, en las baldosas levantadas por las raíces del ficus, y un gorrión viene enseguida a por los restos.

Y yo pienso que tengo muchas preguntas que hacerle a Lucía. Ocho meses de preguntas. Y que voy a empezar ahora, en este banco, con los dedos pegajosos de chocolate.

—¿Y en Cartagena dónde vas a vivir?

·

Volvemos a Mariano Padilla a las cuatro. Andando despacio. Por el puente, por el Malecón, por calles que Lucía ya se sabe, porque las ha andado dos veces, una en noviembre buscando un estanco y otra en abril buscando un portal.

Y subimos. Y ella se queda a dormir. En mi cama. Espalda con espalda. Como a los doce años.

Y antes de dormirse, a oscuras, mirando el techo, dice:

—Sigue pareciendo un conejo.

—Sigue.

—Pues eso ya es algo —dice Lucía—. Que algo siga siendo lo mismo.