Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 46
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El sábado veintidós de mayo, siete semanas después del jueves uno de abril, salgo de noche por primera vez.

Lo decide Vera. Otra vez. Lo anuncia en la cocina, con el colacao, el martes, con la misma voz de bando que en septiembre, pero con las manos quietas encima de la mesa, sin hacer aspavientos, como quien pide permiso y no quiere que se note.

—Los del grupo de mi facultad tocan otra vez en la Fica el sábado. Los del post-algo. —Me mira—. Es su último concierto antes de que dos se vayan de Erasmus. Y había pensado… Si queréis. Las tres. No hace falta que bebáis ni que bailéis ni nada. Solo venir.

Jimena me mira a mí.

Y yo miro la pizarra de la nevera, donde desde que Vera volvió de Alicante, con su letra, pone LAS TRES debajo de cualquier cosa que se apunte, aunque sea la compra.

—Vale —digo.

—¿Vale de verdad o vale de Jimena? —dice Vera.

Y Jimena se ríe. La primera vez que la veo reírse de sí misma.

—Vale de verdad —digo.

·

Me arreglo en el baño de metro y medio con la puerta abierta y el altavoz del tamaño de una lata encima de la cisterna, como en septiembre.

Y no es como en septiembre.

En septiembre me miraba en el espejo detrás de las cabezas de las otras dos y me decía que esta noche la noche era mía, y me daba vergüenza lo cursi que sonaba.

Hoy me miro en el espejo y no me digo nada.

Me miro la cara. Una cara que ya no es exactamente la de septiembre.

Más delgada. Con una cosa en los ojos que no sé nombrar, que no es tristeza, que es como la marca más clara que deja una alfombra cuando la quitas del suelo.

Y me doy cuenta de que me estoy leyendo a mí misma.

Por primera vez. Como leía a los demás desde el mostrador.

Y no me da miedo lo que veo.

Vera me presta el top negro de la espalda cruzada, el de septiembre, el que ya es más mío que suyo.

Jimena me presta el rímel. Y yo esta vez presto algo: el gorro de lana.

A Jimena. Que se lo pone encima del pelo recogido, en mayo, con veinticuatro grados, y dice que es para dar suerte, y que le queda fatal, y que le da igual.

·

Román nos espera en la puerta de la Fica con el abrigo marrón doblado en el brazo, porque hace calor, y una camisa de cuadros que no le había visto nunca.

—¿Y esa camisa? —le digo.

—Es de mi padre. De la ferretería. Dice que ya no la necesita. —Se la estira—. ¿Muy de señor?

—Muy de señor.

—Perfecto. Era la idea.

Y entramos los cuatro.

La Fica es igual que en octubre. El suelo que se pega. Las paredes negras. La barra al fondo con tres camareros, y yo cuento, claro que cuento, sin querer: el alto es bueno, la rubia es nueva, el de la gorra se enfada cuando le piden dos cosas a la vez. Y trescientas personas. Y trescientos móviles.

Y en la puerta, al entrar, noto cómo me miran.

No todos. Unos pocos. Tres chicas en la cola del guardarropa. Un grupo de chicos junto a la columna. Una pareja que se da un codazo. Y yo conozco esas miradas desde hace siete semanas. Las dos clases. La que se aparta y la que se queda. Y hay de las dos.

Y me pongo de lado. Sin pensarlo. El cuerpo, que sabe lo que sabe desde septiembre, desde la calle Santo Cristo y la bota de sangría, se pone de lado solo, detrás de Román, con el pelo en la cara.

Y Román, que se da cuenta de todo, no se pone delante esta vez.

Se aparta un paso. A propósito. Y me mira.

—Hoy no, Baresa —dice—. Hoy no te tapo. Hoy has venido tú.

·

El grupo de Vera toca a las doce. Son cuatro.

Tocan muy alto y muy enfadados, como en octubre, y a la segunda canción Vera ya está en primera fila con los brazos arriba, y a la tercera Román está bailando fatal a mi lado con la camisa de su padre, y Jimena, detrás, con la espalda contra la columna y el gorro puesto,

con su agua con hielo y limón, nos vigila a los tres como se vigila una piscina.

Y yo no bailo.

Me quedo de pie. Quieta. Escuchando. Mirando el escenario. Durante tres canciones enteras.

Y a la cuarta, una chica se me acerca.

Una chica de mi edad, más o menos. Con el pelo corto y un piercing en la nariz y una camiseta de un grupo que no conozco. Se pone a mi lado. Me mira de lado. Y dice, por encima de la música, sin mala intención, con una curiosidad limpia, como se pregunta la hora:

—Oye, perdona. ¿Tú eres…?

Y no termina la pregunta.

No hace falta. Sé lo que va a decir. La del vídeo. La de primero de Comunicación. La del profe.

Y tengo dos opciones, como con el mensaje de la luz del tercero en febrero. Puedo decir que no. Que me confunde. Que no sé de qué me habla. Y ponerme de lado. Y apartarme un paso.

O puedo no.

—Sí —digo—. Soy yo.

La chica se queda un momento callada. Me mira a la cara. Me la lee, creo. Y luego asiente, despacio.

—Vale —dice.

Y añade, más bajo, casi al oído:

—Yo también reenvié un vídeo una vez. De una del instituto. Tenía quince años. —Se muerde el labio—. Nunca le pedí perdón. Te lo pido a ti. Ya sé que no sirve.

Y se va. Antes de que pueda decirle nada. Se mete entre la gente y desaparece en la pista, con el pelo corto y el piercing, y no la vuelvo a ver.

Sigo de pie, quieta, con la música a todo volumen, pensando en una chica de quince años de un instituto que no conozco, a la que nadie le ha pedido perdón, y a la que alguien acaba de pedírselo a través de mí.

Y empiezo a bailar.

·

No como en septiembre. En septiembre bailé con los ojos cerrados y la cabeza vacía, sin pensar en nada, siendo una de doscientas. Hoy bailo con los ojos abiertos. Sabiendo que me ven. Sabiendo quién soy y que ellos saben quién soy. Con la cara hacia delante. Sin ponerme de lado.

Y es otra cosa. Ni mejor ni peor. Es como bailar en un sitio con un espejo, que es lo que pensé en octubre con Yago. Pero el espejo esta vez no es él. Soy yo.

·

A las tres y media, después del concierto, pincha alguien.

Y lo reconozco antes de verlo, por la primera canción. Porque es una canción que no conozco, que sube y sube y no termina de explotar. Como la del primer sábado en las Cuatro Esquinas.

Yago.

En la cabina del fondo, con los auriculares en una sola oreja, la camiseta de los dos agujeros en el cuello, la cabeza baja, sin mirar a nadie.

No me ve. O me ve y no hace nada, que en Yago es lo mismo. Y yo no me acerco. Sigo bailando.

Y a las cinco y cuarto, cuando ya queda poca gente, cuando Vera está sentada en el suelo con sus amigos del grupo y Román se ha ido a por agua y Jimena se ha quitado el gorro porque se muere de calor, Yago pone una canción.

Una de Quevedo.

La de ULTIMO VERANO. La que le pedí en septiembre con las luces encendidas y las sillas encima de las mesas.

Y no se la he pedido.

Levanto la vista hacia la cabina. Y Yago, por primera vez en toda la noche, levanta la cabeza. Me mira. Desde lejos. Desde detrás del portátil, con el auricular en una oreja. No sonríe. No me saluda. Solo me mira un momento, serio, cansado, como comprobando algo que solo sabe él.

Y vuelve a bajar la cabeza.

Y la canción suena entera, en una sala medio vacía, a las cinco y cuarto de la mañana, con cuatro personas en la pista. Y una de ellas soy yo. Y bailo. Con los ojos abiertos.

·

Salimos a las seis menos cuarto. Y en la puerta, mientras Vera se despide de sus amigos y Jimena se vuelve a poner el gorro porque ahora, de madrugada, sí hace fresco, me vibra el móvil.

Un mensaje. Del número de Yago. El primero desde el pincho los viernes y los sábados pero el móvil lo tengo siempre del dos de abril.

«Esa no me la has pedido. Te la debía. 🚀»

Y yo me río, en la puerta de la Fica.

«Gracias. Estamos en paz.»

«Estamos en paz.»

Y guardo el móvil.

Y volvemos andando los cuatro a Mariano Padilla, por calles vacías, con los zapatos en la mano, Vera cantando algo desafinado, Román con la camisa de su padre abierta hasta el tercer botón, y Jimena dos pasos detrás, como una pastora, con el gorro de lana en mayo.

Y en el portal, mientras Vera pelea con la llave, Jimena me mira.

—Te lo has pasado bien.

No es una pregunta. Es la misma frase de septiembre, en el mismo portal, a la misma hora.

—Sí —digo—. Muy bien.

Y esta vez no me pongo a pensar en nadie al subir los cuarenta y ocho escalones.

Ni en siete horas sin pensar en él, ni en que al darme cuenta ya estoy pensando en él.

No pienso en nadie. Subo los escalones de uno en uno, detrás de Vera, delante de Jimena, con Román despidiéndose desde la acera con la camisa de cuadros de un ferretero de Cieza.

Y al llegar arriba me doy cuenta de que no he pensado en Aitor Belmonte en toda la noche.

Y de que me doy cuenta sin que, al darme cuenta, empiece a pensar en él.