Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 45
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El mensaje llega el lunes diecisiete de mayo, a las diez y cuarto de la noche, desde un número francés.

El mismo. Lo reconozco antes de abrirlo, por el prefijo, +33, y por los dos últimos números, que me sé de memoria de tanto ver la captura de Adri en los folios de Vera.

No tiene foto. No tiene nombre.

«Me llamo Núria. Soy la persona que le mandó el vídeo a Adri. Hace seis días fui a comisaría y declaré que fui yo, y cómo lo conseguí, y de dónde salió. Te escribo porque creo que tienes derecho a saber por qué. Si quieres, te lo cuento en persona. Si no quieres, lo entiendo,

y no te volveré a escribir nunca.»

Lo leo sentada en el suelo del pasillo de Mariano Padilla, con la espalda contra la pared, porque estaba yendo a la cocina y me he tenido que sentar.

Y lo que pienso primero no es en el vídeo. Es en el portal. En Aitor con la capucha, poniéndose blanco. Y está Núria.

Contesto al día siguiente, a las siete de la mañana, cuando se levanta Jimena.

Vale.

·

Quedamos el miércoles diecinueve a las cinco en una cafetería de la plaza de las Flores. La elige ella.

Voy sola. Jimena quiere venir y le digo que no. Román quiere esperarme en un banco de la plaza y le digo que no. Lucía, por teléfono, dice «¿estás loca?», y le digo que a lo mejor, pero que voy.

Llego a las cinco menos diez. Está ya sentada, en una mesa del fondo, junto a la ventana, con una taza de té delante.

La reconozco enseguida, y no sé de qué. Luego lo sé.

Del aparcamiento. Del Golf blanco con la pegatina de montaña.

De la mujer con el pelo largo, castaño oscuro, recogido en una cola baja, con gafas de sol en enero.

Hoy no lleva gafas. Tiene los ojos claros y cansados y treinta años y una cara que en otro momento habría sido amable.

Me siento enfrente.

Y durante un rato largo, ninguna de las dos dice nada.

·

Me lo cuenta todo. Lo de los Picos de Europa, lo de las margaritas en la jarra, lo del hueco en el perchero donde había un gorro.

Lo del código, que era la fecha de su primer aniversario.

Lo de la carpeta oculta. Lo de los dos segundos.

Lo de la hora a oscuras en la cocina de Vistabella, delante de las flores.

Me lo cuenta mirando la taza. Sin llorar. Con una voz muy plana, como leyendo algo que ha escrito muchas veces para poder decirlo.

Y cuando termina, dice:

—No te voy a pedir que me perdones.

—No te lo iba a dar.

—Ya lo sé. —Asiente—. Por eso no te lo pido.

Y bebe té, por fin. Un sorbo. Deja la taza.

—Lo que hice no tiene excusa. Tenía un vídeo de una chica de diecinueve años…

—Veinte.

—… de veinte años, que no sabía que la estaban grabando.

Y en vez de ir a la policía, o de ir a hablar contigo, o de tirarle el móvil a la cara a él, se lo mandé a un chaval de tu clase.

—Se mira las manos—. Para que se supiera quién era él.

Para que lo vieran sus alumnos. Para hundirlo.

Y ni siquiera pensé en que para hundirlo a él te tenía que hundir a ti.

No pensé en ti. Ni una vez. Pensé en sus manos.

En sus manos, que yo conocía mejor que las mías, y que estaban haciendo eso.

Y se calla.

·

Y yo la miro.

Y hago lo que sé hacer. Le miro la cara. Busco la boca quieta un instante de más, la de la gente que dice «ahora vuelvo a por la cartera». La de Aitor en el portal.

Y no está.

Está otra cosa. Una cosa que he visto antes y no sé dónde.

Tardo en saber dónde. Y luego lo sé: en el espejo.

En el reflejo negro del móvil en modo avión, el jueves uno de abril, a las diez y media de la mañana.

La cara de alguien que se ha dado cuenta de que ha sido tonta.

De que ha tenido algo delante durante meses, durante años, y no lo ha querido ver porque verlo lo tiraba todo.

—¿Seis años? —digo.

—Seis años.

—¿Y nunca…?

—Nunca. —Se ríe, una risa corta, sin gracia—. Tenía sus reglas. Que necesitaba su espacio. Que con los rodajes no se podía convivir. Que era mejor no mezclar, que la gente de la facultad hablaba mucho, que no hacía falta que me conocieran. —Me mira—. Te suena, ¿verdad?

Y sí. Me suena. Me suena palabra por palabra.

Esto no lo puede saber nadie en la facultad. No es por mí. Te estoy protegiendo.

·

Y le cuento lo de las margaritas.

No lo tenía pensado. Supongo que porque ella me ha dado todo lo suyo, sin guardarse nada, y me parece de mala educación no darle nada a cambio. Como con Jimena en la escalera. Como con una caja diez.

—Las compró el sábado por la mañana —digo—. En Verónicas. Me dijo que eran para la última noche. Para cerrar bien la semana. —Me miro las manos—. Esa noche es la del vídeo.

Núria se queda muy quieta.

—Me dijo que se las había regalado una vecina.

—Ya.

—La del cuarto. Que tiene un puesto en Verónicas.

—En el cuarto de ese edificio vive un señor mayor con un perro —digo—. Lo vi en la escalera un domingo.

Y Núria se tapa la boca con la mano. Y se le llenan los ojos de lágrimas. Por primera vez en toda la tarde. No por el vídeo, ni por los seis años, ni por la comisaría. Por las margaritas.

Porque eran para la noche en que me grabó. Porque las compró para que la noche fuera bonita. Para que yo estuviera contenta y relajada y no mirara la estantería. Porque hasta las flores, las únicas flores que compró en seis años, eran parte del plano.

·

Al final, cuando el té ya está frío y la cafetería se ha llenado de gente que sale del trabajo, Núria mete la mano en el bolso y saca algo, y lo deja encima de la mesa, entre las dos.

Un llavero. Una claqueta pequeña de plástico. Sin llaves.

—Me lo regaló hace cuatro años —dice—. Le devolví las llaves la semana pasada. Pero esto me lo quedé. No sé por qué. Supongo que para acordarme.

Miro la claqueta.

Y meto la mano en el bolsillo de la chaqueta, y saco la mía.

Con las llaves todavía puestas. Las llaves de Vistabella. Las que me dio en febrero, la noche de la muestra, para que no me quedara en la calle si llegaba tarde. Las que he tocado en el tranvía durante todo marzo como se toca un amuleto.

Y la dejo encima de la mesa, al lado de la suya.

Dos claquetas iguales. De plástico. Una con llaves y otra sin.

Núria las mira. Yo las miro.

Y nos echamos a reír.

No sé cuál de las dos empieza. Es una risa horrible, de las que salen cuando ya no queda nada más que pueda salir.

Una risa con lágrimas. Nos reímos en una cafetería de la plaza de las Flores, a las seis y media de la tarde, dos mujeres que no se conocían hace una hora, delante de dos llaveros de plástico idénticos,

hasta que la camarera nos mira desde la barra con cara de no saber si traer la cuenta o una caja de pañuelos.

·

No nos damos dos besos al despedirnos. No nos damos la mano. No quedamos en volver a vernos. No nos decimos «cuídate».

Núria se levanta, paga los dos tés —lo hace antes de que yo pueda decir nada, como Lucía en la churrería— y se va. Y en la puerta de la cafetería se gira un momento y dice:

—Voy a declarar lo que haga falta. Donde haga falta. Las veces que haga falta. Eso sí te lo puedo dar.

Y se va.

Y su claqueta se queda en la mesa. Sin llaves. Al lado de la mía.

·

Salgo de la cafetería de la plaza de las Flores con la claqueta de Núria en la mano y no sé dónde ir.

Así que ando. Por Platería, por Trapería, por delante de la catedral, sin rumbo, como el día que acabé delante del portal de Yago.

Y acabo en el Puente Viejo, claro. Siempre acabo en el Puente Viejo.

Y me apoyo en la barandilla, a la mitad, mirando hacia Vistabella, hacia la calle tranquila con la puerta de madera oscura que no voy a volver a cruzar.

Y llamo a Román.

No a Jimena, que está en prácticas. No a Lucía, que está trabajando. A Román. Porque Román es el único que no va a decir nada hasta que yo diga algo.

Lo coge al segundo tono.

—Baresa.

—He conocido a la persona que lo mandó.

Silencio al otro lado.

—¿Estás bien?

—No lo sé. —Miro el río. Viene con más agua que en invierno, marrón, rápido—. Es una mujer. Se llama Núria. Llevaba seis años con él. No sabía que yo existía. Encontró el vídeo en su móvil y se lo mandó a Adri para hundirlo a él. Y me hundió a mí. Y no pensó en mí ni un segundo.

—Joder.

—Ya.

—¿Y qué le has dicho?

—Nada. Que no la perdono. —Me paso la mano por la cara—. Y luego nos hemos reído. Las dos. Con dos llaveros iguales encima de la mesa. Como dos locas.

Román no dice nada durante un rato. Oigo de fondo el ruido de su piso de Santa Eulalia, una tele, alguien cocinando.

—¿Y cómo estás tú? —dice al final—. No ella. Tú.

Y me doy cuenta de que no lo sé. Que llevo toda la tarde pensando en cómo está ella.

En sus seis años. En las margaritas. En las manos que conocía mejor que las suyas.

En que ahora tiene que volver a una casa en Molina con una terraza llena de plantas y saber que durante seis años ha dormido al lado de alguien que grababa a otras en su cama.

—Triste —digo—. Por ella.

Y Román se ríe. Bajito. Por la nariz, como mi padre.

—Eso es muy tuyo, Baresa —dice—. Que te hunda alguien y acabes triste por ella.

—¿Eso es malo?

—No. Es raro. —Una pausa—. Pero es de las cosas raras que me gustan de ti.

Y cuelga. Sin despedirse. Como hace él cuando dice algo que no quiere que le contestes.

Y sigo en el puente, con el móvil en una mano y la claqueta de Núria en la otra, y la cara caliente, y el río pasando por debajo con prisa, y una frase metida en el pecho que no sé dónde poner.

De las cosas raras que me gustan de ti.

Y la dejo ahí. Donde está. No la toco. Todavía no.

·

Esa noche, en Mariano Padilla, meto las llaves de Vistabella en un sobre acolchado de la papelería de abajo. Con el llavero de la claqueta. Con el mío, y con el de ella.

Escribo la dirección de Vistabella en el sobre, con el boli de Román, con letras de imprenta. La calle, el número, el tercero.

No meto ninguna nota.

Jimena me ve cerrar el sobre en la mesa de la cocina.

—¿No le pones nada?

—No.

—¿Seguro?

Y yo pienso en todas las cosas que podría ponerle. Todas las frases. Esto no es normal. Te estoy protegiendo. Para esto no me preguntaste nada. Hay una mujer que se llama Núria y que durante seis años ha dormido en tu cama y compraba el embutido de León que te gusta.

Y me acuerdo de lo que me dijo en la tutoría, en octubre, con el pósit amarillo en la mano. No leas nada antes. Solo mira las caras.

—Seguro —digo—. Él sabe leer lo que no se dice. Es lo único que se le da bien.

Y al día siguiente, a las nueve, lo echo al buzón de Correos de la plaza Circular, al lado de la parada del tranvía, antes de subirme para ir a clase.