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Vera vuelve de Alicante el jueves seis por la noche, a las once y media, y a las ocho menos cuarto de la mañana del viernes llama a mi puerta con un sobre marrón.
No la he oído llegar. Llevo toda la noche despierta, sentada en la cama con la ropa preparada encima de la silla —vaqueros, camiseta blanca, la chaqueta negra, nada que se note—, repasando en la libreta del Mercadona el orden en que tengo que contar las cosas, como me dijo Carmen.
Fechas. Horas. Sitios. Sin adjetivos. Como un parte.
Y a las ocho menos cuarto, dos golpes.
—Nerea. Soy Vera.
Abro.
Está en el pasillo con la sudadera de Bellas Artes y la cara de no haber dormido tampoco, sin el lápiz en el pelo, sin el colacao, sin nada de lo que la hace Vera. Con un sobre marrón de los de correos, grande, en las dos manos.
—No he sabido cómo mirarte —dice—. En cinco semanas. No he sabido. Me he ido a Alicante porque no sabía qué cara poner cuando me cruzara contigo en la cocina. Y me da vergüenza. Me da muchísima vergüenza.
—Vera…
—Déjame hablar, que si paro no sigo.
Y me da el sobre.
·
Dentro hay treinta y dos folios impresos.
Capturas de pantalla. Cada una con la hora arriba, el nombre del chat, el nombre de quien manda y a quién. Ordenadas. Numeradas a boli en la esquina, del uno al treinta y dos. Con flechas dibujadas a mano entre unas y otras, de chat a chat, de nombre a nombre, hacia atrás, subiendo.
La chica de Bellas Artes, a la una y cuarto. Su novio, a la una y cinco. Un grupo de Periodismo, a las doce y cuarenta. Espinardo Crew 26-27, a las doce y cuatro. Un chico de Los de siempre, a las once y cincuenta y ocho.
Y en la última, la número treinta y dos, un grupo que se llama Los de siempre y un mensaje de las once y cincuenta y uno de alguien que se llama Adri Pastor.
esto es fuerte, es una de mi clase y el de lenguaje ??🔥
—Lo hice esa noche —dice Vera—. La del jueves.
Entre la una y cuarto y las tres menos cuarto.
Preguntando de uno en uno, haciéndome la tonta, «qué fuerte, ¿de dónde te ha llegado?»
. Y guardándolo todo. No sé por qué lo hice.
No lo pensé. Me salió. —Se muerde el labio—.
Luego me quedé de pie delante de tu puerta a las tres y cuarto y no fui capaz de llamar.
Y me fui a Alicante con esto en el móvil.
Y lo he imprimido en una copistería de allí. Ayer.
Me quedo con los treinta y dos folios en las manos, en el pasillo, en pijama.
—No voy a ir contigo hoy —dice Vera—. No puedo. No soy como Jimena. Me voy a poner a llorar en la puerta y te voy a hacer más daño que otra cosa. —Me señala el sobre con la barbilla—. Pero esto sí. Esto es lo único que sé hacer bien. Mirar y guardar. Es lo que se hace en Bellas Artes.
Y se da la vuelta y se mete en su cuarto.
Y cierra la puerta despacio. Pero no del todo. La deja entornada.
·
Carmen Berruezo nos espera a las diez menos diez en la puerta del edificio del rectorado.
Con el abrigo gris y una carpeta azul marino bajo el brazo, la de 2026-2027.
No sonríe al vernos. Asiente. Le da la mano a Jimena, que se presenta como «su compañera de piso» con una voz muy seria.
Y a mí no me da la mano. Me pone la suya un momento en el brazo, encima de la chaqueta negra, un toque, y la quita.
—¿Lista?
—No.
—Bien. Si dijera que sí, me preocuparía.
Y subimos.
·
La Unidad de Igualdad es un despacho en la tercera planta con una mesa redonda, cuatro sillas y un cartel en la pared con un dibujo de dos manos, una grande y una pequeña, que alguien pensó que era una buena idea y no lo es.
Nos atiende una mujer de unos cuarenta años que se llama Rosario. Tiene el pelo corto y rizado, unas gafas de colores y un formulario encima de la mesa. Habla despacio. Pregunta si queremos agua. Pregunta si quiero que Jimena y la profesora Berruezo se queden. Le digo que sí. Apunta algo.
Y empieza.
Y yo lo cuento.
Lo cuento como me dijo Carmen, como un parte.
Sin adjetivos. En orden. El veintiuno de septiembre, primer día de clase.
El dos de octubre, la memoria escrita a mano por los dos lados.
El veinte de octubre, la tutoría de una hora y cuarenta y cinco minutos.
El veinticinco, la dirección. El tres de noviembre, las dos de la mañana, el análisis de la silla vacía.
El ocho de noviembre, las reglas: que nadie lo supiera.
Enero, Águilas, el examen al que no me presenté.
Febrero, las faltas. Marzo, la Semana Santa, el rodaje que no existía, mi padre solo en la recepción.
El veintisiete de marzo.
El móvil de pie entre dos libros. «Así no se me cae.»
Y Rosario escribe. No me interrumpe. No pone caras. Escribe, con una letra rápida, y de vez en cuando levanta la vista, y asiente, y sigue.
·
Y luego hace las preguntas.
Las que me dijo Carmen que me iban a hacer. Las que he ensayado en la cama toda la noche.
—¿Mantenía una relación sentimental con él?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el tres de noviembre.
—¿Era su profesor en ese momento?
—Sí.
—¿Le evaluaba?
—Sí. Me puso un nueve y medio en enero.
Rosario apunta.
—¿Sabía usted que la estaba grabando?
—No.
—¿En algún momento dio su consentimiento para ser grabada?
—No. —Y lo digo otra vez, porque me acuerdo del sábado veintisiete, del móvil entre los libros—. Me preguntó si estaba segura. Para todo lo demás. Para esto no me preguntó nada.
Rosario deja de escribir. Me mira por encima de las gafas de colores. Y apunta esa frase, entera, entre comillas. Lo veo desde mi silla.
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Y luego viene la que no he ensayado. La que Carmen no me dijo que me iban a hacer, porque es tan obvia que a nadie se le ocurre que cueste.
—¿Cómo se llama el profesor?
Y me quedo callada.
Porque no lo he dicho. En cinco semanas no lo he dicho en voz alta ni una vez. Ni a Lucía, ni a Jimena, ni a mi padre, ni a Román. Le he dicho «el profesor». Le he dicho «él». Le he dicho «el de Lenguaje». En la libreta del Mercadona pone «A.», con punto.
Y en siete meses, desde el primer día de clase, casi nunca lo he llamado por su nombre y su apellido juntos, porque así no se llama a alguien con quien duermes. Así se llama a un profesor. A un fontanero. A alguien del banco.
Jimena, a mi lado, no se mueve. Carmen, al otro lado, no se mueve.
Y yo miro el cartel de las dos manos, una grande y una pequeña.
—Aitor Belmonte —digo.
Y lo digo en voz alta, delante de tres mujeres, en un despacho de la tercera planta del rectorado, a las diez y cuarenta y dos de la mañana de un viernes de mayo. Nombre y apellido. Con la voz que no me tiembla.
Y es exactamente como bajarse de un tranvía en la parada que es.
·
Después le doy todo.
Los treinta y dos folios de Vera, en su sobre marrón, numerados.
Los chats, que no he borrado, impresos en la copistería de la plaza Circular a las nueve y cuarto, con el «ya lo sé» del uno de abril y el «borra nuestras conversaciones» que me dijo en el portal y que no está escrito en ningún sitio pero que Jimena oyó desde la ventana.
La captura del mensaje del número francés que me mandó Adri anoche, con un texto debajo: «haz con esto lo que tengas que hacer. y perdón. otra vez.»
Y Carmen Berruezo abre su carpeta azul marino y saca un folio escrito a mano con su letra de imprenta y fechas, y lo deja encima de la mesa.
27 oct — Escalera, planta 1. «Tiene muy buen ojo. Para todo.»
—Esto lo escribí esa misma tarde —le dice a Rosario—. No sabía para qué. Ahora lo sé.
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A las doce y cuarto firmo.
Rosario me da el formulario y un bolígrafo de la universidad, uno azul con el escudo. Y yo lo aparto, y saco del bolsillo de la chaqueta el boli de Román.
Y firmo con él.
Nerea Baresa Escalante.
Las dos palabras de mi apellido, enteras, las de mi padre y las de mi madre, que no escribo casi nunca juntas, que en la facultad soy Baresa y en el pueblo soy la de Luis y en mi carné soy las dos cosas y nunca me había fijado.
·
A la salida del rectorado, en la acera, está Román.
Con el abrigo marrón, apoyado en una farola, con dos cafés en vasos de cartón.
No le había dicho que viniera. No sé cómo lo ha sabido.
Me imagino que Jimena. Me imagino que se han escrito.
Que se caen bien. Que se cayeron bien en un rellano, con una bolsa de supermercado y un termómetro, la única vez que se vieron.
Me da un café sin decir nada.
Y esa tarde, a las cinco, vamos los cuatro a comisaría: Jimena, Carmen, Román y yo. Y en la sala de espera, que tiene sillas de plástico naranjas atornilladas al suelo y un olor a lejía y a café malo, esperamos hora y media a que me llamen.
Y Jimena, a mi lado, en la silla naranja, no mira el móvil ni una vez. No lee nada. No subraya nada. Está sentada muy derecha, con las manos en las rodillas y los ojos puestos en la puerta por donde va a salir alguien a llamarme.
Esperando.
Como se espera en una cocina de Albacete a las siete menos cuarto de la mañana. A que llegue alguien.
Y esta vez, cuando la puerta se abre y dicen mi nombre, me levanto yo. Y ella se queda. Y cuando salgo, dos horas después, con los ojos hinchados y la copia de la denuncia en la mano, lo primero que veo es a Jimena Arcos en la silla naranja, exactamente donde estaba, con las manos en las rodillas.
Y se levanta. Y me mira.
Y me ve llegar bien.