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El sábado uno de mayo, a las siete y cinco de la mañana, llamo a la puerta del cuarto de Jimena.
·
Esa noche no duermo.
No por nervios. O no solo. Me paso la noche en la cocina, sin encender la luz, con la ventana del patio abierta y el ruido de la ciudad entrando, haciendo una cosa que no he hecho nunca en esta casa.
Escucharla.
A las once y media, el gorro de lana. Lo lavo a mano en el lavabo del baño, con agua tibia y un poco de champú, como me enseñó mi padre a lavar las toallas buenas del camping.
Lo aclaro tres veces. Lo escurro sin retorcerlo, apretándolo entre las manos.
Y lo dejo extendido encima del radiador de mi cuarto, que en mayo está apagado, así que tarda.
Lo toco a las dos. Está húmedo todavía. Lo toco a las cuatro. Casi.
Y entre medias, en la cocina, escucho la casa.
Oigo el cuarto de Vera, que no oigo, porque está vacío desde abril, con la puerta cerrada y la cama hecha. Oigo la nevera. Oigo al vecino del cuarto, que llega a las dos y cuarto y sube la escalera tarareando algo. Oigo el patio: una ventana que se cierra, una tos, un perro en otro edificio.
Y oigo a Jimena.
No hace nada. Duerme. Pero la oigo dormir, a través de la pared de la cocina, que da a su cuarto.
Oigo que se da la vuelta en la cama a las tres.
Oigo que tose una vez a las cuatro y media.
Oigo, a las seis y cuarto, que se levanta al baño, y que vuelve, y que no se vuelve a dormir: que se queda quieta, despierta, en la oscuridad, esperando a que sean las siete.
Y a las seis y cuarenta, sentada en la cocina a oscuras con el gorro ya seco en el regazo, entiendo una cosa.
Que esto es lo que ha hecho ella todo el curso.
Desde septiembre. Todas las noches que yo no estaba.
Tumbada en su cama, al otro lado de esta pared, escuchando la casa.
Oyendo que yo no llegaba. Oyendo la puerta a las cinco menos veinte de la mañana, la llave girando despacio, mis pasos de puntillas.
Oyendo que llegaba bien. O que llegaba mal.
Y que no sabía cuál de las dos cosas iba a oír hasta que la oía.
Y que eso, estar despierta a las seis y cuarto esperando a saber si alguien llega bien o llega mal, es lo más cansado que existe. Más que tres pisos sin ascensor con catorce cajas. Más que una noche entera detrás de la barra del Salitre. Más que cualquier cosa.
A las seis y cincuenta me levanto. Pongo la cafetera. Hace su ruido de avión despegando. Y oigo, al otro lado de la pared, que Jimena lo oye. Que se queda quieta, escuchando. Que sabe que no es su cafetera, porque ella todavía no se ha levantado.
Y sirvo dos tazas.
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Sé que está despierta. Lo sé porque llevo siete meses en esta casa y porque son las siete y cinco. Lo sé porque la he oído a las siete en punto darse la vuelta en la cama y quedarse quieta, escuchando. A ver quién está y quién no.
Y hoy estoy yo. Y estoy de pie en el pasillo, delante de su puerta, en pijama, con una taza de café en cada mano y un gorro de lana en el bolsillo de la sudadera.
Llamo con el codo, porque tengo las manos ocupadas.
—¿Sí?
—Soy yo.
Silencio.
—Pasa.
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El cuarto de Jimena es como me lo imaginaba y no lo había visto nunca.
En siete meses no he entrado ni una vez.
Una cama hecha con las esquinas dobladas como en un hospital.
Un escritorio con los apuntes en tres montones, por colores.
Un corcho con fotos: una mujer de unos cincuenta años con el uniforme verde de urgencias, riéndose, en la puerta de un hospital; una niña con un colacao en una cocina; un perro.
Una estantería con libros de Anatomía y dos novelas de bolsillo con el lomo roto de tanto leerlas.
Y Jimena, sentada en la cama con la espalda contra la pared, en pijama, con una manta por encima de las piernas, mirándome.
Le doy un café. Lo coge. Me siento en la silla del escritorio, porque no me atrevo a sentarme en la cama.
Y saco el gorro del bolsillo de la sudadera.
Lo dejo encima de la manta, al lado de su mano. Doblado. Limpio: lo he lavado a mano, anoche, en el lavabo, con champú, y lo he dejado secar encima del radiador.
—Lo tenía desde enero —digo—. Te lo cogí sin preguntar para Águilas. Y luego me lo dejé en un sitio donde no tendría que haber estado nunca. Perdona.
Jimena mira el gorro. No lo toca.
—Gracias —dice.
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Y luego lo digo.
Lo tengo preparado. Llevo una semana preparándolo, desde la noche del portal, desde que me cogió las dos manos en el recibidor con las suyas temblando.
Lo he escrito tres veces en la libreta del Mercadona y lo he tachado tres veces, porque escrito sonaba a carta, y las cartas son lo que se escribe cuando no te atreves a decir las cosas a la cara.
Así que lo digo sin papel.
—En la cocina, en enero, cuando me dijiste que aquello no era normal, te dije una cosa horrible.
Te dije lo de tu madre. Lo de que madrugas para esperarla.
Lo de que no bebes porque te da miedo no acordarte.
—Me tiembla la voz y sigo—. Me lo habías contado tú a mí, en la escalera, con la caja diez, sin que yo te preguntara.
Era lo más tuyo que tenías. Y yo lo cogí y te lo tiré a la cara para que te callaras.
Porque tenías razón y no quería que la tuvieras.
Jimena no dice nada.
—No te pido que me perdones —digo—. Solo quería que supieras que sé exactamente lo que hice. No que me pasé. No que estaba nerviosa. Sé exactamente lo que hice, y por qué, y que fue a propósito.
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Jimena bebe café.
Deja la taza en la mesilla, al lado de un despertador que no ha sonado nunca, porque ella se despierta antes. Coge el gorro. Lo mira. Le pasa el pulgar por la lana.
—Me dolió —dice.
No «no pasa nada». No «ya está olvidado». No «tranquila». Me dolió.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. —Me mira—. Me dolió porque era verdad.
Madrugo para esperar a alguien. No bebo porque me da miedo.
No he tenido novio. Me paso los sábados subrayando.
Todo lo que dijiste era verdad. —Se pone el gorro en las rodillas—.
Y me dolió que lo supieras, y me dolió que lo usaras, y me dolió que tuvieras razón en todo menos en lo único que importaba.
—¿En qué?
—En que yo sí sé lo que es normal —dice Jimena—. Precisamente por eso. Porque llevo desde los siete años sentada en una cocina esperando a que llegue alguien, sé perfectamente lo que es esperar a alguien que llega bien y lo que es esperar a alguien que llega mal. Y tú desde noviembre llegabas mal.
Y yo me tapo la cara con las manos.
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No sé cuánto rato estamos así. Yo en la silla del escritorio con la cara tapada. Ella en la cama con el gorro en las rodillas. El café enfriándose.
Y al final, Jimena dice:
—Vale.
Y levanto la cabeza.
Y no es el «vale» de la cocina de noviembre, el de la puerta que se deja como estaba. Ni el del portazo, el de la puerta que se cierra despacio. Es el de la escalera. El de la caja trece. El de mi madre.
El de la puerta que se abre.
—Vale —repite—. Pero no me vuelvas a mentir. Nunca. Aunque sea para no hacerme daño. Prefiero que me hagas daño a que me mientas. Lo segundo es peor. Lo segundo es lo que hacía mi padre.
Y es la primera vez que la oigo nombrar a su padre. En siete meses. Y no me cuenta nada más de él, y no le pregunto, y me lo guardo como me guardé lo de su madre en la escalera, con cuidado, como se guarda un gorro doblado en el bolsillo de una sudadera.
—Nunca más —digo.
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Y ahí se lo cuento.
Lo que no le he contado a nadie más que a Carmen Berruezo.
Lo de la carpeta azul marino con fechas.
Lo del protocolo de la universidad, la Unidad de Igualdad, la queja formal.
Lo de la policía. Lo de los meses, lo del año, lo de que a lo mejor no sirve de nada y él se va antes y da clase en otro sitio dentro de dos años.
—Y aun así lo vas a hacer —dice Jimena.
No es una pregunta.
—El viernes siete. A las diez. En la Unidad de Igualdad, en el edificio del rectorado. Y luego, por la tarde, en comisaría. Carmen dice que es mejor hacerlo todo el mismo día, para que no me dé tiempo a arrepentirme.
—¿Y en redes?
—En redes, nada. Ni una historia. Ni un mensaje.
Ni un «he sido yo». —Me miro las manos—.
Eso lo quiere todo el mundo. En el grupo de clase, en Espinardo Crew, en todas partes.
Que lo cuente yo. Que dé la cara. Que diga su nombre.
Me han escrito veinte personas para decirme que lo exponga, que le dé su merecido, que si no lo hago yo lo harán ellas.
—Levanto la vista—. Y no quiero. Lo quiero hacer por donde tarda.
Por donde no dan likes. Por donde tengo que contarlo delante de una señora con un formulario en vez de delante de mil personas con un corazón.
Jimena asiente despacio.
—¿Quieres que vaya contigo?
Y yo me quedo mirándola.
Porque eso era lo que había venido a pedirle. Con el café y el gorro. Y no me había atrevido. Y me lo ha preguntado ella.
—Sí —digo—. Por favor.
Jimena coge la taza de café, que ya está frío, y se lo bebe entero, de un trago, como se bebe una medicina.
—Vale —dice—. Voy de conductora.
Y yo me río. Y la risa me sale mojada, con las lágrimas todavía en la cara.
—No tienes coche, Jimena.
—Voy de conductora igual.
Y se pone el gorro. En pijama, a las siete y media de la mañana de un uno de mayo, en la cama. Se pone el gorro de lana, que ya no hace ningún frío, y se lo cala hasta las cejas, y me mira desde debajo con una cara muy seria.
—Me queda fatal, ¿verdad?
—Fatal.
—Ya. —Se lo quita—. Por eso lo tenía en el perchero y no me lo ponía nunca. Me lo regaló mi madre.