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El formulario de la Agencia de Protección de Datos para pedir que se retire un contenido sexual difundido sin consentimiento tiene nueve apartados, y lo rellenamos el domingo veinticinco de abril en la mesa de la cocina de Mariano Padilla, entre tres.
Jimena con la libreta de espiral. Román con el portátil. Y yo en medio, con el móvil en la mano y la carpeta ROJO abierta.
Román ha venido a las once de la mañana con una bolsa de cruasanes de una panadería de Santa Eulalia y el portátil en la mochila, y Jimena le ha abierto la puerta, y se han dado dos besos en el recibidor,
y Román le ha dicho «tú eres la del termómetro» y Jimena le ha dicho «tú eres el del termómetro», y se han reído los dos, y yo he entendido que se conocen desde aquel rellano de enero y que se han escrito más de lo que yo sé.
—¿Os escribís? —les he preguntado, en la cocina.
—A veces —ha dicho Román.
—Poco —ha dicho Jimena.
—Desde el jueves uno de abril —ha dicho Román.
—Para saber cómo estabas —ha dicho Jimena—. Tú no contestabas a nadie. Nos teníamos que turnar.
·
El formulario es seco.
Pide datos. Nombre. DNI. Un correo. Pide que describas el contenido sin describirlo, que es una cosa rarísima de hacer: «Vídeo de carácter íntimo en el que aparezco sin haber dado mi consentimiento para su grabación ni para su difusión».
Pide que digas si eres la persona que aparece.
Pide las direcciones exactas de las páginas donde está publicado.
Y ahí Jimena abre la libreta por la última página.
Las once cuentas. Las once plataformas. Las once fechas. Nueve sin tachar.
Y Román las va metiendo una a una en el formulario, copiando las direcciones del móvil de Jimena, despacio, letra a letra, porque una letra mal copiada es una página que se queda, y los tres lo sabemos sin decirlo.
Tarda cuarenta minutos.
Y durante esos cuarenta minutos, en la cocina de Mariano Padilla, con el sol de abril entrando por la ventana del patio y un plato de cruasanes en medio de la mesa, nadie dice nada que no sea una letra, un número, una barra, un punto.
—Ya está —dice Román—. ¿Lo mando?
Y me mira.
Y yo miro la pantalla. El botón azul que dice Enviar. El formulario con mi nombre entero arriba, Nerea Baresa Escalante, y mi DNI, y mi correo de la universidad, y nueve direcciones de páginas de internet donde está mi cara con los ojos cerrados.
—Lo mando yo —digo.
Y Román me gira el portátil. Y le doy yo.
·
La respuesta automática llega a los tres minutos. Un correo con un número de expediente y una frase: Su solicitud ha sido recibida y será tramitada con carácter prioritario.
Y el martes, a las diez de la mañana, en el tranvía, me llega otro.
Y el miércoles otro.
Y el jueves, a las cinco de la tarde, en la cafetería de la facultad, con Román al lado comiéndose un bocadillo de tortilla, abro el tercero y leo que siete de las nueve páginas han retirado el contenido.
Siete.
Y Jimena, que no está, que está en prácticas en la Arrixaca, que tiene el móvil en la taquilla hasta las tres, me contesta a las tres y cuatro minutos con una sola palabra y una foto: la libreta de espiral, abierta por la última página, con siete líneas nuevas tachadas a boli negro.
Tachado.
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Pero eso es el jueves. Esto es el lunes veintiséis.
El lunes veintiséis voy a clase.
Ya llevo casi dos semanas yendo, desde el día quince, detrás del abrigo marrón de Román en el tranvía.
Me siento en la cuarta fila de la izquierda, en mi sitio, porque Román dice que si me cambio de sitio les estoy dando la razón, aunque no sepamos muy bien a quién.
Y la gente me mira. Claro que me mira. Me mira al entrar, me mira al sentarme, me mira cuando levanto la mano para preguntar algo en Historia del Cine, que es algo que he empezado a hacer esta semana a propósito, para oírme la voz.
Y hay dos clases de miradas. Lo he aprendido en dos semanas, como se aprende en una barra a distinguir las caras de la gente delante de un precio.
Hay la mirada que se aparta en cuanto la pillas, rápido, como quien quita la mano de una sartén caliente.
Y hay la mirada que se queda. Que no se aparta aunque la pilles.
Que te sostiene un segundo de más, y luego sonríe un poco, y a veces asiente.
La primera es la de la gente que ha visto el vídeo y le da vergüenza. La segunda es la de la gente que ha visto el vídeo y ha decidido no avergonzarse por mí.
Y hay más de la segunda de las que me esperaba.
·
Y está Adri.
En la última fila. Solo.
Lleva ahí desde el día quince, desde el banco del aparcamiento.
Se sienta en la última fila de la derecha, en la esquina, junto a la pared, y nadie se sienta a su lado.
Nadie. Setenta personas en un aula de gradas con ochenta asientos, y los dos asientos de al lado de Adri siempre vacíos, como si tuviera algo contagioso.
Y Adri no dice nada. Ni una broma. Ni un «¡novatadaaas!» con los brazos arriba. No graba nada. No saca el móvil en clase. Toma apuntes con un boli en un cuaderno de papel, con la cabeza baja, como no le he visto tomar apuntes nunca en ocho meses.
Y en los pasillos pasa lo mismo. La gente se aparta un poco cuando pasa. Nadie le insulta, que yo sepa. Nadie le pega. Solo se aparta. Un paso. Lo justo.
Y yo, que tengo la cara de los que se apartan en la memoria desde hace tres semanas, veo que Adri tiene la misma.
·
A la salida de Historia del Cine, en la puerta del aula, nos cruzamos.
Él sale con la mochila en un hombro y la cabeza baja. Yo salgo detrás de Román. Y en el marco de la puerta coincidimos un momento, a medio metro, y él me ve, y se para, y se aparta para dejarme pasar.
Como se aparta la gente de él.
Y yo no paso.
Me quedo parada en el marco de la puerta. Román, delante, se da la vuelta. Adri, al lado, no levanta la vista.
Y no sé qué decirle. No le perdono. No le odio. Sigo sin saber lo que le tengo. Pero sé una cosa, porque la he aprendido esta semana con las miradas: que hay una diferencia entre la gente que se aparta y la gente que se queda. Y que yo no quiero ser de las que se apartan. De nadie. Tampoco de él.
—Hola, Adri —digo.
Y Adri levanta la cabeza.
Y tiene la cara de un niño de diez años al que acaban de hablarle en el patio del colegio el primer día después de algo muy malo.
—Hola —dice. Muy bajito.
Y ya está. No decimos nada más. Yo sigo andando detrás de Román por el pasillo, y él se queda en el marco de la puerta, con la mochila en un hombro.
Y Román, a los diez metros, sin girarse, me dice:
—Eso ha estado bien, Baresa.
—No sé si ha estado bien.
—Yo tampoco. Pero ha estado.
·
El jueves veintinueve por la noche, el de las siete páginas tachadas, mi padre llama a las nueve y cinco. No es domingo. Desde la noche en que durmió en el cuarto de Paula, llama también los jueves, a la misma hora, desde el mismo escalón, sin haberlo hablado nunca, como todo lo que hacemos.
Y esta vez no estoy en un pasillo de Vistabella ni en el borde de una bañera. Estoy en mi cuarto de Mariano Padilla, en la cama, con la ventana abierta y el ruido del patio.
—¿Qué pasa, hija?
—Nada, papá. ¿Y tú?
—Nada.
Y me cuenta el camping. Los alemanes de Semana Santa que ya han reservado agosto.
La depuradora nueva, que funciona, que suena muy bajito, que Juanma dice que es la mejor que ha instalado en veinte años.
Los holandeses del nueve, que le han escrito una postal desde Holanda diciendo que el análisis ha salido bien y que en junio vuelven.
El hueco de la valla del fondo, donde se cayó el pino, que todavía no ha arreglado.
Y yo le escucho entera. Con la cabeza entera. Sin mirar la puerta, sin mirar la hora, sin calcular nada.
Y le cuento cosas. Le cuento lo de la Agencia de Protección de Datos, con palabras que no sean feas.
Le cuento lo de las siete páginas tachadas.
Le cuento lo de Adri en la puerta del aula.
Le cuento lo de los bocadillos de la madre de Román, y lo de que Jimena hace la tortilla en triángulos, y lo de que la señora del segundo tiene una bata preciosa.
Y mi padre se ríe con lo de la bata. Su risa. Por la nariz.
Y cuando cuelgo, miro la pantalla.
Papá — 38 min.
Y me quedo mirando el número. Treinta y ocho. No es cuarenta y siete, el de octubre. Pero después de nueve, de dos, de ninguna, es un número que no me esperaba volver a ver.
Y hago la cuenta, sin querer, como en la barra, como con todo.
Y por primera vez en todo el curso, la cuenta sube.