Aguas Revueltas (La chica del Mar Menor 2) 41
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El martes veinte de abril, a las cuatro y diez de la tarde, llamo con los nudillos a la puerta del despacho 2.09.

No he pedido cita. Ella dijo que no hacía falta. Y he subido las escaleras del segundo piso sin mirar hacia el final del pasillo, hacia el 2.14, que tiene la puerta cerrada y, desde hace una semana, un folio pegado con celo que dice Tutorías de este profesor suspendidas hasta nuevo aviso.

—Adelante.

Entro.

Carmen Berruezo está sentada a la mesa, corrigiendo, con las gafas en la punta de la nariz. Levanta la vista. Me mira un momento.

Y no dice nada. Ni «hola», ni «señorita Baresa», ni «siéntese». Se levanta, coge la silla de delante de la mesa, la gira un poco, de lado, como la tenía en febrero, y vuelve a su sitio.

Me siento.

Y durante diez minutos, de verdad, diez minutos que miro luego en el reloj, no decimos nada. Ella corrige. Yo miro el potus.

·

Al final, sin levantar la vista del examen que está corrigiendo, dice:

—Lo sé.

No le pregunto qué sabe. No hace falta.

—Lo sé desde el viernes dos —dice—. Me lo enseñó una alumna de tercero, que vino aquí llorando porque no sabía qué hacer.

Y lo he visto. Dos segundos. Lo suficiente para saber de quién era la casa y de quién eran las manos.

—Deja el bolígrafo rojo encima del examen—.

Y para saber que usted no sabía que había una cámara.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque se le ve en la cara. —Se quita las gafas—. Usted sabe leer caras, señorita Baresa. Me lo ha demostrado en un examen. Yo también sé. Llevo veintidós años leyendo caras de alumnos en la primera fila.

Y yo me echo a llorar.

No como el jueves con Lucía, con ese ruido de animal.

Otra cosa. Lloro sin ruido, sentada en la silla de lado, mirando el potus, con las lágrimas cayéndome por la barbilla al jersey.

Y Carmen Berruezo no se levanta, ni me abraza, ni me da un pañuelo.

Espera. Y cuando termino, empuja una caja de pañuelos que tenía en el borde de la mesa unos centímetros hacia mí.

Solo eso. Unos centímetros.

·

—Le voy a decir lo que puede hacer —dice—. No lo que debe hacer. Eso lo decide usted. Lo que puede. Y cuánto va a tardar. Y lo que le va a costar. ¿Le parece?

—Sí.

Y me lo dice. Sin adornos. Con la voz de clase, la de en esta asignatura se suspende.

Que grabar a alguien en su intimidad sin su permiso es delito.

Que difundirlo, también. Y que reenviarlo, aunque uno no lo haya grabado, desde hace unos años también lo es.

Que eso va por la vía de la policía y del juzgado, y que es lenta.

Meses. A lo mejor más de un año. Que me van a hacer preguntas que no voy a querer contestar.

Que voy a tener que contar lo de Vistabella, lo de los cinco meses, delante de gente que no conozco.

Que a lo mejor él tiene un abogado bueno y dice que yo sabía que había una cámara.

Que yo tengo que tener pruebas. Que no borre nada.

—No he borrado nada —digo.

—Bien.

Que luego está la universidad. Que hay un protocolo contra el acoso, que existe desde hace años y que casi nadie usa, y que se activa con una queja formal en la Unidad de Igualdad.

Que eso abre un expediente. Que él es profesor asociado y no tiene plaza, y que eso significa dos cosas: que es más fácil que se vaya, y que es más fácil que se vaya sin que nadie decida nada, porque su contrato vence en septiembre y puede, simplemente, no renovarse.

—Puede irse sin que pase nada —digo.

—Puede. —Carmen no aparta la vista—. Se lo digo porque es verdad.

Lo más probable es que se vaya antes de que termine el expediente.

Por motivos personales. Con una carta de recomendación de alguien del departamento que no sepa nada, o que haga como que no sabe.

Y que dé clase en otra universidad dentro de dos años.

—Hace una pausa—. No se lo digo para desanimarla.

Se lo digo para que no le vendan otra cosa.

Y luego lo último. Que hay una cosa más rápida que todo lo demás, que es pedir que lo quiten de internet.

Que existe un canal de la Agencia de Protección de Datos para eso, para imágenes sexuales difundidas sin consentimiento, que funciona en días y no en meses.

Y un teléfono, el 017, donde te ayudan con lo que circula por redes.

Lo apunto. En la libreta del Mercadona. Con el boli de Román. AEPD — canal prioritario. 017. Debajo de lo de la primera vez que algo pasa exactamente como yo he decidido.

·

—¿Por qué me ayuda? —digo, al final.

Carmen Berruezo se pone las gafas. Coge el bolígrafo rojo. Mira el examen que tiene delante, a medio corregir.

—Porque le debo una a alguien —dice.

—¿A quién?

Tarda en contestar.

—A una alumna de hace tres años. Primero, como usted.

Muy buena. Muy buena en octubre, muy buena en noviembre.

Que en febrero empezó a no venir a primera hora.

—Tacha algo en el examen—. Y yo lo vi. Y vi cómo la miraba alguien en el pasillo, en la muestra de cortos, en el vestíbulo.

Y no hice nada. Porque no tenía nada. Porque una manera de mirar no es una prueba, y una alumna que falta a primera hora tampoco.

—Deja el bolígrafo—. Dejó la carrera en junio.

Se volvió a Hellín. No sé qué fue de ella.

Me quedo helada.

—¿Era…?

—No lo sé, señorita Baresa. No lo sé y no lo voy a saber nunca. Por eso se lo digo: porque no lo sé. —Me mira—. Y porque esta vez sí tengo algo.

Y abre un cajón. Y saca una carpeta de cartón azul marino, como las de la estantería, con el año escrito en el lomo con rotulador negro.

2026-2027.

Y dentro, mis notas. Mis faltas. Una copia de mi examen del parcial, con el esto sí puntúa en rojo. Y un folio escrito a mano, con su letra de imprenta, con fechas.

27 oct — Escalera, planta 1. «Tiene muy buen ojo. Para todo.»

·

Esa noche, a las nueve y media, desde mi cuarto de Mariano Padilla, llamo a mi padre.

No es domingo. Es martes. Nunca lo llamo yo. Nunca. En siete meses, ni una vez. Siempre es él, a las nueve y cinco, desde el escalón de la oficina.

Lo coge al primer tono.

—¿Qué pasa, hija?

Y esta vez no digo «nada».

—Pasa algo, papá.

Silencio.

Oigo el escalón. Oigo que se pone de pie.

—¿Qué pasa?

Y se lo cuento. No todo. No los cinco meses.

No el sofá gris ni las llaves ni las margaritas.

Le cuento que ha habido un profesor. Que me grabó sin que yo lo supiera.

Que el vídeo lo ha visto mucha gente. Que llevo tres semanas sin salir de casa casi.

Que le mentí en Semana Santa. Que no había ningún rodaje.

Se lo cuento en cuatro minutos, sin llorar, con la voz rara, la del portal, la de otra persona.

Y cuando termino, mi padre no dice nada.

Ni «¿por qué no me lo has contado antes?». Ni «¿cómo has podido?». Ni «¿quién es ese hombre?». Ni «te lo dije». Mi padre no me ha dicho nunca «te lo dije», porque no me ha dicho nunca nada que pudiera terminar en «te lo dije».

Dice:

—Voy.

—Papá, son las diez de la noche.

—Voy, Nerea.

Y cuelga.

·

Llega a las once y diez.

Cincuenta kilómetros en cuarenta minutos, en la furgoneta del camping, la Kangoo blanca con el logo medio despegado en la puerta, que no pasa de noventa. No sé cómo lo ha hecho. No se lo pregunto.

Bajo al portal. Está en la acera, con la cazadora del camping, la del escudo bordado, con el pelo despeinado y las llaves en la mano. Donde estaba Aitor hace tres semanas. En el mismo metro de acera.

No me dice nada. Me abraza.

Me abraza de una manera que no recordaba.

No como en la recepción, poniéndome la mano en la cabeza, despeinándome dos veces.

Me abraza entera, con los dos brazos, apretando, sin soltar, como si me hubiera caído a la piscina del camping con cuatro años y me acabara de sacar.

Y me huele el pelo. Y dice, muy bajito, una sola vez:

—Ya está. Ya está aquí tu padre.

Y no dice nada más en toda la noche.

·

Sube conmigo. Jimena le abre la puerta del piso, en pijama, a las once y cuarto, y se dan la mano en el recibidor como dos personas muy serias. Jimena le ofrece una infusión. Él dice que no, gracias. Luego dice que sí.

Y a las doce, cuando ya ha decidido que se queda a dormir y que mañana a las siete se vuelve al camping, porque el camping no se puede quedar solo, se queda de pie en el pasillo mirando las puertas.

La mía. La de Jimena. La de Vera, cerrada.

Y la de Paula. Abierta. Desde octubre. Con el somier sin colchón y el clavo en la pared y la marca más clara en el suelo.

—¿Y esa? —dice.

—Está libre.

Y mi padre baja a la furgoneta, y vuelve con un saco de dormir del camping, uno de los que se dejan los clientes olvidados y que él guarda en el almacén por si acaso. Y lo extiende en el somier de Paula. Y se tumba vestido, con la cazadora puesta.

Y yo me quedo en la puerta mirándolo.

Y me acuerdo de la noche de octubre en que ninguna de las tres cerró esa puerta. De que la dejamos abierta toda la noche sin decírnoslo, como se deja una silla libre en una mesa por si llega alguien.

Y no sabíamos quién.

Era mi padre.